miércoles, 10 de agosto de 2016

San Lorenzo, diácono y mártir (10 de agosto)



San Lorenzo, diácono y mártir.

(† 258)

El gloriosísimo y fortísimo mártir san Lorenzo, nació en Huesca del reino de Aragón: su padre llamado Orencio y su madre, Paciencia, fueron santos, y de ellos celebra festividad la iglesia de Huesca. Lo hizo el papa san Sixto, segundo de este nombre, arcediano, o primero de los diáconos de la iglesia romana. Por este tiempo anduvo muy brava la persecución del emperador Valeriano: y en ella fue preso san Sixto y llevado a la cárcel. Le salió al camino san Lorenzo y le dijo: "¿Adonde vas, oh padre, sin tu hijo? ¿Adonde vas, oh sacerdote, sin tu diácono?" Y le respondió el venerable pontífice: "A ti, hijo mío, como a más joven, te aguardan más rigurosos suplicios, y más gloriosa victoria: anda a repartir a los pobres los tesoros de la Iglesia; porque presto me seguirás como hijo al padre, y como diácono al sacerdote". Cumplió san Lorenzo enteramente la voluntad del pontífice, y gastó toda la noche en visitar a los pobres y repartirles el tesoro de la Iglesia, y el día siguiente volvió a san Sixto, y viendo que ya lo llevaban a degollar, corrió a él y con voz alta y llorosa le dijo: "No me desampares, padre santo: ya cumplí tu mandamiento y distribuí los tesoros que me encargaste". Oyeron los ministros de justicia estas palabras, y, a la voz de los tesoros, echaron mano de Lorenzo, y dieron noticia de lo que habían oído al emperador, el cual se holgó de ello esperando hartar su codicia. Le preguntó, pues, por los tesoros de la Iglesia; y el santo con una sabiduría y sagacidad divina le respondió que se los traería. Y juntando el santo diácono un buen número de ciegos, cojos, mancos y pobres, a quienes había socorrido, se vino con ellos al emperador y le dijo: Estos son los tesoros de la Iglesia. No se puede fácilmente creer la saña que recibió el tirano, viendo así frustradas sus esperanzas: lo mandó luego azotar y rasgar sus carnes con escorpiones; y echando de ver que no se quejaba ni daba un solo gemido, antes se reía del tirano y de los tormentos, se embraveció más y exclamó: "Tú eres un mago; pero yo te juro por los dioses inmortales que has de padecer tan graves penas que ningún hombre hasta hoy las padeció". A lo cual respondió Lorenzo: "En nombre de Jesucristo te aseguro que no las temo". Lo mandó pues atormentar toda la noche con varios suplicios, y finalmente asarlo en un lecho de hierro a manera de parrillas, en las cuales no mostró el santo ningún sentimiento de dolor; sino que estando asada una parte de su cuerpo, habló al tirano y le dijo: "Ya está asada la mitad de mi cuerpo; manda que me vuelvan de la otra parte, y que me echen la sal". Y mientras el tirano con los ojos encarnizados y dando bramidos de rabia y furor mandaba a los sayones que atizasen el fuego, el fortísimo mártir, levantados los ojos al cielo, decía: "Recibid, Señor, este sacrificio, en olor de suavidad"; y dando gracias al Señor, expiró.


Reflexión: 

Este es el martirio de san Lorenzo, gloria de España, y tan ilustre en toda la cristiandad, después del protomártir san Esteban, que como dice san Agustín, alumbró con sus resplandores el universo mundo. ¿Quién no se animará con tal ejemplo a servir a Jesucristo con viva fe, segura esperanza y encendida caridad, sin temer el fuego y crisol de la tribulación por donde se llega al eterno descanso y refrigerio?


Oración: 

Concédenos, oh Dios todopoderoso, que se apaguen en nosotros las llamas de nuestros vicios; pues concediste al bienaventurado san Lorenzo que venciese el fuego de sus tormentos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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