jueves, 26 de julio de 2018

Cuando el Error No es Combatido


"CUANDO EL ERROR NO ES COMBATIDO,
TERMINA SIENDO ACEPTADO;
CUANDO LA VERDAD NO ES DEFENDIDA,
TERMINA SIENDO OPRIMIDA"

Papa San Félix III

miércoles, 17 de agosto de 2016

San Liberato, abad (17 de agosto)

   


San Liberato, abad, y compañeros mártires.

(t 483)

Grandes fueron los estragos que hizo en África el furor del rey vándalo llamado Hunerico, que seguía la secta de los herejes arrianos; pero en el año séptimo de su reinado, publicó un edicto sobremanera impío y sacrilego, por el cual mandaba que se arrasasen todos los monasterios, y se profanasen todas las iglesias consagradas a honra de la santísima Trinidad. Vinieron, pues, los soldados de Hunerico a un convento de monjes que vivían con gran ejemplo y opinión de santidad, debajo del gobierno del santo abad Liberato, entre los cuales se hallaba el diácono Bonifacio, los subdiáconos Servo y Rústico, y los santos monjes Rogato, Séptimo y Máximo: y habiendo los bárbaros derribado las puertas del monasterio, maltrataron con gran inhumanidad a aquellos inocentes siervos del Señor, y los llevaron presos a Cartago, y al tribunal de Hunerico. Les ordenó el tirano que negasen la fe del bautismo y de la santísima Trinidad; mas ellos confesaron con gran conformidad, un solo Dios en tres Personas, una sola fe y un solo bautismo: y añadió en nombre de todos san Liberato: "Ahora, oh rey impío, ejercita, si quieres, en nuestros cuerpos las invenciones de su crueldad; pero entiende que no nos espantan los tormentos, y que estamos prontos a dar la vida en defensa de nuestra fe católica". Al oír el hereje estas palabras, bramó de rabia y furor, y mandó que le quitasen de delante aquellos hombres y los encerrasen en la más oscura y hedionda cárcel. Pero los católicos de Cartago hallaron modo de persuadir a los guardas, que soltasen a los santos monjes; y aunque éstos no quisieron verse libres de las prisiones que llevaban por amor de Cristo, aprovecharon alguna libertad que se les concedió en la misma cárcel, para esforzar a otros muchos cristianos que por la misma fe estaban cargados de cadenas: lo cual habiendo llegado a oídos del tirano, castigó severamente a los guardas, y con despiadados suplicios a los santos monjes. Dio luego orden que aprestasen un bajel inútil y carcomido, y que habiendo echado en él buena cantidad de leña, pusiesen sobre ella a los santos confesores atados de pies y manos, y los abrasasen en el mar. Mas aunque los verdugos una y muchas veces aplicaron hachas encendidas en las ramas secas amontonadas en el barco, nunca pudo prender en ellas el fuego. Atribuyó el bárbaro monarca aquel soberano prodigio a artes diabólicas y de encantamiento: y bramando de rabia, mandó que a golpes de remos les quebrasen las cabezas hasta derramarles los sesos, y los echasen en la mar. Arrojaron las olas a la playa los sagrados cadáveres de los santos mártires; y habiéndolos recogidos los católicos los sepultaron honoríficamente. 


Reflexión: 

La historia de todas las herejías ha sido siempre la historia de los odios sangrientos, de los sacrílegos desmanes, y de las más insoportables tiranías. Semejantes acciones propias de aquellos Vándalos, han hecho en nuestros días, en muchas partes, los enemigos de la fe católica, robando monasterios, profanando sacrílegamente los templos de Dios, y asesinando villana y cruelísimamente a indefensos religiosos, sacerdotes y vírgenes consagradas a Dios. Inhumanos han sido pues como los Vándalos, pero más hipócritas y traidores que ellos porque han cometido tales crímenes a pesar de andar pregonando humanidad, tolerancia y libertad de pensamiento. 

Oración: 

Oh Dios, que nos concedes la dicha de celebrar el nacimiento para el cielo de san Liberato y sus compañeros, mártires; otórganos también la gracia de gozar de su compañía en la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 12 de agosto de 2016

Santa Clara, fundadora (12 de agosto)



Santa Clara, fundadora.

(† 1253)


La seráfica virgen santa Clara, fundadora de las religiosas del seráfico padre san Francisco, fue, como este santo, natural de Asís, y de claro y nobilísimo linaje. Siendo aún muy niña y no teniendo aún rosario para llevar la cuenta de sus oraciones, las iba contando con piedrecillas, y aunque por voluntad de sus padres vestía ropas preciosas, mas interiormente usaba de un áspero cilicio, y ofrecía a Dios su virginidad con gran resistencia de sus padres, que deseban casarla. Había Dios enviado en este tiempo al mundo para renovarlo, al seráfico padre san Francisco, el cual estaba en la misma ciudad de Asís; y por su consejo dejó la santa doncella la casa de sus padres y renunciando a todas las grandezas del mundo, entró en la iglesia de santa María de la Porciúncula que está a una milla de Asís. Allí la aguardaban san Francisco y todos sus santos religiosos con velas en las manos y entonando el Veni Creator Spiritus; y ella, al pie del altar, se desnudó de todas sus galas y preciosas vestiduras, se cortó las trenzas de su rubia cabellera, y recibió de manos del seráfico patriarca el hábito penitencial. Pretendieron sus deudos y parientes llevársela por fuerza, mas la santa se asió tan fuertemente al altar, que al quererla sacar por fuerza, dejó en sus manos la mitad de sus vestiduras, y aun se quitó la toca, para que viesen que había también sacrificado a Cristo la hermosura de sus cabellos. Premió el Señor tan ilustre victoria que su sierva alcanzó de la carne y de la sangre, con dar la misma vocación a su hermana Inés y a otras nobilísimas doncellas, parientas suyas, hasta el número de dieciséis; las cuales formaron la primera comunidad de religiosas de santa Clara. No solamente en aquella ciudad, sino en la Umbría y por todo el mundo se extendió el resplandor de las virtudes de santa Clara. Ayunaba a pan y agua todas las vigilias de la Iglesia y toda la cuaresma, llevaba por vestidura interior una asperísima piel de jabalí, y dormía sobre la tierra teniendo un haz de sarmientos por almohada; pero el amor de Cristo le hacía tan suaves éstas, y otras espantosas penitencias, que no había rostro más alegre y apacible que el de la santa. Y ¿qué lengua podrá decir las inefables dulzuras, éxtasis seráficos y dones de milagros y de profecía con que Jesucristo la regalaba y correspondía a su amor? Cuando los bandidos y sarracenos con que el malvado Federico II talaba el valle de Espoleto, cercaron la ciudad de Asís y escalaban ya los muros del monasterio de santa Clara, ella, aunque enferma, se hizo llevar a las puertas, y sacando del seno una custodia del santísimo Sacramento, oyó la voz de Jesús, que le decía: "Sí, Clara, yo te protegeré": y huyeron al punto aquellos bárbaros, dejando muchos cadáveres, heridos como si hubiesen peleado contra los rayos del cielo. Finalmente toda la vida de la santa fue como la de un serafín sacrificado por amor de Jesucristo, y a la edad de sesenta años, visitada por un coro celestial de santas vírgenes, entregó su alma purísima al divino esposo. 


