miércoles, 23 de marzo de 2016

San Victoriano y sus compañeros mártires (23 de marzo)



San Victoriano y sus compañeros mártires

(† 484.)


Era el gloriosísimo Victoriano el caballero más rico y principal que se hallaba en Adrumeto, ciudad de África, y de tantos méritos, que por ellos fue electo procónsul de la insigne y celebrada ciudad de Cártago. Por este tiempo se levantó la cruel persecución de Hunnerico, rey de los vándalos, contra los católicos, porque no querían seguir la infame secta del descomulgado Arrio. Quiso el monarca hereje sobornar el ánimo contante de Victoriano; mas él le respondió con gran confianza en el Señor de esta manera: "Estando seguro en mi Dios y Señor mío Jesucristo, digo que aunque me abrases en el fuego y me eches a las bestias, yo no seré jamás infiel a la Iglesia católica, apostólica, romana: Y certifico que aunque no esperase la vida eterna, nunca me preciaría tanto del bien que el rey me puede hacer como de la fe que debo a mi Dios". Esta respuesta dio al tirano Hunnerico; el cual quedó por ello tan enojado y colérico, que sin respetar la dignidad y nobleza del confesor de Cristo, le mandó atormentar con cuantos géneros de suplicios pudo inventar su malicia y cruel furor, que fueron muchos y desapiadados. Los mismos verdugos, admirados de que pudiese sufrir tantos azotes, tanto fuego y rigor tanto, dijeron al rey que importaba acabar de quitarle la vida, antes que a vista de su constancia prevaricasen todos los arrianos y siguiesen la fe de Victoriano. Furioso entonces, mandó añadir más tormentos, hasta que en medio de ellos, contante siempre en la fe de Jesucristo, vino el esforzado y valeroso caballero a alcanzar la gloriosa corona del martirio, perdiendo la vida temporal para alcanzar la eterna. Padecieron martirio junto con él, dos gloriosos y santos mercaderes, llamados ambos Frumencios, y ciudadanos ambos también de Cártago, y también dos santos hermanos naturales de Aquaregia, a los cuales colgaron en el aire, con un peso muy grande a sus pies, y les quemaron con planchas de hierro ardiendo, y les atormentaron tan largo espacio y con tan horribles torturas, que al fin los mismos verdugos les dejaron, diciendo: "Si muchos imitan la constancia de estos, no habrá quién abrace nuestra secta". En los sagrados cadáveres de estos dos santos no se hallaron señales algunas de las heridas que habían recibido.


Reflexión:

Por la constancia pintaron los antiguos una roca en medio del mar, la cual ni se mueve a los furiosos azotes de las olas, ni hace caso de sus halagüeños besos: Y así decía la letra: "Siempre soy una". Uno fue siempre el invictísimo mártir de Jesucristo Victoriano; no torcieron su ánimo incontrastable ni las riquezas del mundo, ni sus engaños, ni los altos puestos viéndose con el principado de Cártago, ni las ofertas lisonjeras del rey, ni menos sus crueles amenazas y ejecutados rigores: Era roca a lo divino puesta en medio del mar de este mundo. Procuremos, pues, imitarle nosotros en esa constancia y firmeza, no maravillándonos de que la vida cristiana sea (como se escribe en Job) una perpetua milicia o tentación sobre la tierra, y entendiendo que la profesión del cristiano es profesión de hombre de guerra, que ha de pelear con gran fortaleza hasta la muerte las batallas del Señor. Ya llegará el día del descanso perpetuo, de la gloria inmortal, y del gozo sempiterno, y entonces no podremos contenernos de dar voces de alegría y alabanza, proclamando la magnífica bondad de Dios, que por unos pocos años empleados en su servicio, nos hizo participantes de su infinita y eterna bienaventuranza. 


Oración:

Oh Dios que nos concedes la dicha de honrar el nacimiento para el cielo de tus santos mártires Victoriano y sus compañeros, otórganos también la gracia de gozar en su compañía de la eterna felicidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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