viernes, 6 de mayo de 2016

San Juan, ante Portam Latinam



San Juan, ante Portam Latinam

(Año 92.)

Celebra en este día la santa madre Iglesia la fiesta de san Juan de Porta Latina, y en ella el asombroso martirio que padeció el discípulo amado del Señor junto a una puerta de Roma, llamada Latina, por salirse por ella a los pueblos del Lacio. Estaba el gloriosísimo san Juan Evangelista en la ciudad de Efeso gobernando las iglesias de Asia, cuando en la persecución de Domiciano fue preso, y a pesar de su mucha edad, le llevaron a Roma, donde por no querer obedecer a Domiciano y adorar los falsos dioses, fue condenado a ser echado en una tina de aceite hirviendo, para que con aquel tormento acabase su dichosa vida. Se señaló el día para hacer este sacrificio, que fue el 6 de mayo. Estuvo el senado presente en el espectáculo, al cual concurrió toda la ciudad por la gran fama del santo apóstol, y habiéndole primero azotado, como era costumbre de los romanos con los que condenaban a muerte, lo desnudaron y echaron en la tina de óleo hirviendo que allí tenían dispuesta. Entró con gran alegría y seguridad el glorioso evangelista, acordándose que Cristo nuestro Señor le había dicho a él y a su hermano Santiago que beberían el cáliz de su pasión; mas el Señor obró entonces un maravilloso prodigio que espantó a toda la ciudad; porque las llamas perdieron su fuerza y el aceite que ardía se convirtió en un rocío del cielo; y aunque se abrasaron algunos de los ministros impíos que atizaban el fuego, el venerable apóstol de Cristo salió resplandeciente, como suele salir el oro fino. Lo mandó después el emperador a una isla apartada que se llamaba Pathmos, donde el glorioso evangelista tuvo las grandes revelaciones que escribió en el sagrado libro del Apocalipsis, que, como dice san Jerónimo, tiene tantos misterios como palabras. Estuvo san Juan en este destierro hasta la muerte de Domiciano, y en este tiempo convirtió a aquellos isleños de Pathmos a la fe de Cristo. Luego que mataron en Roma a Domiciano, con el aborrecimiento que todos le tenían, el senado revocó sus decretos y condenaciones, y con esto el santo evangelista volvió de su destierro a Asia, y fue recibido por los cristianos como si viniera del cielo, mirándole como a apóstol tan querido del Señor, y como a profeta y mártir que había padecido por El, y a quien no había faltado la voluntad y ocasión de morir por Cristo, sino el efecto de la muerte que no le quiso conceder el Señor para que escribiese después el sagrado Evangelio, y volase como águila a lo más alto del cielo para declararnos la eterna generación del Verbo divino. Del martirio de san Juan hacen mención Tertuliano y san Jerónimo. 

Reflexión: 

San Juan evangelista es el único apóstol que no murió mártir; pero mira con qué generoso corazón se ofrecía a la muerte, entrando en la caldera con aceite hirviendo. ¿Quién no recibirá pues con toda confianza el divino Evangelio que escribió? ¿Quién rehusará darle fe después de habernos él dado su ilustre testimonio por estas palabras: "Os anunciamos lo que hemos visto por nuestros ojos, lo que hemos oído por nuestros oídos, lo que hemos palpado con nuestras manos acerca del Verbo de eterna vida, a fin de que creyendo en él alcancéis la vida eterna?". Quien menosprecie este testimonio, merece ser despreciado; quien lo repruebe, merece ser eternamente reprobado.  

Oración: 

Oh Dios, que estáis viendo nuestra turbación por las calamidades que por todas partes nos rodean, te suplicamos nos concedas que seamos defendidos de ellas por la gloriosa protección de tu apóstol y evangelista san Juan. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


jueves, 5 de mayo de 2016

San Pío V, papa y confesor (5 de mayo)



San Pío V, papa y confesor. 

(† 1572.)

El gran pontífice de la Iglesia, Pío V, de nombre Gisleri, fue natural de Bosco, villa del estado de Milán, y nació de padres pobres en una humilde choza. Acertando a pasar por sus pueblos dos religiosos de santo Domingo y viendo al niño Miguel, que así se llamaba, se le aficionaron por ver su buena inclinación y Miguel se aficionó a ellos; y así lo llevaron consigo al convento de Voguera, de la provincia de Lombardía. Terminados sus estudios fue nombrado sucesivamente, prior de varios conventos, obispo de Nepi, cardenal, y finalmente, soberano pontífice. Las ropas interiores que traía eran pobres y remendadas, la estameña de las camisas era de la más áspera, y su mesa era tan parca como la de un pobre oficial. Cuatro mil escudos gastaba cada año en casar huérfanas; visitaba él mismo los hospitales, y a sus deudos más cercanos los dejó en el estado en que los halló. Con cien mil ducados de gasto, resucitó en Roma el arte de tejer lanas para desterrar las telas de los extranjeros que sacaban el dinero de la ciudad. Ofrecía un homicida diez mil ducados por librarse de la muerte a que estaba ya condenado, y respondió san Pío: "Si con dinero se rescatase la vida, las penas sólo se hicieran para los pobres". Reformó el sacro Palacio y la ciudad de Roma, limpió de foragidos la Italia, solicitó que se coligasen los príncipes de Italia y España para hacer guerra contra los hugonotes, socorrió a Flandes contra los rebeldes a su Dios y a su rey, declaró a la reina Isabel de Inglaterra por hereje, absolviendo a sus súbditos del juramento de fidelidad, esforzó a la reina de Escocia a la constancia en la fe, pacificó la Polonia y procuró unir a los príncipes cristianos contra los turcos, y por las oraciones del santo pontífice se alcanzó la insigne y milagrosa victoria naval de Lepante, Finalmente, hizo en seis años de pontificado lo que era bastante para llenar un siglo; y a los setenta y ocho años de edad recibió la corona inmortal de sus heroicas virtudes, apareciéndose a santa Teresa de Jesús, con gran gloria y de camino al cielo. Lo enterraron en la capilla de san Andrés, donde grabaron este epitafio en mármol: "Pío V, pontífice, restaurador de la religión y honestidad, establecedor de la rectitud y justicia, renovador de la disciplina y costumbres, defensor de la cristiandad. Habiendo dado leyes saludables, conservado a la Francia, coligado a los príncipes y conseguido victoria de los turcos; en heroicos hechos e intentos en gloria de paz y guerra: Máximo, Pío, Feliz y Óptimo Príncipe". 


Reflexión: 

La noche en que estaban una en frente de otra las armadas de don Juan de Austria y de Selim, ordenó el santo Pontífice que en todas las iglesias de Roma se continuasen las oraciones toda la noche, y el domingo se siguiesen unas a otras. Estuvo él toda la noche en oración delante de un crucifijo y toda la mañana del domingo, hasta que sentándose a comer, de repente se levantó de la mesa y se puso en una ventana de su palacio, donde estuvo mirando al cielo más de una hora. Al fin, dijo a sus domésticos con gran alegría: Los nuestros han peleado bien y vencido al turco. Vamos a dar gracias a Dios. Se anotó el día y la hora en que dijo esto, y se halló después ser la misma hora de la batalla y victoria. Mira cuán poderosa es la oración de un santo, que fue sin duda gran parte para que librase el Señor a toda la cristiandad del poder de sus enemigos. 