Reflexión: 

Los monasterios de santa Clara han llegado a la crecida suma de cuatro mil; y en ellos se han santificado mucha nobilísimas doncellas, condesas, duquesas y princesas, y sobre todo un gran número de almas heroicas que practicando la regla más austera de todas, han sido en la tierra las delicias de Dios, el ornamento de la Iglesia católica, y el más elocuente ejemplo del mundo.


Oración: 

Óyenos, Señor y Salvador nuestro, y haz que la alegría que sentimos en la fiesta de tu bienaventurada virgen santa Clara, sea acompañada de los afectos de una verdadera devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


miércoles, 10 de agosto de 2016

San Lorenzo, diácono y mártir (10 de agosto)



San Lorenzo, diácono y mártir.

(† 258)

El gloriosísimo y fortísimo mártir san Lorenzo, nació en Huesca del reino de Aragón: su padre llamado Orencio y su madre, Paciencia, fueron santos, y de ellos celebra festividad la iglesia de Huesca. Lo hizo el papa san Sixto, segundo de este nombre, arcediano, o primero de los diáconos de la iglesia romana. Por este tiempo anduvo muy brava la persecución del emperador Valeriano: y en ella fue preso san Sixto y llevado a la cárcel. Le salió al camino san Lorenzo y le dijo: "¿Adonde vas, oh padre, sin tu hijo? ¿Adonde vas, oh sacerdote, sin tu diácono?" Y le respondió el venerable pontífice: "A ti, hijo mío, como a más joven, te aguardan más rigurosos suplicios, y más gloriosa victoria: anda a repartir a los pobres los tesoros de la Iglesia; porque presto me seguirás como hijo al padre, y como diácono al sacerdote". Cumplió san Lorenzo enteramente la voluntad del pontífice, y gastó toda la noche en visitar a los pobres y repartirles el tesoro de la Iglesia, y el día siguiente volvió a san Sixto, y viendo que ya lo llevaban a degollar, corrió a él y con voz alta y llorosa le dijo: "No me desampares, padre santo: ya cumplí tu mandamiento y distribuí los tesoros que me encargaste". Oyeron los ministros de justicia estas palabras, y, a la voz de los tesoros, echaron mano de Lorenzo, y dieron noticia de lo que habían oído al emperador, el cual se holgó de ello esperando hartar su codicia. Le preguntó, pues, por los tesoros de la Iglesia; y el santo con una sabiduría y sagacidad divina le respondió que se los traería. Y juntando el santo diácono un buen número de ciegos, cojos, mancos y pobres, a quienes había socorrido, se vino con ellos al emperador y le dijo: Estos son los tesoros de la Iglesia. No se puede fácilmente creer la saña que recibió el tirano, viendo así frustradas sus esperanzas: lo mandó luego azotar y rasgar sus carnes con escorpiones; y echando de ver que no se quejaba ni daba un solo gemido, antes se reía del tirano y de los tormentos, se embraveció más y exclamó: "Tú eres un mago; pero yo te juro por los dioses inmortales que has de padecer tan graves penas que ningún hombre hasta hoy las padeció". A lo cual respondió Lorenzo: "En nombre de Jesucristo te aseguro que no las temo". Lo mandó pues atormentar toda la noche con varios suplicios, y finalmente asarlo en un lecho de hierro a manera de parrillas, en las cuales no mostró el santo ningún sentimiento de dolor; sino que estando asada una parte de su cuerpo, habló al tirano y le dijo: "Ya está asada la mitad de mi cuerpo; manda que me vuelvan de la otra parte, y que me echen la sal". Y mientras el tirano con los ojos encarnizados y dando bramidos de rabia y furor mandaba a los sayones que atizasen el fuego, el fortísimo mártir, levantados los ojos al cielo, decía: "Recibid, Señor, este sacrificio, en olor de suavidad"; y dando gracias al Señor, expiró.


Reflexión: 

Este es el martirio de san Lorenzo, gloria de España, y tan ilustre en toda la cristiandad, después del protomártir san Esteban, que como dice san Agustín, alumbró con sus resplandores el universo mundo. ¿Quién no se animará con tal ejemplo a servir a Jesucristo con viva fe, segura esperanza y encendida caridad, sin temer el fuego y crisol de la tribulación por donde se llega al eterno descanso y refrigerio?


Oración: 

Concédenos, oh Dios todopoderoso, que se apaguen en nosotros las llamas de nuestros vicios; pues concediste al bienaventurado san Lorenzo que venciese el fuego de sus tormentos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 9 de agosto de 2016

Los santos niños Justo y Pastor hermanos, mártires (9 de agosto)



Los santos niños Justo y Pastor hermanos, mártires. 

(† 304)

Entre las victorias que por medio de sus mártires y esforzados guerreros alcanzó Dios nuestro Señor de los tiranos que persiguieron la Iglesia de España, es muy esclarecida y admirable la de los santos niños y bienaventurados hermanos Justo y Pastor, quienes en edad tierna y delicada, vestidos de espíritu y soberana fortaleza, triunfaron del malvado presidente, y volando al cielo, dejaron en la tierra el trofeo y las señales de la victoria. Vino Daciano a Alcalá de Henares para perseguir, como lo hacía en todas partes, a los fieles de Cristo; y publicó un edicto en que mandaba que todos sacrificasen a los dioses o que fuesen muertos con exquisitos y atroces tormentos. Se divulgó luego este mandato; y estando muchos fieles temerosos y encogidos, salieron al campo dos niños valerosos para hacer burla del tirano. Estos fueron Justo y Pastor, el primero de siete años y el segundo de nueve, los cuales eran hijos de padres nobles y cristianos, y en aquella sazón iban a la escuela para aprender las primeras letras. Luego que oyeron el impío mandato del tirano, entró en sus tiernos pechos un encendido deseo de padecer y morir por Cristo; y arrojando las cartillas que llevaban, se fueron al palacio de Daciano para ofrecerse al martirio. Cuando éste supo que aquellos dos niños, sin ser llamados y por su voluntad, venían a morir por la fe de Cristo, se turbó y llenó de asombro: mas pensando que aquello sería liviandad pueril, los mandó azotar para amedrentarlos. Al tiempo de ser llevados a este tormento, Justo habló a Pastor y le dijo: "No temas, hermano Pastor, esta muerte del cuerpo que se nos prepara; porque, Dios que nos hace merced que muramos por El, nos dará todo el esfuerzo necesario para que podamos morir y alcanzar la corona del martirio". Quedó Pastor más esforzado y animoso con estas palabras de Justo, y le dijo: "Oh hermano mío Justo, con razón te llaman justo, pues tan bien muestras que lo eres. Ligera cosa me será morir contigo por ganar a Jesucristo en tu compañía". Estas palabras iban los santos hablando entre sí, dejando a los ministros de Daciano admirados de ver en tan corta edad tan gran aliento y constancia. Por lo cual temeroso el tirano de ser vencido por aquellos niños, mandó que, sin más dilación, los degollasen secretamente en algún lugar apartado de la población. Y así los sacaron a un campo que llamaban Loable, y allí les cortaron las cabezas sobre una gran piedra; en la cual quedaron impresas las señales, como hoy día se ven, de sus rodillas y manos. Edificaron en aquel mismo sitio los cristianos una capilla que llevaba el nombre de los santos mártires.


