lunes, 4 de julio de 2016

San Laureano, arzobispo de Sevilla y mártir (4 de julio)



San Laureano, arzobispo de Sevilla y mártir. 

(† 544.)

El portentoso san Laureano, arzobispo de Sevilla y glorioso mártir de Cristo, nació de padres nobles en la provincia de Fannoma que ahora llamamos Hungría. Dejo su patria siendo de poca edad, y fue a Milán donde por misericordia del Señor se hizo cristiano, recibiendo el bautismo de manos del obispo Eustorgio II, y ordenándose de diácono a la edad de treinta y cinco años. Pasó después a España, guiado por la Providencia, para resistir con su predicación y doctrina a los herejes arrianos que eran muy poderosos y señores de la nación, y perseguían a los católicos. Muriendo en esta sazón Máximo, arzobispo de Sevilla, por la malicia de los herejes, estuvo vacante aquella cátedra por espacio de dos años, hasta que por común voto de los prelados sufragáneos fue elegido para aquella dignidad el varón de Dios san Laureano, el cual gobernó diecisiete años aquella Iglesia. Mas como los herejes levantasen en Sevilla una gran persecución contra el santo arzobispo y el mismo rey Theudes que injustamente ocupaba el trono, enviase gente que le matasen, el santo avisado de todo por un ángel, dijo misa, convocó al pueblo hizo un largo sermón, y tomando después su báculo rodeó parte de la ciudad, llorando y dando voces diciendo: "Haced penitencia, y mirad que está Dios enojado y tiene levantado el brazo para heriros". Y en efecto, poco después fue reciamente castigada de Dios aquella ciudad con sequedad, hambre y pestilencia. Saliendo desterrado de ella el santo obispo, en el camino sanó a un ciego; entró en un navío y aportó a Marsella, donde resucitó a un hijo de un hombre principal. De allí pasó a Italia y llegó a Roma, sanando muchos enfermos. En Roma visitó al sumo pontífice y se consoló con él; dijo misa de pontifical delante del papa el día de la Cátedra de san Pedro, y allí sanó a un viejo que desde niño estaba tullido de pies y manos. Partió después para visitar el cuerpo de san Martín, en Francia, y tuvo revelación que venían por parte del rey Totila algunos soldados con el fin de quitarle la vida. No se turbó el santo, ni se congojó, antes encendido de amor del Señor y deseoso del martirio, salió a buscarlos, y encontrándose con ellos en un campo raso, y siendo conocido de ellos, dieron en él y le cortaron la cabeza. La tomaron y la llevaron al tirano, el cual cuando la vio y supo lo que había pasado, la envió a Sevilla, y con su entrada respiró aquella ciudad y cesó la sequedad, hambre y pestilencia con que había sido azotada y afligida del Señor por sus pecados. El cuerpo del santo sepultó Eusebio, obispo de Arles, en la iglesia de la ciudad de Bourges: y el Señor glorificó su sepulcro con innumerables prodigios. 


Reflexión: 

Te parecerán crueles y ajenos de toda humanidad aquellos reyes Theudes y Totila que perseguían de muerte a un varón tan santo y adornado con el don de milagros y profecía como el glorioso san Laureano; pero más extraña que la fiereza de aquellos bárbaros parece, sin duda, la guerra que hacen a nuestra santísima religión los incrédulos y libertinos de nuestros tiempos. Porque a pesar de saber muy bien que a ella se debe principalmente la civilización del mundo, la aborrecen entrañablemente y quisieran exterminarla de la tierra: ¿No es esta guerra propia de bárbaros, o de gentes enemigas de Dios y del linaje humano? 

Oración: 

Concédenos, oh Dios omnipotente, que en la venerable solemnidad del bienaventurado san Laureano, tu confesor y pontífice, se acreciente en nosotros el amor de la virtud y el deseo de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestros Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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