viernes, 25 de marzo de 2016

Aspiraciones según La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo (Viernes Santo)



Aspiraciones según La Pasión de 
Nuestro Señor Jesucristo 

(Viernes Santo)


Aspiración acerca del Huerto

¡Oh hermoso Huerto de los Olivos, de hoy en adelante tú serás el más delicioso objeto de mi corazón; quiero perderme en tus paseos; quiero perderme con Dios para nunca perderme: Quiero respirar tu aire, porque está bendecido con los suspiros de mi Maestro: Quiero coger sus flores, porque Jesús les dio el colorido con su sangre: Quiero lavarme en tus fuentes, porque están santificadas con el sudor de Jesús: No quiero más alegría que la tristeza del Hijo de Dios, ni más voluntad que la suya! ¿Oh benigno Salvador mío, Maestro y Doctor del género humano! ¿Es posible que os habéis de haber desprendido de vuestra propia voluntad, que era tan arreglada y tan pura, para darme ejemplo de mortificación de mis pasiones; y que yo, a vista vuestra, he de conservar unas inclinaciones tan desarregladas y perversas? ¿Es posible que todavía he de desear vivir unido a mí mismo, a un maestro tan perverso, cuando veo al sumo bien, que se desprende de sí mismo para incorporarme a su mérito?


Aspiración acerca de las lágrimas de san Pedro


¡Oh, y qué cierto es, decía San Pedro, que una felicidad soberbia es siempre muy temible! Tú que desafiabas a las puertas del infierno, caíste al oír la voz de una mujercilla. Tantas victorias como tú te figurabas, han sido despojo de una mano tan flaca. Volvamos de nuevo a la pelea, y si ella triunfó de ti, triunfa tú por lo menos de tí mismo. ¡Ay dé mí! Solamente el ver el lugar de mi caída me da miedo. Los débiles lazos de una mujer artificiosa me parecen cadenas de diamante. ¿Pero qué puede temer un hombre que ya está resuelto a morir? Si tú hallases la muerte en aquel lugar de suplicios, lejos de huir de ella, la acariciarías; por ahora mi alma es indigna de ser víctima de su Dios, lavémosla para lo sucesivo con nuestras lágrimas. Yo caí delante del fuego, quiero levantarme con el auxilio del agua: En otra ocasión caminé sobre las aguas para presentarme a Jesús; ahora quiero volverme a él por el camino de mis lágrimas. Quiero ahora hablar con los ojos, ya que hablé tan malamente con la lengua; y esta boca que solamente debía abrirse para pronunciar oráculos a la Iglesia, se abrió para cometer una traición; ya que no ha quedado libertad sino para gemir, gocemos de estas reliquias de libertad, y después de haber acabado con todo, volvámonos a la misericordia de Jesús, la que no pueden agotar todos los pecados del mundo; en adelante seré para la Iglesia un perpetuo ejemplo de caída y de arrepentimiento; y de muerte y de vida para los pecadores. Todos los días de mi vida lloraré el desacierto de una sola noche.


Aspiración acerca del Pretorio

¡Ay de mí! ¿Qué es lo que veo! ¡Una corona de espinas clavada en la cabeza de un hombre de espinas! Un hombre de dolores, que arde entre dos fuegos, uno de amor y otro de tribulación; ambos le abrasan igualmente, pero ninguno de los dos le consume. ¡Oh belleza la más pura de todas, hasta dónde te han llevado mis pecados! Ya no veo en tal hombre, sino una piel ensangrentada y despedazada por los dientes de los tigres, y de los leopardos. ¡Ay de mí, qué espectáculo éste! Veo despojar a aquel gusanito de seda, que hasta ahora viste nuestras Iglesias, y nuestros Altares. ¿Cómo es posible que tuviesen ojos de hombres aquellos que miraban vuestro cuerpo castísimo para castigarlo y afearlo? ¡Ah, hermoso alabastro, y cómo te has mudado en escarlata! Cada golpe ha hecho en ti una herida, y cada herida es una fuente de sangre; ¿y tantas fuentes de sangre no han de poder sacar de mis ojos una lágrima? Oh sagrado Ruiseñor de la cruz, ¿quién os ha puesto entre esas espinas, para que hagáis tanta armonía con solo vuestro silencio? ¡Oh, espinas santas! No pregunto dónde están vuestras rosas; sé muy bien que éstas son la sangre de Jesús, y que todas las rosas quisieran ser espinas si conocieran bien vuestro valor. Jesús os tuvo sobre su cabeza, pero yo quiero teneros en mi corazón: Vosotros seréis el objeto de mis dolores, para ser después el manantial de mis alegrías.


Aspiración acerca de la Crucifixión y 
Muerte de Nuestro Señor Jesucristo

¡Oh, espectáculos horrorosos! ¡Oh, abismos de bondad y de misericordia! Mi corazón se divide entre el horror y la piedad, entre el odio y el amor, entre las execraciones y la admiración. Pero la admiración y el asombro me sacan fuera de mí mismo. Es éste aquel cruento sacrificio esperado por tantos siglos, aquel misterio escondido, aquella profunda sabiduría de la cruz, aquel Jesús doloroso que habiéndose declarado medianero entre la tierra y el cielo, da una honrosa satisfacción al Eterno Padre por los pecados de todo el género humano. ¡Ay de mí! ¡Oh, pobre Señor! ¡Tú no tenías más que una sola vida, y yo estoy viendo mil instrumentos de muerte que te la quitaron! ¿Era necesario abrir tantas y tan ensangrentadas puertas para dar salida a tu alma inocente? Por ventura, ¿no podía salir del cuerpo, sin formarse por todas partes caminos de heridas, los que después de haber servido de objeto a la crueldad de los hombres, sirven ahora de caracteres de tu fidelidad? ¡Oh, Jesús mío! Perdonadme; yo no sé lo que me digo, porque ya no os conozco sino por vuestras misericordias; éstas son tan excesivas, que era necesario nada menos que un Dios para sufrir lo que Vos habéis padecido. En vuestro desfigurado rostro busco aquellos rasgos de vuestra antigua hermosura, y no hallo sino los de vuestro amor. ¡Ay de mí! ¡Oh hermosísima cabeza, que llevas sobre ti toda la gloria del cielo empíreo, dividid conmigo esa dolorosa diadema; mis pecados la sembraron, y Vos queréis que vuestra inocencia sea quien la recoja! ¡Oh boca sacrosanta, dadme esa hiel que estoy mirando entre vuestros labios; permitid que de aquí en adelante rocíe yo con ella todos mis placeres, pues ella dio fin a la larga duración de vuestros dolores! Manos santas, pies venerables, dadme esos clavos con que estáis traspasados; basta el amor para que permanezcáis clavado en la cruz, pero a mí mantenedme siempre unido con la cadena de la caridad. ¡Ah, lanza cruel, ¿a dónde vas traspasando ese costado? Tú pensabas hallar ahí la vida del Hijo, y tropezaste con el corazón de su Madre; ¡pero, ah! que pensando tú en hacer un homicidio, no hiciste más que fabricarme un sepulcro, en el que desde ahora quiero encerrar mi alma. Cuando examino las heridas de mi Señor, veo en ellas mis propias manos; pero ya quiero también imprimir en ellas mi arrepentimiento; quiero escribir en ellas mi conversión con caracteres eternos, y si todavía me queda alguna vida, quiero que sea precisamente la que dimane de la muerte de mi Jesús crucificado.



Fuente: "La sabiduría evangélica", P. Nicolás Caussin, 1797


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