Reflexión: 

El espectáculo que nos ofrece hoy el martirio de estos dos niños, es un terrible anatema contra la cobardía de muchos cristianos, que no están dispuestos, no digo a derramar una gota de sangre por Cristo, pero ni aun a sufrir una palabra de burla, un gesto despreciativo, una ligera incomodidad que a veces exige el fiel cumplimiento de la ley de Dios. Pues, ¿con qué alma piensan comparecer ante el tribunal de Jesucristo? ¿Con qué ojos podrán ver allí a esos tiernos niños ostentando el laurel de la victoria y la palma del martirio?


Oración: 

Oh Dios, que das la fe, la esperanza y la caridad a los tiernos niños, y por la alabanza con que te confesaron tus inocentes mártires Justo y Pastor, nos estimulas a alcanzar la salvación; infúndenos la pureza de la infancia, para que emulando con nuestra vida ajustada a tu santa ley la vida inculpable de los niños, nos gocemos con los santos, en la recompensa que has de dar a tus fieles servidores. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 8 de agosto de 2016

Los santos Ciriaco, Largo y Esmaragdo, mártires (8 de agosto)



Los santos Ciriaco, Largo y Esmaragdo, mártires. 

(† 309.)

El martirio de los santos Ciriaco, Largo y Esmaragdo, se saca de las Actas de san Marcelo papa y mártir, que los notarios de Roma escribieron. Fue san Ciriaco ilustre diácono de la iglesia romana, bajo el pontificado de los vicarios de Jesucristo Marcelino y Marcelo. En aquellos tiempos primitivos de la iglesia los diáconos se ocupaban mucho en la predicación y administración de los sacramentos; y en estos oficios convirtió Ciriaco a muchos gentiles a la fe. Le había el Señor concedido un don señalado de curar a los enfermos y lanzar los demonios, y el mismo emperador Diocleciano, le rogó que sanase a una hija suya llamada Artemia, que estaba poseída y rigurosamente atormentada del maligno espíritu. La libró el santo con poderosa virtud de aquella tiranía infernal; y como la noticia de este suceso llegase a oídos de Sapor, rey de Persia, el cual tenía asimismo una hija, llamada Jobia, agitada del espíritu diabólico, vino con gran acompañamiento a Roma en busca del diácono taumaturgo, y con humildes súplicas le rogó que le otorgase el mismo beneficio que había hecho a Diocleciano. El santo diácono con los sagrados exorcismos libró de la posesión a la hija de Sapor y quedó éste tan maravillado de la virtud de Cristo, que luego se convirtió y abrazó la fe con otros muchos de su reino. Mas no fueron bastantes todos estos prodigios para que el cruelísimo Diocleciano dejase de perseguir a la Iglesia: antes atribuyéndolos a arte mágica y encantamiento, y viendo que por ellos muchos se convertían, mandó prender a Ciriaco, con sus dos compañeros Largo y Esmaragdo. Predicaron éstos la fe en la cárcel a los demás presos gentiles, y alentaron a los que eran cristianos, entre los cuales se hallaban los mártires Crescencio, Sergio, Segundo, Albano, Victoriano, Faustino, Juliana, Ciriacide y Donata. Parecía la cárcel un templo donde se cantaban de día y de noche las divinas alabanzas, y se ofrecía el adorable sacrificio: mas llegó el día en que abriendo los ministros del emperador las puertas, les intimaron la orden de sacrificar a los dioses o de morir en los más duros suplicios. Moriremos por Cristo, dijo el valeroso Ciriaco: y con la misma fortaleza se ofrecieron a la muerte todos los demás presos. Se ejecutó la sentencia en la vía Salaria, y aquellos santos confesores, esforzados por las exhortaciones de Ciriaco y de Largo y Esmaragdo, después de varios tormentos fueron degollados. En aquel mismo sitio los fieles sepultaron los sagrados cadáveres de estos santos, hasta que cesando el furor de la persecución, la nobilísima matrona Lucina mandó trasladarlos a la vía Ostiense, donde tuvieron más honrosa sepultura. El sumo pontífice León IX regaló un brazo de san Ciriaco a la abadía de Altdorf en Alsacia. 


Reflexión: 

La constancia de estos santos mártires debe esforzarnos a nosotros a defender públicamente nuestra fe católica, sin dejarnos vencer de respetos humanos ni temer mal alguno que por la causa de Jesucristo nos pueda venir. Bienaventurados, dice el Señor, los que padecen persecución por la justicia. Los enemigos de Dios nos pueden quitar la hacienda temporal y la vida del cuerpo; mas no pueden quitarnos los eternos bienes, la eterna vida y la eterna gloria, que es la recompensa prometida por Jesucristo a los que padecen persecuciones, injurias y la muerte por su amor. 


Oración: 

Concédenos propicio, oh Señor, que pues nos alegras con la anual solemnidad de tus santos mártires Ciriaco, Largo y Esmaragdo, imitemos la constancia que mostraron en sus torméntos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 6 de agosto de 2016

La gloriosa Transfiguración del Señor (6 de agosto)



La gloriosa Transfiguración del Señor.

En este día celebra la santa Iglesia el misterio altísimo y regaladísimo de la Transfiguración de nuestro Señor Jesucristo. Había avisado el Salvador a sus discípulos que padecería mucho en Jerusalén de los escribas y príncipes de los sacerdotes, y que moriría en sus manes y que después de muerto había de resucitar. Y para que cuando le viesen morir no se escandalizasen y entendiesen que era Señor de la vida y de la muerte, quiso el divino Redentor transfigurarse y darles un breve gusto de su gloria y una como muestra de la bienaventuranza que habían de alcanzar. Para esto tomó consigo a Pedro, Santiago y Juan su hermano, los cuales habían de presenciar más de cerca los dolores de su pasión, y los llevó al monte Tabor. Habiéndose puesto allí en oración, se transfiguró delante de aquellos discípulos, y vieron su rostro resplandeciente y glorioso, y todo el cuerpo más claro que el mismo sol, y sus vestiduras más blancas que la nieve. Vieron juntamente a Moisés y a Elías que estaban a sus lados y le tenían en medio, hablando con El de la pasión y muerte que para cumplir las profecías había de padecer en Jerusalén. Y al haberse el Salvador mostrado glorioso con aquella nueva claridad en el monte, llaman los evangelistas transfigurarse, porque aunque no tomó otra forma ni figura, pero alteró la que antes tenía, dándole aquel nuevo resplandor y maravillosa claridad. Al tiempo que Moisés y Elías partían y se despedían de Cristo, dice el evangelista san Lucas que san Pedro, como más fervoroso y que con más disgusto oía hablar de la pasión y muerte de su maestro, le dijo: Señor, bien estamos aquí: hagamos en este monte tres moradas: una para vos, otra para Moisés y otra para Elías. No sabía lo que decía: porque se contentaba con sólo aquella vista de la gloria del cuerpo del Señor, y la tenía por suma bienaventuranza, no siendo más que una gota de aquel río que alegra la ciudad de Dios y un pequeño reflejo de aquella gloria que hace bienaventurados a los moradores del cielo. Mientras estaba hablando san Pedro, súbitamente vino una nube del cielo clara y resplandeciente, que hizo sombra al Señor, y sonó en ella una voz que dijo: Este es mi Hijo muy amado, en el cual siempre me he agradado; oídle a El. Y al sonar esta voz magnífica y testimonio divino del Padre Eterno, los apóstoles, despavoridos y llenos de temor y estupor, cayeron sobre sus rostros en tierra quedando fuera de sí y como muertos; mas entonces el Salvador se llegó a ellos y los tocó con la mano y les dijo que se levantasen y no temiesen; y bajando después del monte les mandó que no descubriesen ni dijesen a nadie lo que habían visto hasta que El hubiese resucitado; y así lo callaron los apóstoles, como dice San Lucas, hasta que el Señor hubo resucitado de entre los muertos. 


