sábado, 23 de julio de 2016

San Apolinar, obispo y mártir (23 de julio)



San Apolinar, obispo y mártir. 

(† hacia el año 75.)

El apostólico obispo de Rávena y fortísimo mártir de Cristo san Apolinar, fue uno de los discípulos que el apóstol san Pedro trajo consigo, cuando trasladó su cátedra de Antioquía a Roma. Lo consagró obispo el mismo príncipe de los apóstoles y lo envió a Rávena para que allí predicase el santo Evangelio. Llegando Apolinar cerca de aquella ciudad, fue acogido por un militar llamado Treneo, que tenía un hijo ciego, al cual el santo pontífice restituyó la vista. Por este milagro Treneo y toda su casa creyeron en Cristo y fueron bautizados. Supo luego este prodigio el tribuno de aquel soldado, y rogó al santo que viniese y sanase su mujer llamada Tecla, que estaba sin esperanza de vida, a la cual Apolinar tomó de la mano, y le dijo: "Levántate sana en nombre de nuestro Dios y Señor Jesucristo, y cree en él, y entiende que no hay cosa semejante a él en el cielo ni en la tierra". Y luego se levantó sana la mujer, con lo cual ella, su marido el tribuno y todos los de su familia se convirtieron. Doce años se ocupó el santo en predicar la doctrina del cielo en Rávena, y en administrar a los fieles los santos sacramentos, instituyendo algunos clérigos que lo ayudasen; y como ya creciese el número de los cristianos, Saturnino, gobernador de la ciudad, lo mandó llamar, y le examinó delante de los sacerdotes de los ídolos, los cuales alborotaron al pueblo y maltrataron y apalearon al santo, hasta dejarlo medio muerto. Mas los cristianos lo tomaron y escondieron en casa de una buena viuda cristiana y allí lo curaron. Toda la vida de este apostólico varón fue una cadena de milagros y persecuciones. Restituyó el habla a un caballero principal llamado Bonifacio, el cual se convirtió con quinientas personas; y los gentiles lo hicieron pasar sobre las brasas con los pies descalzos, y visto que no recibía lesión de fuego, lo echaron como a nigromántico de la ciudad. En la provincia de Emilia resucitó a una difunta, hija de un caballero patricio llamado Rufo; y el juez Mesalino lo mandó atormentar en el ecúleo y echar agua hirviendo sobre las llagas. En la región de Misia sanó un hombre muy principal que estaba cubierto de lepra, y en Tracia hizo enmudecer el oráculo del templo Serapis, y los gentiles, después de haber maltratado bárbaramente al santo los desterraron a Italia. Volviendo a Rávena, los idólatras lo amenazaron con la muerte si no sacrificaba al dios Apolo, y por la oración del santo, el simulacro cayó hecho pedazos con gran alegría de los cristianos y rabia de los gentiles, los cuales lo hirieron gravemente junto a la puerta de la ciudad. Finalmente, después de estos malos tratamientos vivió aún siete días en una casa donde se recogían los leprosos y allí dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Tal fue la vida apostólica de san Apolinar, el cual se sacrificó como hostia viva del Señor, con un martirio prolijo de veintinueve años. Guárdense, pues, los enemigos de nuestra santísima fe de blasfemar diciendo que la religión cristiana es un negocio de ambición y sórdida codicia, porque al exagerar algunos defectos humanos que no podían faltar en una sociedad que no es de ángeles sino de hombres, vituperan calumniosamente al Hijo de Dios que la fundó, y a sus santísimos apóstoles y discípulos, y a todos los santos de la verdadera Iglesia de Dios.  



Oración: 

Oh Dios, remunerador de las almas fieles, que consagraste este día con el martirio de tu sacerdote, el bienaventurado Apolinar, te suplicamos nos concedas a nosotros tus humildes siervos, el perdón de nuestras culpas por los ruegos de aquel, cuya venerable solemnidad celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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