domingo, 24 de julio de 2016

Santa Cristina, virgen y mártir (24 de julio)



Santa Cristina, virgen y mártir. 

(† 300)

La maravillosa virgen y mártir de Cristo, santa Cristina, nació en Tiro de Toscana, población que estaba junto al lago de Volsena. El padre de la santa niña Cristina se llamó Urbano; era de la ilustre familia de los Anicios, y gobernaba la ciudad en calidad de prefecto, nombrado por los emperadores Diocleciano y Maximiano, cuyos edictos contra les fieles de Cristo ejecutaba con gran diligencia y bárbara crueldad. El lugar del tribunal fue la escuela en que la niña Cristina aprendió las primeras lecciones de nuestra santa fe, porque asistiendo frecuentemente a los interrogatorios de los mártires, entendió que eran dignos de desprecio los ídolos vanos, y que había un solo Dios verdadero, y que sólo Dios podía dar a los cristianos aquella invencible fortaleza con que triunfaban en los suplicios, y menospreciaban la vida temporal por alcanzar la eterna. Algunas señoras cristianas perfeccionaron la instrucción de la niña, y fue bautizada secretamente. Diez años tenía no más cuando deseosa del martirio tomó los ídolos de oro y de plata que su padre tenía, los quebró e hizo pedazos y los repartió a los pobres. De lo cual tuvo tan grande enojo su padre, que él mismo la mandó desnudar y azotar cruelmente por sus criados; y no contento con esta crueldad la hizo otro día atormentar con garfios de hierro, hasta arrancarle algunos pedazos de sus carnes, los cuales tomó ella en la mano y los ofreció a su padre, diciendo: "Toma, cruel tirano, y come también, si quieres, esa carne que engendraste". La mandó poner después en una rueda de hierro algo levantada del suelo, y debajo encender carbones y echar en ellos aceite; mas el Señor la defendió de este suplicio, y la sacó viva y sana de entre las llamas. Otro día le mandó el padre atar un gran peso al cuello y echar en el lago de Volsena; pero los ángeles la libraron y sacaron a tierra sin lesión alguna, con gran rabia y despecho de su bárbaro padre, el cual imaginando nuevos suplicios, no pudo ejecutarlos, por haber sido hallado muerto en la cama. Le sucedió en el oficio de juez el no menos cruel Dión, el cual mandó llevar a la santa niña, raída la cabeza, al templo de Apolo; y el ídolo cayó en tierra hecho pedazos; quedó de esto tan asombrado el prefecto, que cayó allí muerto, por cuyos prodigios se convirtieron muchos gentiles a la fe de Cristo. A Dión sucedió otro juez llamado Julián, no menos impío y feroz; porque mandó encender un horno, donde tuvo a la santa niña por espacio de cinco días, y del cual salió ella alabando a Dios, sin haber recibido lesión alguna. Le cortaron la lengua para que no pudiese invocar a Jesucristo, y sin lengua hablaba y no cesaba de bendecir al Señor. Finalmente fue atada a un madero y asaeteada y con este martirio envió su alma al cielo. 


Reflexión: 

¡Con qué regocijo sería recibida de los ángeles aquella alma purísima que revestida de la fortaleza de Dios había salido con victoria de tres tiranos y de tan dura y larga pelea! ¡Qué trabajos podemos nosotros padecer por amor de Cristo, que puedan compararse con los que pasó la santa niña Cristina! ¡Verdaderamente es nada todo lo que hacemos por servir a Dios y ganar el cielo! Una niña de diez años como santa Cristina nos cubrirá de vergüenza en el día del juicio, si no sólo servimos a Dios con tan poca generosidad, sino que aun rehusamos aceptar con paciencia las cruces que el Señor nos envía. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, nos alcance el perdón de nuestros pecados la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Cristina que tanto te agradó así por el mérito de su castidad, como por la ostentación que hizo de tu poder en su constancia hasta la muerte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 23 de julio de 2016

San Apolinar, obispo y mártir (23 de julio)



San Apolinar, obispo y mártir. 

(† hacia el año 75.)

El apostólico obispo de Rávena y fortísimo mártir de Cristo san Apolinar, fue uno de los discípulos que el apóstol san Pedro trajo consigo, cuando trasladó su cátedra de Antioquía a Roma. Lo consagró obispo el mismo príncipe de los apóstoles y lo envió a Rávena para que allí predicase el santo Evangelio. Llegando Apolinar cerca de aquella ciudad, fue acogido por un militar llamado Treneo, que tenía un hijo ciego, al cual el santo pontífice restituyó la vista. Por este milagro Treneo y toda su casa creyeron en Cristo y fueron bautizados. Supo luego este prodigio el tribuno de aquel soldado, y rogó al santo que viniese y sanase su mujer llamada Tecla, que estaba sin esperanza de vida, a la cual Apolinar tomó de la mano, y le dijo: "Levántate sana en nombre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, y cree en él, y entiende que no hay cosa semejante a él en el cielo ni en la tierra". Y luego se levantó sana la mujer, con lo cual ella, su marido el tribuno y todos los de su familia se convirtieron. Doce años se ocupó el santo en predicar la doctrina del cielo en Rávena, y en administrar a los fieles los santos sacramentos, instituyendo algunos clérigos que lo ayudasen; y como ya creciese el número de los cristianos, Saturnino, gobernador de la ciudad, lo mandó llamar, y le examinó delante de los sacerdotes de los ídolos, los cuales alborotaron al pueblo y maltrataron y apalearon al santo, hasta dejarlo medio muerto. Mas los cristianos lo tomaron y escondieron en casa de una buena viuda cristiana y allí lo curaron. Toda la vida de este apostólico varón fue una cadena de milagros y persecuciones. Restituyó el habla a un caballero principal llamado Bonifacio, el cual se convirtió con quinientas personas; y los gentiles lo hicieron pasar sobre las brasas con los pies descalzos, y visto que no recibía lesión de fuego, lo echaron como a nigromántico de la ciudad. En la provincia de Emilia resucitó a una difunta, hija de un caballero patricio llamado Rufo; y el juez Mesalino lo mandó atormentar en el ecúleo y echar agua hirviendo sobre las llagas. En la región de Misia sanó un hombre muy principal que estaba cubierto de lepra, y en Tracia hizo enmudecer el oráculo del templo Serapis, y los gentiles, después de haber maltratado bárbaramente al santo los desterraron a Italia. Volviendo a Rávena, los idólatras lo amenazaron con la muerte si no sacrificaba al dios Apolo, y por la oración del santo, el simulacro cayó hecho pedazos con gran alegría de los cristianos y rabia de los gentiles, los cuales lo hirieron gravemente junto a la puerta de la ciudad. Finalmente, después de estos malos tratamientos vivió aún siete días en una casa donde se recogían los leprosos y allí dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Tal fue la vida apostólica de san Apolinar, el cual se sacrificó como hostia viva del Señor, con un martirio prolijo de veintinueve años. Guárdense, pues, los enemigos de nuestra santísima fe de blasfemar diciendo que la religión cristiana es un negocio de ambición y sórdida codicia, porque al exagerar algunos defectos humanos que no podían faltar en una sociedad que no es de ángeles sino de hombres, vituperan calumniosamente al Hijo de Dios que la fundó, y a sus santísimos apóstoles y discípulos, y a todos los santos de la verdadera Iglesia de Dios.  