Reflexión: 

Siendo la gloria de Cristo el galardón de nuestras buenas obras y padecimientos, vivamos en este valle de lágrimas de tal suerte que merezcamos verle en el monte alto del cielo, no transfigurado, como lo vieron los tres apóstoles en el monte Tabor, sino como El es, y como es glorificador y remunerador de todos sus escogidos, donde como se dice en la Escritura, no hay llantos ni gemidos ni dolores, ni trabajo alguno, sino que todo es júbilo y gloria y felicidad cumplida y eterna.


Oración: 

Oh Dios que en la gloriosa Transfiguración de tu unigénito Hijo con la autoridad de los profetas confirmaste los ocultos misterios de la fe, y con la voz salida de una resplandeciente nube, admirablemente nos diste a conocer la perfecta adopción de hijos; concédenos la gracia de ser coherederos del Rey de la gloria y la participación de su misma bienaventuranza. Por Jesucristo, tu mismo Hijo y nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 4 de agosto de 2016

Santo Domingo de Guzmán, fundador (4 de agosto)



Santo Domingo de Guzmán, fundador.

(† 1221.)

El gloriosísimo patriarca santo Domingo de Guzmán, luz del mundo, gloria de España y fundador de la sagrada Orden de Predicadores, nació en el obispado de Osma en un lugar que se dice Caleruega, y fue hijo de muy ilustres padres. Estando su madre en cinta, tuvo un sueño misterioso en que le pareció ver a su hijo representado bajo el símbolo de un perro con una hacha encendida en la boca el cual alumbraba y encendía con ella todo el mundo: y cuando bautizaron al niño, echaron de ver los presentes sobre su frente una estrella de maravilloso resplandor. Confiaron su primera educación a un tío suyo, arcipreste de Gumiel de Iza, y le mandaron después a Patencia, donde a la sazón florecían los estudios generales de España, y salió tan aventajado en filosofía y metafísica, como en las divinas virtudes. Una vez vendió las alhajas de su casa y hasta los libros para dar de comer a los pobres, y viniendo a él una mujer llorando para que le ayudase a rescatar un hermano suyo que le habían cautivado los moros, hizo instancias a la mujer afligida, que lo vendiese a él por esclavo y lo trocase por su hermano. Tomó en Osma el hábito de canónigo reglar, y por obedecer a su obispo recibió la dignidad de arcediano de aquella iglesia; pero llegando a la edad de treinta años, por imitar a Cristo, comenzó su predicación, y pasó a Tolosa de Francia, donde la herejía de los Albigenses hacía grandes estragos, y con sus sermones, milagros y sobre todo con el arma del santo Rosario, que le inspiró la Virgen, salvó a los católicos, y convirtió cien mil herejes. Entre otros prodigios fue muy admirable el no haberse quemado el libro que echó el santo en una hoguera, donde se abrasó al instante el libro de los herejes. Celebrándose por este tiempo el gran Concilio Lateranense, vio en sueños el papa cómo la iglesia de Letrán se abría por todas partes y venía al suelo, y que santo Domingo la sustentaba y como atlante la tenía en peso: por lo cual aprobó la fundación de su nueva Orden de Predicadores. Saliendo en otra ocasión el santo de la iglesia de San Pedro en la ciudad de Roma, vio en la calle a san Francisco, que venía a instituir su esclarecida orden, y sin haberse visto jamás, los dos grandes patriarcas, se conocieron y abrazaron. Quiso el humildísimo santo Domingo que todos sus hijos eligiesen por general al santo varón Fray Mateo, e irse él a Palestina a predicar a los moros y derramar la sangre por Jesucristo: mas Dios lo llamó a Roma, donde se le juntaron cien religiosos a quienes dio el hábito y escapulario blanco, por haberlo señalado la Virgen como vestido de su amada orden. Finalmente siendo de edad de cincuenta y un años, se le apareció Jesucristo convidándolo a los gozos de su reino; y acostado el santo en unas tablas mandó a sus hijos que comenzasen el oficio de los que están en la agonía: y al rezar la antífona que dice: "Socorred, santos de Dios, salid al camino, ángeles bienaventurados", salió su alma de la cárcel del cuerpo.


Reflexión: 

Dijo la Virgen a santo Domingo que el Rosario era el arma más poderosa contra la herejía y contra los vicios. Ahora, pues, hay mayor necesidad que nunca de rezarlo.


Oración: 

Oh Dios, que te dignaste ilustrar a tu Iglesia con los méritos y con la doctrina del bienaventurado santo Domingo, tu confesor; concédenos, que por su intercesión nunca sea destituida de los auxilios temporales, y sea acrecentada en los bienes espirituales. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 3 de agosto de 2016

El hallazgo del cuerpo de san Esteban (3 de agosto)



El hallazgo del cuerpo de san Esteban. 

(En el año 415)

Con haber sido tan ilustre en la Iglesia primitiva el glorioso protomártir san Esteban, estuvo su santo cuerpo largo tiempo escondido, hasta que el Señor se dignó revelarlo en tiempo de los emperadores Honorio y Teodosio el Menor su sobrino, el año 415 de nuestra salud. Se hizo esta revelación a Luciano presbítero, el cual refiere todo lo que en ella pasó en una carta escrita en griego, donde dice: "Que estando él durmiendo en un lugar del bautisterio, donde solía dormir para mejor guardar la iglesia y ocurrir presto a las necesidades de los fieles de su parroquia, despertó viendo un súbito resplandor, y le apareció un venerable anciano en traje de sacerdote, el cual le mandó que buscase los cuerpos santos, que estaban en cierta heredad de aquella aldea, y los colocase en otro lugar más decente. Preguntó Luciano al venerable viejo quién era, y de quiénes eran aquellos cuerpos. Y él respondió que era Gremaliel, el que había enseñado a san Pablo apóstol de Jesucristo, y que el que estaba en el monumento con él a la parte de Oriente era el bendito mártir san Esteban, que fue apedreado por los judíos, cuyo cuerpo él había hecho recoger y enterrar en aquella heredad suya, y que en otro lucillo y sepulcro estaba el cuerpo de Nicodemus, al cual, por ser discípulo de Cristo, los judíos habían anatematizado y desterrado de la ciudad, y él lo había recogido en su casa y dado todo lo que había menester todo el tiempo que vivió, y después de muerto lo sepultó honoríficamente junto a san Esteban. Con las señas que recibió del santo anciano Gamaliel, fue Luciano a Jerusalén a dar cuenta de todo al obispo: el cual dio orden que se buscasen los santos cuerpos en el lugar señalado: y en efecto, cavando en él, hallaron tres sepulcros en cuyas piedras se leía en letras siríacas: Esteban, Nicodemus, Gamaliel. Divulgándose luego esta noticia, vino el obispo de Jerusalén, llamado Juan, acompañado de Eleuterio, obispo de Sebaste, y otro Eleu-terio, obispo de Jericó, y del clero y gran muchedumbre de fieles; y abriendo el sepulcro donde estaba el cuerpo del glorioso san Esteban, comenzó a temblar la tierra y salir un suavísimo olor y fragancia celestial de aquel sagrado cuerpo, tan extremada que a los que presentes se hallaban les parecía estar en el paraíso. Dieron todos voces de alabanza a Dios, y más cuando por la virtud de aquellas sagradas reliquias sanaron setenta y tres enfermos de varias dolencias. Se trasladaron los santos cuerpos en solemnísima procesión a Jerusalén, donde fueron colocados en preciosas urnas; hasta que Teodosio el Joven quiso que el de san Esteban pasase a Constantinopla; y poco después el papa Gelasio I lo hizo trasladar a Roma y depositar en la basílica edificada con nombre de san Lorenzo. 