Oración: 

Oh Dios, que te dignaste elegir por pontífice máximo al bienaventurado Pío V para destruir a los enemigos de tu Iglesia, y para reparar el culto divino, defiéndenos con tu protección para que libres de las acechanzas de nuestros enemigos gocemos en tu servicio de una paz perpetua y estable. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 4 de mayo de 2016

Santa Mónica (4 de mayo)



Santa Mónica, viuda, madre de san Agustín.

(† 387)

Santa Mónica, gloriosa madre de san Agustín, fue de nación africana e hija de padres cristianos, que la criaron con toda honestidad y virtud. Siendo niña se levantaba de noche a rezar las oraciones que su madre Facunda le enseñaba, y era tan amiga de hacer limosna, que de su propia comida quitaba parte para dar a los pobres. Deseó perseverar en virginidad; pero condescendió con la voluntad de sus padres, que la casaron con un varón llamado Patricio, el cual, aunque era hombre noble, era gentil. Tuvo mucho que sufrir con él santa Mónica, mas fue tal su prudencia, sufrimiento y buen término, que no sólo ablandó el carácter áspero y colérico del marido, sino que también le ganó para Jesucristo. Más le costó rendir a su propio hijo san Agustín, porque siendo mozo se enredó en los vicios y liviandades y en los desatinos de los herejes Maniqueos, y la santa madre derramaba ríos de lágrimas por su hijo, y clamaba de día y de noche sin cesar al Señor, suplicándole que lo sacase de aquella profundidad de errores y torpezas en que estaba. Era esto de manera que no podía reposar ni sosegar en espíritu, y así acudiendo una vez a su santo obispo, rogándole que le enseñase y convenciese, el buen obispo la consoló diciendo: "Por vida vuestra, señora, que no es posible que perezca un hijo de tantas lágrimas". Quiso san Agustín dejar la ciudad de Cártago, donde leía retórica, y pasar a Roma para valer más. Procuró la santa estorbárselo por todos los medios que pudo; y en fin él la engañó y se fue a Roma, donde tuvo una grave enfermedad, de la cual lo libró el Señor por las oraciones de su buena madre, la cual se determinó cruzar el mar y buscarlo por Italia. Lo halló en Milán, a donde había sido enviado de Roma para enseñar retórica, y en aquella ciudad, con la comunicación y sermones de san Ambrosio, se convirtió y bautizó, a los treinta y cuatro años de edad. Volviendo, pues, santa Mónica muy consolada y alegre con su hijo san Agustín, para África, y habiendo llegado a la ciudad de Ostia aguardando embarcación, hablando a solas con su hijo del amor y deseo de las cosas celestiales, le dijo que nuestro Señor le había cumplido su deseo de verle cristiano, y cayó luego enferma tan gravemente, que a los nueve días pasó de esta vida mortal a la vida perdurable, siendo de edad de cincuenta y seis años. Desde que murió esta santa, se hizo memoria de ella con singular veneración en toda la Iglesia.

Reflexión:

De su madre, dice san Agustín, que gobernaba su casa con gran piedad, ejercitándose continuamente en loables obras, que criaba sus hijos en el temor de Dios, regenerándoles tantas veces, cuantas ellos se apartaban del camino de la virtud, que era muy amiga de hacer amistades entre las personas que se tenían mala voluntad, y que nunca refería cosa que hubiese oído de los unos a los otros, procurando en todo unir los corazones desunidos y quitarles la amargura del odio con la dulzura de la santa caridad. Tengan presente este ejemplo todas las madres y señoras cristianas, para que sus familias sean un cielo de paz, y críen sus hijos, no para ser unos condenados del infierno, sino para verles gozar de su gloriosa compañía en la gloria. Y si se apartaren, como san Agustín en su mocedad, del camino del bien, no cesen como santa Mónica, de rogar por ellos al Señor, hasta lograr su conversión.


Oración: 

Oh Dios, consuelo de los afligidos y salud de los que en ti esperan, que atendiste misericordiosamente a las piadosas lágrimas de la bienaventurada Mónica en la conversión de su hijo Agustín, concédenos por la intercesión de entrambos que lloremos nuestros pecados y hallemos el perdón de ellos en tu gracia. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 3 de mayo de 2016

La invención de la santa Cruz. (3 de mayo)


La invención de la santa Cruz.

(Año 326 de J. C.)

La bienaventurada santa Elena, madre del emperador Constantino, visitando a la edad de ochenta años los Santos Lugares, consagrados con la vida y sangre de Cristo, movida por divina inspiración, quiso buscar la Santa Cruz de Nuestro Redentor adorable. Se hallaba muy congojada y perpleja porque nadie podía decir dónde estaba, y los inmundos gentiles habían puesto en el Calvario un ídolo de Venus para que ningún cristiano se acercase para hacer oración en aquel sagrado lugar. Mas como fuese costumbre de los gentiles, cuando hacían morir por justicia algún hombre facineroso, enterrar los instrumentos del suplicio junto al lugar donde se sepultaba el cuerpo, mandó santa Elena cavar cerca del sepulcro del Señor, y al fin se hallaron allí tres cruces y el título de la Cruz de Cristo tan apartado que no podía declarar cuál de aquellas cruces fuese la del Señor. En esta perplejidad el patriarca de Jerusalén San Macario, que allí estaba, mandó hacer oración, y luego hizo traer allí una mujer tan enferma que los médicos la tenían por desahuciada. A ésta mandó aplicar la primera cruz y la segunda, sin verse fruto alguno, y aplicándole la tercera repentinamente quedó del todo sana y con enteras fuerzas. Con este milagro cesó la duda y se entendió que aquella era la cruz de Nuestro Salvador. Increíble fue el gozo de Santa Elena, la cual hizo gracias al Señor por tan señalado regalo y beneficio, y mando edificar un suntuoso templo en aquel mismo lugar, donde dejó parte de la Cruz ricamente engastada y adornada, y la otra parte con los clavos envió a su hijo el emperador Constantino, el cual mandó ponerla en un templo que labró en Roma, y que después se llamó Santa Cruz de Jerusalén. Ordenó además que desde entonces ningún malhechor fuese crucificado, y que la cruz que hasta aquel tiempo era el más vil e ignominioso suplicio, fuese de allí en adelante la gloria y corona de los reyes, y así trocó las águilas del guión imperial por la Cruz, con ella mando batir monedas y poner un globo del mundo en la mano derecha de sus estatuas y sobre el globo la misma Cruz, para que se entendiese que el mismo mundo había sido conquistado por la Santa Cruz de Nuestro Redentor Jesucristo, y que esta misma Cruz había de ser el escudo y defensa de la república cristiana.


Reflexión: 

La Iglesia celebra hoy esta fiesta para enseñarnos a reverenciar el tesoro divino de la Santa Cruz, en el cual está la salud, la paz, la verdadera sabiduría, la justicia y la santificación del género humano. Declarando Tertuliano la costumbre que tenían los cristianos en santiguarse y armarse de la señal de la Cruz dice: "En todos los pasos que damos, en nuestras entradas, en nuestras salidas, cuando nos calzamos, cuando nos lavamos y nos ponemos a la mesa, cuando nos sentamos y nos traen lumbre y nos acostamos, y finalmente en todas nuestras acciones continuamente hacemos la señal de la cruz en la frente". Notables palabras son éstas, que manifiestan la santa costumbre de los cristianos más antiguos y fervorosos. ¿Por qué no hemos de imitarles, haciendo también con toda reverencia la señal de la Cruz al levantarnos y acostarnos, en la tentación, y al comenzar cada una de nuestras obras, al comenzar algún viaje y en tantas otras ocasiones o peligros en que tenemos harta necesidad de la ayuda y favor del cielo?