Oración: 

Oh Dios, remunerador de las almas fieles, que consagraste este día con el martirio de tu sacerdote, el bienaventurado Apolinar, te suplicamos nos concedas a nosotros tus humildes siervos, el perdón de nuestras culpas por los ruegos de aquel, cuya venerable solemnidad celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 22 de julio de 2016

Santa María Magdalena (22 de julio)



Santa María Magdalena.

(† hacia el 66.)

La bienaventurada María Magdalena, espejo de penitencia y fervorosísima discípula de Cristo, era hermana de san Lázaro y de santa Marta. Usando mal de la libertad que tenía por ser muertos sus padres, y viéndose noble, rica y hermosa, comenzó a darse a los gustos y deleites del mundo, de manera que vino a tener escandalizada toda la ciudad, en tanto grado, que la llamaban la pecadora. Dice el Evangelio que el Señor echó de ella siete demonios, por los cuales entienden algunos santos los pecados y vicios de que el Salvador la libró. Porque sabiendo ella que Jesús estaba convidado a la mesa de un rico fariseo llamado Simón, tomó un vaso de ungüento precioso en las manos y entró en aquella casa, y derribada a los pies del Salvador, comenzó a derramar lágrimas tan copiosas, que bastaron para regar los pies de Cristo, y luego los limpió con los cabellos, los besó y ungió con aquel precioso ungüento. Y como el fariseo juzgase que no debía de ser profeta quien se dejaba tocar de aquella pecadora, lo reprendió el Señor, y dio a la Magdalena un jubileo plenísimo y remisión de todos sus pecados, enviándola con paz y alegría a su casa. De allí en adelante comenzó la santa a emplear su caudal, su persona y hacienda en servicio de Jesucristo. Lo hospedaba con sus hermanos Lázaro y Marta, y habiendo Lázaro caído enfermo, enviaron las dos hermanas a Jesús un mensajero que le dijese: "Señor, el que vos amáis está enfermo". Vino el Señor a Betania muy tarde y cuando Lázaro estaba ya muerto y sepultado. Y viendo Jesús las lágrimas de amor y dolor de las dos hermanas, se enterneció y lloró con ellas, y resucitó a Lázaro de cuatro días muerto. Celebraron este gran prodigio haciendo un convite a Lázaro resucitado, el cual comía a la mesa, con Jesús y muchos judíos convidados, y con esta sazón ungió otra vez María los pies del Salvador. Lo acompañó después en su sagrada Pasión, perseverando al pie de la cruz y ungiendo con aromas el santísimo cadáver de Jesucristo, y en recompensa de tanto amor fue entre los testigos de la Resurrección que menciona el Evangelio, la primera que vio al Señor resucitado y glorioso. Y parece cosa sin duda que también se halló la santa a la subida de Cristo a los cielos, y en la venida del Espíritu Santo. Finalmente en la persecución que se levantó después de la muerte de san Esteban, María, Lázaro y Marta, con otros discípulos del Señor, fueron puestos en un navío sin velas ni remos, para que pereciesen en el mar. Mas aportando en Marsella, con el admirable ejemplo de su vida y palabras de cielo y milagros que hacían, convirtieron aquella provincia a la fe de Cristo, y se dice que san Lázaro fue obispo de Marsella, y la Magdalena, se retiró a una soledad donde pasó treinta años muy consolada del Señor, hasta que su alma bendita fue llevada al cielo por los santos ángeles. 


Reflexión: 

Es mucho para notar (como observa san Crisóstomo) que santa Magdalena fue la primera que vino al Señor para alcanzar el perdón de sus culpas, usando de todas las cosas que le habían sido instrumento de pecado, para hacer de ellas remedios contra el pecado; porque de los ojos con que cautivaba antes las almas hizo fuentes para lavar la suya; de los cabellos hizo lienzo para limpiarla; de la boca hizo portapaz para recibir la de Cristo; y del ungüento hizo medicina para curarse. Imitemos este ejemplo, y si de los dones que hemos recibido de Dios hemos hecho instrumentos para ofenderlo, usemos ahora de ellos para servirlo y amarlo. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que seamos ayudados por la intercesión de la bienaventurada María Magdalena, a cuyos ruegos resucitaste a su hermano Lázaro, de cuatro días muerto. Tú que vives y reinas por todos los siglos de los siglos. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 21 de julio de 2016

San Víctor y sus compañeros, mártires (21 de julio)


San Víctor y sus compañeros, mártires. 

(† 290.)

Al poco tiempo de haber mandado degollar a toda la legión Tebea, fue el emperador Maximiano a Marsella, donde había una iglesia numerosa y floreciente. A su llegada temblaron por su vida todos los fieles de la ciudad y se prepararon para el martirio. Durante esta general consternación un oficial cristiano, llamado Víctor, iba todas las noches de casa en casa a visitar a sus hermanos en Jesucristo para exhortarles al desprecio de la muerte, e inspirarles el deseo de la vida eterna. Habiendo sido sorprendido en una acción tan digna de un soldado de Cristo, fue conducido al tribunal de los prefectos Asterio y Eutiquio, que le representaron el peligro que corría, y cuan loco era de exponerse a perder el fruto de sus servicios y el favor del príncipe, por querer adorar a un hombre muerto. Contestó Víctor que renunciaba a todas las ventajas que no podía gozar sino renunciando a Jesucristo, Hijo eterno de Dios, que se había dignado hacerse hombre y que había resucitado después de muerto. Semejante respuesta excitó furiosos gritos de indignación, pero como el prisionero era persona ilustre, lo enviaron al emperador Maximiano, el cual, para torcer la constancia de Víctor lo hizo atar de pies y manos y mandó que lo paseasen por todas las calles de la ciudad, exponiéndolo así a los insultos del populacho. A la vuelta de este público desprecio, lo presentaron todo cubierto de sangre a los prefectos, y Asterio mandó que lo extendiesen sobre el caballete, donde los verdugos le atormentaron por largo espacio. Lo encerraron después en una lóbrega prisión, en la cual, a medianoche, lo visitó el Señor por el ministerio de sus ángeles. La cárcel se llenó de admirable claridad. El santo mártir cantaba con los espíritus celestiales las alabanzas del Señor. Tres soldados encargados de custodiarlo quedaron tan asombrados de lo que pasaba, que arrojándose a los pies de Víctor, le pidieron perdón y la gracia del bautismo. Se llamaban Longinos, Alejandro y Feliciano, los cuales fueron bautizados aquel día, y Víctor les sirvió de padrino. Al día siguiente, supo todo esto el emperador, y montado en cólera hizo trasladar los cuatro santos a la plaza pública, donde fueron cargados de injurias por la plebe soez y cortadas las cabezas de los tres centinelas. Tres días después llamó de nuevo el emperador a Víctor a su tribunal y le mandó adorar una estatua de Júpiter puesta sobre un altar, pero Víctor, lleno de fe en Jesucristo, dio un puntapié al altar, y lo derribó juntamente con el ídolo hecho pedazos. El tirano, para vengar a sus dioses, le hizo cortar el pie ordenando luego que metiesen al mártir debajo de la rueda de un molino. Y como a la primera vuelta el molino se descompusiese, sacaron de allí al santo y le cortaron la cabeza. Su cuerpo, junto con los cadáveres de Longinos, Alejandro y Feliciano, fueron arrojados al mar, pero los cristianos los encontraron sobre la orilla y les dieron honrosa sepultura. 


