Mostrando entradas con la etiqueta Martirio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martirio. Mostrar todas las entradas

miércoles, 17 de agosto de 2016

San Liberato, abad (17 de agosto)

   


San Liberato, abad, y compañeros mártires.

(t 483)

Grandes fueron los estragos que hizo en África el furor del rey vándalo llamado Hunerico, que seguía la secta de los herejes arrianos; pero en el año séptimo de su reinado, publicó un edicto sobremanera impío y sacrilego, por el cual mandaba que se arrasasen todos los monasterios, y se profanasen todas las iglesias consagradas a honra de la santísima Trinidad. Vinieron, pues, los soldados de Hunerico a un convento de monjes que vivían con gran ejemplo y opinión de santidad, debajo del gobierno del santo abad Liberato, entre los cuales se hallaba el diácono Bonifacio, los subdiáconos Servo y Rústico, y los santos monjes Rogato, Séptimo y Máximo: y habiendo los bárbaros derribado las puertas del monasterio, maltrataron con gran inhumanidad a aquellos inocentes siervos del Señor, y los llevaron presos a Cartago, y al tribunal de Hunerico. Les ordenó el tirano que negasen la fe del bautismo y de la santísima Trinidad; mas ellos confesaron con gran conformidad, un solo Dios en tres Personas, una sola fe y un solo bautismo: y añadió en nombre de todos san Liberato: "Ahora, oh rey impío, ejercita, si quieres, en nuestros cuerpos las invenciones de su crueldad; pero entiende que no nos espantan los tormentos, y que estamos prontos a dar la vida en defensa de nuestra fe católica". Al oír el hereje estas palabras, bramó de rabia y furor, y mandó que le quitasen de delante aquellos hombres y los encerrasen en la más oscura y hedionda cárcel. Pero los católicos de Cartago hallaron modo de persuadir a los guardas, que soltasen a los santos monjes; y aunque éstos no quisieron verse libres de las prisiones que llevaban por amor de Cristo, aprovecharon alguna libertad que se les concedió en la misma cárcel, para esforzar a otros muchos cristianos que por la misma fe estaban cargados de cadenas: lo cual habiendo llegado a oídos del tirano, castigó severamente a los guardas, y con despiadados suplicios a los santos monjes. Dio luego orden que aprestasen un bajel inútil y carcomido, y que habiendo echado en él buena cantidad de leña, pusiesen sobre ella a los santos confesores atados de pies y manos, y los abrasasen en el mar. Mas aunque los verdugos una y muchas veces aplicaron hachas encendidas en las ramas secas amontonadas en el barco, nunca pudo prender en ellas el fuego. Atribuyó el bárbaro monarca aquel soberano prodigio a artes diabólicas y de encantamiento: y bramando de rabia, mandó que a golpes de remos les quebrasen las cabezas hasta derramarles los sesos, y los echasen en la mar. Arrojaron las olas a la playa los sagrados cadáveres de los santos mártires; y habiéndolos recogidos los católicos los sepultaron honoríficamente. 


Reflexión: 

La historia de todas las herejías ha sido siempre la historia de los odios sangrientos, de los sacrílegos desmanes, y de las más insoportables tiranías. Semejantes acciones propias de aquellos Vándalos, han hecho en nuestros días, en muchas partes, los enemigos de la fe católica, robando monasterios, profanando sacrílegamente los templos de Dios, y asesinando villana y cruelísimamente a indefensos religiosos, sacerdotes y vírgenes consagradas a Dios. Inhumanos han sido pues como los Vándalos, pero más hipócritas y traidores que ellos porque han cometido tales crímenes a pesar de andar pregonando humanidad, tolerancia y libertad de pensamiento. 

Oración: 

Oh Dios, que nos concedes la dicha de celebrar el nacimiento para el cielo de san Liberato y sus compañeros, mártires; otórganos también la gracia de gozar de su compañía en la eterna bienaventuranza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 10 de agosto de 2016

San Lorenzo, diácono y mártir (10 de agosto)



San Lorenzo, diácono y mártir.

(† 258)

El gloriosísimo y fortísimo mártir san Lorenzo, nació en Huesca del reino de Aragón: su padre llamado Orencio y su madre, Paciencia, fueron santos, y de ellos celebra festividad la iglesia de Huesca. Lo hizo el papa san Sixto, segundo de este nombre, arcediano, o primero de los diáconos de la iglesia romana. Por este tiempo anduvo muy brava la persecución del emperador Valeriano: y en ella fue preso san Sixto y llevado a la cárcel. Le salió al camino san Lorenzo y le dijo: "¿Adonde vas, oh padre, sin tu hijo? ¿Adonde vas, oh sacerdote, sin tu diácono?" Y le respondió el venerable pontífice: "A ti, hijo mío, como a más joven, te aguardan más rigurosos suplicios, y más gloriosa victoria: anda a repartir a los pobres los tesoros de la Iglesia; porque presto me seguirás como hijo al padre, y como diácono al sacerdote". Cumplió san Lorenzo enteramente la voluntad del pontífice, y gastó toda la noche en visitar a los pobres y repartirles el tesoro de la Iglesia, y el día siguiente volvió a san Sixto, y viendo que ya lo llevaban a degollar, corrió a él y con voz alta y llorosa le dijo: "No me desampares, padre santo: ya cumplí tu mandamiento y distribuí los tesoros que me encargaste". Oyeron los ministros de justicia estas palabras, y, a la voz de los tesoros, echaron mano de Lorenzo, y dieron noticia de lo que habían oído al emperador, el cual se holgó de ello esperando hartar su codicia. Le preguntó, pues, por los tesoros de la Iglesia; y el santo con una sabiduría y sagacidad divina le respondió que se los traería. Y juntando el santo diácono un buen número de ciegos, cojos, mancos y pobres, a quienes había socorrido, se vino con ellos al emperador y le dijo: Estos son los tesoros de la Iglesia. No se puede fácilmente creer la saña que recibió el tirano, viendo así frustradas sus esperanzas: lo mandó luego azotar y rasgar sus carnes con escorpiones; y echando de ver que no se quejaba ni daba un solo gemido, antes se reía del tirano y de los tormentos, se embraveció más y exclamó: "Tú eres un mago; pero yo te juro por los dioses inmortales que has de padecer tan graves penas que ningún hombre hasta hoy las padeció". A lo cual respondió Lorenzo: "En nombre de Jesucristo te aseguro que no las temo". Lo mandó pues atormentar toda la noche con varios suplicios, y finalmente asarlo en un lecho de hierro a manera de parrillas, en las cuales no mostró el santo ningún sentimiento de dolor; sino que estando asada una parte de su cuerpo, habló al tirano y le dijo: "Ya está asada la mitad de mi cuerpo; manda que me vuelvan de la otra parte, y que me echen la sal". Y mientras el tirano con los ojos encarnizados y dando bramidos de rabia y furor mandaba a los sayones que atizasen el fuego, el fortísimo mártir, levantados los ojos al cielo, decía: "Recibid, Señor, este sacrificio, en olor de suavidad"; y dando gracias al Señor, expiró.