Reflexión: 

El sapientísimo doctor de la Iglesia san Agustín hacía en sus sermones mención honorífica de esta maravillosa invención del cuerpo de san Esteban, y de los milagros sin cuento con que quiso el Señor glorificar a su protomártir, no sólo en Jerusalén, sino en todas partes, a donde se llevaba alguna parte de sus preciosas reliquias. Donde se ve con cuánta razón celebra la Iglesia católica el descubrimiento de este gran tesoro, para hacernos dignos de las mercedes que podemos alcanzar por los méritos del Santo. 


Oración: 

Concédenos, Señor, la gracia de imitar al santo cuya fiesta celebramos, para que aprendamos por su ejemplo, a amar también a nuestros enemigos, ya que celebramos el hallazgo de aquel santo que supo rogar por sus mismos perseguidores a Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890




martes, 2 de agosto de 2016

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor (2 de agosto)



San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor.

(† 1787.)


El celosísimo obispo, fundador de la Congregación del Santísimo Redentor, y doctor de la Iglesia, san Alfonso María de Ligorio, nació en Nápoles y fue hijo de don José de Ligorio, caballero del orden patricio, y de doña Ana Catalina Cavalieri, señora muy principal de la ciudad de Brindis. Trayendo un día esta señora su niño Alfonso al apostólico varón san Francisco de Jerónimo para que lo bendiga, dijo el santo con espíritu profético: "Este niño llegará a una edad muy avanzada, no morirá antes de los noventa años, será obispo, y obrará cosas grandes y útilísimas a la Iglesia de Dios". Los sucesos de la vida de san Alfonso comprobaron la verdad de aquella profecía. Se adelantó en letras y virtudes en la Congregación de jóvenes nobles que se educaban en la casa de los Padres de san Felipe Neri, y a los dieciséis años de su edad, había alcanzado ya el grado de doctor en ambos derechos, con gran aplauso y reputación de sabiduría. Habiendo seguido luego la carrera del foro, por consejo y voluntad de su padre, como lo hiciesen caer en la cuenta de un error involuntario que había cometido en la defensa de un pleito feudal, se entristeció mucho de esto, y determinó dejar el oficio de abogado; y así se desnudó de la toga, colgó la espada junto al altar de la Virgen de la Merced, y renunció al derecho de primogénito, para darse del todo a Dios y comenzar una vida muy santa y apostólica. Ordenado de sacerdote, con diez compañeros a quienes había comunicado su celo y espíritu, echó los cimientos de la Congregación de misioneros, que se llamó del Redentor, y fue aprobada por el papa Benedicto XIV. Predicaban aquellos nuevos apóstoles con gran fervor y espíritu de cielo, y recorrían las aldeas y los campos evangelizando a los pobres el reino de Dios; y los sermones de nuestro santo, iban siempre acompañados de suspiros, lágrimas y numerosas conversiones. En la misión de Amalfi, vio todo el pueblo con gran asombro una luz maravillosa que salía de la imagen de la Virgen y esclarecía el rostro del santo misionero, el cual estaba arrobado y suspenso en Dios. Lo nombró el rey de las dos Sicilias obispo de Palermo, y el sumo pontífice Clemente XIII, lo hizo obispo de la iglesia de santa Águeda de los Godos, y después de santificar aquella diócesis por espacio de algunos años, impedido por la edad avanzada y las dolencias, y mucho más por su piedad, se retiró a su amada Congregación en la casa de Nocera de Pagani, donde a la edad de noventa años y diez meses, descansó en el Señor, habiendo conservado la inocencia bautismal, y edificado a toda la cristiandad con sus heroicas virtudes, arrobamientos, milagros, profecías, y libros admirables. 


Reflexión: 

El sumo pontífice Pío IX, dio a san Alfonso María de Ligorio el título de doctor de la Iglesia por las sapientísimas obras que dejó escritas, como la Teología moral y la Práctica de los confesores; pero recomendamos encarecidamente a todos los fieles sus libros sobre la Verdad de la fe, la Conformidad con la vonlutad de Dios, las Visitas al Santísimo Sacramento, y singularmente la Preparación a la muerte y las Glorias de María. ¡Pluguiera a Dios que estos libros, que son tesoros de sabiduría y de unción celestial, anduviesen en manos de todos los fieles católicos! 

Oración: 

Oh Dios, que por medio del bienaventurado Alfonso María, tu confesor y pontífice, encendido en el celo de las almas, diste a tu Iglesia una nueva prole; te rogamos que enseñados por su saludable doctrina y alentados por sus ejemplos, podamos llegar felizmente a Ti. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 1 de agosto de 2016

San Pedro Ad-vincula (1 de Agosto)



San Pedro Ad-vincula (o, a la cadena).

(En el año 43 de J. C.)