Reflexión: 

Se mostró san Víctor muy digno de su nombre, porque fue ilustre y glorioso vencedor de todos los poderes de la tierra y del infierno. Por esta causa triunfa ahora en el paraíso con todos los santos mártires a quienes animó a alcanzar también victoria de los tiranos y tormentos. Hagamos asimismo nosotros obras dignas del nombre que llevamos, imitando las virtudes del santo cuyo nombre nos pusieron en el bautismo, para que, así como ahora nos honramos con su nombre, participemos después de su eterna recompensa. 


Oración: 

Oh Dios, que nos concedes la gracia de celebrar el nacimiento para el cielo de los gloriosos mártires Víctor y sus compañeros, concédenos también la de gozar de tu eterna bienaventuranza en su santa compañía. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 20 de julio de 2016

Santa Margarita, virgen y mártir (20 de julio)






Santa Margarita, virgen y mártir.


(† 175)


La gloriosa virgen y mártir santa Margarita, que los griegos y algunos autores llaman Marina, fue natural de la ciudad de Antioquía de Pisidia, e hija de un famoso sacerdote de los dioses, llamado Edisio. La crió una buena mujer, la cual le infundió con la leche la fe cristiana y la educó en santas costumbres. Se enternecía sobremanera cuando oía decir los suplicios con que los santos mártires eran despedazados, y la constancia y fortaleza con que los padecían; y le venía gran deseo de imitarlos y de morir como ellos por Jesucristo. Por esta causa era aborrecida y maltratada de su padre idólatra y sacerdote de los ídolos, el cual llevó su inhumanidad hasta el extremo de acusarla y de ponerla en manos del impío presidente Olibrío. Se había enamorado este tirano de la belleza de Margarita, y no pudiendo atraerla a su voluntad con astucia ni con fuerza, trocó todo el amor en odio, y quiso vengarse de ella con tormentos. La mandó tender en el suelo, y azotar cruelísimamente, hasta que de su delicado cuerpo saliesen arroyos de sangre, lo cual, aunque hizo derramar lágrimas de pura lástima al pueblo que estaba presente, no ablandó el pecho de la santa virgen, que parecía no sentir aquellos despiadados azotes como si no descargaran sobre ella. La llevaron después arrastrando a la cárcel, donde rogando la santa con gran devoción al Señor que le diese fortaleza y perseverancia hasta el fin. oyó un temeroso ruido, y vio al demonio en figura de un dragón terrible que con silbidos y un olor intolerable se llegó a ella como que la quería tragar. Mas la cristiana virgen, armándose con la señal de la cruz, lo ahuyentó, y luego aquel oscuro calabozo resplandeció con una luz clarísima y divina, y se oyó una voz que dijo: "Margarita, sierva de Dios, alégrate, porque has vencido". Al día siguiente la mandó el juez comparecer delante de sí y con gran asombro observó que estaba sana de sus heridas, y llamándola hechicera, la mandó desnudar y con nachas encendidas abrasar los pechos y costados. Después ordenó que trajesen una gran tina de agua, y que echasen en ella a la santa virgen atada, de suerte que sin poderse menear se ahogase. Y cuando la sumergían en el agua, bajó una claridad grandísima, y una paloma que se asentó sobre la cabeza de la santa. Por este milagro se convirtieron muchos de los que presentes estaban, en los cuales el presidente ejercitó su crueldad, dando sentencia que así ellos como la santa fuesen degollados. Al tiempo que el verdugo estaba con la espada en la mano para ejecutar la sentencia, tembló la tierra con súbito terremoto, y animando la misma santa al verdugo, fue degollada y recibió de mano de su amorosísimo y celestial Esposo la corona doblada de su virginidad y martirio.



Reflexión:

En el martirio de esta santa doncella vemos cumplida aquella palabra del Señor que dijo: "Vine a separar el hijo de su padre y la hija de su madre", porque siendo tan contraria la santidad del Evangelio a la impiedad de la antigua superstición, era imposible que en una misma familia viviesen en paz cristianos e idólatras. Estos infieles, a falta de verdad, echaban mano de la fuerza y violencia contra los fieles de Cristo, como se ve en el martirio de nuestra santa. Y ¿de dónde nacen ahora las persecuciones que padecen los buenos católicos de los impíos, sino de la enemistad irreconciliable de la impiedad con la fe y del vicio con la virtud?


Oración:

Te suplicamos, Señor, que nos alcances el perdón de nuestros pecados por la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Margarita, que tanto te agradó, por el mérito de su castidad y por la manifestación de tu soberana fortaleza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890




Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 19 de julio de 2016

San Vicente de Paúl, confesor y fundador (19 de julio)




San Vicente de Paúl, confesor y fundador.

(† 1659)

El amorosísimo padre de los pobres san Vicente de Paúl, parece que fue de nación español, aunque varios autores de su vida dicen que nació en el lugar de Ranquines de la parroquia de Puy, en Francia. Lo habían puesto sus padres, que eran unos pobres labradores, a guardar el ganado; mas como lo viesen hábil para las letras, lo enviaron a una escuela de los padres franciscanos que estaban en la ciudad de Acqs. Habiéndose graduado de bachiller en la universidad de Tolosa, y ordenádose de sacerdote, enseñó por algún tiempo la sagrada teología. Mas el Señor, que lo había escogido para que ilustrase al mundo con el resplandor de sus virtudes y señaladamente de su caridad, lo puso en el crisol de la tribulación. Porque haciéndose a la vela para ir desde Marsella a Narbona, en el golfo de León, fue asaltada la nave por unos corsarios moros, los cuales mataron bárbaramente al patrón y a otros que iban con él, e hirieron con flechas a casi todos los demás, y entre ellos a nuestro Vicente, y cargándolos de cadenas los llevaron a Túnez. Aquí, despojado el santo de sus vestidos, encadenado, y mal cubierto con un pobre sayal, como vil esclavo, fue llevado por las calles y vendido a un pescador. Fue comprado después por un viejo médico químico, el cual lo entregó a un sobrino, bárbaro de secta y de costumbres, y paró finalmente en poder de un renegado. No se pueden decir los grandes trabajos que pasó el santo todo el tiempo de su esclavitud, que fue como el noviciado de su vida santísima. Convirtió al renegado, el cual fue con san Vicente a Roma, y entró en el austero convento de unos religiosos llamados Fate ben Fratelli que servían en los hospitales bajo la regla de san Juan de Dios. Se encaminó luego el santo a París, donde se consagró al servicio de los pobres enfermos del hospital de la Caridad, y pasando después a los condenados a galeras fundó para socorrer a aquellos infelices la Casa Misión de Marsella, donde por librar a uno de los galeotes en extremo afligido, se ofreció a ocupar su lugar y llevar sus hierros, de lo cual le quedó en los pies una hinchazón que le duró todo el resto de la vida. Fundó la Congregación, llamada de la Misión, de clérigos seculares y fervorosísimos misioneros; instituyó la Cofradía de hombres para asistir a los enfermos, la Hermandad de las Hijas de Caridad para los enfermos de cada parroquia la llamada de la Caridad para los grandes hospitales, y la de las Damas de la Cruz para la educación de las niñas. Promovió las fundaciones de los grandes hospicios de París para los niños expósitos; socorrió con gruesas limosnas a los pobres de las provincias de Lorena y de muchas poblaciones asoladas por la guerra y el hambre, y asistió al rey Luis XIII, que puesto en el último trance murió consolado en los brazos del santo. Finalmente, lleno de días y de méritos, a los ochenta y cinco años de su edad, dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Apenas se derramó en París la triste nueva del fallecimiento de san Vicente de Paúl, no se oía en toda la ciudad más que esta sola voz: "Ha muerto el santo". Lo lloraron los huérfanos, lo lloraron las viudas y todos los pobres exclamaron con lágrimas: "¡Ha muerto nuestro padre!". Sacerdotes y prelados, caballeros y damas, senadores y príncipes hicieron gran sentimiento por su muerte y comenzaron a venerar su sepulcro, glorificado por el Señor con grandes prodigios, y con la perfecta incorrupción del sagrado cadáver. 