Reflexión: 

Este es el martirio de san Lorenzo, gloria de España, y tan ilustre en toda la cristiandad, después del protomártir san Esteban, que como dice san Agustín, alumbró con sus resplandores el universo mundo. ¿Quién no se animará con tal ejemplo a servir a Jesucristo con viva fe, segura esperanza y encendida caridad, sin temer el fuego y crisol de la tribulación por donde se llega al eterno descanso y refrigerio?


Oración: 

Concédenos, oh Dios todopoderoso, que se apaguen en nosotros las llamas de nuestros vicios; pues concediste al bienaventurado san Lorenzo que venciese el fuego de sus tormentos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 9 de agosto de 2016

Los santos niños Justo y Pastor hermanos, mártires (9 de agosto)



Los santos niños Justo y Pastor hermanos, mártires. 

(† 304)

Entre las victorias que por medio de sus mártires y esforzados guerreros alcanzó Dios nuestro Señor de los tiranos que persiguieron la Iglesia de España, es muy esclarecida y admirable la de los santos niños y bienaventurados hermanos Justo y Pastor, quienes en edad tierna y delicada, vestidos de espíritu y soberana fortaleza, triunfaron del malvado presidente, y volando al cielo, dejaron en la tierra el trofeo y las señales de la victoria. Vino Daciano a Alcalá de Henares para perseguir, como lo hacía en todas partes, a los fieles de Cristo; y publicó un edicto en que mandaba que todos sacrificasen a los dioses o que fuesen muertos con exquisitos y atroces tormentos. Se divulgó luego este mandato; y estando muchos fieles temerosos y encogidos, salieron al campo dos niños valerosos para hacer burla del tirano. Estos fueron Justo y Pastor, el primero de siete años y el segundo de nueve, los cuales eran hijos de padres nobles y cristianos, y en aquella sazón iban a la escuela para aprender las primeras letras. Luego que oyeron el impío mandato del tirano, entró en sus tiernos pechos un encendido deseo de padecer y morir por Cristo; y arrojando las cartillas que llevaban, se fueron al palacio de Daciano para ofrecerse al martirio. Cuando éste supo que aquellos dos niños, sin ser llamados y por su voluntad, venían a morir por la fe de Cristo, se turbó y llenó de asombro: mas pensando que aquello sería liviandad pueril, los mandó azotar para amedrentarlos. Al tiempo de ser llevados a este tormento, Justo habló a Pastor y le dijo: "No temas, hermano Pastor, esta muerte del cuerpo que se nos prepara; porque, Dios que nos hace merced que muramos por El, nos dará todo el esfuerzo necesario para que podamos morir y alcanzar la corona del martirio". Quedó Pastor más esforzado y animoso con estas palabras de Justo, y le dijo: "Oh hermano mío Justo, con razón te llaman justo, pues tan bien muestras que lo eres. Ligera cosa me será morir contigo por ganar a Jesucristo en tu compañía". Estas palabras iban los santos hablando entre sí, dejando a los ministros de Daciano admirados de ver en tan corta edad tan gran aliento y constancia. Por lo cual temeroso el tirano de ser vencido por aquellos niños, mandó que, sin más dilación, los degollasen secretamente en algún lugar apartado de la población. Y así los sacaron a un campo que llamaban Loable, y allí les cortaron las cabezas sobre una gran piedra; en la cual quedaron impresas las señales, como hoy día se ven, de sus rodillas y manos. Edificaron en aquel mismo sitio los cristianos una capilla que llevaba el nombre de los santos mártires.


Reflexión: 

El espectáculo que nos ofrece hoy el martirio de estos dos niños, es un terrible anatema contra la cobardía de muchos cristianos, que no están dispuestos, no digo a derramar una gota de sangre por Cristo, pero ni aun a sufrir una palabra de burla, un gesto despreciativo, una ligera incomodidad que a veces exige el fiel cumplimiento de la ley de Dios. Pues, ¿con qué alma piensan comparecer ante el tribunal de Jesucristo? ¿Con qué ojos podrán ver allí a esos tiernos niños ostentando el laurel de la victoria y la palma del martirio?


Oración: 

Oh Dios, que das la fe, la esperanza y la caridad a los tiernos niños, y por la alabanza con que te confesaron tus inocentes mártires Justo y Pastor, nos estimulas a alcanzar la salvación; infúndenos la pureza de la infancia, para que emulando con nuestra vida ajustada a tu santa ley la vida inculpable de los niños, nos gocemos con los santos, en la recompensa que has de dar a tus fieles servidores. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 8 de agosto de 2016

Los santos Ciriaco, Largo y Esmaragdo, mártires (8 de agosto)



Los santos Ciriaco, Largo y Esmaragdo, mártires. 

(† 309.)

El martirio de los santos Ciriaco, Largo y Esmaragdo, se saca de las Actas de san Marcelo papa y mártir, que los notarios de Roma escribieron. Fue san Ciriaco ilustre diácono de la iglesia romana, bajo el pontificado de los vicarios de Jesucristo Marcelino y Marcelo. En aquellos tiempos primitivos de la iglesia los diáconos se ocupaban mucho en la predicación y administración de los sacramentos; y en estos oficios convirtió Ciriaco a muchos gentiles a la fe. Le había el Señor concedido un don señalado de curar a los enfermos y lanzar los demonios, y el mismo emperador Diocleciano, le rogó que sanase a una hija suya llamada Artemia, que estaba poseída y rigurosamente atormentada del maligno espíritu. La libró el santo con poderosa virtud de aquella tiranía infernal; y como la noticia de este suceso llegase a oídos de Sapor, rey de Persia, el cual tenía asimismo una hija, llamada Jobia, agitada del espíritu diabólico, vino con gran acompañamiento a Roma en busca del diácono taumaturgo, y con humildes súplicas le rogó que le otorgase el mismo beneficio que había hecho a Diocleciano. El santo diácono con los sagrados exorcismos libró de la posesión a la hija de Sapor y quedó éste tan maravillado de la virtud de Cristo, que luego se convirtió y abrazó la fe con otros muchos de su reino. Mas no fueron bastantes todos estos prodigios para que el cruelísimo Diocleciano dejase de perseguir a la Iglesia: antes atribuyéndolos a arte mágica y encantamiento, y viendo que por ellos muchos se convertían, mandó prender a Ciriaco, con sus dos compañeros Largo y Esmaragdo. Predicaron éstos la fe en la cárcel a los demás presos gentiles, y alentaron a los que eran cristianos, entre los cuales se hallaban los mártires Crescencio, Sergio, Segundo, Albano, Victoriano, Faustino, Juliana, Ciriacide y Donata. Parecía la cárcel un templo donde se cantaban de día y de noche las divinas alabanzas, y se ofrecía el adorable sacrificio: mas llegó el día en que abriendo los ministros del emperador las puertas, les intimaron la orden de sacrificar a los dioses o de morir en los más duros suplicios. Moriremos por Cristo, dijo el valeroso Ciriaco: y con la misma fortaleza se ofrecieron a la muerte todos los demás presos. Se ejecutó la sentencia en la vía Salaria, y aquellos santos confesores, esforzados por las exhortaciones de Ciriaco y de Largo y Esmaragdo, después de varios tormentos fueron degollados. En aquel mismo sitio los fieles sepultaron los sagrados cadáveres de estos santos, hasta que cesando el furor de la persecución, la nobilísima matrona Lucina mandó trasladarlos a la vía Ostiense, donde tuvieron más honrosa sepultura. El sumo pontífice León IX regaló un brazo de san Ciriaco a la abadía de Altdorf en Alsacia. 