Oración:

Oh Dios, que en la invención de la saludable Cruz, renovaste los milagros de tu pasión, concédenos que por el valor de aquel Leño de Vida, alcancemos eficaz socorro para lograr la Vida perdurable. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 2 de mayo de 2016

San Atanasio, patriarca de Alejandría (2 de mayo)



San Atanasio, patriarca de Alejandría.

(† 373.)


El valeroso defensor de la fe católica san Atanasio, nació de nobles padres en Alejandría, para ser una de las más brillantes lumbreras del orbe cristiano. Acabados sus estudios, se retiró por algún tiempo en el yermo, donde conversó con san Antonio abad, a quien dio dos túnicas para el abrigo y reparo de su cuerpo. Era todavía diácono cuando asistió al gran concilio de Nicea, donde confundió al mismo Arrio en las disputas que tuvo con él; y habiendo fallecido cinco meses después del concilio san Alejandro, obispo de Alejandría, fue elegido Atanasio por común consentimiento de todo el pueblo. Los herejes que ya le conocían, se hicieron a una para derribarle, y en el conciliábulo de Tiro, entre otros cargos, le acusaron de haber violado una mujer, la cual, por persuasión de los arrianos y dineros que le dieron, exclamaba allí que habiendo hospedado a Atanasio, le había quitado por fuerza la virginidad. Pero luego se conoció el embuste de la mala hembra, porque Timoteo, presbítero de Atanasio, fingiendo que era él mismo Atanasio, le dijo: "Di, mujer, ¿yo fui huésped en tu casa? ¿Yo he mancillado tu castidad?". Y como ella respondiese a grandes voces y con muchas lágrimas fingidas que sí, y lo jurase, y pidiese a los jueces que le castigasen, vino a descubrirse toda aquella maraña, y paró en risa aquella acusación. Es imposible decir las calumnias y persecuciones que armaron los herejes contra este santísimo patriarca. Cuatro emperadores le persiguieron: Constantino Magno con buen celo, pensando que acertaba, y Constancio su hijo, Juliano el Apóstata y Valente como enemigos de Dios. Escribió el símbolo que llaman de Atanasio, el cual como regla certísima de nuestra santa fe ha sido recibido y usado de toda la Iglesia. Padeció largos destierros; cinco mil hombres de guerra entraron para prenderle en su iglesia, y tuvo que esconderse en los yermos, en una cisterna, donde estuvo seis años, y hasta en la misma sepultura de su padre. Cuando volvía a su Iglesia, lo recibían como si viniera del cielo, y era tal el fruto de su predicación y ejemplo, y tan grande la porfía en las gentes sobre el darse a la virtud, que como él mismo escribe, cada casa y cada familia parecía una iglesia de Dios. Así ilustró y defendió la fe cristiana durante medio siglo, y acabó su vida en santa vejez hasta que el Señor fue servido de llevarle para sí y darle el galardón de sus largos trabajos. 


Reflexión: 

En la vida de este santo se ve la firmeza que el verdadero católico debe tener en todo lo que toca a la pureza y entereza de nuestra santa religión; y los embustes y artificios que usan los herejes para contaminarla y corromperla, valiéndose del favor de los malos príncipes, los cuales, aunque algunas veces por razón de estado, favorecían a Atanasio, pero nuestro Señor que quiere ser servido de los príncipes con verdad, al cabo los castigó, a Constancio con una apoplejía, a Juliano con una saeta, y a Valente con haberle quemado los bárbaros en una choza; pero san Atanasio quedó triunfador de estos infelices tiranos y de todos los herejes que con tan porfiada rabia y crueldad le persiguieron. Seamos, pues, como este gloriosísimo doctor, fieles a Dios, y a su santa Iglesia, y el Señor nos esforzará de manera que toda la potencia de nuestros enemigos no podrá prevalecer contra nosotros. 

Oración: 

Te rogamos, Señor, que oigas benigno las súplicas que te hacemos en la solemne fiesta de tu bienaventurado confesor y pontífice Atanasio, y que por los méritos de aquel que te sirvió con tanta fidelidad, nos libres de nuestros pecados. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 1 de mayo de 2016

San Felipe y Santiago el Menor, apóstoles (1 de mayo) (Pasa al 11 de mayo desde 1955)


San Felipe y Santiago el Menor, apóstoles.

(† 54 y 62.)

El glorioso apóstol de Cristo san Felipe fue natural de Betsaida, donde nacieron asimismo san Andrés y san Pedro. Luego que san Felipe conoció a Cristo, comenzó a hacer oficio de apóstol, que es traer a otros al conocimiento y amor de Dios; y así trajo a Natanael a Cristo, de quien dijo el Señor que era verdadero israelita y hombre sin doblez ni engaño. Antes de hacer nuestro Señor el gran milagro de la multiplicación de los panes en el desierto, preguntó a Felipe de dónde comprarían pan para sustentar a aquella gran muchedumbre de pueblo, para darnos a entender con su respuesta la falta de pan que había, y la grandeza del milagro del Señor. Después de la resurrección de Lázaro algunos gentiles vinieron a ver a Jesucristo, y tomaron por medio a san Felipe, declarándole su deseo, y Felipe y Andrés se lo dijeron al Señor, el cual hizo gracias al Padre Eterno porque ya los gentiles comenzaban a conocerles. En aquel soberano sermón que el mismo Señor hizo a los apóstoles después de la sagrada cena, le dijo san Felipe: "Señor, mostradnos al Padre"; y de estas palabras tomó ocasión el Señor para revelarnos altísimos misterios de su divina naturaleza. Después de la venida del Espíritu Santo, cupo a san Felipe la provincia del Asia superior, en la cual predicó el santo Evangelio; de allí pasó a la Escitia y últimamente a la ciudad de Hierapolis, donde los gentiles adoraban por dios una víbora, y donde echaron mano al santo apóstol, y después de haberle azotado ásperamente, lo crucificaron y mataron a pedradas. 
Celebramos hoy también la memoria del apóstol Santiago el Menor, que nació en Cana de Galilea, el cual es llamado hermano del Señor, conforme a la costumbre de los hebreos que llamaban hermanos a los que eran primos, y por haber sido llamado al apostolado después de Santiago hermano de san Juan, se llama Santiago el Menor. Era apellidado también con el nombre de Justo, porque su vida era un retrato del cielo, y en las facciones del rostro se parecía a Cristo, y así muchos cristianos venían a Jerusalén a ver a Santiago. Nunca comió carne ni bebió vino, y de estar de rodillas, las tenía duras como de camello; jamás consintió que se le cortase el cabello, ni quiso bañarse ni ser ungido con óleo. Era tan grande la opinión que tenían los judíos de su santidad, que a él solo le dejaban entrar en el sancta sanctorum. Lo nombró san Pedro obispo de Jerusalén y en  el primer concilio que allí se celebró dijo su parecer después de san Pedro. Finalmente, después de haber gobernado la  Iglesia de Jerusalén por espacio de treinta años, por haber predicado a Jesucristo en el Templo, los fariseos, bramando como leones, tomaron piedras contra él, y  lo arrojaron del lugar eminente en que predicaba: y mientras levantaba las manos al cielo rogando por sus enemigos,  uno de ellos le dio con una pértiga en la cabeza, esparciéndole los sesos por el  suelo. 