Oración: 

Oh Dios, que revestiste de apostólica fortaleza al bienaventurado Vicente para que evangelizase a los pobres y promoviese el decoro del Orden eclesiástico, te rogamos nos concedas ser instruidos con los ejemplos de sus virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 18 de julio de 2016

San Camilo de Lelis, fundador (18 de julio)




San Camilo de Lelis, fundador. 

(† 1614.)

El ángel consolador de los enfermos y moribundos, san Camilo de Lelis, nació de padres ilustres por la nobleza de su sangre, en la villa de Voquíanico, en el arzobispado de Chieti del reino de Nápoles. Cuando su madre Camila dio a luz a nuestro santo, era ya de edad de sesenta años y tuvo un sueño misterioso, en que vio a su hijo con una cruz en el pecho, acompañado de otros muchos niños que llevaban también en el pecho unas cruces semejantes. Siguió Camilo, como su padre, los ejercicos de las armas, sirviendo en los ejércitos de Venecia y de España, y llevando una vida no menos trabajosa que licenciosa. Mas habiendo oído los santos consejos de un religioso capuchino, el día de la Purificación de Nuestra Señora, se sintió tocado de Dios de manera que saltando del caballo en que iba camino de Manfredonia, se hincó de rodillas sobre una piedra y empezó a deshacerse en llanto copiosísimo pidiendo a Dios perdón de sus pecados, y proponiendo hacer asperísima penitencia. Con este ánimo, se llegó al padre guardián de los capuchinos de Manfredonia, rogándole que le diese el santo hábito: mas no pudo llevarlo sino algunos meses, porque batiéndole de continuo en la corva del pie, le abría una llaga antigua que en él tenía, la cual no se le cerró en toda la vida. Pasó entonces a Roma, y se consagró enteramente al servicio de los enfermos en el hospital llamado de Incurables, donde echó los cimientos de su gran santidad, ayudado por los avisos del padre san Felipe Neri, que era su confesor. Se dolió mucho de ver cuánto padecían los enfermos por el descuido de los enfermeros asalariados; y pensó en instituir una congregación de enfermeros religiosos que sirviesen en los hospitales por sólo amor de Jesucristo, y encomendando esta obra al Señor, vio cómo Jesús, desclavando las manos de la cruz, le dijo: "Lleva adelante tu empresa, que yo te ayudaré". En esa sazón consideró Camilo que siendo seglar como era, no podría ayudar como deseaba a las almas de los enfermos, y así empezó a estudiar la gramática, no avergonzándose de aparecer en medio de los niños, siendo de edad de treinta y dos años, y con gran aplicación prosiguió sus estudios hasta ordenarse de sacerdote. Fundó después su nueva orden, en la cual se obligaban los religiosos con un cuarto voto, a asistir a cualesquiera enfermos de pestilencia: y en efecto, en una peste que hizo gran estrago en Roma, ejercitaron su heroica caridad con los apestados, entrando a veces con escalas en sus casas, por estar enfermos todos los que en ellas moraban, y no haber quien pudiese abrirles la puerta. Son indecibles las proezas de caridad que hizo en los numerosos hospitales que fundó en toda Italia; hasta que habiendo renunciado el generalato de su Orden y vuelto a servir en el Hospital del Espíritu Santo que había en Roma, dijo: "Aquí será mi descanso"; y en efecto, a los sesenta y cinco años de su edad, descansó en el Señor y recibió la corona de sus grandes trabajos y merecimientos. 



Reflexión: 

¿Qué te parece, cristiano lector? Si hubieses de parar como pobre enfermo en un hospital, ¿no preferirías la dulcísima caridad de san Camilo y de sus hijos religiosos, al servicio negligente, frío y puramente interesado de ciertos hospitales secularizados? Espanta lo que cobran los enfermeros laicos, y hace derramar lágrimas la inhumanidad que usan con los pobres enfermos, haciendo de su oficio de caridad un vilísimo negocio.



Oración: 

Oh Dios, que adornaste a san Camilo de una singular caridad para socorrer a los que luchan en la última agonía, infunde en nosotros el espíritu de tu amor, para que en la hora de nuestra muerte merezcamos vencer al común enemigo, y alcanzar la corona celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 17 de julio de 2016

San Alejo, confesor (17 de julio)



San Alejo, confesor.

(† 417.)

El humildísimo siervo de Cristo san Alejo, nació en la ciudad de Roma y fue hijo de un gran caballero rico y poderoso que se llamaba Eufemiano. Por obedecer a sus padres, se desposó con una doncella de esclarecido linaje: mas inspiróle Dios que hiciese un perfecto holocausto de sí mismo y de todos los deleites del mundo. Obedeció Alejo; entró en el aposento donde estaba su esposa, y le dio un anillo de oro y una cinta muy rica envuelta en un velo colorado de seda, y le dijo que guardase aquellas joyas en prenda de su amor hasta que Dios otra cosa ordenase; y tomando luego algunos dineros, mudó el traje y partió a Laodicea, y de allí a Edesa, en la Mesopotamia, donde se vistió de pobre y comenzó a mendigar. Lo más del tiempo vivía debajo de un portal de una iglesia de Nuestra Señora. Quedaron atónitos los padres de Alejo, sabiendo que no se hallaba en casa, la madre en un perpetuo llanto, la esposa deshaciéndose en lágrimas, y el padre, enviando por todas partes criados que le descubriesen a su hijo. Por señas que algunos de ellos tuvieron, llegaron a Edesa, donde Alejo estaba; pero le hallaron tan trocado, que le dieron limosna y no le conocieron. Diecisiete años estuvo en Edesa, y haciéndose después a la vela hacia Tarso de Cilicia para visitar el templo del apóstol san Pablo, una brava tempestad lo llevó a Italia, y viéndose ya en el puerto de Ostia, determinó entrar en Roma, y para triunfar más gloriosamente de sí mismo, irse a la casa de sus mismos padres, donde entendía que no sería conocido. Lo acogió en efecto su padre, que era muy caritativo y amigo de socorrer a los pobres, y el santo se aposentó en una camarilla estrecha y oscura en el portal de la casa, donde padeció grandes molestias de los criados: porque como si fuera un simple e insensato, le daban bofetadas, le echaban cosas inmundas y le hacían otras muchas befas y agravios. Diecisiete años pasó el santo en esta vida tan abatida y admirable, hasta que teniendo revelación del día de su muerte, escribió en un papel su nombre y el de sus padres y de su esposa, y el viernes siguiente entregó su espíritu al Creador. Estaba a la sazón el papa diciendo misa delante del emperador, y se oyó una voz del cielo que decía: "Buscad al siervo de Dios en casa de Eufemiano", y lo hallaron tendido en el suelo, cercado de gran resplandor y hermoso como un ángel. Ecio, cancelario, por mandato del pontífice y del emperador, leyó la carta que el santo tenía apretada en sus manos, en ella halló los nombres de sus padres y de su esposa, la cual derribándose sobre el sagrado cadáver, dijo tales cosas que ablandaran corazones de piedra. Fue sepultado el día siguiente con grandísima pompa en la iglesia de san Bonifacio, y el Señor le glorificó con grandes prodigios. 