Reflexión: 

La constancia de estos santos mártires debe esforzarnos a nosotros a defender públicamente nuestra fe católica, sin dejarnos vencer de respetos humanos ni temer mal alguno que por la causa de Jesucristo nos pueda venir. Bienaventurados, dice el Señor, los que padecen persecución por la justicia. Los enemigos de Dios nos pueden quitar la hacienda temporal y la vida del cuerpo; mas no pueden quitarnos los eternos bienes, la eterna vida y la eterna gloria, que es la recompensa prometida por Jesucristo a los que padecen persecuciones, injurias y la muerte por su amor. 


Oración: 

Concédenos propicio, oh Señor, que pues nos alegras con la anual solemnidad de tus santos mártires Ciriaco, Largo y Esmaragdo, imitemos la constancia que mostraron en sus torméntos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 3 de agosto de 2016

El hallazgo del cuerpo de san Esteban (3 de agosto)



El hallazgo del cuerpo de san Esteban. 

(En el año 415)

Con haber sido tan ilustre en la Iglesia primitiva el glorioso protomártir san Esteban, estuvo su santo cuerpo largo tiempo escondido, hasta que el Señor se dignó revelarlo en tiempo de los emperadores Honorio y Teodosio el Menor su sobrino, el año 415 de nuestra salud. Se hizo esta revelación a Luciano presbítero, el cual refiere todo lo que en ella pasó en una carta escrita en griego, donde dice: "Que estando él durmiendo en un lugar del bautisterio, donde solía dormir para mejor guardar la iglesia y ocurrir presto a las necesidades de los fieles de su parroquia, despertó viendo un súbito resplandor, y le apareció un venerable anciano en traje de sacerdote, el cual le mandó que buscase los cuerpos santos, que estaban en cierta heredad de aquella aldea, y los colocase en otro lugar más decente. Preguntó Luciano al venerable viejo quién era, y de quiénes eran aquellos cuerpos. Y él respondió que era Gremaliel, el que había enseñado a san Pablo apóstol de Jesucristo, y que el que estaba en el monumento con él a la parte de Oriente era el bendito mártir san Esteban, que fue apedreado por los judíos, cuyo cuerpo él había hecho recoger y enterrar en aquella heredad suya, y que en otro lucillo y sepulcro estaba el cuerpo de Nicodemus, al cual, por ser discípulo de Cristo, los judíos habían anatematizado y desterrado de la ciudad, y él lo había recogido en su casa y dado todo lo que había menester todo el tiempo que vivió, y después de muerto lo sepultó honoríficamente junto a san Esteban. Con las señas que recibió del santo anciano Gamaliel, fue Luciano a Jerusalén a dar cuenta de todo al obispo: el cual dio orden que se buscasen los santos cuerpos en el lugar señalado: y en efecto, cavando en él, hallaron tres sepulcros en cuyas piedras se leía en letras siríacas: Esteban, Nicodemus, Gamaliel. Divulgándose luego esta noticia, vino el obispo de Jerusalén, llamado Juan, acompañado de Eleuterio, obispo de Sebaste, y otro Eleu-terio, obispo de Jericó, y del clero y gran muchedumbre de fieles; y abriendo el sepulcro donde estaba el cuerpo del glorioso san Esteban, comenzó a temblar la tierra y salir un suavísimo olor y fragancia celestial de aquel sagrado cuerpo, tan extremada que a los que presentes se hallaban les parecía estar en el paraíso. Dieron todos voces de alabanza a Dios, y más cuando por la virtud de aquellas sagradas reliquias sanaron setenta y tres enfermos de varias dolencias. Se trasladaron los santos cuerpos en solemnísima procesión a Jerusalén, donde fueron colocados en preciosas urnas; hasta que Teodosio el Joven quiso que el de san Esteban pasase a Constantinopla; y poco después el papa Gelasio I lo hizo trasladar a Roma y depositar en la basílica edificada con nombre de san Lorenzo. 


Reflexión: 

El sapientísimo doctor de la Iglesia san Agustín hacía en sus sermones mención honorífica de esta maravillosa invención del cuerpo de san Esteban, y de los milagros sin cuento con que quiso el Señor glorificar a su protomártir, no sólo en Jerusalén, sino en todas partes, a donde se llevaba alguna parte de sus preciosas reliquias. Donde se ve con cuánta razón celebra la Iglesia católica el descubrimiento de este gran tesoro, para hacernos dignos de las mercedes que podemos alcanzar por los méritos del Santo. 


Oración: 

Concédenos, Señor, la gracia de imitar al santo cuya fiesta celebramos, para que aprendamos por su ejemplo, a amar también a nuestros enemigos, ya que celebramos el hallazgo de aquel santo que supo rogar por sus mismos perseguidores a Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890




sábado, 30 de julio de 2016

San Abdón y san Senén, mártires (30 de julio).



San Abdón y san Senén, mártires.

(† 250).


