domingo, 27 de marzo de 2016

Si habéis resucitado con Jesucristo, buscad las cosas de arriba, gustad las cosas de arriba. (Pascua de Resurrección)



Si habéis resucitado con Jesucristo, 
buscad las cosas de arriba, 
gustad las cosas de arriba.


Cuando se ha resucitado con Jesucristo, gusta poco lo que es de la tierra; todos los deseos, todas las ansias y todos los suspiros son por cosas del cielo. La resurrección espiritual produce en el alma casi los mismos efectos que la resurrección corporal en el cuerpo. Esta resurrección espiritual es una nueva vida: un hombre resucitado espiritualmente es un hombre nuevo que no retiene ninguna de las imperfecciones del hombre viejo.
¡Qué brillante luz en el espíritu! ¡Qué pureza de deseo en el corazón! ¡Qué regularidad de costumbres y de conducta todo el tiempo que le dura la vida! Los deseos terrenos no nacen sino de un corazón corrompido. Un corazón aguado por las pasiones produce todas esas espesas nieblas que oscurecen el espíritu.
Todo es terreno en un hombre poco cristiano. Verdades sublimes, moral santa y espiritualidad práctica, este es un lenguaje desconocido para un alma terrena. De aquí los corazones duros, esos espíritus embotados, esas obstinaciones en el mal, esas ceguedades espirituales y esas impenitencias finales. La noción más justa y más cabal de una persona mundana, o que vive según el espíritu del mundo, dice e incluye todo esto.
Estamos sordos a la Voz de Dios cuando no somos de sus ovejas, no se conoce esta Voz cuando no se está en el redil. De aquí estas grandes dificultades para convertir a un mundano, y a una mujer que no está animada sino del espíritu del mundo. De aquí proviene el convertirse tan pocos herejes. ¿Se ha resucitado con Jesucristo? Inmediatamente nos hacemos del todo espirituales. Las pasiones extinguidas, o a lo menos mortificadas, no hay que temer exciten revoluciones en el hombre interior.
Un corazón purificado por la gracia no es ya un terreno fecundo de malignas exhalaciones. El aire es demasiado puro para que forme nublados: la fe es demasiado viva para que sufra confusiones: el cielo, bajo del cual se vive entonces, es demasiado sereno, y la mar en que estamos embarcados está demasiado en calma para que no deje a nuestra alma toda la libertad de pensar y de obrar como cristianos. Ella descubre entonces el vacío y la nada de los bienes criados, el falso brillo de las honras mundanas, y el veneno de esos placeres que encantan.
Ciudadanos de la celestial, patria no pueden mirar la tierra sino como un lugar e destierro. No se suspira sino por el cielo, no se encuentra solidez sino en los bienes del cielo; todo otro gusto es extraño, y es un gusto depravado, el cual siempre es señal cierta de que el alma está enferma.
El espíritu y las máximas del mundo dan lástima y causan compasión a los que han resucitado verdaderamente a la gracia. Este puñado de días, en que consiste la más larga vida, pierde todos sus atractivos desde el momento en que se compara con la eternidad. Todo es encanto para quien no ha resucitado con el Salvador. Dignidades brillantes, empleos ostentosos y tesoros inmensos, todo deslumbra y todo encanta a un corazón material y a un espíritu terreno.
Con la resurrección espiritual se desvanece el encanto, el hechizo se cae por sí mismo y el fantasma despojado de la mascarilla y descubierto, ya no es fantasma y parece lo que es.
¡Qué desgracia la de aquellos que en estas fiestas de Pascua no experimentan los saludables efectos de la resurrección! ¡Ay de aquel que persevere en sus tinieblas! Con solos los que han salido de Egipto obra Dios prodigios. El maná es solamente para los que han pasado el Mar Rojo, y han sido lavados por la sangre del Cordero.


Fuente: "Año Cristiano", P. Juan Croisset, 1863

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