miércoles, 16 de marzo de 2016

San Abraham, solitario (16 de marzo)



San Abraham, solitario.

(† 487.)



El admirable varón san Abraham, cuya vida nos dejó escrita san Efrén, nació en las cercanías de Edesa en la Mesopotamia, de padres muy ricos, los cuales le amaban tiernísimamente, y fue tanta la insistencia que le hicieron para que se casase, y tantas las lágrimas que derramó la madre, que sólo por no contristarlos dijo que se casaría. Se prepararon las fiestas y bodas, y habiendo durado seis días el regocijo, el séptimo, al tiempo que toda la casa estaba ocupada en convites, músicas, bailes y danzas, huyó Abraham secretamente de ella y fue a encerrarse en una gruta que distaba a más o menos una legua del lugar. Le hallaron allí al cabo de diecisiete días, y el santo habló a sus padres con tanto espíritu de Dios, que hasta recabó de su esposa que consintiese en una perpetua separación. Todo cuanto poseía en la tierra era una túnica de pelo de cabra, un manto, una escudilla para comer y beber, y una estera de juncos para acostarse. En esta vida había pasado ya algunos años cuando el obispo de Edesa le mandó que se ordenase sacerdote y evangelizase una población de gentiles muy obstinados que había en la diócesis. Tres años gastó el santo en la obra de convertirlos: le apedrearon, le dejaron por muerto, le arrastraron tres veces por las calles; pero finalmente se rindieron, y se echaron a sus pies para que les bautizase. Regresó después Abraham a su antiguo encerramiento, y en esta sazón una sobrina suya llamada María quedó huérfana a los siete años de su edad, y la llevaron al santo; el cual la puso en una celda inmediata a la suya y allí por una ventanilla la instruía en las cosas de Dios. Pero como a los pocos años de su recogimiento, viniese la doncella a perderse por la tentación de un mozo que en hábito de monje fue a visitar al santo, en lugar de arrepentirse de su pecado, se fue a una ciudad, que estaba de allí a dos jornadas, y con hábito de seglar, galano y lascivo entró en un mesón para perderse del todo. Tuvo Abraham revelación de la caída de su sobrina, y deseoso de sacar aquella alma de las garras del dragón infernal y restituirla a Jesucristo, buscó un caballo, y vestido de soldado, se fue a la ciudad y al mesón donde María vivía, a la cual habló con tan tiernas palabras, que compungida y llena de confusión se deshizo en lágrimas, sin osar mirar la cara de su tío. "No te desesperes, hija, -le dijo el santo- porque no hay llaga tan incurable que con la sangre de Cristo no se pueda curar". Volvió luego María a su antigua morada, donde se dio de tal suerte a la penitencia, que fue un perfecto retrato de la santidad de su tío, y finalmente compañera de su gloria en su dichoso tránsito.


Reflexión:

Esta es la vida de san Abraham anacoreta en la cual es digna de notarse aquella fina y encendida caridad del Señor que le abrasó de manera que le hizo tomar hábito contrario a su estado a trueque de sacar el alma de su sobrina del cautiverio del demonio y ganarla para Cristo: Y no menos se ha de admirar el fin de María penitente, para que los pecadores no desmayen ni desesperen, antes tomen por espejo a la que habiendo caído por su flaqueza, por el favor de Dios nuestro Señor se levantó y cobró la gracia que había perdido. Pues sabemos que lloró tan amargamente sus pecados, que no sólo mereció alcanzar perdón de ellos, mas también la gracia de hacer milagros, en testimonio de habérselos perdonado el Señor.



Oración:

Oh Dios, que cada año nos alegras con la fiesta de tu confesor el bienaventurado Abraham, danos tu gracia para que celebrando la nueva vida de que goza en la gloria, imitemos sus virtuosas acciones en la tierra. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


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