Los nobilísimos y portentosos mártires de Cristo Abdón y Senén fueron persas de nación, y caballeros principales y muy ricos en su patria; los cuales siendo cristianos y viendo padecer a los que lo eran graves tormentos y muertes atroces, imperando Decio y persiguiendo crudamente a la Iglesia, se ocupaban en consolar las almas de los que padecían por Cristo, y en dar sepultura a los cuerpos de los que con muerte habían alcanzado la vida. Supo esto Decio: lo madó prender y traer a su presencia, habiéndolos oído, y sabiendo por su misma confesión que eran cristianos, les mandó echar cadenas y prisiones, y guardar con otros cautivos de su misma nación que tenía presos, porque quería volver a Roma y entrar triunfando, y acompañado de todos estos presos y cautivos para que su triunfo fuese más ilustre y glorioso. Se hizo así: entró en Roma el emperador con gran pompa acompañado de gran multitud de persas cautivos, entre los cuales iban los santos mártires Abdón y Senén ricamente vestidos, como nobles que eran, y como presos, cargados de cadenas y grillos. Después mandó Decio a Claudio, pontífice del Capitolio, que trajese un ídolo y le pusiese en un altar, y exhortándoles que le adorasen, porque así gozarían de su libertad, nobleza y riquezas. Mas los santos, con gran constancia y firmeza, le respondieron que ellos a sólo Jesucristo adoraban y reconocían por Dios, y a Él le habían ofrecido sacrificio de sí mismos. Los amenazó con las fieras, y ellos se rieron. Los sacaron al anfiteatro, y quisieron por fuerza hacerlos arrodillar delante de una estatua del sol, que allí estaba; pero los mártires la escupieron, y fueron azotados y atormentados cruelmente con plomos en los azotes, y estando desnudos y llagados, aunque vestidos de Cristo y hermoseados de su divina gracia, soltaron contra ellos dos leones ferocísimos y cuatro osos terribles, los cuales, en lugar de devorar a los santos, se echaron a sus pies y los reverenciaron, sin hacerles ningún mal. El juez Valeriano, atribuyendo este milagro a arte mágica, mandó que los matasen; y allí los despedazaron con muchos y despiadados golpes y heridas que les dieron, y sus almas hermosas y resplandecientes subieron al cielo a gozar de Dios, dejando sus cuerpos feos y revueltos en su sangre. Los cuales estuvieron tres días sin sepultura, para escarmiento y terror de los cristianos; pero después vino Quirino, subdiácono (que se dice escribió la vida de estos santos), y de noche recogió sus sagrados cadáveres y los puso en un arca de plomo, y los guardó en su casa con gran devoción. E imperando el gran Constantino, por revelación celestial fueron descubiertos y trasladados al cementerio de Ponciano. 


Reflexión: 

Decía Marco Tulio, adulando al emperador Cayo César que acababa de perdonar generosamente a Marco Marcelo: "Has rendido muchas naciones y domado gentes bárbaras y triunfado de todos tus enemigos; pero hoy has alcanzado la más ilustre victoria, porque perdonando a tu enemigo te has vencido a ti mismo". ¿Pues quién duda que según esta folosofía, mayor victoria alcanzaron los santos Abdón y Senén atados al carro triunfal de Decio, que el otro emperador que acababa de sujetar a los Persas? ¡Oh! ¡cuán gran gloria es padecer afrentas por Cristo! "Más gloriosa, dice san Crisóstomo, es esa igonominia que la honra de un trono real, y del imperio del mundo". 


Oración: 

Oh Dios, que concediste a tus bienaventurados mártires Abdón y Senén un don copioso de tu gracia, para llegar a tan gran gloria; otórganos a nosotros, siervos tuyos, el perdón de nuestros pecados, para que por sus méritos nos veamos libres de todas las adversidades. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 28 de julio de 2016

Los santos Nazario y Celso, mártires (28 de julio)




Los santos Nazario y Celso, mártires. 

(† 68.)

El apostólico predicador y mártir de Cristo, san Nazario, nació en Roma y fue hijo de un caballero africano y de una señora romana celebrada en la Iglesia con el nombre de. santa Gaudencia. Recibió el bautismo de manos de san Lino, coadjutor a la sazón del príncipe de los apóstoles san Pedro. Por inspiración del Señor determinó salir de Roma para predicar a Jesucristo; y socorrer con sus limosnas a los pobres necesitados, juntando en uno la misericordia espiritual y corporal, vino a Placencia, y de allí a Milán donde fue preso por mandato del presidente Anolino; el cual queriendo persuadirlo que adorase a sus falsos dioses y no habiéndolo podido acabar con él, mandó darle en su venerable rostro muchas bofetadas y echarle de la ciudad. Tuvo el santo esta afrenta por grande honra, por haberla pedecido por Cristo; y pasó a Francia derramando por todas partes las semillas del Evangelio. En una población de aquel reino, llamada Melia una mujer principal por nombre Maríonila le trajo un niño llamado Celso, para que lo instruyese y lo bautizase. Lo hizo así el santo, y viendo que resplandecía mucho en el jovencito la gracia del Señor, se lo pidió a su madre por inseparable compañero de su vida apostólica; y ella, aunque era viuda, hizo aquel sacrificio, y encomendó el hijo a san Nazario, el cual lo trajo siempre consigo y padeció con él muchos trabajos. Obraron en la ciudad de Tréveris muchos milagros con que ganaron innumerables almas a Jesucristo; mas arrestados los dos y puestos en la cárcel, fueron condenados a muerte, y para ello los arrojaron en la confluencia de dos ríos Sarra y Mosela; pero al tiempo que los ministros del tirano pensaban que los dos santos habían ido al fondo, los vieron andar sobre las aguas, con gran admiración, y movidos de este prodigio los veneraron y tomaron por maestros, recibiendo de su mano la fe y el bautismo. Con esto, viéndose libres, volvieron a predicar por las ciudades de Italia, y vinieron a parar a Milán, donde fueron presos del mismo presidente Anolino, el cual habiéndolo primero consultado con el emperador Nerón (por ser Nazario ciudadano romano y hombre principal) los mandó conducir a la plaza mayor de la ciudad, donde fueron juntamente degollados, siendo aquella su preciosa sangre fecundísima semilla de gran número de fieles y mártires que dio al cielo aquella bendita tierra. 


Reflexión: 

Trescientos años después del martirio de estos gloriosos santos Nazario y Celso, fue revelado a san Ambrosio (como él mismo lo escribe) el lugar donde estaban sus sagrados cuerpos: y pasando a el acompañado de su clero, halló el cadáver de san Nazario tan entero como si lo hubieran sepultado aquel mismo día: y junto a él una ampollita de sangre tan fresca y roja como si acabara de derramarse. La cabeza del santo estaba cortada y separada del cuerpo, pero tan entera que parecía estar viva. Añade el diácono Paulino, testigo presencial de este suceso, que el sepulcro exhalaba un olor suavísimo, y más agradable que todos los aromas. En otra parte de la misma huerta hallaron luego el cuerpo de san Celso, el cual juntamente con el de san Nazario fue transalado a la iglesia de los Apóstoles. De este entonces acá no ha menguado un punto la devoción de los milaneses a los santos Nazario y Celso, cuya piedad todos hemos también de imitar, ya que nuestro Señor ha querido ilustrar a estos santos con tantas maravillas, y hacerlos tan gloriosos en la santa Iglesia. 


