sábado, 16 de mayo de 2009

La Ley de Fomes

"Descubro, pues, esta ley: en queriendo hacer yo el bien, el mal se me pone delante. Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior. Pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y que me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Infeliz de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? La gracia de Dios por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo sirvo con la mente a la Ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado." (Rm 7, 21-25)

Trata aquí el Apóstol de la Ley del fomes, que parece estar originalmente en el apetito del sentido, por su evidente difusión en todos los miembros, que están al servicio de la concupiscencia para pecar.


Habiendo demostrado el Apóstol que la Ley es buena por concordar con la razón, aquí infiere dos conclusiones de acuerdo con las dos enunciaciones que planteara. La segunda la expresa así: Pero advierto otra ley, etc. Acerca de lo primero hace dos cosas. La primera es inferir la conclusión de las cosas dichas; la segunda, indicar una señal para mayor explanación: Pues me complazco, etc. Pues había indicado dos cosas arriba. La primera, por cierto, que la ley es espiritual, de lo cual, ya probado, concluye así: Descubro, pues, o sea, por la experiencia, que la ley de Moisés concuerda conmigo que quiero hacer el bien, o sea, con mi razón, por la cual apruebo el bien y detesto el mal, por cuanto esta misma ley ordena el bien y prohibe el mal. El dicho mandamiento está muy cerca de ti: en tu boca está y en tu corazón para que lo cumplas (Deut 30,14). Y fue necesario que de esta manera estuviera porque el mal, esto es, el pecado o el fomes del pecado se me pone delante, o sea, cabe mi razón se tiende, como si habitara en mi carne. No descubras los secretos de tu corazón a la que duerme contigo (Miqueas 7,5), esto es, cuídate de tu carne.

En seguida, cuando dice: Pues me complazco, etc., da la señal por la cual se muestra que la ley concuerda con la razón. Porque nadie se complace sino en aquello que le es conveniente. Es así que el hombre conforme a la razón se complace en la ley de Dios; luego la Ley de Dios conviene con la razón. Y esto lo dice así: Me complazco en la Ley de Dios según el hombre interior, o sea, según la razón y la mente, la cual se llama hombre interior, no porque el alma sea representada como imagen del hombre, como afirmó Tertuliano, ni porque ella sola sea el hombre, como dijo Platón: que el hombre es una alma que usa de un cuerpo; sino porque lo que es más principal en el hombre se llama hombre, como arriba se dijo. Ahora bien, en el hombre lo más principal conforme a la apariencia es lo exterior, es claro que el cuerpo, que presentado de esta manera es lo que se llama hombre exterior; mas conforme a la verdad lo que es intrínseco, la mente o la razón, es lo que aquí se llama hombre interior. ¡Oh cuan dulces son a mi paladar tus palabras (Ps 118,103). Tenemos en nuestras manos para consuelo nuestro los libros santos (1 Macab 12,9).

En seguida, cuando dice: Pero advierto, etc., pone otra conclusión que corresponde a lo que arriba (Rm 2) indicara, diciendo: Mas yo soy carnal, etc., diciendo: Advierto otra ley en mis miembros, la cual es el fomes del pecado, fomes que por doble razón se puede decir que es ley. De un modo por los efectos semejantes, porque así como la ley induce a hacer el bien, así también el fomes induce a pecar. Y del otro modo por confrontación con la causa. Pues siendo el fomes cierta pena del pecado, tiene una doble causa. La una, el mismo pecado, que toma dominio en el que peca y le impone su ley, la cual es el fomes, así como el señor le impone su ley al vencido esclavo. La otra causa del fomes es Dios, que esta pena le impuso al hombre pecador, para que sus facultades inferiores no obedecieran a su razón. Y conforme a esto la propia desobediencia de las facultades inferiores, la cual tiene el nombre de fomes, se llama ley, por cuanto ha sido introducida por ley de la divina justicia, como sentencia de justo juez que tiene fuerza de ley según aquello del primer libro de los Reyes (30,25): Y desde aquel día en adelante fue éste un punto ya decidido y establecido, y una ley en Israel hasta el presente. Ahora bien, esta ley originalmente se apoya en el apetito sensitivo, pero la encontramos difundida en todos los miembros, que están al servicio de la concupiscencia para pecar. Porque así como para iniquidad entregasteis vuestros miembros como esclavos a la impureza, etc. (Rm 6,19). Y por eso dice: en mis miembros. Ahora bien, esta ley produce en el hombre dos efectos. El primero es que resiste a la razón, y en cuanto a esto dice: que lucha contra la ley de mi razón, o sea, contra la Ley de Moisés, que se dice Ley de la mente por cuanto concuerda con la mente, o bien con la ley natural, que se llama ley de la mente, porque está naturalmente injertada en la mente. Muestran que la obra de la ley está escrita en sus corazones (Rm 2,15). Y acerca de esta lucha se dice en Gálatas 5,17: La carne desea en contra del espíritu. El segundo efecto es que esclaviza de nuevo al hombre. Y en cuanto a esto agrega: y que me esclaviza, o bien llevándome cautivo, según otro texto, a la ley del pecado que está en mis miembros, o sea, en mí mismo, al modo de hablar hebraico, conforme al cual se ponen los nombres en el lugar de los pronombres. Ahora bien, la ley del pecado cautiva al hombre doblemente. De un modo al hombre pecador por el consentimiento y la obra, y de otro modo al hombre en estado de gracia en cuanto al movimiento de la concupiscencia. De este cautiverio se habla en el Salmo 125,1: Cuando Yahvéh hizo volver a los cautivos de Sion.

