viernes, 1 de abril de 2016

San Hugo, obispo de Grenoble (1 de abril)

San Hugo en el refectorio (Zurbarán)

San Hugo, obispo de Grenoble.

(† 1132.)


Fue el glorioso san Hugo de nación francés, y nació de nobles y virtuosos padres, en Castel-Nuevo, en la provincia del Delfinado, cerca de la ciudad de Valencia. Su padre Odilón, caballero y militar, acabó santamente su vida en la Cartuja siendo de edad de cien años y recibió los sacramentos de manos de su hijo obispo. El mismo consuelo alcanzó su virtuosa madre. No tenía san Hugo sino veintisiete años, cuando el legado del Papa le apremió para que aceptase el obispado de Grenoble, y se fuese con él a Roma para ser consagrado del sumo Pontífice Gregorio VII. Estaba a la sazón en Roma la condesa Matilde, señora no menos piadosa que poderosa, la cual le presentó grandes dones y todo lo necesario a la consagración. Muy lleno de espinas y malezas halló san Hugo el campo de aquella iglesia de Grenoble; los clérigos llevaban vida relajada, los legos estaban enredados en logros y usuras, los hombres sin fidelidad, las mujeres sin vergüenza, los bienes de la Iglesia enajenados, y todas las cosas en suma confusión por lo cual a los dos años, pareciendo al santo que hacía poco fruto, tomó el hábito de monje de la orden de san Benito y pasó un año de noviciado en el monasterio llamado Domus Dei, Casa de Dios; pero sabiéndolo el Papa, le mandó volver a su obispado, y él obedeció con presteza y resignación. Pasados tres años, vino al santo obispo, guiado de Dios, san Bruno con otros seis compañeros, para comenzar en su diócesis la sagrada religión de la Cartuja; y les acogió, animó y acompañó hasta un lugar fragoso y áspero, que se llamaba la Cartuja, donde dieron principio a su santo instituto, y san Hugo muchas veces se iba también a aquel lugar sagrado y se estaba con ellos y les servía en las cosas más viles y bajas de la casa. Por sus muchos ayunos, oraciones y estudios, nuestro Señor le probó con un dolor de cabeza y de estómago muy grande, que le duró cuarenta años. Se hacía leer la Sagrada Escritura a la mesa y prorrumpía en lágrimas con tanta abundancia que le era necesario dejar la comida, o que se dejase la lección. No perdonó su anillo ni un cáliz de oro que tenía, para remediar la necesidad de los pobres. Siendo ya viejo, fue en persona a Roma y suplicó a Honorio II que le descargase del obispado; después hizo la misma instancia a Inocencio II, mas el Papa con razón le negó lo que pedía, porque cuando el santo entró en su iglesia, la halló muy estragada y perdida, y cuando murió, la dejó muy reformada y acrecentada en todo. Finalmente, a los ochenta años de su edad, el Señor lo llevó para sí y le dio el premio de la retribución eterna. 


Reflexión: 

Fue tan extremado el recato de este santo varón, que con haber sido obispo más de cincuenta años, y tratado muchos negocios con muchas señoras principales que por razón de su oficio acudían a él, afirmó que no conocía de rostro a ninguna mujer de su obispado, sino a una vieja y fea que servía en su casa. Preguntaron una vez al santo por qué no había reprendido a una mujer que había venido a hablarle con galas profanas. Y él respondió: "Porque no vi que estaba así compuesta". Y a este propósito, decía el santo que no sabía cómo podía dejar de tener malos pensamientos, el que no sabía refrenar los ojos; pues, como dice Jeremías: "Muchas veces entra por ellos la muerte en el alma". Guarda, pues, esas puertas de tus sentidos; que más fácil es estorbar a los enemigos la entrada en el alma, que vencerlos cuando ya están dentro. 

Oración: 

Te suplicamos, Señor, que oigas benignamente los ruegos que te hacemos en la festividad del bienaventurado Hugo, tu confesor y Pontífice, y que nos perdones nuestros pecados por los merecimientos de aquel que tan dignamente te sirvió. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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