Oración: 

Te rogamos, Señor, que fortalezca nuestra fe la santa confesión de los bienaventurados mártires Nazario y Celso, para que consigamos de tu bondad el auxilio de tu gracia que sustente nuestra flaqueza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 27 de julio de 2016

San Pantaleón, médico y mártir (27 de julio)



San Pantaleon, médico y mártir.

(† 305.)

El médico, taumaturgo y mártir de Cristo san Pantaleón, nació en Nicomedia de Bitinia, y fue hijo de Eustorquio, hombre rico y noble, aunque gentil, y de Ebula, señora cristiana, la cual murió dejando a Pantaleón muy niño. Lo puso el padre a los estudios de retórica y filosofía, y después a los de la medicina, en la cual salió nuestro santo muy aventajado. Estaba a esta sazón escondido en una pequeña casa por temor de la persecución, un venerable sacerdote de vida santísima, llamado Hermolao, el cual trabó amistad con Pantaleón y poco a poco lo vino a persuadir que el autor de la vida y señor de la salud temporal y eterna era Jesucristo: y como un día viese Pantaleón un niño muerto, y junto a él una víbora que parecía decir que ella había cometido aquel homicidio, movido del Señor dijo entre sí: "Ahora veré yo si es vendad lo que Hermolas me dice". Y llegándose al niño, le dijo: "Levántate vivo en el nombre de Jesucristo, y tú, bestia ponzoñosa, padece el mal que le has hecho". Luego el niño se levantó con vida y la víbora quedó muerta: y visto este milagro se fue a Hermolao y le pidió el bautismo. De allí a pocos días entró en casa de Pantaleón ya cristiano, un hombre ciego, y poniéndole el santo las manos sobre los ojos, invocando el nombre de Jesucristo, luego le restituyó la vista, y con ella le dio juntamente la luz del alma, persuadiéndolo que se hiciese cristiano. Presenció este prodigio el padre de Pantaleón, y luego quiso también bautizarlos. De aquí se comenzó a divulgar la fama del santo médico; y por las muchas enfermedades incurables que sanaba en el nombre del Señor, le tenían gran envidia los otros médicos y lo acusaron delante del emperador Maximiano que estaba a la sazón en Nicomedia. Confesó claramente Pantaleón que era cristiano, y concertaron que trajesen un enfermo del todo desahuciado de los médicos y de sus sacerdotes, con la invocación de cualquiera de sus dioses, le procurasen dar la salud, y que él también invocaría a Jesucristo, y que el que le sanase fuese tenido por verdadero Dios. Se hizo así: trajeron un paralítico de muchos años: los sacerdotes de los ídolos hicieron sus diligencias, y todas fueron en vano. Y Pantaleón tomando por la mano al paralítico, le dijo: "Levántate sano en nombre de Jesucristo, Hijo de Dios vivo". Y el enfermo se levantó sano, haciendo gracias a Dios; y muchos de los circunstantes se convirtieron a la fe. Mas como los sacerdotes de los ídolos persuadiesen al emperador de que Pantaleón era un gran mago y enemigo de los dioses, el tirano ejercitó en él diversos suplicios, el potro, las uñas de hierro, el plomo derretido, las fieras y la espada; de todos los cuales salió el santo milagrosamente ileso; hasta que animando él mismo al verdugo que había de cortarle la cabeza, en la segunda herida, entregó su espíritu al Criador. 


Reflexión: 

Este glorioso santo no solamente fue portentoso en su vida y en su martirio, mas lo es también perpetuamente después de su muerte; porque en la ciudad de Ravello, en el reino de Nápoles, se conserva en la iglesia catedral una redoma de su sangre, y cada año en el día de su martirio se derrite y descuaja, estando el resto del tiempo cuajada y dura, y la sacan aquel día en procesión. Semejante prodigio hace el Señor con la sangre de este mismo santo que se conserva también en una ampollita de cristal en la iglesia de las Agustinas del real convento de la Encarnación de Madrid.


Oración:

Te suplicamos, oh Dios omnipotente, nos concedas por la intercesión de tu bienaventurado mártir Pantaleón, que seamos libres de todas las calamidades del cuerpo y de todos los malos pensamientos del alma. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 25 de julio de 2016

Santiago el Mayor, apóstol (25 de julio)



Santiago el Mayor, apóstol.

(† 44 de J. C.)


El protomártir de los apóstoles, Santiago el Mayor, luz y patrón de las Españas, fue natural de Galilea, hijo de Zabedeo y de María Salomé, hermano mayor de san Juan evangelista, y primo de Jesucristo según la carne. Fueron ambos hermanos pescadores y andando el Señor a la ribera del mar de Galilea, los vio en un navío con su padre Zebedeo, remendando las redes, y los llamó, y ellos dejando al punto las redes y a su padre, lo siguieron. Les mudó después el Señor el nombre y por su ardoroso celo los llamó Boanerges que quiere decir hijos del trueno, y después de san Pedro, a quien mudó también el nombre, fueron estos dos hermanos los discípulos favorecidos del Salvador. Porque los llevó consigo cuando fue a resucitar a la hija del príncipe de la sinagoga; quiso que fuesen testigos de su transfiguración en el Tabor, y de su mortal tristeza en el huerto de Getsemaní, y después de su resurrección hizo que se hallasen presentes a casi todas sus frecuentes apariciones. Refiere el evangelista san Lucas que viendo los dos hermanos Santiago y Juan que los samaritanos no querían hospedar al Señor, le dijeron: "¿Quieres que hagamos bajar fuego del cielo que abrase esta gente?" Mas Jesús les respondió: "No sabéis de qué espíritu sois"; dándoles a entender que El no había venido a dar la muerte a los pecadores, sino a morir por ellos para darles la vida eterna. En otra ocasión la madre de estos dos hermanos se atrevió a pedirle que en su reino hiciese que el uno de ellos se sentase a su diestra y el otro a la siniestra; mas el Señor les dijo: "No sabéis lo que pedís"; porque pedían dignidad temporal. Les preguntó si podrían beber el cáliz que El mismo había de beber; y como respondiesen animosos que sí, el Señor les profetizó que en efecto lo beberían, y padecerían el martirio por su amor. Después de la Ascensión de Jesucristo predicó Santiago en Jerusalén y en Samaría; y habiendo los judíos apedreado y muerto a san Esteban, y levantándose aquella gran tempestad en Jerusalén contra la Iglesia, el santo apóstol vino a España y convirtió algunos hombres a la fe, de los cuales siete fueron ordenados de obispos por san Pedro, y pasaron a España. Llegado Santiago a Zaragoza, salió una noche con sus discípulos a la ribera del Ebro para orar, y la Reina de los ángeles, que aun vivía, se le apareció sobre una columna o pilar de jaspe, y le dijo: "En este mismo lugar labrarás una iglesia de mi nombre, porque desde ahora tomo esta nación debajo de mi amparo". Volvió después el santo apóstol a Jerusalén donde los judíos le echaron una soga a la garganta y acudiendo los soldados le prendieron y llevaron delante del rey Herodes, el cual por dar contento al pueblo lo mandó degollar. 