Reflexión: 

Esta fue la recompensa que  llevaron los santos apóstoles de Jesucristo: padecer y morir por el Señor. ¿No vale más esto que todos los demás bienes del mundo? Y por eso nos enseña el mismo Santiago en su epístola canónica, el  gran bien que se encierra en las adversidades y tribulaciones cuando se llevan  con paciencia, y nos exhorta a gozarnos en gran manera, cuando somos tentados  y probados con muchas y varias aflicciones del Señor. Lo que nos cuesta es lo que vale, y lo que vale es lo que se premia con eterna gloria.

Oración: 

Oh Dios, que cada años nos alegras con la solemne festividad de tus  apóstoles Felipe y Santiago, concédenos tu  gracia para imitar los ejemplos de aquellos, de cuyos merecimientos nos regocijamos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890



(Desde 1955 celebra hoy la Fiesta de San José Artesano, o San José Obrero; pasando la liturgia propia de los santos apóstoles al 11 de mayo. No obstante, la publicamos aquí por el rigor del libro de 1890 que estamos digitalizando.)

sábado, 30 de abril de 2016

Visión de Santa Catalina sobre el Bautismo de Sangre


Capítulo XI

Cómo los imperfectos quieren seguir solamente al Padre, pero los perfectos al Hijo; y de una visión que tuvo esta alma devota, en la cual se refieren varios Bautismos y de algunas otras cosas útiles y excelentes.


Te he dicho que salen afuera, lo cual es señal de que se levantaron de la imperfección y llegaron a la perfección. Abre los ojos de tu entendimiento y míralos correr por el puente de la doctrina de Cristo crucificado, el cual es vuestra regla, camino y doctrina. No se proponen otra cosa ante los ojos de su entendimiento que a Cristo crucificado. No se proponen a Mí, que soy el Padre, como lo hace el que está en el amor imperfecto, el cual no quiere padecer penas, y porque en Mí no puede haberlas, desean el contentamiento que en Mí hallan, y por eso digo que siguen en Mí, no a Mí; esto es el deleite que hay en Mí, no a Mí mismo. No proceden así estos (los que quieren la perfección), sino que como embriagados y encendidos en amor subieron estos tres escalones generales, que signifiqué en las tres potencias del alma, y los tres actuales, que te manifesté en el cuerpo de Cristo crucificado, mi Unigénito Hijo. Habiendo subido a los pies con los del afecto, llega al costado, en donde halló el secreto del corazón y conoció el Bautismo del agua, el cual tiene virtud en la sangre, en donde halló gracia en el santo Bautismo, dispuesto el vaso del alma a recibir la gracia unida y enlazada con la sangre. 

¿En dónde conoció esta dignidad de verse unida y enlazada con la sangre del Cordero, recibiendo el santo Bautismo en virtud de la sangre? En el costado, donde conoció el fuego de la Divina Caridad. Así te lo manifestó mi Verdad cuando la preguntaste, diciendo: "Dulce e inmaculado Cordero, ya habías muerto cuando te abrieron el costado, ¿por qué, pues, quisiste ser herido y partido el corazón?" 

Y Él te respondió que por muchos motivos había sucedido esto, y te diré uno de los principales, y fue porque mi deseo para con el linaje humano era infinito, y el acto de sufrir penas y tormentos era limitado y finito; y por cuanto en cosa finita no podía mostrar el amor infinito, por tanto quiso que vieseis el secreto del corazón mostrándoosle abierto, para que vieseis que más amaba de lo que manifestaba por una pena finita. Derramando sangre y agua os mostré el santo Bautismo, el cual recibisteis en virtud de la sangre y, sin embargo, derramaba sangre y agua. Manifestaba también el Bautismo de sangre de dos maneras, uno en aquellos que son bautizados en su sangre vertida por Mí, el cual tiene virtud por mi sangre, no pudiendo ellos ser bautizados. Algunos otros se bautizan con fuego, deseando el Bautismo con afecto de amor, y no lo pueden tener. Mas no hay Bautismo de fuego sin sangre, porque la sangre está enlazada y unida con el fuego de la Divina caridad, porque fue vertida por amor.

También recibe el alma de otra manera este Bautismo de sangre, hablando figuradamente, y esto proveyó la caridad Divina porque, conociendo la flaqueza y debilidad del hombre, éste me ofende por ella, no que sea precisado, ni ningún otro motivo le induzca a la culpa, si él no quiere; mas cae como frágil en pecado mortal, por el cual pierde la gracia que recibió en el santo Bautismo en virtud de la sangre, por tanto fue precisado que la caridad Divina dejase el Bautismo continuo de la sangre, el cual se recibe con la contrición del corazón y con la confesión, confesándose cuando pueda con mis Ministros, que tienen las llaves de la sangre, la cual derraman sobre el alma; y no pudiendo confesarse basta la contrición del corazón. Entonces mi clemencia os da el fruto de esta preciosa sangre; pero pudiendo confesaros, quiero que lo hagáis, y el que pueda confesarse y no quiera, será privado del fruto de la sangre. Es sin embargo cierto que al fin de la vida, si quisiere confesarse. aunque no pueda, todavía recibirá el dicho fruto de la sangre; pero no haya alguno tan necio que con esta esperanza espere a la hora de la muerte para arreglar su vida, pues no está seguro de que por su obstinación no le diga mi justicia Divina: Ya que tú no te acordaste de mí en el tiempo de tu vida cuando podías, yo también me olvidaré de ti en la hora de la muerte. Así que nadie debe fiarse, y si por culpa suya se ha descuidado, no debe dilatar este Bautismo a la última hora con la esperanza de esta sangre. 

Ya ves que es continuo este Bautismo con que debe bautizarse el alma, pues puedes conocer en él que la pena de la cruz fue finita, pero el fruto de la pena que por Mí habéis recibido, es infinito; porque fue en virtud de la naturaleza Divina, que es infinita, unida con la humana, la cual sufrió la pena en el Verbo, vestido de vuestra humanidad. Mas porque está una naturaleza unida y enlazada con la otra, por eso la Deidad eterna trajo a sí la pena que yo padecí con tan encendido amor, y por tanto puede esta operación llamarse infinita, no porque lo sea la pena que yo padecí, ni la actual del cuerpo, ni la del deseo, que yo tenía de redimiros, pues terminó en la cruz cuando espiré, sino el fruto que dimanó de la pena y deseo de vuestra salud, que es infinito, y por tanto lo recibisteis infinitamente, porque si no hubiera sido infinito, no hubiera sido restituido a la gracia todo el linaje humano, pasados, presentes y venideros: Ni el hombre cuando peca pudiera levantarse, si no fuese infinito este Bautismo de sangre, esto es, si el fruto de la sangre no fuese infinito. Esto os manifesté en la llaga del costado de mi Hijo, donde puedes hallar los secretos del corazón, manifestando que os ama más de lo que puede manifestar con una pena finita. Te he manifestado ser este fruto infinito. ¿Con qué? Con el Bautismo de sangre unida a mi ardiente caridad, derramada por amor. Y en el Bautismo general dado a los cristianos, y a cualquiera que lo reciba del agua unida con la sangre y con el fuego, en donde el alma se hace una misma cosa con mi sangre, y para dároslo a entender, quise que del costado saliese sangre y agua. Te he respondido a lo que me preguntabas.



Diálogos de Santa Catalina de Sena, Gerónimo de Gigli, 1797

Santa Catalina de Sena, virgen (30 de abril)


Santa Catalina de Sena, virgen.

(† 1380.)