Reflexión: 

Es Dios (coma dice el real profeta) admirable en sus santos: pero lo es muy particularmente en su humildísimo siervo san Alejo. ¡Qué castidad tan entera y pura infundió en su alma! ¡qué obediencia para menospreciar los regalos de su casa y dejar a sus padres, esposa, deudos y amigos! ¡qué pobreza de espíritu para vivir tantos años como mendigo! y sobre todo esto ¡qué fortaleza y sufrimiento para triunfar de sí y del mundo con un género de victoria tan nuevo y glorioso! Sea el Señor bendito y glorificado para siempre en sus santos y a nosotros nos de gracia para hacer por su amor, siquiera los pequeños sacrificios que nos pide. 


Oración: 

Oh Dios que cada año nos alegras con la solemnidad del bienaventurado Alejo tu confesor, concédenos que imitemos las acciones de aquel, cuyo nacimiento al cielo celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 16 de julio de 2016

El triunfo de la Santa Cruz (16 de julio)




El triunfo de la Santa Cruz.

(1212)

Entre las ilustres victorias que Dios nuestro Señor ha dado a los cristianos contra los infieles y enemigos suyos, es muy admirable la de las Navas de Tolosa, que alcanzó el rey de Castilla don Alfonso el VIII, en compañía de los reyes de Aragón y de Navarra, sobre el rey moro Mahomat y su innumerable ejército. Recabó el arzobispo de Toledo del papa Inocencio III que concediese cruzada a todos los que viniesen a aquella guerra, y les otorgase las mismas gracias e indulgencias que se concedían a los que iban a la conquista de la Tierra Santa; y fue tan grande el concurso de gentes que acudieron de toda España y aun de Francia e Italia, que se puso en orden uno de los más lucidos ejércitos que en España se habían visto. Salieron pues de Toledo los soldados cristianos a los veinte días del mes de junio; y venciendo las dificultades del camino, ganaron de mano de los bárbaros algunos pueblos, como Malagón y Calatrava, y llegaron al puerto que llaman del Muradal, en donde estaba el rey Mahomat con su ejército muy grande y poderoso. Supo el moro de sus espías que los cruzados extranjeros se habían retirado, en cierto motín que sucedió en el ejército; y determinó esperar al rey en campo raso, y así se retiró un poco a los llanos de Baeza, dejando en las Navas de Tolosa (que es un paso muy estrecho) parte de su gente para hacer daño en los cristianos. El camino era muy trabajoso y áspero, y los enemigos estaban ya a la vista; mas un pastor muy práctico de toda aquella tierra guió a los cruzados por la ladera del monte, de tal manera, que llegaron al sitio que deseaban, viéndolos los enemigos sin poderles estorbar el paso. El rey Mahomat presentó luego batalla a los cristianos, y llegada la noche del domingo, el rey Alfonso mandó pregonar a sus tropas que se apercibiesen para la batalla con la confesión y comunión; y levantando las manos al cielo, suplicó al Señor les diese victoria de sus enemigos. Vinieron pues a las manos los dos ejércitos, y al principio parecía que llevaban lo mejor los moros, de manera que el rey dijo al arzobispo don Rodrigo: "¡Ea, arzobispo; muramos aquí, yo, y vos!" Mas el arzobispo le respondió: "No, señor, no moriremos, sino que venceremos". Y luego se conoció la ventaja de los cristianos y el favor del cielo; porque la cruz que un canónigo de Toledo llevaba delante del arzobispo, pasó por todos los escuadrones enemigos sin daño del que la llevaba, con tirarle de todas partes infinitas saetas, y llegando el estandarte real que llevaba una imagen de Nuestra Señora a donde estaba la mayor fuerza del ejército moro, lo desbarató y deshizo como humo. El rey Mahomat, con algunos de su corte, apenas pudo escapar, quedando muertos en el campo doscientos mil almohades. Esta insigne victoria llenó de gran alegría y regocijo a toda la cristiandad, y para memoria de ella se instituyó la fiesta del triunfo de la santa Cruz, porque la santa Cruz rompió por medio de los escuadrones enemigos y quebrantó aquel día todo el poder de la soberbia morisma.  


Reflexión: 

Supliquemos al Señor que por la virtud de la santa Cruz sea también confundida y humillada la arrogancia de los herejes, sectarios y demás enemigos de Jesucristo, que turban la paz del pueblo cristiano con tan gran menoscabo de su felicidad temporal y eterna. 


Oración: 

Oh Dios, que por la virtud de tu santa Cruz diste a tu pueblo creyente glorioso triunfo de sus enemigos, te rogamos que concedas victoria y honra perpetua a los piadosos adoradores de la santa Cruz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


Nuestra Señora del Carmen o del Santo Escapulario (16 de julio)



Nuestra Señora del Carmen o del Santo Escapulario.

