martes, 5 de julio de 2016

San Miguel de los santos (5 de julio)



San Miguel de los santos. 

(† 1625.)


El seráfico siervo de Cristo crucificado, san Miguel de los santos fue natural de Vich, en Cataluña, a donde poco antes se había trasladado su padre, que ejercía el oficio de escribano en la villa de Centellas. Tenía el asombroso niño Miguel seis años no cumplidos, cuando abrasado del amor de Cristo se encaminó con otro niño hacia Montseny, con propósito de hacer en aquellas asperezas una vida penitente y solitaria. Al hallarlo su padre en una cueva, hincado de rodillas y orando con muchas lágrimas, le preguntó por qué lloraba; y el niño respondió: "Lloro por la pasión de nuestro Señor Jesucristo"; y preguntándole también cómo pensaba sustentarse en aquella soledad, respondió que Dios lo alimentaría como alimentaba a otros santos. Tomándole el padre de la mano lo volvió a su casa, donde comenzó a ayunar la cuaresma, las vigilias y los miércoles, viernes y sábados de cada semana; ponía los pies desnudos sobre la nieve, se disciplinaba todas las noches, y llevaba en el pecho una cruz de madera atravesada con tres clavos, que traía hincados en las carnes. Terminados los primeros estudios de las letras humanas y siendo de doce años fue a Barcelona, donde recibió el hábito de los Trinitarios calzados, místicamente el corazón, dándole Jesucristo el suyo de una manera inefable. Eran tan frecuentes sus éxtasis seráficos que se arrobaba predicando, diciendo misa, orando, en el templo, en las visitas y en las calles. Lo vieron muchas veces elevado todo el cuerpo en el aire, especialmente al celebrar la misa, y teniendo el que se la ayudaba curiosidad de medir la altura, pues los arrobamientos duraban un cuarto de hora, halló que estaba elevado más de media vara del suelo. Finalmente llegado el tiempo en que el Señor quería trasladar este serafín humano al paraíso, después de haber asombrado al mundo con sus extraordinarias virtudes, lo llevó para sí el segundo día de Pascua de Resurección a la edad de treinta y tres años. 


Reflexión: 

Oye y asienta en tu alma lo que solía decir este mismo santo, maravillándose de que hubiese hombres que no amasen a Dios. "¡Oh, hijos de Adán!,—exclamaba,— ¿Es posible que haya hombres que no quieran amar a Dios? ¡Oh si las almas conocieran aquella suma bondad, cómo no la ofendieran, antes se abrasaran en su amor! ¡Oh! ¡si experimentaran la suavidad de Dios, cómo se morirían todos de amor por El!" Tal es el secreto y verdadera causa de la vida asombrosa de los santos. 


Oración: 

¡Oh Dios misericordioso! que te dignaste adornar al bienaventurado Miguel, tu confesor, con maravillosa inocencia y admirable caridad, concédenos por su intercesión, que libres de los vicios, y encendidos en tu amor, merezcamos llegar a gozarte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


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