La bienaventurada virgen santa Catalina de Sena, esposa regalada de Jesucristo, nació en la ciudad de Sena, de padres virtuosos, que sólo tenían lo necesario para pasar la vida. Desde su más tierna infancia comenzó a resplandecer en ella la gracia de Dios; y apenas tenía cinco años, cuando subiendo o bajando alguna escalera de su casa se arrodillaba en cada escalón y decía el Ave María. Siendo de seis años tuvo ya una visión celestial en que Jesucristo le echó su bendición, quedando ella tan transportada, que su hermano no podía volverla en sí. Algunas niñas se le juntaban con deseo de oír sus dulces palabras, y ella les enseñaba y se encerraba con ellas y hacía que se disciplinasen en su compañía. A los siete años hizo votos de perpetua virginidad, y cuando más tarde siendo de edad, la apretaban sus padres para que se casase, ella se cortó el cabello, que le tenía por extremo hermoso, por lo cual se enojaron mucho y la mandaron a las cosas de la cocina en lugar de la criada; mas como un día la hallase el padre orando en el rincón de un aposento y viese sobre su cabeza una blanca paloma, le otorgó su permiso para dejar las cosas del mundo y tomar el hábito de las Hermanas de Penitencia, que le había ofrecido en una admirable visión el glorioso santo Domingo. Después que se vio plantada en el jardín de la religión, fueron tan extraordinarias sus virtudes y tan excelentes sus dones celestiales, que no hay palabras con que puedan explicarse. La trataba Jesucristo su esposo tan familiarmente, que siempre estaba con ella. Le daba algunas veces la sagrada comunión de su cuerpo y sangre; una vez le dio a beber de su costado, y en otra maravillosa aparición le puso en su lado izquierdo su Corazón divino, dejándole en la misma parte una prodigiosa herida. La adornó además con toda suerte de gracias y prodigios, y eran tantas las gentes que venían a verla y con sola su presencia se compungían, que el sumo pontífice dio al confesor de la virgen y a dos compañeros suyos amplia facultad de absolver a los que luego se querían confesar: y por ser tan grande la fama de sus virtudes, Gregorio XI y Urbano VI, se sirvieron de ella en negocios gravísimos de la cristiandad, y la enviaron por embajadora suya. Finalmente a la edad de treinta y tres años murió diciendo aquellas palabras de Jesucristo: Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Reflexión: 

Un día se apareció Jesucristo a esta santa llevando dos coronas en las manos, una de oro finísimo y otra de espinas y le dijo que escogiese cual quería. "¡Señor!, respondió ella, yo quiero en esta vida la que escogisteis para Vos" y diciendo esto tomó la de espinas y se la puso tan apretadamente en su cabeza, que luego sintió grandes dolores. Por esta causa se representa la imagen de santa Catalina de Sena coronada de espinas. Imitémosla nosotros, llevando siquiera con paciencia los trabajos que nos envía el Señor y las cruces con que se digna probar nuestra fidelidad. Si el divino Redentor se te apareciese, y te ofreciese la cruz de esos trabajos que padeces, ¿no la abrazarías con mil acciones de gracias? Pues entiende que es voluntad suya que la lleves siquiera con paciencia y resignación, para que asemejándote en algo a tu soberano modelo crucificado, puedas después gozar con El en la gloria. 

Oración: 

Concédenos, oh Dios todopoderoso, que pues celebramos el nacimiento al cielo de tu bienaventurada virgen Catalina, nos alegremos santamente con su anual solemnidad y nos aprovechemos del ejemplo de su eminente virtud. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 29 de abril de 2016

San Hugo, abad (29 de abril)



San Hugo, abad de Cluni.

(† 1109.)

El glorioso y venerable abad de Cluni, san Hugo, nació en Semur, de una ilustre y antigua familia de Borgoña. Su padre llamado Dalmacio era señor de Semur, y su madre Aremberga, descendiente de la antigua casa de Vergi. Quería el padre que su hijo Hugo siguiese, como noble, la carrera de las armas, pero sintiéndose él más inclinado al retiro y a la piedad que a la guerra, recabó licencia para ir a cultivar las letras humanas en Châlon-sur-Saône, donde la santidad de los monjes de Cluni, gobernados por el piadoso abad Odilón, le movió a dar libelo a todas las cosas de la tierra, y a tomar el hábito en aquel célebre monasterio. Hizo allí tan extraordinarios progresos en las ciencias y virtudes, que corriendo la fama de su eminente santidad, sabiduría y prudencia por toda Europa, el emperador Enrique le nombró padrino de su hijo; y Alfonso rey de España, hijo de Fernando, acudió a él para librarse de la prisión en que le tenía su ambicioso hermano Sancho, lo cual recabó el santo con su grande autoridad, y también puso fin a las querellas del prelado de Autún y del duque de Borgoña que devastaba las posesiones de la Iglesia. Y no fue menos apreciado de los sumos pontífices, por su rara prudencia y santidad. Lo nombró León IV para que lo acompañase en su viaje a Francia, y su sucesor Víctor II previno al cardenal Hildebrando, después Gregorio VII, que lo tomase por socio y consejero en la legacía cerca del rey de los franceses; Esteban X que sucedió a Víctor, lo llamó y quiso morir en sus brazos. El gran pontífice Gregorio VII se aconsejaba con este santísimo abad de Cluni en todos los negocios más graves de la cristiandad. Es increíble lo mucho que trabajó este santo en la viña del Señor, edificándola con sus heroicas virtudes, defendiéndola de sus enemigos, y acrecentándola con su celo apostólico. Finalmente después de haber fundado el célebre monasterio de monjas de Mareigni, y echado los cimientos de la magnífica iglesia de Cluni, lleno de días y mere cimientos falleció en la paz del Señor a la edad de ochenta y cinco años.


Reflexión:

Entre las muchas cartas de san Hugo, se halla una escrita a Guillermo el Conquistador, el cual le había ofrecido para su monasterio cien libras por cada monje que le enviase a Inglaterra. Le responde el santo abad que él daría la misma suma por cada buen religioso que le enviasen para su monasterio si fuese cosa que se pudiese comprar, en cuyas palabras manifestaba el temor de que se relajasen los monjes que enviase a Inglaterra no pudiendo vivir allí en monasterios reformados. Y si todas estas preocupaciones juzgaba el santo necesarias para conservar la virtud de aquellos tan fervorosos monjes, ¿cómo imaginamos nosotros poder estar seguros de no perder la gracia divina, si temerariamente nos metemos en medio de los peligros y lazos del mundo? Se quejan muchos de las tentaciones que padecen, y murmuran de la Providencia por los recios y continuos combates que les dan los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne: pero día vendrá en que Dios se justifique recordándoles que ellos mismos se metían las más de las veces en las tentaciones, y haciéndose sordos a las voces de la gracia y de la conciencia, se ponían voluntariamente en las ocasiones de pecar, y se rendían a sus mortales enemigos.

Oración:

Te suplicamos, Señor, que nos recomiende delante de Ti la intercesión del bienaventurado Hugo, abad, para que alcancemos por su patrocinio, lo que no podemos conseguir por nuestros merecimientos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 28 de abril de 2016

San Vidal, mártir (28 de abril)


San Vidal, mártir.

(† 172.)