Celebra en este día la santa Iglesia la festividad de nuestra señora llamada del Carmen o del Monte Carmelo, porque de aquel santo monte, desde donde vio el profeta Elías aquella nubécula maravillosa, que era figura de la Virgen santísima, trae su nombre la religión carmelitana, a la cual enriqueció la Reina de los cielos con la vestidura del santo Escapulario, que desde entonces acá ha sido la librea, el escudo y prenda de salud de todos sus fieles devotos. Se refiere en las crónicas que ya desde los tiempos apostólicos muchos santos hombres se juntaron en la soledad del Carmelo para celebrar la gloria del Señor y dar culto especial a su Madre santísima, mas cuando los sectarios del falso profeta Mahoma hicieron gran estrago en aquellas regiones, los solitarios hubieron de ocultarse en las cavernas, donde moraron hasta que los ejércitos de las Cruzadas pasaron a la Tierra Santa y persuadieron a aquellos devotos siervos de la Virgen que viniesen a las tierras de Europa; y hacia la mitad del siglo XIII, vinieron algunos de ellos en compañía de san Luis rey de Francia, quedándose unos en cierta ermita que está a una legua de Marsella, y embarcándose otros con rumbo a Inglaterra, a donde el Señor les guiaba. Allí les habló y conoció por divina revelación el admirable Simón Stock, el cual, habiendo abrazado el instituto de aquellos santísimos religiosos carmelitas, partió a Jerusalén, visitó con los pies descalzos los santos lugares, y se detuvo seis años en el Monte Carmelo, donde se dice que la Virgen lo sustentó milagrosamente. Volviendo a su patria fue nombrado, por voz común de todos sus hermanos, Superior general de la orden, y entonces se le apareció la gloriosa Reina de los cielos con majestad, acompañada de coros angélicos, y llevando en la mano un escapulario, que entregó al santo, diciéndole con muy blandas y amorosas palabras: "Toma, querido hijo, este escapulario de tu orden, como insignia de mi cofradía, y privilegio singular para ti y tus carmelitas; es una señal de predestinación y alianza de paz y pacto sempiterno: los que con él murieren no padecerán el fuego eternal". Apenas se publicó en el mundo tan provechosa devoción y tan rica prenda, los reyes y los pueblos se vistieron a porfía del sagrado escapulario y se alistaron en la cofradía de la Virgen del Carmen, los sumos pontífices la aprobaron y colmaron de alabanzas e indulgencias, y la misma Reina de los cielos la autorizó con estupendos y soberanos prodigios, librando a sus devotos de innumerables peligros del cuerpo y del alma. 


Reflexión: 

Es, pues, el Santo Escapulario del Carmen la librea de los verdaderos hijos de la Virgen; es una prenda de eterna vida, y conforme se dice en el decreto del papa Paulo V, pueden los fieles piadosamente creer que todos los cofrades del Carmen, que religiosamente cumplen sus obligaciones, y mueren en gracia de Dios, adornados con el santo escapulario, si han de pasar por el purgatorio, experimentan allí el singular patrocinio de la Virgen santísima, especialmente el día sábado, que a su culto tiene consagrado la Iglesia. No dejes pues de llevar el santo escapulario, que será para ti escudo soberano contra los enemigos visibles e invisibles, y al armarte con él, piensa que es un regalo que te hace la Virgen, y una prenda de eterna salvación. 


Oración: 

¡Oh Dios! que honraste la orden del Monte Carmelo con el título especial de tu Madre bienaventurada la Virgen María, concédenos benigno, que amparados con la protección de esta soberana Señora, cuya memoria tan solemnemente celebramos, merezcamos llegar a los eternos gozos de la gloria. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 15 de julio de 2016

San Enrique I, emperador de Alemania (15 de julio)




San Enrique I, emperador de Alemania.

(† 1024)


El admirable emperador de Alemania san Enrique, por sobrenombre "el piadoso", nació en el castillo de Abaudia, sobre el Danubio, y fue hijo de Enrique, duque de Baviera, y de Gisela, hija de Conrado, rey de Borgoña. Lo bautizó el santo obispo de Ratisbona, Wolfango, el cual tomó a su cuenta la educación del niño y lo hizo letrado, y aficionado a toda virtud. Habiendo heredado el santo príncipe los estados de su padre, fue elegido con gran conformidad por emperador de Alemania, sucediendo en el imperio a Otón III. Consultaba con Dios todo lo que había de disponer en el gobierno de sus vasallos, orando fervorosamente, dando largas limosnas, y tomando el parecer de los varones más santos y prudentes. Estando un día para asistir a unos espectáculos o fiestas públicas que parecieron mal a san Popón, abad, el cristiano príncipe luego las dejó y mandó que no se hiciesen. Reparó muchas iglesias que estaban destruidas de los esclavones y otros bárbaros, y amplificó en todo su imperio la religión católica y el culto divino. Habiendo vencido a Roberto, rey de Francia, y hecho paces con él, juntó un buen ejército contra los infieles, especialmente los polacos, bohemios, moravos y esclavones, y ciñéndose la espada que había sido de san Adriano mártir, salió a campaña, haciendo voto a san Lorenzo de reedificar su iglesia de Merseburgo si le alcanzaba victoria. Y cuando le salieron al encuentro los príncipes enemigos con un formidable ejército de gente innumerable, mandó que todas sus tropas se confesasen y comulgasen, como solían hacer, en semejantes ocasiones, y los exhortó a pelear animosamente, esperando el favor del cielo. Dio el Señor entera victoria de sus enemigos al santo emperador, el cual hizo tributarias a Polonia, Bohemia y Moravia, y declaró luego guerra a los borgoñones, que aunque estaban muy poderosos y armados, se le rindieron sin querer pelear. Pasó más tarde a Italia para restituir, como lo hizo, a la silla de san Pedro a Benedicto VIII, de la cual había sido injustamente despojado. Recobró con gran valor la provincia de la Pulla, que le habían usurpado los griegos, y fue coronado en Roma con gran solemnidad por el papa Benedicto. Cuando volvió a Alemania, quiso pasar por Francia y visitar el monasterio cluniacense que florecía con gran fama de santidad, y estando allí oyendo misa de la Cátedra de san Pedro, llevado de un gran fervor ofreció en ella su corona de oro llena de preciosísimas piedras. Finalmente, después de tantas victorias y obras heroicas de virtud, viendo que llegaba su última hora, llamó a los príncipes del imperio, y tomando por la mano a su mujer, santa Cunegunda, se la encomendó encarecidamente, declarando que era virgen, y que ambos habían guardado castidad y vivido como hermanos. Murió el santo emperador a la edad de cincuenta y dos años. 


Reflexión: 

Grande es la obligación que tienen los príncipes y gobernantes cristianos de amparar nuestra santísima religión. Del cumplimiento de este sagrado deber depende, como has leído, la prosperidad de los estados, porque la religión inspira, así a los gobernantes como a los pueblos gobernados, sentimientos de toda virtud y justicia, que son la mejor garantía de la paz y felicidad de las naciones. Pero ¿qué ha de suceder si en la corte y en el reino imperan la irreligión, el egoísmo, la inmoralidad y la falta de toda justicia y temor de Dios? 


Oración: 

¡Oh Dios! que en este mismo día trasladaste al bienaventurado Enrique, tu confesor, desde el trono de la tierra al reino de la gloria; te rogamos humildemente que nos des tu ayuda para despreciar, como él, los halagos de este mundo, y llegar a ti por la inocencia de nuestras costumbres. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 14 de julio de 2016

San Buenaventura, obispo y doctor (14 de julio)




San Buenaventura, obispo y doctor. 

(† 1274.)