Reflexión: 

Grandes han sido las mercedes que Dios nuestro Señor ha hecho a los reinos de España por medio de este gloriosísimo apóstol; porque de él recibieron la luz de la fe, y el primer templo labrado a la Madre de Dios, y la celestial protección contra los moros, hasta capitanear el mismo santo apóstol nuestros ejércitos, montado sobre un caballo blanco, y con un gran estandarte blanco en la mano, como se vio en la famosa batalla de Clavijo, por lo cual la señal de acometer los soldados españoles y cerrar con el enemigo, comenzó a ser la señal de la cruz y decir: "¡Santiago, y cierra España!" Invoquémoslo pues al rogar por nuestra patria, para que la libre de sus actuales enemigos. 


Oración: 

Santifica, Señor, y guarda a tu pueblo, para que amparado de la protección del bienaventurado apóstol Santiago, te agrade con sus virtuosas costumbres y te sirva en paz. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 24 de julio de 2016

Santa Cristina, virgen y mártir (24 de julio)



Santa Cristina, virgen y mártir. 

(† 300)

La maravillosa virgen y mártir de Cristo, santa Cristina, nació en Tiro de Toscana, población que estaba junto al lago de Volsena. El padre de la santa niña Cristina se llamó Urbano; era de la ilustre familia de los Anicios, y gobernaba la ciudad en calidad de prefecto, nombrado por los emperadores Diocleciano y Maximiano, cuyos edictos contra les fieles de Cristo ejecutaba con gran diligencia y bárbara crueldad. El lugar del tribunal fue la escuela en que la niña Cristina aprendió las primeras lecciones de nuestra santa fe, porque asistiendo frecuentemente a los interrogatorios de los mártires, entendió que eran dignos de desprecio los ídolos vanos, y que había un solo Dios verdadero, y que sólo Dios podía dar a los cristianos aquella invencible fortaleza con que triunfaban en los suplicios, y menospreciaban la vida temporal por alcanzar la eterna. Algunas señoras cristianas perfeccionaron la instrucción de la niña, y fue bautizada secretamente. Diez años tenía no más cuando deseosa del martirio tomó los ídolos de oro y de plata que su padre tenía, los quebró e hizo pedazos y los repartió a los pobres. De lo cual tuvo tan grande enojo su padre, que él mismo la mandó desnudar y azotar cruelmente por sus criados; y no contento con esta crueldad la hizo otro día atormentar con garfios de hierro, hasta arrancarle algunos pedazos de sus carnes, los cuales tomó ella en la mano y los ofreció a su padre, diciendo: "Toma, cruel tirano, y come también, si quieres, esa carne que engendraste". La mandó poner después en una rueda de hierro algo levantada del suelo, y debajo encender carbones y echar en ellos aceite; mas el Señor la defendió de este suplicio, y la sacó viva y sana de entre las llamas. Otro día le mandó el padre atar un gran peso al cuello y echar en el lago de Volsena; pero los ángeles la libraron y sacaron a tierra sin lesión alguna, con gran rabia y despecho de su bárbaro padre, el cual imaginando nuevos suplicios, no pudo ejecutarlos, por haber sido hallado muerto en la cama. Le sucedió en el oficio de juez el no menos cruel Dión, el cual mandó llevar a la santa niña, raída la cabeza, al templo de Apolo; y el ídolo cayó en tierra hecho pedazos; quedó de esto tan asombrado el prefecto, que cayó allí muerto, por cuyos prodigios se convirtieron muchos gentiles a la fe de Cristo. A Dión sucedió otro juez llamado Julián, no menos impío y feroz; porque mandó encender un horno, donde tuvo a la santa niña por espacio de cinco días, y del cual salió ella alabando a Dios, sin haber recibido lesión alguna. Le cortaron la lengua para que no pudiese invocar a Jesucristo, y sin lengua hablaba y no cesaba de bendecir al Señor. Finalmente fue atada a un madero y asaeteada y con este martirio envió su alma al cielo. 


Reflexión: 

¡Con qué regocijo sería recibida de los ángeles aquella alma purísima que revestida de la fortaleza de Dios había salido con victoria de tres tiranos y de tan dura y larga pelea! ¡Qué trabajos podemos nosotros padecer por amor de Cristo, que puedan compararse con los que pasó la santa niña Cristina! ¡Verdaderamente es nada todo lo que hacemos por servir a Dios y ganar el cielo! Una niña de diez años como santa Cristina nos cubrirá de vergüenza en el día del juicio, si no sólo servimos a Dios con tan poca generosidad, sino que aun rehusamos aceptar con paciencia las cruces que el Señor nos envía. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, nos alcance el perdón de nuestros pecados la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Cristina que tanto te agradó así por el mérito de su castidad, como por la ostentación que hizo de tu poder en su constancia hasta la muerte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 23 de julio de 2016

San Apolinar, obispo y mártir (23 de julio)



San Apolinar, obispo y mártir. 

(† hacia el año 75.)

