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domingo, 24 de abril de 2016

San Fidel de Sigmaringa, mártir (24 de abril)



San Fidel de Sigmaringa, mártir.

(† 1622.)

El apostólico varón y glorioso mártir de Cristo, san Fidel nació de padres nobles y católicos en la ciudad de Sigmaringa que está en la Suevia, en el obispado de Constancia. Después de haber estudiado las letras humanas y el derecho civil y canónico en la universidad de Friburgo, se disgustó del tumulto y peligros del foro, y trocó la toga de abogado por el hábito de los padres capuchinos. El día del patriarca san Francisco vistió el tosco sayal del Padre de los pobres. Celebró su primera misa con gran concurso y edificación del pueblo, y lo destinaron los superiores al sagrado ministerio de la palabra divina, y el santo con estilo llano y desnudo de adornos retóricos, pero con gran fuerza de espíritu y eficacia de razones, predicó el divino Evangelio por las principales ciudades de Alemania, ganando para Jesucristo innumerables pecadores. Socorría a los pobres con copiosas limosnas que pedía a las personas ricas y caritativas, y habiendo sido inficionado de una enfermedad contagiosa el ejército austriaco que estaba acuartelado en aquellas provincias, asistía a los soldados, curándoles las llagas, dándoles de comer por su mano, y administrando los sacramentos de la Iglesia a los que estaban en peligro de muerte. Lo llamó el Señor a la conversión de los calvinistas Grisones, y la congregación de Propaganda Fide escogió por cabeza y Prefecto de aquella ardua misión a nuestro santo, el cual con increíbles trabajos redujo a la verdadera fe a muchos herejes, aun de los más principales y nobles del país. Mas los infernales ministros de Calvino fingiendo que querían también convertirse llamaron un día al santo para que les predicase la verdad católica en la iglesia de Servis. Llegó el apostólico misionero a aquel lugar, y habiendo celebrado aquel día la Misa con extraordinario fervor, subió al púlpito donde halló un billete que decía: Hoy predicarás y no más. No desmayó el santo con este anuncio de muerte; antes con la misma fuerza de espíritu y apostólica libertad predicaba la verdad católica, cuando de improviso entraron en la iglesia muchos hombres armados. Disparó uno de ellos su fusil contra el santo misionero, y aunque no acertó a herirle, entendió el santo que era ya llegada la hora suspirada de dar la vida por Cristo, y por la salud de sus hermanos. Bajando pues de la sagrada cátedra, se postró delante del altar mayor, donde encomendó su alma en las manos de Dios, y para evitar un nuevo sacrilegio de los herejes, salió de la iglesia por una puerta que estaba al lado de ella. Entonces como lobos sedientos de sangre se echaron sobre él los herejes y le asesinaron bárbaramente con veintitrés heridas, mientras rogaba, como san Esteban, por los que le daban la muerte. 


Reflexión: 

Se llamaba el glorioso san Fidel, con el nombre de Marco que le habían puesto en el bautismo: mas el día en que se vistió la librea de Cristo, y tomó el hábito de religión, tomó el nombre de Fidel para recordar continuamente la fidelidad con que había de servir a Dios; y por esta causa solía escribir en la primera página de todos sus libros aquellas palabras de la Sagrada Escritura que dicen: "Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida". Seámoslo también nosotros, perseverando en la santa fe y en las buenas obras hasta la muerte para que podamos oír de los labios del eterno Juez aquellas palabras: ¡Ea, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor! 


Oración: 

Oh Dios, que te dignaste adornar con la palma del martirio y con gloriosos milagros al bienaventurado Fidel, abrasado de celo en la propagación de la verdadera fe: Te rogamos por sus méritos e intercesión que fortalezca con tu gracia nuestra fe y caridad, de manera que merezcamos ser hallados fieles en tu servicio hasta la muerte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 5 de marzo de 2016

El beato Nicolás Factor (5 de marzo)



El beato Nicolás Factor

(†1583.)