Celebra en este día la santa Iglesia la festividad de las cadenas del glorioso príncipe de los apóstoles san Pedro, cuya prisión se refiere en el sagrado libro de los Hechos apostólicos por estas palabras: "En este mismo tiempo el rey Herodes se puso a perseguir a algunos de la Iglesia. Primeramente hizo degollar a Santiago, hermano de Juan. Después, viendo que esto complacía a los judíos, determinó prender también a Pedro. Eran entonces los días de los Ázimos. Habiendo, pues, logrado prenderle, le metió en la cárcel, entregándolo a la custodia de cuatro piquetes de soldados, de a cuatro hombres cada piquete, con el designio de presentarlo al pueblo y ajusticiarlo después de la Pascua. Mientras Pedro estaba así custodiado en la cárcel, la Iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él. Mas cuando iba ya Herodes a ponerlo a la vista del pueblo, aquella misma noche estaba durmiendo Pedro en medio de dos soldados, que lo tenían atado con dos cadenas; y las guardias estaban haciendo centinela ante la puerta de la cárcel. Mas he aquí que de repente apareció un ángel del Señor, cuya luz llenó de resplandor toda la pieza: y tocando a Pedro en el lado, lo despertó diciendo: Levántate al punto. Y en aquel instante se le cayeron de las manos las cadenas. Le dijo asimismo el ángel: Ponte el ceñidor y cálzate las san-dalias. Lo hizo así. Le dijo más: Toma tu manto y sigúeme. Salió, pues, y lo iba siguiendo, bien que no creía ser cosa de verdad todo lo que veía. Pasada la primera y segunda guardia, llegaron a la cual se les abrió por sí misma. Saliendo por la puerta de hierro que sale a la ciudad, caminaron hasta el fin de la calle: y súbitamente desapareció de su vista el ángel. Entonces Pedro, vuelto en sí, dijo: Ahora sí que entiendo bien que verdaderamente el Señor ha enviado su ángel y me ha librado de las manos de Herodes y de la expectación de todo el pueblo judaico. Y habiendo pensado lo qué podía hacer, se encaminó a la casa de María, madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde muchos estaban congregados en oración. Habiendo, pues, llamado al postigo de la puerta, una doncella llamada Rhodé salió a observar quién era; y conocida la voz de Pedro, fue tanto su gozo, que en lugar de abrir, corrió adentro con la nueva de que Pedro estaba a la puerta. Le dijeron: Tú estás loca: mas ella afirmaba que era cierto lo que decía. Ellos dijeron entonces: Sin duda será un ángel. Pedro entretanto proseguía dando golpes a la puerta. Abriendo por último, lo vieron, y quedaron llenos de asombro. Mas Pedro haciéndoles señas con la mano para que callasen, les contó cómo el Señor lo había sacado de la cárcel y añadió: Haced saber esto a Santiago y a los hermanos. Y partiendo de allí se retiró a otra parte. Luego que fue de día, era grande la confusión entre los soldados sobre qué se habría hecho de Pedro. Herodes haciendo pesquisas por hallarle y no dando con él, hecha la sumaria a los de la guardia, los mandó llevar al suplicio" (Hechos de los Apóstoles 12). 


Reflexión: 

Hoy es el día de rogar al Señor que vuelva los ojos compasivos sobre nuestro actual pontífice, sucesor suyo y Vicario de Cristo sobre la tierra; para que lo libre de las cadenas con que lo tienen como aprisionado sus enemigos, y pueda gobernar con entera libertad su santa Iglesia.

(Nota de Edición: Actualmente consideramos firmemente que esta reflexión no rige, dado que, si bien hay Papado, no hay Papa verdadero que gobierne la Iglesia -ni que nos confirme en la misma Fe de siempre- desde la muerte del papa Pio XII)


Oración: 

Oh Dios, que libraste al apóstol san Pedro de sus cadenas, y le pusiste en libertad sin que recibiese daño alguno; te suplicamos que rompas las cadenas de nuestros pecados, y que por tu bondad apartes de nosotros todos los males que nos amenazan. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 31 de julio de 2016

San Ignacio de Loyola, patriarca y fundador (31 de julio)



San Ignacio de Loyola, patriarca y fundador.

(† 1556).

El gran celador de la mayor gloria divina, san Ignacio de Loyola, nació en la provincia de Guipúzcoa, y en la nobilísima casa de Loyola. Se crió desde niño en la corte de los reyes católicos y se inclinó a los ejercicios de las armas. Habiendo los franceses puesto cerco al castillo de Pamplona, Ignacio lo defendió con heroico valor, hasta que fue malamente herido. Agravándosele el mal, se le apareció el apóstol san Pedro, del cual era muy devoto, y a cuya honra había escrito un poema, y con esta visita del cielo comenzó a mejorar. En la convalecencia pidió algún libro de caballería para entretenerse, y como le trajesen, en lugar de estos libros, uno de la Vida de Cristo y otro de Vidas de santos, se encendió en su lección de suerte que determinó hollar el mundo. En este instante se sintió en toda la casa un estallido muy grande, y el aposento en que estaba Ignacio tembló, hundiéndose de arriba abajo una de las paredes. Sano de sus heridas, partió para Montserrat, donde hizo confesión general, y colgó su espada y daga junto al altar de nuestra Señora, y dando los vestidos preciosos a un pobre, se vistió de un saco asperísimo. De allí partió para Manresa, donde por espacio de un año hizo vida austerísima y penitente en el hospital de santa Lucía y en una cueva cerca del río; en la cual ilustrado por el Espíritu Santo y enseñado por la Virgen santísima, escribió aquel famoso libro de los Ejercicios espirituales, que ha hecho siempre increíble fruto en la Iglesia de Dios. Pasó después a visitar los sagrados lugares de Jerusalén, y entendiendo que para ganar almas a Cristo eran necesarias las letras, volvió a España y estudió en Barcelona, en Alcalá y Salamanca, donde padeció por Cristo persecuciones, cárceles y cadenas. Acabó sus estudios en París y ganó para Dios nueve mancebos de los más excelentes de aquella florida universidad, y con ellos echó en el Monte de los Mártires los primeros cimientos de la Compañía de Jesús, que instituyó después en Roma, añadiendo a los tres votos de religión un cuarto voto de obediencia al Sumo Pontífice acerca de las Misiones. Aprobó Paulo III la nueva religión diciendo con espíritu de pontífice: Digitus Dei est hic. El dedo de Dios es éste: porque en efecto la Compañía de Jesús era un nuevo e invencible ejército que el Señor suscitaba para la propagación de la santa fe y defensa de la santa Iglesia combatida por los sectarios de estos últimos tiempos, discípulos de Lutero e imitadores de la rebeldía de Lucifer. Y así la Compañía de Jesús conquistó para Cristo muchos reinos de Asia, África y América, restauró en Europa la piedad cristiana y la frecuencia de sacramentos, y ha ilustrado la Iglesia con centenares de mártires, con millares, de nombres sapientísimos, y aun dando por ella la vida, y resucitando para volver a luchar como antes por la mayor gloria de Dios. Tal es el espíritu magnánimo que infundió san Ignacio en su santa Compañía; el cual después de haberla gobernado por espacio de dieciséis años, a los sesenta y cinco de edad descansó en la paz del Señor.


Reflexión: 

Si quieres alcanzar el espíritu de Jesucristo que informaba el alma de san Ignacio, lo hallarás en sus Ejercicios espirituales. Dice el pontífice León XIII, que al conocerlos, no pudo menos que exclamar: "He aquí el alimento que deseaba para mi alma". (Alocución de León XIII al clero de Carpineto).


Oración: 

Oh Dios que para propagar la mayor gloria de tu nombre, diste un nuevo socorro a la Iglesia militante por medio del bienaventurado Ignacio, concédenos que peleando con su ayuda y ejemplo en la tierra, merezcamos ser coronados con él en el cielo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 30 de julio de 2016

San Abdón y san Senén, mártires (30 de julio).



San Abdón y san Senén, mártires.

(† 250).


