lunes, 16 de mayo de 2016

San Juan Nepomuceno, sacerdote y mártir (16 de mayo)



San Juan Nepomuceno, sacerdote y mártir.

(† 1387)

San Juan Nepomuceno tomó segundo nombre de Nepomuk, lugar de Bohemia, donde nació. Hechos sus estudios en la universidad de Praga, y conservándose puro e inocente, mereció ser promovido al sacerdocio. Predicaba la palabra de Dios sin vanos adornos de elocuencia humana, pero con tal gracia del cielo, que corrían a oirle innumerables gentes y hasta el mismo rey Venceslao era uno de sus oyentes continuos. Habiéndole nombrado el monarca para uno de los principales obispados de Bohemia, nunca quiso admitir ninguno; mas no pudo eximirse del cargo de confesor de la reina, y este cargo le ocasionó muchos trabajos y el martirio. Porque siguiendo Venceslao sus depravadas inclinaciones, llegó al frenesí de dejar poseer su corazón de la pasión de celos contra su esposa; y con lisonjas, promesas y amenazas deseaba saber los secretos de su corazón que había oído su confesor en el sacramento de la penitencia. Se horrorizó el santo al oír demanda tan sacrílega, y con una libertad y espíritu apostólico, reprendió el exceso al engañado príncipe; el cual no sabiendo qué replicar, disimuló por entonces el resentimiento. Mas habiendo llamado al santo confesor, le entregó algunos soldados de su guardia para que en las interiores piezas de palacio lo atormentasen y apaleasen cruelmente. No estaba bien curado de sus heridas, cuando el bárbaro rey volvió a intimarle la misma demanda, y como el santo respondiese que antes sacrificaría mil vidas que hablar una palabra en materia de confesión, enfurecido Venceslao mandó que atado de pies y manos el santo confesor fuese echado al río Moldava, como en efecto fue ejecutado con todo secreto en la oscuridad de la noche. Pero el Señor hizo patente a todos la gloria de su siervo: porque muchas noches se vieron antorchas encendidas en cierto lugar del río, y allí hallaron el cadáver del santo mártir, el cual los canónigos de la catedral sepultaron con la mayor pompa en su iglesia, no temiendo la ira del mal aconsejado príncipe. El Señor se dignó ilustrar a su invencible mártir con muchos milagros: y uno de ellos, muy extraordinario y notorio en toda la cristiandad, fue la incorrupción de su lengua, pues habiendo estado sepultado debajo de la tierra el cadáver del santo por espacio de trescientos años, cuando se reconoció jurídicamente, fue hallada la lengua incorrupta y como si fuera viva; y presentada seis años más tarde a los jueces delegados de la Silla apostólica, de repente con un nuevo prodigio se entumeció y mudó el color que tenía algo oscuro, en un color rojo y natural. 


Reflexión: 

¿Quién no ve que este grandísimo milagro hizo Dios para glorificar aquella santa lengua fidelísima en guardar el sigilo sacramental? ¿Y quién no echa de ver también que este mismo prodigio soberano es uno de los argumentos divinos que autorizan el sacramento de la confesión? Divino es este sacramento, e instituido por Jesucristo Señor nuestro por aquellas palabras del Evangelio con las cuales dio a sus discípulos la facultad de perdonar los pecados a los penitentes sinceros, y de retenerlos a los indispuestos. Quiere, pues, que el pecador se humille para ser perdonado; y aunque este sacramento sea el blanco de las iras de los incrédulos y malos cristianos, Dios ha mandado a los hombres la humilde confesión de sus culpas, y no hay más remedio: o confesión o condenación. 


Oración: 

Oh Dios, que por el invencible silencio sacramental del bienaventurado Juan Nepomuceno adornaste tu iglesia con una nueva corona del martirio; concédenos, por su intercesión y ejemplo, que moderemos nuestra lengua y suframos todos los males de este mundo antes que el detrimento de nuestras almas. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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