El apostólico obispo de Rávena y fortísimo mártir de Cristo san Apolinar, fue uno de los discípulos que el apóstol san Pedro trajo consigo, cuando trasladó su cátedra de Antioquía a Roma. Lo consagró obispo el mismo príncipe de los apóstoles y lo envió a Rávena para que allí predicase el santo Evangelio. Llegando Apolinar cerca de aquella ciudad, fue acogido por un militar llamado Treneo, que tenía un hijo ciego, al cual el santo pontífice restituyó la vista. Por este milagro Treneo y toda su casa creyeron en Cristo y fueron bautizados. Supo luego este prodigio el tribuno de aquel soldado, y rogó al santo que viniese y sanase su mujer llamada Tecla, que estaba sin esperanza de vida, a la cual Apolinar tomó de la mano, y le dijo: "Levántate sana en nombre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, y cree en él, y entiende que no hay cosa semejante a él en el cielo ni en la tierra". Y luego se levantó sana la mujer, con lo cual ella, su marido el tribuno y todos los de su familia se convirtieron. Doce años se ocupó el santo en predicar la doctrina del cielo en Rávena, y en administrar a los fieles los santos sacramentos, instituyendo algunos clérigos que lo ayudasen; y como ya creciese el número de los cristianos, Saturnino, gobernador de la ciudad, lo mandó llamar, y le examinó delante de los sacerdotes de los ídolos, los cuales alborotaron al pueblo y maltrataron y apalearon al santo, hasta dejarlo medio muerto. Mas los cristianos lo tomaron y escondieron en casa de una buena viuda cristiana y allí lo curaron. Toda la vida de este apostólico varón fue una cadena de milagros y persecuciones. Restituyó el habla a un caballero principal llamado Bonifacio, el cual se convirtió con quinientas personas; y los gentiles lo hicieron pasar sobre las brasas con los pies descalzos, y visto que no recibía lesión de fuego, lo echaron como a nigromántico de la ciudad. En la provincia de Emilia resucitó a una difunta, hija de un caballero patricio llamado Rufo; y el juez Mesalino lo mandó atormentar en el ecúleo y echar agua hirviendo sobre las llagas. En la región de Misia sanó un hombre muy principal que estaba cubierto de lepra, y en Tracia hizo enmudecer el oráculo del templo Serapis, y los gentiles, después de haber maltratado bárbaramente al santo los desterraron a Italia. Volviendo a Rávena, los idólatras lo amenazaron con la muerte si no sacrificaba al dios Apolo, y por la oración del santo, el simulacro cayó hecho pedazos con gran alegría de los cristianos y rabia de los gentiles, los cuales lo hirieron gravemente junto a la puerta de la ciudad. Finalmente, después de estos malos tratamientos vivió aún siete días en una casa donde se recogían los leprosos y allí dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Tal fue la vida apostólica de san Apolinar, el cual se sacrificó como hostia viva del Señor, con un martirio prolijo de veintinueve años. Guárdense, pues, los enemigos de nuestra santísima fe de blasfemar diciendo que la religión cristiana es un negocio de ambición y sórdida codicia, porque al exagerar algunos defectos humanos que no podían faltar en una sociedad que no es de ángeles sino de hombres, vituperan calumniosamente al Hijo de Dios que la fundó, y a sus santísimos apóstoles y discípulos, y a todos los santos de la verdadera Iglesia de Dios.  



Oración: 

Oh Dios, remunerador de las almas fieles, que consagraste este día con el martirio de tu sacerdote, el bienaventurado Apolinar, te suplicamos nos concedas a nosotros tus humildes siervos, el perdón de nuestras culpas por los ruegos de aquel, cuya venerable solemnidad celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 21 de julio de 2016

San Víctor y sus compañeros, mártires (21 de julio)


San Víctor y sus compañeros, mártires. 

(† 290.)

Al poco tiempo de haber mandado degollar a toda la legión Tebea, fue el emperador Maximiano a Marsella, donde había una iglesia numerosa y floreciente. A su llegada temblaron por su vida todos los fieles de la ciudad y se prepararon para el martirio. Durante esta general consternación un oficial cristiano, llamado Víctor, iba todas las noches de casa en casa a visitar a sus hermanos en Jesucristo para exhortarles al desprecio de la muerte, e inspirarles el deseo de la vida eterna. Habiendo sido sorprendido en una acción tan digna de un soldado de Cristo, fue conducido al tribunal de los prefectos Asterio y Eutiquio, que le representaron el peligro que corría, y cuan loco era de exponerse a perder el fruto de sus servicios y el favor del príncipe, por querer adorar a un hombre muerto. Contestó Víctor que renunciaba a todas las ventajas que no podía gozar sino renunciando a Jesucristo, Hijo eterno de Dios, que se había dignado hacerse hombre y que había resucitado después de muerto. Semejante respuesta excitó furiosos gritos de indignación, pero como el prisionero era persona ilustre, lo enviaron al emperador Maximiano, el cual, para torcer la constancia de Víctor lo hizo atar de pies y manos y mandó que lo paseasen por todas las calles de la ciudad, exponiéndolo así a los insultos del populacho. A la vuelta de este público desprecio, lo presentaron todo cubierto de sangre a los prefectos, y Asterio mandó que lo extendiesen sobre el caballete, donde los verdugos le atormentaron por largo espacio. Lo encerraron después en una lóbrega prisión, en la cual, a medianoche, lo visitó el Señor por el ministerio de sus ángeles. La cárcel se llenó de admirable claridad. El santo mártir cantaba con los espíritus celestiales las alabanzas del Señor. Tres soldados encargados de custodiarlo quedaron tan asombrados de lo que pasaba, que arrojándose a los pies de Víctor, le pidieron perdón y la gracia del bautismo. Se llamaban Longinos, Alejandro y Feliciano, los cuales fueron bautizados aquel día, y Víctor les sirvió de padrino. Al día siguiente, supo todo esto el emperador, y montado en cólera hizo trasladar los cuatro santos a la plaza pública, donde fueron cargados de injurias por la plebe soez y cortadas las cabezas de los tres centinelas. Tres días después llamó de nuevo el emperador a Víctor a su tribunal y le mandó adorar una estatua de Júpiter puesta sobre un altar, pero Víctor, lleno de fe en Jesucristo, dio un puntapié al altar, y lo derribó juntamente con el ídolo hecho pedazos. El tirano, para vengar a sus dioses, le hizo cortar el pie ordenando luego que metiesen al mártir debajo de la rueda de un molino. Y como a la primera vuelta el molino se descompusiese, sacaron de allí al santo y le cortaron la cabeza. Su cuerpo, junto con los cadáveres de Longinos, Alejandro y Feliciano, fueron arrojados al mar, pero los cristianos los encontraron sobre la orilla y les dieron honrosa sepultura. 


Reflexión: 

Se mostró san Víctor muy digno de su nombre, porque fue ilustre y glorioso vencedor de todos los poderes de la tierra y del infierno. Por esta causa triunfa ahora en el paraíso con todos los santos mártires a quienes animó a alcanzar también victoria de los tiranos y tormentos. Hagamos asimismo nosotros obras dignas del nombre que llevamos, imitando las virtudes del santo cuyo nombre nos pusieron en el bautismo, para que, así como ahora nos honramos con su nombre, participemos después de su eterna recompensa. 


Oración: 

Oh Dios, que nos concedes la gracia de celebrar el nacimiento para el cielo de los gloriosos mártires Víctor y sus compañeros, concédenos también la de gozar de tu eterna bienaventuranza en su santa compañía. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.




Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 20 de julio de 2016

Santa Margarita, virgen y mártir (20 de julio)






Santa Margarita, virgen y mártir.


