miércoles, 23 de noviembre de 2011

EL PECADO VENIAL


EL PECADO VENIAL



Estudio Bíblico de Cornelio A Lapide



EL PECADO VENIAL

EL PECADO VENIAL ES EL CAMINO QUE CONDUCE A LAS GRANDES CAÍDAS

"El que desprecia las faltas pequeñas se perderá insensiblemente" (Eclesiástico 19, 1). Sí, dice San Gregorio, "si miramos con descuido las faltas pequeñas, seducidos poco a poco, acabaremos por caer audazmente en faltas mayores. Porque el que no cuida de llorar lso pecados veniales que ha cometido y de evitarlos, decae del estado de justicia, no de repente, sino por grados e insensiblemente. Es menester advertir a los que están habituados al pecado venial que consideren mucho que a veces una caída ligera perjudica en cierto modo más que una falta grave; porque una falta grave se nota más pronto, y más pronto se llora; pero no se tiene en cuenta una falta ligera, y es tanto más peligrosa, cuanto se comete sin escrúpulo. Sucede muchas veces que el alma acostumbrada a las faltas ligeras acaba por no horrorizarse de las faltas graves: corrompida por sus muchas infracciones, llega a tal punto de atrevimiento, desprecio y malicia, que no teme ya los pecados mortales, porque ha aprendido a cometer sin temor los pecados veniales. (Lib. X. Moral. c. XIX).

"Había en Bethania cierto Lázaro que se hallaba en un estado de languidez. Sus hermanas enviaron a decir a Jesús: Señor, ved que aquel a quien amáis está enfermo. A aquella noticia, Jesús respondió: La tal enfermedad no es para llevar a la muerte. Y permaneció dos días en el mismo lugar. Luego dijo a sus discípulos: Vamos de nuevo a Judea. Jesús llegó pues, y encontró que Lázaro estaba en la tumba hacía ya cuatro días. Y dijo: ¿Dónde le habéis puesto? Los que allí se encontraban respondieron: Venid y ved. Jesús fue al sepulcro: era una cueva cuya entrada la cerraba una piedra. Y Jesús dijo: Quitad la piedra. Marta, hermana de Lázaro, replicó: Señor, despide ya mal olor". (Cf. Jn. 11, 1-39)

Este relato es el cuadro de la vida y de la caída definitiva del hombre que no evita cuidadosamente el pecado venial.

1.º No experimenta desde luego más que una languidez del alma.
2.º Aquella languidez se agrava y se convierte en enfermedad.
3.º Cae en un sueño letárgico, es decir, en la indiferencia por su estado.
4.º La muerte, o el pecado mortal llega.
5.º Luego viene la putrefacción, o sea la corrupción del corazón.

"Una falta os parece a primera vista insufrible, luego la juzgáis menos grave, después no la sentís ya, y al fin llega a ser para vosotros un objeto de deleite", dice San Bernardo (Serm. in Cant.)

Basta una chispa para producir un incendio...

Es menester, dice San Cipriano, "es menester cerrar, no digo las puertas, sino hasta las más pequeñas aberturas, no sea que el enemigo penetre en el campo por una rendija. Todo el perímetro de una ciudad debe fortificarse para que no sucumba enteramente por un lugar débil; pues dice Salomón que el que desprecia las cosas pequeñas se perderá poco a poco". (Serm. in Eccles.)

"¿No sabéis que un pedacito de levadura ha de fermentar toda la masa?", dice San Pablo (I Cor. 5, 6)

Dice San Isidoro: "El que no evita los pecados veniales se expone a caer en los mayores crímenes; porque el pecado venial engendra, por decirlo así, el pecado mortal. Los vicios crecen pronto y sin que lo notemos: si no se hace caso del pecado venial, pronto llegará el pecado mortal. Evitad, pues, cuidadosamente el uno preservaros por completo del otro" (De Norma bene vivendi).

Dice San Jerónimo: "El alma consagrada a Jesucristo fija su atención lo mismo en las faltas pequeñas que en las graves; porque sabe que se habrá de dar cuenta hasta de una palabra inútil" (Ad Heliodorum.)

Y San Agustín: "No podéis dejar de hacer caso de vuestras culpas, so pretexto de que sean leves; porque las gotas de agua acaban por llenar ríos, y por arrastrar las rocas y los árboles con sus raíces" (Serm. LXIV. de Temp.)

San Bernardo: "El alma consagrada a Dios debe evitar con tanto cuidado los pecados más leves como los más graves; porque los que caen en los mayores excesos comienzan por pequeñas infracciones" (serm. in Cant.)

Nadie llega a ser un gran criminal repentinamente...

Dice San Agustín: "¿Qué más da que el empuje de una ola terrible estrelle el buque y lo eche a pique, o que, penetrando el agua insensiblemente en la cala, sin impedirlo el descuido de los marineros, llene el buque y lo sumerja! En uno y otro caso, ¿no se verifica igualmente el naufragio?" (Epist. CVIII. ad Seleuciam).