El bienaventurado Nicolás Factor nació en Valencia de España, de padres humildes y piadosos. Desde muy niño comenzó a ejercitar la caridad con los enfermos; porque hallando a la edad de diez años en la puerta del hospital de san Lázaro a una pobre mujer cubierta de asquerosa lepra, con gran devoción se hincó de rodillas a sus pies y se los besó. Le preguntó otro niño cómo no tenía asco de poner los labios en cosa tan asquerosa. No he besado, respondió el santo niño, las llagas asquerosas de esta pobrecita, sino las llagas preciosas y amabilísimas de Jesucristo. Creciendo en edad salió muy aventajado en letras humanas, escribía santas poesías en lengua latina y castellana, tañía varios instrumentos, cantaba con voz excelente, y pintaba con singular habilidad imágenes de Cristo y de su Santísima Madre. Cuando su padre penaba casarle, nuestro Señor lo llamó para su servicio en el convento de Santa María de Jesús, que está a un cuarto de hora de la ciudad de Valencia. No hubo religioso alguno entre aquellos hijos de san Francisco que no se mirase en él como en un espejo de perfección. El Señor le glorificaba aún en el púlpito con raras y estupendas maravillas, porque casi siempre que predicaba e arrobaba con éxtasis seráficos elevándose algunas veces su cuerpo en el aire sin tocar con los pies en el suelo, y después que volvía en sí, proseguía el sermón tomando el hilo del discurso, donde lo había dejado. Y no sólo predicando gozaba el siervo de Dios de estas delicias divinas, sino que también celebrando el divino sacrificio, dando la Comunión, conversando de cosas santas, en su celda, en su confesionario, en las públicas procesiones; de suerte que por muchos años fue casi todos los días y por varias veces elevado en éxtasis, que alguna vez duraban horas enteras. Se le transformaba entonces el semblante, poniéndosele muy encendido y hermoso, despidiendo a veces rayos de luz, y ardiendo sus carnes como ascua. Predicando en Barcelona se elevó de la tierra más de un palmo en presencia de un concurso numerosísimo. Visitaba en Valencia con singular afición el hospital de San Lázaro; allí limpiaba a los leprosos, y los limpiaba con aguas odoríferas, les daba de comer, les hacía la cama, los desnudaba y ponía en ellas, y con gran devoción les besaba las llagas puesto de rodillas. Finalmente, después de una vida llena de maravillas y prodigios de caridad y penitencia, expiró pronunciando el dulcísimo nombre de Jesús, a la edad de setenta y tres años. Quedó su sagrado cadáver flexible y exhalando suavísima fragancia todo el espacio de nueve días que estuvo expuesto para satisfacer a la devoción de los fieles, como consta por el testimonio de un jurídico reconocimiento. Le dieron sepultura en un lugar señalado: y en vista de los continuos prodigios que dispensaba Dios a los que imploraban su patrocinio, el sumo Pontífice Pío VI le declaró beato en el año 1786.

Reflexión:

Este serafín extático ofrecía muchas veces, como otros muchos santos, un magnífico argumento de la divinidad de nuestra fe. Porque ningún hombre de sano juicio puede poner en duda su arrobamientos y elevaciones; pues semejantes maravillas eran públicas, repetidas, sensibles y manifiestas a los ojos de un numeroso concurso. Pues, ¿quién podía mirar cómo el cuerpo del santo se levantaba de la tierra y quedaba suspenso en el aire cercado de celestes resplandores, sin dejar de ver hasta con los ojos una brillantísima prueba de nuestra Religión celestial?

Oración:

Oh, Dios, que encendiendo con el fuego inefable de tu caridad al bienaventurado Nicolás tu confesor, hiciste que te siguiese con puro corazón, concédenos a tus siervos, que llenos del mismo espíritu, y ardiendo en caridad, corramos sin tropiezo por el camino de tus mandamientos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890



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