(† 175)


La gloriosa virgen y mártir santa Margarita, que los griegos y algunos autores llaman Marina, fue natural de la ciudad de Antioquía de Pisidia, e hija de un famoso sacerdote de los dioses, llamado Edisio. La crió una buena mujer, la cual le infundió con la leche la fe cristiana y la educó en santas costumbres. Se enternecía sobremanera cuando oía decir los suplicios con que los santos mártires eran despedazados, y la constancia y fortaleza con que los padecían; y le venía gran deseo de imitarlos y de morir como ellos por Jesucristo. Por esta causa era aborrecida y maltratada de su padre idólatra y sacerdote de los ídolos, el cual llevó su inhumanidad hasta el extremo de acusarla y de ponerla en manos del impío presidente Olibrío. Se había enamorado este tirano de la belleza de Margarita, y no pudiendo atraerla a su voluntad con astucia ni con fuerza, trocó todo el amor en odio, y quiso vengarse de ella con tormentos. La mandó tender en el suelo, y azotar cruelísimamente, hasta que de su delicado cuerpo saliesen arroyos de sangre, lo cual, aunque hizo derramar lágrimas de pura lástima al pueblo que estaba presente, no ablandó el pecho de la santa virgen, que parecía no sentir aquellos despiadados azotes como si no descargaran sobre ella. La llevaron después arrastrando a la cárcel, donde rogando la santa con gran devoción al Señor que le diese fortaleza y perseverancia hasta el fin. oyó un temeroso ruido, y vio al demonio en figura de un dragón terrible que con silbidos y un olor intolerable se llegó a ella como que la quería tragar. Mas la cristiana virgen, armándose con la señal de la cruz, lo ahuyentó, y luego aquel oscuro calabozo resplandeció con una luz clarísima y divina, y se oyó una voz que dijo: "Margarita, sierva de Dios, alégrate, porque has vencido". Al día siguiente la mandó el juez comparecer delante de sí y con gran asombro observó que estaba sana de sus heridas, y llamándola hechicera, la mandó desnudar y con nachas encendidas abrasar los pechos y costados. Después ordenó que trajesen una gran tina de agua, y que echasen en ella a la santa virgen atada, de suerte que sin poderse menear se ahogase. Y cuando la sumergían en el agua, bajó una claridad grandísima, y una paloma que se asentó sobre la cabeza de la santa. Por este milagro se convirtieron muchos de los que presentes estaban, en los cuales el presidente ejercitó su crueldad, dando sentencia que así ellos como la santa fuesen degollados. Al tiempo que el verdugo estaba con la espada en la mano para ejecutar la sentencia, tembló la tierra con súbito terremoto, y animando la misma santa al verdugo, fue degollada y recibió de mano de su amorosísimo y celestial Esposo la corona doblada de su virginidad y martirio.



Reflexión:

En el martirio de esta santa doncella vemos cumplida aquella palabra del Señor que dijo: "Vine a separar el hijo de su padre y la hija de su madre", porque siendo tan contraria la santidad del Evangelio a la impiedad de la antigua superstición, era imposible que en una misma familia viviesen en paz cristianos e idólatras. Estos infieles, a falta de verdad, echaban mano de la fuerza y violencia contra los fieles de Cristo, como se ve en el martirio de nuestra santa. Y ¿de dónde nacen ahora las persecuciones que padecen los buenos católicos de los impíos, sino de la enemistad irreconciliable de la impiedad con la fe y del vicio con la virtud?


Oración:

Te suplicamos, Señor, que nos alcances el perdón de nuestros pecados por la intercesión de la bienaventurada virgen y mártir Margarita, que tanto te agradó, por el mérito de su castidad y por la manifestación de tu soberana fortaleza. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890




Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 10 de julio de 2016

Los siete hijos mártires de santa Felicitas (10 de julio)



Los siete hijos mártires de santa Felicitas.

(† 165)


Siendo emperador Marco Aurelio Antonino, hubo en Roma una santa viuda llamada Felicitas, noble en linaje y más ilustre en piedad, que tenía siete hijos. Había hecho voto de castidad, se ejercitaba en oraciones y obras de misericordia, y con sus palabras y el ejemplo de su vida, movía a muchos de los gentiles para que se hiciesen cristianos. Por esta causa algunos sacerdotes de los ídolos concibieron gran saña contra ella y contra sus hijos y procuraron con el emperador que los mandase prender. Se remitió la causa a Publio, prefecto de la ciudad, el cual llamando aparte a la madre, la rogó que sacrificase a los dioses del imperio, y que no lo obligase a usar de rigor con ella y con sus hijos. A lo cual respondió Felicitas: "No pienses, oh Publio, que con tus blandas palabras me podrás ablandar, ni con tus amenazas me podrás rendir; porque tengo en mi favor el espíritu de Cristo, y viva o muerta te venceré". A esto respondió el prefecto: "¡Desventurada de ti! Y ¿has de permitir que hasta tus hijos mueran a mis manos?" "Mis hijos, dijo Felicitas, muriendo por Jesucristo vivirán para siempre". Y como al siguiente día, estando el tribunal en la plaza del templo de Marte, fuese traída a juicio la madre con los siete hijos, y el juez les persuadiese que sacrificasen a los dioses: volviéndose a ellos la madre les dijo: "Mirad, hijos míos, al cielo, en donde os está Cristo esperando con todos sus santos; pelead valerosamente por vuestras almas, y mostraos fieles y constantes en el amor de Jesucristo". El tirano oyendo estas palabras se embraveció y mandó dar a la madre muchas bofetadas en el rostro, porque en su presencia daba tales consejos a sus hijos; y llamando luego delante de sí al mayor de ellos, que era Jenaro, y usando todo su artificio, para atraerlo a la adoración de los ídolos, no lo pudo conseguir; por lo cual lo mandó desnudar y azotar crudamente y llevarlo a la cárcel. Por este mismo orden llamó uno a uno a los siete hermanos, y como viese en todos la misma constancia y resolución, después de haberlos castigado con muchos azotes, los echó en la cárcel, y dio aviso al emperador de lo que pasaba. El emperador ordenó que con diferentes géneros de muerte les quitasen la vida, y ejecutándose este impío mandato, Jenaro, siendo azotado gravísimamente y quebrantado con plomadas, dio su espíritu al Señor; Félix y Felipe fueron molidos a palos; Silvano murió despeñado; Alejandro, Vidal y Marcial fueron descabezados: y la madre santa Felicitas, también fue martirizada al cabo de cuatro meses, y su martirio celebra la santa Iglesia el 23 de noviembre.


Reflexión: 

De esta santa heroína de la fe y de sus hijos dice san Gregorio en una homilía estas palabras: "La bienaventurada santa Felicitas, creyendo, fue sierva de Cristo, y predicándole, madre de Cristo: porque teniendo ella siete hijos, de tal manera temió dejarlos vivos en el mundo, como los otros padres carnales suelen temer que se mueran. No me parece que hemos de llamar a esta mujer mártir, sino más que mártir, pues habiendo enviado delante de sí siete hijos al cielo, a la postre vino después de ellos a recibir la corona del martirio". Todo esto es de san Gregorio. ¡Pluguiera al Señor que todas las madres cristianas tuvieran este espiritual amor a sus hijos, deseándoles y procurándoles ante todo la eterna salvación!

Oración:

Concédenos, oh Dios omnipotente, que los que celebramos la fortaleza de tus invictos mártires en la confesión de tu fe, experimentemos la eficacia de su intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...