El seráfico doctor de la Iglesia san Buenaventura, nació de padres esclarecidos por su linaje en una pequeña ciudad de Toscana, llamada Bagnarea. Siendo muy niño tuvo una tan recia enfermedad, que le deshauciaron los médicos; y su madre prometió a san Francisco que, si alcanzaba la salud de su hijo, procuraría que tomase el hábito de su santa religión, como lo hizo en efecto Buenaventura a la edad de veintidós años. Hecha su profesión religiosa, tuvo por maestro en París al famosísimo Alejandro de Hales, y leyó después al maestro de las sentencias en aquella universidad, con grande aplauso, y allí tomó el grado de doctor el mismo día que lo recibió el angélico doctor de la Iglesia, santo Tomás, con el cual tuvo muy estrecha amistad, y con su humilde porfía le rindió para que se graduase primero que él. Entrando un día santo Tomás en la celda de san Buenaventura le rogó que le mostrase los libros más secretos de donde sacaba sus altísimos y divinos conceptos; entonces el santo le enseñó un crucifijo que tenía allí delante y le dijo: "Sabed que este es mi mejor libro". Otra vez lo halló santo Tomás escribiendo la vida de san Francisco, su padre, y no lo quiso estorbar, diciendo: "Dejemos al santo que trabaje por otro santo". Con esta santidad y sabiduría juntaba san Buenaventura una prudencia tan maravillosa, que siendo de sólo treinticinco años, con gran conformidad fue elegido ministro general de la orden. Por este tiempo se trasladó el cuerpo de san Antonio de Padua a una iglesia suntuosa que se le había edificado en la misma ciudad de Padua. Se halló presente a esta traslación san Buenaventura, y hallando entre los huesos de la boca, la lengua del santo tan fresca y hermosa como si estuviera vivo, con ser ya el año treinta y dos de su muerte, la tomó en sus manos el santo general, y derramando muchas lágrimas, exclamó: "¡Oh lengua bendita que siempre bendijiste a Dios y enseñaste a otros que lo bendijesen! ¡Bien muestras ahora cuán agradable le fuiste!". Y besándola con gran reverencia la mandó poner en lugar honorífico. Considerando la soberana majestad de Jesucristo sacramentado estuvo muchos días sin osar llegarse al altar, y un día oyendo misa, al tiempo que el sacerdote partía la hostia, una parte de ella se vino a él y se le puso en la boca. Muerto el papa Clemente IV, y no concertándose los cardenales en la persona que habían de elegir, dieron sus votos a san Buenaventura, para que él sólo eligiese al que le pareciese más digno de sentarse en la silla de san Pedro, y él nombró a Teobaldo, que en su asunción se llamó Gregorio X. También llevó el mayor peso de los gravísimos negocios que se trataron en el concilio de León, y poco después que el papa lo hizo allí cardenal y obispo de Albano, quiso Dios honrarlo llevándolo para sí a la edad de cincuenta y tres años. 


Reflexión: 

Los muchos y doctísimos libros que dejó escritos san Buenaventura están llenos de una doctrina celestial y de un fuego de amor divino que alumbra el entendimiento de los que los leen, y abrasa su voluntad, y penetrando hasta lo más íntimo de las entrañas, les compungen con unos estímulos de serafín, y les bañan de una suavísima dulzura de devoción. Procura pues, amado lector, traer en las manos los libros de este doctor seráfico y también los demás escritos de los santos, que en ellos está atesorada la verdadera sabiduría que alimenta, perfecciona y satisface cumplidamente el espíritu. 


Oración: 

Oh Dios, que te dignaste darnos por ministro de nuestra salvación al bienaventurado Buenaventura, concédenos que sea nuestro intercesor en el cielo el que tenemos por nuestro doctor en la tierra. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


miércoles, 13 de julio de 2016

San Eugenio, obispo de Cartago (13 de julio)




San Eugenio, obispo de Cartago.

(† 505.)


El prudentísimo y pacientísimo san Eugenio, obispo de Cartago, era un caballero seglar de esta ciudad muy estimado por su celo, discreción y piedad cristiana, cuando por voz común de todos sus conciudadanos, fue elegido y ordenado sacerdote y obispo de aquella iglesia en tiempo del cruel Hunerico, rey de los Vándalos, los cuales se habían hecho dueños y señores del África. Y aunque el santo prelado gozó de paz en los primeros tiempos de su gobierno, y era respetado de los herejes, y tan amado de los católicos, que dieran por él la hacienda y la vida, no tardó el rey Hunerico, que profesaba la secta de los arrianos, en perseguir de muerte a los fieles, y a sus venerables pastores. Y para dar algún color a su perfidia, obligó a todos los obispos a jurar que deseaban que después de su muerte le sucediese su hijo en el trono. No dudaron algunos en jurarlo, juzgando que podían con ello contentar al rey, y otros no prestaron aquel juramento, pensando que era contrario a la ley de justicia; pero el bárbaro monarca los condenó a todos, alegando que los primeros habían sido infieles a Dios, que manda no jurar; y los segundos se habían mostrado rebeldes a su príncipe. Poco después dio orden para que la persecución se hiciese general. Los sacerdotes de Cartago fueron azotados con látigos y varas, las vírgenes consagradas a Dios cruelmente atormentadas, muriendo muchas de ellas en el potro, y los obispos, y todo el clero, y muchos seglares y señores católicos fueron desterrados en número de unas cinco mil personas. Cuando el pueblo vio tan maltratados a aquellos venerables sacerdotes y al santísimo obispo Eugenio, que con ellos iba desterrado, les seguía con los ojos llenos de lágrimas, diciendo: ¿Cómo nos dejáis así desamparados para ir vosotros al martirio?, ¿quién bautizará a nuestros hijos?, ¿quién nos administrará la penitencia y la comunión?, ¿quién nos enterrará después de muertos y ofrecerá por nosotros el divino sacrificio? Habiendo fallecido ya aquel cruel rey de los Vándalos, tornó el varón de Dios a su diócesis, pero fue desterrado de nuevo por Trasimundo a las Galias, y haciendo vida solitaria cerca de Albi escribió algunos libros contra los errores de los herejes, hasta que consumido de trabajos descansó en el Señor. También murió en el destierro todo el clero de Cartago, compuesto de unos quinientos sacerdotes y diáconos y de muchos niños que eran cantores de aquella iglesia, y con ellos el santo arcediano llamado Salutario, y Murita, que era el segundo de aquellos sagrados ministros, los cuales habiendo sido puestos por los herejes tres veces en el tormento, perseveraron constantes en la verdadera fe de la iglesia católica y merecieron la corona inmortal de confesores de Jesucristo. 


Reflexión: 

¿Has reparado sin duda en el castigo que dio el bárbaro Hunerico así a los que trataron de contentarle a él, como a los que sólo quisieron contentar y estar bien con Dios? Cumplamos pues las obligaciones de conciencia sin respetos humanos, porque hasta los malos echan a mala parte lo que se hace por complacerles contra la conciencia, y violando la ley del retorno vuelven mal por bien. Mas Dios, es fidelísimo, y si hacemos su santidad voluntad, aun a costa de las persecuciones de los malvados, no seremos confundidos, sino más dignos del respeto y admiración de los hombres, y de la alabanza y gran recompensa de Dios. "Bienaventurados, dice Jesucristo, los que padecen por la justicia, porque es grande su galardón en el reino de los cielos".


Oración: 

Dígnate, Señor, oír nuestras oraciones en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice Eugenio, y perdona nuestros pecados, por los méritos e intercesión de este santo que te sirvió tan dignamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 12 de julio de 2016

San Juan Gualberto, fundador (12 de julio)



San Juan Gualberto, fundador. 