Entre los santos que derramaron su sangre en las primeras persecuciones de la Iglesia, uno fue san Vidal, caballero muy noble de Ravena y marido de Santa Valeria, y padre de Gervasio y Protasio, que todos cuatro fueron ilustres mártires del Señor. Sucedió que habiendo apresado los gentiles en Ravena a un cristiano, llamado Ursicino, de profesión médico, le dieron muchos y atroces tormentos, los cuales él sufrió con gran constancia y fortaleza ayudado de la gracia del Señor. Mas cuando llegaba su última hora y vio que el verdugo desenvainaba la espada y le vendaba los ojos, comenzó (como hombre) a desmayar, y a perder el vigor que antes había tenido; y estando ya por adorar a los falsos dioses, Vidal, que estaba presente en este espectáculo, compadeciéndose de él, y juzgando que le corría obligación de socorrerle en aquel conflicto, alzó la voz y públicamente dijo: "¿Qué es esto, Ursicino? ¿qué dudas? ¿qué temes? Habiendo tú como médico dado salud a tantos enfermos, ahora no aciertas a salvarte a ti mismo? Acuérdate que con esta muerte que se acaba en un soplo, comprarás una vida bienaventurada que no tiene fin". Fueron de tanta eficacia las palabras de Vidal que animaron de tal suerte a Ursicino, que con gran alegría tendió el cuello al cuchillo y murió por Cristo. San Vidal, no contento de haberle dado la vida del alma, por dar honra a su cuerpo muerto con gran celo y fervor, lo hurtó y sepultó. El juez que se llamaba Paulino, visto lo que Vidal había dicho y hecho, y entendiendo que era cristiano, lo amonestó blandamente que dejase aquella nueva secta, y siguiese la antigua religión de los romanos. Se burló Vidal de las palabras de Paulino, el cual le mandó luego atormentar en el ecúleo, donde fueron despedazadas sus carnes y descoyuntados sus miembros, y probada su fe y su paciencia. Como todo esto no bastase para trocarle y ablandar su pecho fuerte, ordenó que lo llevasen al mismo lugar donde había sido ajusticiado Ursicino, y que hiciesen en él una hoya muy grande, le echasen vivo en ella, y la llenasen de tierra y piedra, lo cual ejecutaron a la letra los verdugos, y murió el glorioso mártir ahogado y sepultado vivo, entregando con este linaje de cruel martirio su triunfante espíritu al Criador. Se conservan las sagradas reliquias de este santo en un magnífico sepulcro de una iglesia que se le dedicó en Ravena, que es uno de los templos más hermosos del mundo; parte de ellas se veneran en Bolonia y en Praga.

Reflexión:

Dio el bárbaro tirano contra san Vidal aquella sentencia de horrorosa muerte, a persuasión de un sacerdote de Apolo, en el cual luego que expiró el santo mártir, entró el demonio y le comenzó a atormentar tan terriblemente, que daba gritos y decía: "¡Quémame, Vidal! ¡enciéndeme, Vidal!"  Y como padeciese siete días este tormento, no pudiendo más sufrir el fuego interior que le abrasaba, se echó en un río y se ahogó. Donde se ve el castigo del mal consejo que había dado aquel mal hombre contra nuestro santo; el cual por el contrario, mereció la palma de los mártires por el buen consejo que había dado a Ursicino ayudándole a morir por el Señor. Procuremos pues aconsejar siempre cosas buenas y santas: ya que de los buenos consejos podemos esperar la recompensa de Dios, y de los malos consejos solo podemos esperar el daño y castigo, que no pocas veces recae aun en esta vida sobre la cabeza de los que aconsejaron a otros lo que era inicuo.

Oración:

Te suplicamos, Señor todopoderoso, que los que celebramos el nacimiento al cielo de tu bienaventurado mártir Vidal, seamos por su intercesión fortificados en el amor de tu santo nombre. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 27 de abril de 2016

San Pedro Armengol, mártir (27 de abri)


San Pedro Armengol, mártir.

(† 1284.)

El glorioso redentor de los cautivos y mártir de la caridad san Pedro Armengol nació en la Guardia de los Prados, villa del arzobispado de Tarragona, y su apellido queda todavía en la muy ilustre familia de los barones de Rocafort, descendientes de los condes de Urgel y emparentados con los antiguos condes de Barcelona, y reyes de Francia, condes de Flandes y reyes de Castilla y Aragón. Se halló presente en su nacimiento el venerable padre Bernardo Corbera, religioso de la Merced, el cual profetizó del niño recién nacido diciendo: "A este niño un patíbulo ha de hacerle santo". Lo crió su padre Arnoldo como a mayorazgo, noble, rico y deseado: pero ¡oh fuerza de las malas compañías y cuántas torres de virtud has derribado! El ilustre mancebo que parecía un ángel por su piedad e inocentes costumbres, con el ejemplo de otros mozos desenvueltos, bravos y valientes con quienes jugaba y como brioso caballero de su edad probaba con las armas en la mano la destreza y el valor, vino a desenfrenarse de manera, que hacía gala de sus desórdenes y oscurecía su linaje capitaneando una cuadrilla de ladrones. Por este tiempo determinó el rey don Jaime pasar de Valencia a Mompeller y entendiendo que los Pirineos estaban infestados de salteadores, mandó a Arnoldo que con dos compañías de infantes y algunos caballos limpiase aquellos caminos de bondoleros. Entonces lucharon cuerpo a cuerpo Arnoldo y su hijo Pedro hasta que después de haberse herido, se reconocieron, y el hijo, llenos de lágrimas los ojos, se echó a los pies del padre, con gran arrepentimiento de su mala vida. Partió de allí a Barcelona y después de hacer una confesión general de todas sus culpas, pidió el hábito de los religiosos de la Merced, y comenzó una vida llena de admirables y extraordinarias virtudes. Lo ordenaron de sacerdote, y todos los días celebraba la misa con tantas lágrimas que hacía llorar de devoción a todos los que la oían. Rescató en Murcia doscientos cuarenta cautivos, convirtió al rey Almohazen Mahomet, el cual se hizo Mercedario y se llamó Fray Pedro de santa María. Pasando después el santo de Argel a Bugía con Fray Guillermo, florentino, rescató ciento diecinueve cautivos, y para sacar de la esclavitud a dieciocho niños se quedó en rehenes de mil escudos que ofreció por ellos. Ocho meses estuvo encerrado en un calabozo, padeciendo cada día palos y azotes; y como no llegasen los mil escudos a su tiempo, lo condenaron a la horca. Vino ocho días después del suplicio su compañero Guillermo con los mil escudos, y con gran espanto lo halló vivo todavía y pendiente de la horca, en la cual dijo el santo que la santísima Virgen le había sostenido en sus manos. Finalmente después de haber convertido con estupendos prodigios a muchos infieles a nuestra santa fe, entregó su bendita alma al Señor en su mismo convento de nuestra Señora de los Prados. 

Reflexión: 

La vida admirable de este santo nos manifiesta cuán poderosa es la gracia de nuestro Señor Jesucristo para trocar los corazones de los hombres, hasta hacer de un capitán de bandidos un perfectísimo religioso, un celoso misionero y un gloriosísimo mártir de la caridad. Esta es una excelencia propia de nuestra santa Religión: porque ninguna fuerza ni convicción humana sería bastante para trocar con tan extraña mudanza el ánimo y las costumbres de los hombres, si no interviniera en ello la mano poderosa de Dios. 

Oración: 

Oye, Señor, benignamente las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu glorioso confesar el bienaventurado Pedro, para que consigamos por la intercesión del que tanto te agradó, lo que no podemos esperar de nuestros merecimientos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 26 de abril de 2016

Los santos Cleto y Marcelino, papas y mártires (26 de abril)



Los santos Cleto y Marcelino, papas y mártires.  

(† 96. † 304.) 