En seguida, cuando dice: "¡Infeliz de mi!" trata de la liberación de la ley del pecado, y acerca de esto hace tres cosas. Lo primero plantea la cuestión; lo segundo, da la respuesta: La gracia de Dios, etc.; lo tercero, infiere la conclusión: Así que yo mismo, etc. (...)

En seguida, al decir: La Gracia de Dios etc., responde a la pregunta. Porque no puede el hombre liberarse por sus propias fuerzas de la corrupción del cuerpo, ni tampoco de la del alma, aun cuando decida con la razón contra el pecado, sino tan sólo por la gracia de Cristo, según aquello de Juan 8,36: Si pues el Hijo os hace libres, seréis verdaderamente libres. Y de aquí se sigue que la Gracia de Dios me liberará, la cual es dada por Jesucristo.-La gracia y la verdad han venido por Jesucristo (Jn 1,17). Ahora bien, la Gracia libera del dicho cuerpo de muerte de dos maneras. La primera, para que la corrupción del cuerpo no domine al espíritu arrastrándolo a pecar; y la segunda, para suprimir totalmente la corrupción del cuerpo. Así es que en cuanto a lo primero le conviene al pecador decir: la gracia me libertará de este cuerpo de muerte, esto es, me libertará del pecado, al cual es inducida el alma por la corrupción del cuerpo; pero como de esto ya está liberado el justo, a éste le toca decir en cuanto a lo segundo: la Gracia de Dios me libertará de este cuerpo de muerte, para que en mi cuerpo no se asiente la corrupción del pecado o de la muerte, lo cual será en la resurrección.

En seguida, al decir: Así que yo mismo, etc., infiere la conclusión que conforme a las dos predichas exposiciones de distinta manera se deduce de las premisas: porque si las predichas palabras se ponen en la boca del pecador, de una manera deberá ser inferida la conclusión. Dicho está que la gracia de Dios me liberará de este cuerpo de muerte, para que por ella no vaya a dar al pecado; luego cuando ya esté yo liberado, sirvo con la mente a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado, la cual permanece en la carne en cuanto al fomes o pábulo, por el cual la carne desea en contra del espíritu. Mas si las predichas palabras se entienden de la persona del justo, débese inferir que la Gracia de Dios por Jesucristo me liberará de este cuerpo de muerte: de tal modo, es claro, que no haya en mí la corrupción del pecado y de la muerte. Así es que Yo mismo, uno solo y el mismo antes de liberarme, con la mente sirvo a la ley de Dios, aceptándola; mas con la carne sirvo a la ley del pecado, por cuanto mi carne, conforme a la ley de la carne, se inclina del lado de la concupiscencia.

Comentario de Sto Tomás de Aquino
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Y nos explica Mons. Dr. Juan Straubinger:
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23. La Ley del pecado que está en mis miembros: S. Pablo plantea aquí todo el problema moral del hombre, o sea, la tragedia de el hombre caído, que se expresa por aquella fórmula que dice: "El acto sigue al deseo, si no se opone un amor, fundado en conocimiento, que da voluntad mejor". Es decir, que por el amor nos alejamos del pecado, cuyo deseo está en nuestros miembros y estará hasta la muerte, pues la carne nunca dejará de revelarse contra el espíritu (Gál. 5,17). Jesús enseña eso claramente al decir (Juan 14. 24,s.) que el que no lo ama no podrá guardar su doctrina, y que, por eso Él no se manifestará a todos (ibid. v.22).La experiencia propia y ajena nos lo muestra también, pues son muchos los que temen al infierno, y sin embargo pecan. En cambio, los que desean a Dios, (como un bien deseable desde ahora, y no como la salvación de un mal), ésos no pecan, porque ese amor que les hace desear a Dios es el mismo Espíritu Santo (5. 5); amor que por consiguiente nadie tiene si no se le es dado, pero que a nadie se le niega si lo pide, como el Padre está deseando darlo (Luc. 11, 13). Y cuando lo tenemos somos hijos de ese Padre (Gál. 4, 5) y Ël, mediante ese Espíritu, que es soplo, impulso, nos mueve a obrar como tales hijos (8, 14) y ya no como esclavos (8, 15); y entonces no podemos pecar (I Juan 3, 9) y hemos vencido al Maligno (I Juan 2,14), pero no ciertamente con la carne sino con el espíritu (Gál. 5, 16), puesto que tenemos entonces el mismo Espíritu de Dios, más poderoso que el que está en el mundo (I Juan 4, 14). Gracias a este conocimiento espiritual que nos es dado por la palabra de Dios, esencialmente santificadoras (Juan 17, 17), nos decidimos a aceptar esa vida de amor divino como cosa deseable y no sólo como obligatoria (I Juan 4, 18), y entonces no puede sorprender que este deseo sea más fuerte que la carne, que hay en nuestros miembros como aquí vemos, pues no se trata ya de desear cosas que Dios nos dará, sino de desearle a Él mismo, como desea todo el que ama. Él mismo es nuestra recompensa (Sab. 5, 16 y nota; Apoc. 22, 12); Es decir, que el ser amado de Él, y poder amarlo es un bien infinito que poseemos desde ahora, y claro está que, si de veras creemos en tal maravilla, despreciaremos y odiaremos, aun con nuestros propios miembros, todo lo que se pretenda quitarnos esa actual posesión y disgustarlo a Él que así nos amó hasta divinizarnos mediante el don de su propio Hijo y de su propio Espíritu.

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