viernes, 13 de mayo de 2016

13 de Mayo: Nuestra Señora de Fátima y San Roberto Belarmino

13 de Mayo: Virgen de Fátima y San Roberto Belarmino

13 de Mayo: 
Nuestra Señora de Fátima y San Roberto Belarmino

El 13 de mayo es el aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora en Fátima a Jacinta, Francisco y Lucía, el 13 de mayo de 1917. En este día 13 de mayo también se celebra la fiesta de San Roberto Belarmino, el doctor de la Iglesia que se hizo famoso entre los tradicionalistas por haber enseñado que un hereje manifiesto deja de ser el Papa.

San Roberto Belarmino (1610), cardenal y doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30: “Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Esta es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción”.

Aunque San Roberto no fue canonizado sino hasta 1930 por el Papa Pío XI, obviamente el Cielo sabía de antemano que el día de la festividad de San Roberto ocuparía el mismo día del aniversario de la primera aparición de Nuestra Señora en Fátima. ¿Por qué el Cielo escogió la fiesta de San Roberto Belarmino para marcar el inicio de Fátima? Casi todos los ‘tradicionalistas’ que han hecho comentarios sobre el probable contenido del tercer secreto de Fátima están de acuerdo en que trata sobre la apostasía de la Iglesia, y una apostasía de la fe católica entre los que pretenden ocupar puestos de autoridad en la Iglesia.

¡¿No es interesante que, con motivo del primer día del mensaje de Fátima – un mensaje que, según casi todos los comentaristas tradicionalistas, está ligado con una advertencia sobre la apostasía de la fe católica entre los que pretenden ocupar oficios prominentes en la jerarquía católica – el Cielo hubiera escogido este día para que se celebrara la fiesta del santo que se hizo famoso entre los tradicionalistas por haber enseñado que quien ocupa el mayor puesto de autoridad de todos, el papa, pierde inmediatamente su oficio si se convierte en un hereje manifiesto?! Quizás esto les debería dejar pensando a los anti-sedevacantistas – reflexionar lo que el Cielo mismo les está diciendo, a saber, que la enseñanza de San Roberto Belarmino sobre este punto debe ser atendida, ya que es verdadero y ello se basa en el dogma definido.


Es oportuno que ahora reproduzcamos lo que relata William Thomas Walsh sobre la primera aparición de nuestra Señora de Fátima.

13 de mayo de 1917: Ante ellos, en la cima de un pequeño árbol de hoja perenne, llamada la azinheira – era casi de un metro de alto, y sus hojas eran brillantes y tenían espinas, como un cactus – ellos vieron una bola de luz. Y en su centro estaba una Señora.

Lucía la describió: “Era una Señora vestida de blanco, más brillante que el sol, esparciendo una luz más clara e intensa que un vaso de cristal lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos más ardientes del sol”. Su cara era indescriptiblemente hermosa, “ni triste, ni feliz, sino seria” – tal vez con algo de reproche, pero benigna; sus manos juntas en oración contra su pecho, mirando hacia arriba, con las cuentas del Rosario colgando entre sus dedos de la mano derecha. Incluso sus vestiduras parecían hechas únicamente de la misma luz blanca; una túnica sencilla caía hasta sus pies, y sobre esta un manto de la misma longitud desde su cabeza, su borde hecho de una luz más intensa que parecía brillar como el oro. No se podían ver ni su cabello ni sus orejas. ¿Sus rasgos? Era casi imposible mirar fijamente su rostro; deslumbraba, y hería a los ojos, y causaba el parpadeo o mirar para otro lado.

Los niños quedaron fascinados con el brillo que la rodeaba en una distancia de más o menos un metro y medio.

“No tengan miedo”, dijo ella, con un leve acento musical, que nunca olvidaremos. “Yo no les haré daño”.

Ya no sintieron miedo, de hecho, sino solo un gran regocijo y paz. En realidad fue el ‘relámpago’ que antes los había asustado. Lucía estaba lo suficientemente serena como para hacer una pregunta:

[Lucía]: “¿De dónde viene, Vuestra Merced?”.

“Vengo del Cielo”.

[Lucía]: “¿Y qué quiere de mí Vuestra Merced?”.

“Vengo a pedirte que vengas aquí durante seis meses seguidos, los días 13 a la misma hora. Luego te diré quién soy y qué es lo que quiero. Y después de eso volveré acá una séptima vez”.

[Lucía]: “¿Y yo también iré al Cielo?”.

“Sí, irás”.

[Lucía]: “¿Y Jacinta?”.

“También”.

[Lucía]: “¿Y Francisco?”.

“También, ¡pero tendrá que rezar muchos Rosarios!”.

¡El Cielo! De repente Lucía recordó dos muchachas que recién habían fallecido. Ellas eran amigas de su familia, y solían ir a su casa a aprender a tejer de su hermana María.

[Lucía]: “¿María da Neves está en el Cielo?” Lucía preguntó.

“Sí, está en el Cielo”.

[Lucía]: “¿Y Amelia?”.

“Ella estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo”.

“¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que os quiera enviar, en reparación por los pecados con que Él es ofendido, y en súplica por la conversión de los pecadores?”.

[Lucía]: “Sí, queremos”.

“Vais, pues, a tener mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo”.

En cuanto ella dijo las palabras “a grace de Deus”, [la gracia de Dios] la Señora abrió sus manos amorosas, y desde sus palmas salieron dos rayos de luz tan intensos, que no sólo cubrió a los niños con su resplandor, sino que parecieron entrar en sus pechos y llegar hasta lo más íntimo de sus corazones y de sus almas, “nos hacía vernos a nosotros mismos en Dios” – así dijo Lucía – “más claramente en esa luz que en el mejor de los espejos”. Una fuerza irresistible los hizo arrodillarse y decir con fervor: “¡Oh Santísima Trinidad, yo te adoro! ¡Dios mío, Dios mío, yo te amo en el Santísimo Sacramento!”.

La Señora los esperó para que terminaran. Luego ella dijo: “Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz del mundo y el fin de la guerra”.

Inmediatamente después de esto ella comenzó a elevarse con calma desde la azinheira, alejándose hacia el este, “hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia” (Nuestra Señora de Fátima, edición inglesa, pp. 51-52).

Fuente: vaticanocatolico.com

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