El tercer vicario de nuestro Señor Jesucristo sobre la tierra fue el glorioso pontífice y mártir san Cleto. Fue natural de Roma y convertido a la fe por el príncipe de los apóstoles san Pedro; el cual, viéndolo varón espiritual, prudente y celoso, lo ordenó obispo y lo tomó por coadjutor, así como a san Lino que fue el segundo pontífice. Gobernaba san Cleto santísimamente la Iglesia; mas habiendo sucedido a Vespasiano y Tito su hijo, el viciosísimo emperador Domiciano, que entre otras maldades que cometió se hizo llamar dios, persiguió a los cristianos que no le reconocían por tal, y en un solo día hizo millares de mártires. En esta persecución, que fue la segunda que padeció la Iglesia, fue preso y cargado de cadenas el glorioso pontífice san Cleto, y en el día 26 de abril alcanzó la corona del martirio, habiendo tenido la silla apostólica doce años, siete meses y dos días. Lo sepultaron los cristianos junto al apóstol san Pedro, y se conserva su cuerpo en el Vaticano. En este mismo día celebra la Iglesia el martirio del papa san Marcelino, el cual fue natural de Roma e hijo del prefecto, y sucedió en el pontificado a san Cayo, asimismo papa y mártir, siendo emperadores Diocleciano y Maximiano. En este tiempo se levantó la décima persecución contra la Iglesia, que fue la más brava y más cruel de todas, porque en espacio de un mes murieron por Cristo en diversas provincias más de diecisiete mil mártires con tan atroces y exquisitos tormentos, que sólo el demonio los pudiera inventar. Y porque durante esta persecución, recibía el santo benignamente a los que espantados con las amenazas y el terror de los suplicios habían ofrecido incienso a los falsos dioses y después arrepentidos de su culpa le pedían el perdón y la penitencia, no faltaron malvados censores que rigurosamente osasen juzgar y condenar la paternal blandura del santo pontífice: lo cual fue ocasión para que más tarde le infamasen diciendo calumniosamente que el mismo santo, vencido también del temor de los tormentos, había sacrificado a los ídolos, y hecho después penitencia de su pecado, ofreciéndose de su voluntad al martirio. Mas lo que hubo fue, que habiendo sido preso juntamente con otros tres santos llamados Claudio, Cirino y Antonino, por sentencia del emperador, fue como ellos decapitado. Se dejaron por orden del juez los cadáveres insepultados, hasta que san Marcelo los recogió a los treinta y tres días, y con acompañamiento de los presbíteros y diáconos, y con himnos y antorchas les dio honrosa sepultura en el cementerio de santa Priscila en la vía Salaria. 


Reflexión: 

No es maravilla que en aquellas cruelísimas persecuciones algunos fieles, vencidos por la inhumanidad y duración de los tormentos, se rindiesen a la voluntad de los tiranos. El ser vencidos era efecto de la fragilidad del hombre; el vencer, prodigio de la fortaleza de Dios. Pero así como es propio de la humana flaqueza el caer, también lo es de la gracia de Cristo, levantar al caído. Por esta causa instituyó el Señor el sacramento de la penitencia, donde el pecador alcanzase remisión de sus pecados por muchos y graves que fuesen, con solo confesarlos con un corazón contrito y humillado. ¿Por qué pues no hemos de humillarnos, si hemos pecado? ¿No vale más confesar ahora humildemente nuestras culpas, que padecer la vergüenza de ellas cuando se manifiesten a todo el mundo en el día del juicio, y caer en una eterna confusión? 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que en la fiesta de tus pontífices y. mártires Cleto y Marcelino, merezcamos su poderosa protección, y que por su intercesión sean gratas a tu divina Majestad nuestras oraciones. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890 

lunes, 25 de abril de 2016

San Marcos, evangelista y mártir (25 de abril)



San Marcos, evangelista y mártir.

(† 64.)

El glorioso evangelista y mártir de Cristo san Marcos fue hebreo de nación, y como algunos autores escriben, de la tribu de Leví y uno de los setenta y dos discípulos del Señor. Acompañó al apóstol san Pedro, que le llama en sus epístolas hijo carísimo, y por su gran espíritu y gracia en el hablar, lo tomó por intérprete para que explicase más copiosamente los profundos misterios de Cristo, que él en pocas palabras anunciaba. Y como los fieles que por la predicación de San Pedro se habían convertido en Roma, deseaban tener por escrito lo que de él habían oído, rogaron a san Marcos que escribiese el Evangelio de la manera que lo había oído de la boca de san Pedro; y el santo apóstol lo aprobó y con su autoridad lo confirmó y mandó que se leyese en la iglesia. Habiendo pasado el santo evangelista algunos años en Roma, tomó la bendición de su padre y maestro san Pedro, y por su orden partió a Egipto, llevando consigo el Evangelio que había escrito para predicarlo a aquellas gentes bárbaras y supersticiosas. Descubrió primero aquella luz del cielo a los de Cirene, Pentápoli y otras ciudades; y vino después a Alejandría como cabeza de toda aquella provincia y más necesitada de aquella divina luz. Allí edificó una iglesia al Señor con nombre de San Pedro su maestro que aun vivía; y fueron tantos los que se convirtieron a la fe de Jesucristo, así de los judíos que moraban en aquellas partes, como de los mismos egipcios, que presto se formó una admirable cristiandad, en la cual florecían maravillosamente todas las virtudes que el Señor enseñaba en su santo Evangelio; porque todos los fieles vivían entre sí con gran paz y conformidad, no había entre ellos pobres, porque a todos se daba lo que habían menester; ni ricos, porque los que lo eran dejaban sus riquezas para uso de los demás, y todos eran entre sí un alma y un corazón. Otros muchos había que dando libelo de repudio a todas las cosas de la tierra poblaban los montes y desiertos de Egipto, y vivían con tan extremada santidad, que no parecían hombres, sino ángeles vestidos de carne mortal. No pudieron sufrir tanta luz los ojos flacos de los gentiles y determinaron dar muerte a san Marcos como a destruidor de sus templos y enemigo de sus dioses, y un 24 de abril, que era día de domingo para los cristianos, y para los gentiles de una fiesta que celebraban a su dios Serapis, hallando al santo evangelista diciendo Misa, lo prendieron, y echándole una soga a la garganta lo arrastraron por las calles. Lo encerraron después en la cárcel, y venida la mañana siguiente lo arrastraron de nuevo por lugares ásperos y fragosos hasta que dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Así murió el glorioso evangelista san Marcos, sellando también con su sangre el santo Evangelio que nos dejó escrito, para que nadie pudiese imaginar con algún color de razón que quisiese engañar a los hombres. Este es el mismo Evangelio que predicaba en Roma el príncipe de los apóstoles san Pedro, el cual a su vez dio la vida en confirmación de la verdad de Cristo, muriendo en cruz con la cabeza abajo. Recuerden, pues, estos hechos, los despreocupados de nuestros días, y entiendan que si niegan el santo Evangelio sólo porque es contrario a sus pasiones, con aquellos sellos de sangre apostólica, se firmó también la sentencia de su condenación. 

Oración: 

Oh Dios, que ensalzaste a tu bienaventurado evangelista Marcos por la gracia de la predicación del santo Evangelio; concédenos que nos aprovechemos de su santa doctrina, y seamos protegidos por su poderosa intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 24 de abril de 2016

San Fidel de Sigmaringa, mártir (24 de abril)



San Fidel de Sigmaringa, mártir.

(† 1622.)

