sábado, 14 de mayo de 2016

San Pacomio, abad y confesor (14 de mayo)



San Pacomio, abad y confesor.

(† 348)


San Pacomio abad, padre y maestro de innumerables monjes y varón perfectísimo, nació de padres gentiles en la Tebaida. Siendo ya de veinte años se halló en la guerra que Constantino emperador hizo a Majencio, tirano. Llegando una vez al puerto de Tebas, Pacomio, con una legión de soldados hambrientos y fatigados de los trabajos y peligros de la mar, fueron acogidos por los cristianos de aquel puerto, los cuales les visitaren y les trajeron muchas cosas de comer remediando con incomparable desinterés aquella gran necesidad que padecían. Se admiró Pacomio de lo que veía y preguntó qué gente era aquella tan nueva para él: y como le respondiesen que eran cristianos, alzó las manos al cielo y dijo: "Señor Dios, que criaste el cielo y la tierra, yo te prometo servirte como cristiano". Y desde aquel día comenzó el santo capitán a resistir a la sensualidad, y terminada su milicia se fue a la alta Tebaida donde moraban algunos siervos de Dios, por los cules fue enseñado y bautizado. Era discípulo del santo anciano Palemón, cuando yendo a la isla de Taberma el Señor le ordenó que edificase allí un monasterio y le dio una tabla en que estaba escrita la Regla que había de guardar. La vida de Pacomio fue perfectísima y como de hombre a quien Dios había escogido para capitán y maestro de tantos monjes. No es fácil decir las gloriosas victorias que alcanzó de los enemigos infernales. Le dio el Señor dominio sobre las bestias feroces, y hasta los mismos cocodrilos del Nilo le servían, y cuando quería pasar el Nilo, ellos le traspasaban de una parte a otra. Tres años probaba a sus discípulos y no permitía que ninguno aspirase al sacerdocio. Vino una hermana suya a visitarle, y no la quiso ver, antes la envió a decir que estaba sano y que ella se volviese a su casa si ya no quería dar de mano al mundo y mover con su ejemplo a otras mujeres. Con estas palabras se compungió la hermana, y ofreció obedecer al hermano, el cual le hizo hacer una casa apartada, que en breve fue monasterio de perfectísimas monjas. Entrando una vez Pacomio a visitar un monasterio de los que estaban a su cargo, vio que algunos muchachos subían a una higuera grande para coger hijos sin licencia; y llegándose un poco más cerca, advirtió que un demonio estaba sentado en lo alto de la higuera. A la mañana siguiente se halló seca por la oración del santo. Le concedió el Señor el don de lenguas para tratar en todas las lenguas a los extranjeros que venían a él. Fundó Pacomio muchos monasterios donde vivían como ángeles unos siete mil monjes. Finalmente cargado de años y de merecimientos, el bienaventurado padre hizo juntar a sus religiosos y con un semblante amoroso les avisó que el Señor lo llamaba, exhortándoles a amarse entrañablemente en Cristo, y habiéndoles echado su bendición, dio su espíritu al Señor a la edad de ciento diez años. 

Reflexión: 

Entre los monjes de aquel monasterio había uno llamado Silvano, el cual antes de tomar el hábito había sido comediante, y de vida (como los tales lo suelen ser) libre y disoluta; mas por las instrucciones del santo fue espejo de Virtud y tuvo don de lágrimas, y al cabo de ocho años santamente murió, y el santo vio su alma subir a los cielos acompañada de muchos ángeles. Este caso has de admirar y con él te has de consolar, entendiendo por él cómo lo que no puede dar de sí la naturaleza ni la costumbre, que es segunda naturaleza, lo puede dar la gracia de Dios nuestro Señor a los hombres de buena voluntad. 

Oración: 

Te rogamos, Señor, que nos recomiende la intercesión del bienaventurado Pacomio, abad, para lograr por su patrocinio lo que no podemos alcanzar por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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