Los nobilísimos y portentosos mártires de Cristo Abdón y Senén fueron persas de nación, y caballeros principales y muy ricos en su patria; los cuales siendo cristianos y viendo padecer a los que lo eran graves tormentos y muertes atroces, imperando Decio y persiguiendo crudamente a la Iglesia, se ocupaban en consolar las almas de los que padecían por Cristo, y en dar sepultura a los cuerpos de los que con muerte habían alcanzado la vida. Supo esto Decio: lo madó prender y traer a su presencia, habiéndolos oído, y sabiendo por su misma confesión que eran cristianos, les mandó echar cadenas y prisiones, y guardar con otros cautivos de su misma nación que tenía presos, porque quería volver a Roma y entrar triunfando, y acompañado de todos estos presos y cautivos para que su triunfo fuese más ilustre y glorioso. Se hizo así: entró en Roma el emperador con gran pompa acompañado de gran multitud de persas cautivos, entre los cuales iban los santos mártires Abdón y Senén ricamente vestidos, como nobles que eran, y como presos, cargados de cadenas y grillos. Después mandó Decio a Claudio, pontífice del Capitolio, que trajese un ídolo y le pusiese en un altar, y exhortándoles que le adorasen, porque así gozarían de su libertad, nobleza y riquezas. Mas los santos, con gran constancia y firmeza, le respondieron que ellos a sólo Jesucristo adoraban y reconocían por Dios, y a Él le habían ofrecido sacrificio de sí mismos. Los amenazó con las fieras, y ellos se rieron. Los sacaron al anfiteatro, y quisieron por fuerza hacerlos arrodillar delante de una estatua del sol, que allí estaba; pero los mártires la escupieron, y fueron azotados y atormentados cruelmente con plomos en los azotes, y estando desnudos y llagados, aunque vestidos de Cristo y hermoseados de su divina gracia, soltaron contra ellos dos leones ferocísimos y cuatro osos terribles, los cuales, en lugar de devorar a los santos, se echaron a sus pies y los reverenciaron, sin hacerles ningún mal. El juez Valeriano, atribuyendo este milagro a arte mágica, mandó que los matasen; y allí los despedazaron con muchos y despiadados golpes y heridas que les dieron, y sus almas hermosas y resplandecientes subieron al cielo a gozar de Dios, dejando sus cuerpos feos y revueltos en su sangre. Los cuales estuvieron tres días sin sepultura, para escarmiento y terror de los cristianos; pero después vino Quirino, subdiácono (que se dice escribió la vida de estos santos), y de noche recogió sus sagrados cadáveres y los puso en un arca de plomo, y los guardó en su casa con gran devoción. E imperando el gran Constantino, por revelación celestial fueron descubiertos y trasladados al cementerio de Ponciano. 


Reflexión: 

Decía Marco Tulio, adulando al emperador Cayo César que acababa de perdonar generosamente a Marco Marcelo: "Has rendido muchas naciones y domado gentes bárbaras y triunfado de todos tus enemigos; pero hoy has alcanzado la más ilustre victoria, porque perdonando a tu enemigo te has vencido a ti mismo". ¿Pues quién duda que según esta folosofía, mayor victoria alcanzaron los santos Abdón y Senén atados al carro triunfal de Decio, que el otro emperador que acababa de sujetar a los Persas? ¡Oh! ¡cuán gran gloria es padecer afrentas por Cristo! "Más gloriosa, dice san Crisóstomo, es esa igonominia que la honra de un trono real, y del imperio del mundo". 


Oración: 

Oh Dios, que concediste a tus bienaventurados mártires Abdón y Senén un don copioso de tu gracia, para llegar a tan gran gloria; otórganos a nosotros, siervos tuyos, el perdón de nuestros pecados, para que por sus méritos nos veamos libres de todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 29 de julio de 2016

Santa Marta, virgen (29 de julio)




Santa Marta, virgen. 

(† 84.)

La virgen santa Marta, devotísima huéspeda de Jesucristo, fue hebrea de nación, hija de padres nobles y ricos, y hermana de santa María Magdalena y de san Lázaro. Ella misma quiso aderezar la comida cuando el Señor se hospedó en su casa de Betania; y pareciéndole poco todo lo que hacía, quería que su hermana Magdalena, que se estaba a los pies de Jesús oyendo sus dulcísimas palabras, se levantara y la ayudase. Se quejó, pues, de esto al Señor, pero el Señor, aunque no reprendió el solícito afecto con que Marta le servía, alabó la quietud suave con que Magdalena, dejados los otros cuidados, atendía a lo que más importa, que es oír a Dios y gozar de Dios. Se ve así mismo la familiaridad que nuestro Señor Jesucristo tuvo con estas dos santas hermanas, cuando estando enfermo y peligroso su hermano Lázaro, enviaron a decirle: "Señor, el que amas está enfermo"; y aunque el Señor permitió que Lázaro muriese y estuviese cuatro días en la sepultura, lloró sobre él por la ternura y compasión que tenía a sus dos hermanas, y luego resucitó gloriosamente al hermano difunto, y llenó aquella casa de bendición. Después de la Ascención del Señor, aquellos mismo judíos que lo crucificaron, movieron una gran persecución contra los fieles, y se dice que echaron mano de santa Marta y santa Magdalena, y habiéndoles confiscado sus bienes, las pusieron con Lázaro su hermano y con Maximino y toda su casa, en un navío sin velas ni remos para que pereciesen en el mar; mas el navío, guiado de Dios aportó a Marsella, en cuya ciudad enseñaron aquellos santos la doctrina del Evangelio, y convirtieron a muchos a la fe, y lo mismo hicieron en otra ciudad llamada Aix. Se gloría Marsella de haber tenido por obispo a san Lázaro, y Aix de haber tenido a Maximino, uno de los setenta discípulos del Señor. Santa Magdalena se apartó a un áspero y solitario monte para emplearse toda en oración y meditación; y se refiere que santa Marta, con una criada suya llamada Marcela, edificó un monasterio, fuera de poblado, y en compañía de otras muchas doncellas que la siguieron, sirvió muchos años en santo recogimiento al Señor, alzando la bandera (después de la Madre de Dios) de la virginidad, y haciendo voto de ella, y viviendo con tanta aspereza de vida, que san Antonio, obispo de Florencia, escribe que no comía carne, ni huevos, ni queso, ni bebía vino, y que con la señal de la cruz ahuyentaba al demonio, que en figura de un dragón infernal quería espantarla y estorbar su oración. Ocho días antes de su muerte vio cómo los santos ángeles llevaban al cielo el ánima de su dulcísima hermana Magdalena, y a la hora de su dichoso tránsito se apareció a nuestra santa Jesucristo, nuestro Redentor, y le dijo: "Ven, huéspeda mía muy querida, que como tú me recibiste en tu casa, así yo te recibiré en mi reino". 


Reflexión: 

Muy bien pagó nuestro Señor Jesucristo los buenos servicios que recibió de su devotísima huéspeda santa Marta; la instruyó en las cosas del Reino de Dios, resucitó a su hermano Lázaro, la hizo una gran santa, la amparó en los peligros del mar, la llenó de celo apostólico, la hizo fundadora del primer colegio de santas vírgenes, y la recibió llena de méritos, en el palacio de su gloria. Y nosotros ¿a qué pensamos servir sino a Jesucristo, porque los que sirven al mundo no sacan otra recompensa que funestos desengaños en la vida, angustias en la muerte y tormentos en la eternidad? 


Oración: 

Oh Dios, salud y vida nuestra, dígnate oír nuestras súplicas, para que así como la fiesta de tu bienaventurada virgen santa Marta nos llena de espiritual alegría, así también nos alcance una piadosa devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890



jueves, 28 de julio de 2016

Los santos Nazario y Celso, mártires (28 de julio)




Los santos Nazario y Celso, mártires. 

(† 68.)