Las consecuencias del pecado venial son funestas: porque,

1.º, si este pecado no destierra a Dios del corazón, entristece al Espíritu Santo, que habita en nosotros; y dar que sentir a un amigo que viene a visitarnos, es darle a entender que puede retirarse, y que podemos pasar sin su presencia.
2.º Dificulta la abundancia de las gracias.
3.º Disminuye en el alma el fuego del amor divino.
4.º La precipita en el fatal estado de tibieza, estado peligrosísimo, puesto que el Señor dice en el Apocalipsis: "¡Ojalá estuvieses frío o caliente! Pues, ya que eres tibio, y ni frío ni caliente, te arrojaré de mi boca" (Apoc. 3, 15-16).
5.º El pecado venial priva de varios favores que Jesucristo concede ordinariamente a las almas vigilantes y fieles, como son los consuelos sensibles, la paz del corazón, etc.
6.º Debilita las fuerzas del alma, aumenta las pasiones, y las fortifica. Y de ahí resulta que si se presenta una tentación violenta o una ocasión seductora, abatido el hombre por las numerosas heridas que le ha causado el pecado venial, no tiene fuerzas para resistir, consiente y sucumbe, y como dicen los Cantares: "Las raposas devastan las viñas" (Cant. 2, 15)
7.º Ante la negligencia y el desprecio de las pequeñas faltas, el demonio llega a ser más poderoso y atrevido para solicitar a los hombres y hacerles caer en pecado mortal. Y, por el contrario, el que trata de evitar las faltas veniales, presenta dificultades al demonio, y es muy difícil que sea vencido y pierda la vida del alma con el pecado mortal.

Dice San Crisóstomo: "Me atrevo a adelantar algo admirable, algo que todavía no se ha oído decir; y es que me parece que no se deben evitar con tanto cuidado los pecados mortales como los veniales. En efecto; la naturaleza misma nos inclina a horrorizarnos de los grandes excesos; mientras que no hace caso de las faltas leves, bajo so pretexto de que no infaman. Tal descuido y negligencia quitan pronto al alma la generosidad y las fuerzas necesarias para no cometerlas, y a consecuencia de las heridas que causan al alma, viene la muerte. Por este camino veréis producirse todas las grandes iniquidades, porque ningún hombre cae de repente a las últimas profundidades del mal y al fondo del abismo. El alma tiene cierta vergüenza y cierto pudor natural de que no puede desprenderse en seguida; pero lo hace gradualmente, poco a poco". (Homil. LXXXVII. in Matth.)


MALICIA DEL PECADO VENIAL

Las siguientes consideraciones ayudarán a comprender cuánta es la malicia del venial.

1.º El pecado venial, lo mismo que el mortal, es una desobediencia a Dios... Encierra igualmente cierto desprecio de Dios y de su santa ley.
2.º Después del pecado mortal, es el mayor de los males; y, según los santos Padres y los teólogos, todos los méritos de los apóstoles, de los mártires, de los Santos y de los ángeles, y hasta de la augusta Madre de Dios, no bastarían para borrar un solo pecado venial y reparar la injuria que hace a Dios: son necesarios los medios de Jesucristo...
3.º El pecado venial es el mal de Dios. Y de ahí se deduce que, siendo la gloria y el honor a Dios debidos infinitamente superiores a cuanto atañe a las criaturas, hasta a las más nobles y perfectas, no sería permitido cometer un pecado venial ni aún para evitarles los mayores males o proporcionarles los mayores bienes.

Muy bien dice Salvio: "Nada hay leve en las cosas que hieren a Dios". (Lib. VI)

Todos los pecados atacan y ofenden a Dios; y es la falta más ligera contra aquel soberano dueño de un mal mayor que todos los males que podrían abatir a las criaturas. El pecado venial es una mancha para el alma, al paso que los otros males, cualesquiera que sean, no son más que la pena o el castigo del pecado.

San Agustín declara que "no sería permitido decir una ligera mentira para salvar a todos los réprobos, porque la mentira es el mal de Dios, mientras que el suplicio de los réprobos no es más que el mal del hombre. Y, no siendo los mayores males del hombre más que el mal de la criatura, pura nada, no son tan grandes como la mayor ofensa a Dios, ofensa que ataca a una majestad infinita". (Lib. Confess.)

Los mismos paganos comprendieron que no es cosa indiferente en sí preservarse de las faltas ligeras. No es, dice Plutarco, "no es una prueba mediana de que progresemos en virtud, si tratamos de evitar las más pequeñas faltas. Obrar así es probar que hemos adquirido ya méritos que queremos conservar intactos". (De Profectu virtutum).


CUÁNTOS PECADOS VENIALES SE COMETEN

"Ni aun el hombre justo está libre de caídas leves; pero las deplora y repara", dicen los Proverbios (24, 16). "Si decimos que no hemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros", dice el apóstol San Juan (1 Jn. 1, 18). "Todos faltamos en muchas cosas", dice el apóstol Santiago (3, 2). "Sólo es propio de Dios el no cometer falta alguna", dice San Clemente de Alejandría (Lib. I. Paedag., c. II).

Hemos de procurar cuidadosamente no caer, y volvernos a levantar después de nuestras caídas.

Nada puede darnos mejor a conocer cuán grave mal es el pecado venial, que los castigos impuestos por Dios en esta vida y después de la muerte. Los sagrados libros nos ofrecen numerosos ejemplos. Moisés fue excluido de la tierra prometida en castigo de una ligera duda sobre la omnipotencia de Dios... David vio perecer a setenta mil de sus súbditos en castigo de una falta de vanidad... Los bethsamitas, por haber mirado con curiosidad el arca, y Osa, por haberla tocado, quedaron heridos de muerte. Por una mentira, Ananías y su esposa tuvieron la misma suerte. Dios castiga muchas veces con enfermedades y otra aflicciones interiores mucho más rigurosas, tales como la sequedad de la oración, el disgusto por los ejercicios de piedad, las tentaciones contra la fe y la pureza, la falta de ánimo, y hasta la desesperación, y otras penas interiores, tan difíciles de sufrir muchas veces, que los que las experimentan se ven expuestos a abandonar el servicio de Dios, y por consiguiente a perderse.

En el otro mundo, Dios castiga el pecado venial con el purgatorio.




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