El apostólico varón y glorioso mártir de Cristo, san Fidel nació de padres nobles y católicos en la ciudad de Sigmaringa que está en la Suevia, en el obispado de Constancia. Después de haber estudiado las letras humanas y el derecho civil y canónico en la universidad de Friburgo, se disgustó del tumulto y peligros del foro, y trocó la toga de abogado por el hábito de los padres capuchinos. El día del patriarca san Francisco vistió el tosco sayal del Padre de los pobres. Celebró su primera misa con gran concurso y edificación del pueblo, y lo destinaron los superiores al sagrado ministerio de la palabra divina, y el santo con estilo llano y desnudo de adornos retóricos, pero con gran fuerza de espíritu y eficacia de razones, predicó el divino Evangelio por las principales ciudades de Alemania, ganando para Jesucristo innumerables pecadores. Socorría a los pobres con copiosas limosnas que pedía a las personas ricas y caritativas, y habiendo sido inficionado de una enfermedad contagiosa el ejército austriaco que estaba acuartelado en aquellas provincias, asistía a los soldados, curándoles las llagas, dándoles de comer por su mano, y administrando los sacramentos de la Iglesia a los que estaban en peligro de muerte. Lo llamó el Señor a la conversión de los calvinistas Grisones, y la congregación de Propaganda Fide escogió por cabeza y Prefecto de aquella ardua misión a nuestro santo, el cual con increíbles trabajos redujo a la verdadera fe a muchos herejes, aun de los más principales y nobles del país. Mas los infernales ministros de Calvino fingiendo que querían también convertirse llamaron un día al santo para que les predicase la verdad católica en la iglesia de Servis. Llegó el apostólico misionero a aquel lugar, y habiendo celebrado aquel día la Misa con extraordinario fervor, subió al púlpito donde halló un billete que decía: Hoy predicarás y no más. No desmayó el santo con este anuncio de muerte; antes con la misma fuerza de espíritu y apostólica libertad predicaba la verdad católica, cuando de improviso entraron en la iglesia muchos hombres armados. Disparó uno de ellos su fusil contra el santo misionero, y aunque no acertó a herirle, entendió el santo que era ya llegada la hora suspirada de dar la vida por Cristo, y por la salud de sus hermanos. Bajando pues de la sagrada cátedra, se postró delante del altar mayor, donde encomendó su alma en las manos de Dios, y para evitar un nuevo sacrilegio de los herejes, salió de la iglesia por una puerta que estaba al lado de ella. Entonces como lobos sedientos de sangre se echaron sobre él los herejes y le asesinaron bárbaramente con veintitrés heridas, mientras rogaba, como san Esteban, por los que le daban la muerte. 


Reflexión: 

Se llamaba el glorioso san Fidel, con el nombre de Marco que le habían puesto en el bautismo: mas el día en que se vistió la librea de Cristo, y tomó el hábito de religión, tomó el nombre de Fidel para recordar continuamente la fidelidad con que había de servir a Dios; y por esta causa solía escribir en la primera página de todos sus libros aquellas palabras de la Sagrada Escritura que dicen: "Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida". Seámoslo también nosotros, perseverando en la santa fe y en las buenas obras hasta la muerte para que podamos oír de los labios del eterno Juez aquellas palabras: ¡Ea, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor! 


Oración: 

Oh Dios, que te dignaste adornar con la palma del martirio y con gloriosos milagros al bienaventurado Fidel, abrasado de celo en la propagación de la verdadera fe: Te rogamos por sus méritos e intercesión que fortalezca con tu gracia nuestra fe y caridad, de manera que merezcamos ser hallados fieles en tu servicio hasta la muerte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 23 de abril de 2016

San Jorge, mártir (23 de abril)


San Jorge, mártir.

(† 290.)

El valeroso capitán y glorioso mártir de Cristo san Jorge fue natural de Capadocia, e hijo de padres nobles y ricos. Siendo ya mozo y de muy gentil disposición y grandes fuerzas,, siguió la milicia y vino a ser tribuno o maestre de campo y miembro del consejo del emperador Dioclaciano, el cual no sabiendo que era cristiano, quería honrarle mucho en el ejército y servirse de él en cosas grandes y hazañosas. Sucedió, pues, que habiendo propuesto Diocleciano a sus consejeros y ministros la voluntad que tenía de acabar con atroces tormentos a los cristianos, todos aprobaron la determinación del emperador, menos san Jorge, que con admirable elocuencia y libertad dijo que era gran injusticia condenar a tales hombres sólo porque daban culto al verdadero Dios. Se levantó entonces el cónsul Majencio y dijo a Jorge: "Bien se conoce que debes ser uno de los principales jefes de esa secta". Respondió san Jorge: "Sí: cristiano soy". Entonces el emperador procuró desviarlo de aquel propósito, poniéndole delante la flor de su juventud, su nobleza, riqueza y gallardía, y también los favores que de él había recibido, y los daños que se le podían seguir si despreciara a los dioses del imperio. Mas como no hiciesen mella en aquel pecho armado de Dios promesas ni amenazas, el día siguiente mandó el tirano atormentar al soldado de Cristo, con una rueda armada por todas partes de puntas aceradas que despedazaban sus carnes, en cuyo suplicio oyó una voz del cielo que le dijo: "Jorge, no temas, que yo estoy contigo". Y el santo mártir padeció aquellos y otros exquisitos tormentos con tan gran serenidad que muchos se convirtieron maravillados de aquella soberana fortaleza, y entre ellos dos Pretores, llamados Anatolio y Protoleo, los cuales fueron descabezados por Cristo. Hallaron después al invicto mártir milagrosamente curado de sus heridas, y como el emperador volviese a exhortarle para ofrecer incienso a Apolo: "Vamos al templo si quieres, le dijo el santo, y veamos qué dioses adoráis". Entraron en el templo y estando todos mirando a san Jorge, él se llegó a la estatua de Apolo, y extendiendo la mano, le preguntó: "Dime, ¿eres Dios?" "No soy Dios", respondió la estatua, y el santo, haciendo la señal de la cruz, le reprendió diciendo: "Pues, ¿cómo osas estar aquí en mi presencia?". Se oyeron entonces en el templo alaridos y aullidos dolorosos, y con gran espanto de todos, cayeron los ídolos y se hicieron pedazos. Informado el emperador del suceso, y movido de los sacerdotes de los ídolos que pedían a voces la muerte de aquel gran hechicero, y del gran número de gentiles que se convirtieron al ver caídos y desmenuzados los falsos dioses por la palabra de san Jorge, lo mandó degollar, y en este suplicio alcanzó la gloriosa palma de los mártires. 

Reflexión: 

El martirio de san Jorge fue muy ilustre y muy celebrado en todas las iglesias del Oriente y Poniente; y el haber sido militar este santo fue causa de que la gente de guerra lo invocase contra sus enemigos. En la batalla que el rey don Pedro I de Aragón dio en los campos de Alcaraz a los moros de Huesca, apareció san Jorge a caballo; y lo mismo sucedió al rey don Jaime el Conquistador en el castillo de Puig de Enesa, y en el sitio de Alcoy. Y para representar el favor que recibieron de san Jorge las poblaciones libertadas de sus fieros enemigos, lo pintaron a caballo, atravesando con la lanza un fiero dragón y defendiendo de él a una doncella que invoca al santo. 

Oración: 

Oh Dios, que nos alegras con los merecimientos y con la intercesión de tu bienaventurado mártir san Jorge, concédenos que consigamos por tu gracia los beneficios que pedimos por tu intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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