El apostólico predicador y mártir de Cristo, san Nazario, nació en Roma y fue hijo de un caballero africano y de una señora romana celebrada en la Iglesia con el nombre de. santa Gaudencia. Recibió el bautismo de manos de san Lino, coadjutor a la sazón del príncipe de los apóstoles san Pedro. Por inspiración del Señor determinó salir de Roma para predicar a Jesucristo; y socorrer con sus limosnas a los pobres necesitados, juntando en uno la misericordia espiritual y corporal, vino a Placencia, y de allí a Milán donde fue preso por mandato del presidente Anolino; el cual queriendo persuadirlo que adorase a sus falsos dioses y no habiéndolo podido acabar con él, mandó darle en su venerable rostro muchas bofetadas y echarle de la ciudad. Tuvo el santo esta afrenta por grande honra, por haberla pedecido por Cristo; y pasó a Francia derramando por todas partes las semillas del Evangelio. En una población de aquel reino, llamada Melia una mujer principal por nombre Maríonila le trajo un niño llamado Celso, para que lo instruyese y lo bautizase. Lo hizo así el santo, y viendo que resplandecía mucho en el jovencito la gracia del Señor, se lo pidió a su madre por inseparable compañero de su vida apostólica; y ella, aunque era viuda, hizo aquel sacrificio, y encomendó el hijo a san Nazario, el cual lo trajo siempre consigo y padeció con él muchos trabajos. Obraron en la ciudad de Tréveris muchos milagros con que ganaron innumerables almas a Jesucristo; mas arrestados los dos y puestos en la cárcel, fueron condenados a muerte, y para ello los arrojaron en la confluencia de dos ríos Sarra y Mosela; pero al tiempo que los ministros del tirano pensaban que los dos santos habían ido al fondo, los vieron andar sobre las aguas, con gran admiración, y movidos de este prodigio los veneraron y tomaron por maestros, recibiendo de su mano la fe y el bautismo. Con esto, viéndose libres, volvieron a predicar por las ciudades de Italia, y vinieron a parar a Milán, donde fueron presos del mismo presidente Anolino, el cual habiéndolo primero consultado con el emperador Nerón (por ser Nazario ciudadano romano y hombre principal) los mandó conducir a la plaza mayor de la ciudad, donde fueron juntamente degollados, siendo aquella su preciosa sangre fecundísima semilla de gran número de fieles y mártires que dio al cielo aquella bendita tierra. 


Reflexión: 

Trescientos años después del martirio de estos gloriosos santos Nazario y Celso, fue revelado a san Ambrosio (como él mismo lo escribe) el lugar donde estaban sus sagrados cuerpos: y pasando a el acompañado de su clero, halló el cadáver de san Nazario tan entero como si lo hubieran sepultado aquel mismo día: y junto a él una ampollita de sangre tan fresca y roja como si acabara de derramarse. La cabeza del santo estaba cortada y separada del cuerpo, pero tan entera que parecía estar viva. Añade el diácono Paulino, testigo presencial de este suceso, que el sepulcro exhalaba un olor suavísimo, y más agradable que todos los aromas. En otra parte de la misma huerta hallaron luego el cuerpo de san Celso, el cual juntamente con el de san Nazario fue transalado a la iglesia de los Apóstoles. De este entonces acá no ha menguado un punto la devoción de los milaneses a los santos Nazario y Celso, cuya piedad todos hemos también de imitar, ya que nuestro Señor ha querido ilustrar a estos santos con tantas maravillas, y hacerlos tan gloriosos en la santa Iglesia. 


Oración: 

Te rogamos, Señor, que fortalezca nuestra fe la santa confesión de los bienaventurados mártires Nazario y Celso, para que consigamos de tu bondad el auxilio de tu gracia que sustente nuestra flaqueza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 27 de julio de 2016

San Pantaleón, médico y mártir (27 de julio)



San Pantaleon, médico y mártir.

(† 305.)

El médico, taumaturgo y mártir de Cristo san Pantaleón, nació en Nicomedia de Bitinia, y fue hijo de Eustorquio, hombre rico y noble, aunque gentil, y de Ebula, señora cristiana, la cual murió dejando a Pantaleón muy niño. Lo puso el padre a los estudios de retórica y filosofía, y después a los de la medicina, en la cual salió nuestro santo muy aventajado. Estaba a esta sazón escondido en una pequeña casa por temor de la persecución, un venerable sacerdote de vida santísima, llamado Hermolao, el cual trabó amistad con Pantaleón y poco a poco lo vino a persuadir que el autor de la vida y señor de la salud temporal y eterna era Jesucristo: y como un día viese Pantaleón un niño muerto, y junto a él una víbora que parecía decir que ella había cometido aquel homicidio, movido del Señor dijo entre sí: "Ahora veré yo si es vendad lo que Hermolas me dice". Y llegándose al niño, le dijo: "Levántate vivo en el nombre de Jesucristo, y tú, bestia ponzoñosa, padece el mal que le has hecho". Luego el niño se levantó con vida y la víbora quedó muerta: y visto este milagro se fue a Hermolao y le pidió el bautismo. De allí a pocos días entró en casa de Pantaleón ya cristiano, un hombre ciego, y poniéndole el santo las manos sobre los ojos, invocando el nombre de Jesucristo, luego le restituyó la vista, y con ella le dio juntamente la luz del alma, persuadiéndolo que se hiciese cristiano. Presenció este prodigio el padre de Pantaleón, y luego quiso también bautizarlos. De aquí se comenzó a divulgar la fama del santo médico; y por las muchas enfermedades incurables que sanaba en el nombre del Señor, le tenían gran envidia los otros médicos y lo acusaron delante del emperador Maximiano que estaba a la sazón en Nicomedia. Confesó claramente Pantaleón que era cristiano, y concertaron que trajesen un enfermo del todo desahuciado de los médicos y de sus sacerdotes, con la invocación de cualquiera de sus dioses, le procurasen dar la salud, y que él también invocaría a Jesucristo, y que el que le sanase fuese tenido por verdadero Dios. Se hizo así: trajeron un paralítico de muchos años: los sacerdotes de los ídolos hicieron sus diligencias, y todas fueron en vano. Y Pantaleón tomando por la mano al paralítico, le dijo: "Levántate sano en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo". Y el enfermo se levantó sano, haciendo gracias a Dios; y muchos de los circunstantes se convirtieron a la fe. Mas como los sacerdotes de los ídolos persuadiesen al emperador de que Pantaleón era un gran mago y enemigo de los dioses, el tirano ejercitó en él diversos suplicios, el potro, las uñas de hierro, el plomo derretido, las fieras y la espada; de todos los cuales salió el santo milagrosamente ileso; hasta que animando él mismo al verdugo que había de cortarle la cabeza, en la segunda herida, entregó su espíritu al Criador. 


Reflexión: 

Este glorioso santo no solamente fue portentoso en su vida y en su martirio, mas lo es también perpetuamente después de su muerte; porque en la ciudad de Ravello, en el reino de Nápoles, se conserva en la iglesia catedral una redoma de su sangre, y cada año en el día de su martirio se derrite y descuaja, estando el resto del tiempo cuajada y dura, y la sacan aquel día en procesión. Semejante prodigio hace el Señor con la sangre de este mismo santo que se conserva también en una ampollita de cristal en la iglesia de las Agustinas del real convento de la Encarnación de Madrid.


Oración:

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, nos concedas por la intercesión de tu bienaventurado mártir Pantaleón, que seamos libres de todas las calamidades del cuerpo y de todos los malos pensamientos del alma. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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