(† 1073)

El venerable fundador de la orden de Valleumbrosa, san Juan Gualberto, nació en Florencia, y se convirtió de la vanidad del siglo a la perfección evangélica por un caso notable que le sucedió, y fue de esta manera. Tenía Juan un padre que se llamaba como él, Gualberto, y era valiente y bravo soldado, el cual traía enemistad con un hombre que injustamente había muerto a un pariente suyo, y para vengarse, lo pretendía matar: y Juan acudía a la voluntad de su padre y andaba en los mismos pasos y cuidados. Un día, yendo a Florencia él y otro criado bien armados, topó acaso a aquel su enemigo, desarmado, y en un paso tan estrecho que no se podía huir ni escapar. Se turbó aquel pobre hombre, y echándose a los pies de Juan con gran humildad, le pidió por amor de Jesucristo crucificado que lo perdonase y le diese la vida. Fue tanto lo que se enterneció Juan oyendo el nombre de Jesucristo crucificado, que luego levantó del suelo a su enemigo, lo abrazó, lo perdonó y dijo que estuviese seguro. Partió pues aquel pobre hombre consolado, y Juan siguió su camino, y entró en una iglesia, donde poniéndose a hacer oración delante de un crucifijo que allí estaba, vio claramente que el crucifijo le inclinó la cabeza como quien le hacía gracias por su caridad. Quedó Juan confuso por este regalo del Señor, y determinó abrazarse con Cristo crucificado. Para esto pidió al abad de san Miniato de Florencia el hábito de san Benito, y fue tal el ejemplo de santidad que dio a los monjes, que fallecido el abad, todos pusieron los ojos en Juan para hacerle su prelado: mas él no lo consintió por su humildad, y como se alzase con el gobierno un monje que turbaba la paz del monasterio, el santo partió con un compañero para buscar otro lugar donde con más quietud pudiese servir a Dios. Vino pues a un valle que por la espesura de los árboles se llama Valleumbrosa, y está en la provincia de Toscana, y allí por inspiración del Señor hizo su morada, y en aquel sitio se formó un grande y numeroso monasterio, debajo de la regla de san Benito, aunque con algunas constituciones propias y particulares de nuestro santo. Lo favoreció el Señor con su gracia y con dones de milagros y profecías, y después de haber edificado otros monasterios y resucitado en ellos el primitivo espíritu de san Benito, gobernándolos santísimamente por espacio de veintidós años, a los setenta y cuatro de edad, dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Después de haber leído la caridad que usó san Gualberto con su enemigo mortal, no quisiera, amado lector, que conservases en tu corazón algún maligno rencor y deseo de venganza. No trates acaso de manchar tus manos con la sangre del que te ofendió y perjudicó, ni aun tal vez de delatarlo a un tribunal en demanda de justicia. Pues ¿qué provecho sacarías de maldecirlo y desearle la muerte o alguna desgracia? ¿Podrías con este odio acarrearle algún grave mal? No: el mal recaería sobre de ti, porque con esos malditos rencores no harías más que llenar tu conciencia de pecados. Sacrifica pues generosamente por amor de Cristo crucificado todos tus odios y resentimientos y dile con todo el corazón (y no solamente con los labios) aquellas palabras del Padre nuestro: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que nos haga recomendables ante tu divino acatamiento la intercesión del bienaventurado Gualberto, abad, para que consigamos por su protección lo que no podemos alcanzar por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 11 de julio de 2016

San Pío I, papa y mártir (11 de julio)



San Pío I, papa y mártir.

(† 167)


San Pío, primero de este nombre, glorioso pontífice y mártir de Cristo, fue natural de la ciudad de Aquileya e hijo de Rufino, el cual después de haberle instruido en la fe cristiana, lo envió a Roma para que saliese bien enseñado en las letras humanas y divinas. Es opinión de muchos que el papa Higinio lo consagró después por obispo, y repartió con él la solicitud pastoral de toda la Iglesia. Habiendo aquel santo pontífice alcanzado la gloriosa palma del martirio, vacó la Sede apostólica solos tres días, porque era muy crecido en Roma el número de los santos, (que así se llamaban los fieles): los cuales después de emplear aquellos tres días en ayunos, vigilias y oraciones, eligieron por voz común a san Pío, y lo nombraron vicario de nuestro Señor en la tierra. Ordenó muchas cosas de gran utilidad para la santa Iglesia: Señaló las penitencias que habían de hacer los sacerdotes que fuesen negligentes en administrar el santísimo Sacramento; mandó que fuesen inviolables las heredades de las iglesias, y que no se consagrasen las vírgenes que profesan perpetua continencia hasta tener veinticinco años. Hizo un decreto por el cual mandaba que la santa Pascua se celebrase siempre en domingo como lo habían instituido los apóstoles; consagró en Roma las Termas Novacianas a honor de santa Potenciana; anatematizó a los infernales heresiarcas Valentín y Marción, y escribió varias epístolas, en las cuales resplandece la santidad y celo de este venerable pontífice. En una de ellas que escribió a Justo (a lo que parece obispo de Viena), le dice: "Ten cuidado de los cuerpos de los santos mártires, como de miembros de Cristo, que así lo tuvieron los apóstoles del cuerpo de san Esteban. Visita a los santos que están en las cárceles, para que ninguno se entibie en la fe. Los clérigos y diáconos te respeten y reverencien, no como a mayor sino como a ministro de Jesucristo. Todo el pueblo descanse, y sea amparado y defendido con tu santidad. Quiero que sepas, compañero dulcísimo, que Dios me ha revelado que tengo de acabar presto los días de mi peregrinación: sólo te ruego que estés firme en la unión de la Iglesia, y que no te olvides de mí. Todo el senado y compañía de los sacerdotes y ministros de Cristo que está en Roma, te saluda, y yo saludo a todo el colegio de los hermanos en el Señor, que están contigo". Todo esto es de san Pío, el cual después de haber acrecentado mucho la Iglesia de Dios con su celestial espíritu y gobierno, fue delatado, y cargado de cadenas, y muerto por la fe de nuestro Señor Jesucristo, como tantos otros pontífices de los primeros siglos de la Iglesia. 


Reflexión: 

Para que veas la reverencia que has de tener al santísimo Sacramento, lee las graves penas que puso san Pío a los sacerdotes que por su negligencia derramasen alguna parte del vino consagrado: "Si cayere, dice, la sangre de Cristo en el suelo, hagan penitencia por espacio de cuarenta días; si en los corporales, por tres: si penetró hasta el primer mantel, por cuatro; por nueve si llegó al segundo; y por veinte si caló hasta el tercero. En cualquier parte donde cayere, séquese todo lo que hubiese mojado; si esto no se pudiese, lávese con cuidado o raígase; y recogiendo todo lo lavado o raído, quémese y échense las cenizas en la piscina". Considera pues con qué devoción y pureza de alma y cuerpo, se ha de recibir este divino sacramento, que con tanto cuidado se ha de tratar. 


Oración: 

Atiende, oh Dios todopoderoso, a nuestra flaqueza, y alivíanos del peso de nuestros pecados, por la intercesión de tu bienaventurado mártir y pontífice Pío. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890



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