martes, 20 de marzo de 2012

Che, Pibe: ¡Escuchame un poco!


Che, Pibe: ¡Escuchame un poco!


Es de oportunistas "venir a la pesca" cuando los peces pican. La cuestión es que piquen.

Si uno escribiera siempre títulos solemnes; lo más seguro es que ningún solemne se detendría. Si uno prefiriera siempre el lunfardo; el que es del palo, ya se lo hubiese tomado.

Pero en esta vida en Cristo, que es La Puerta Angosta; no basta con saber entrar. El "cómo entrarle" también cuenta.


Decía San Francisco de Sales: "Se cazan más moscas con una gota de miel, que con un barril de vinagre"

Pero, por supuesto, no la miel ecuménica ni zalamera, la miel mundana y farisaica de la avispa; sino la miel pura, rica y verdadera de la abeja. Para nacer a la vida espiritual, se necesita no comer sólidos. Debe alimentarse del lácteo espiritual como dice el Gran Apóstol:

1 Cor 3, 2: "Os di a beber leche, no alimento sólido, porque todavía no podíais recibirlo . En verdad, ni aun ahora podéis".

Pero si así sucede con el recién nacido, ¿con cuántos mayores cuidados se ha de atender al catecúmeno o al incrédulo, que aún no han nacido? ¿Con cuántos mayores recaudos, para que pueda nacer y salvarse?

Ya a su tiempo, empero, comprenderá el buen cristiano, la necesidad de imitar a Cristo en sus tribulaciones y en el beber vinagre.

¿En qué consiste el apostalado de todo buen católico cuando, de una forma o de otra, intenta ganar almas para Dios?

¿Acaso puede aplicarse la pedagogía construccionista, la psicología freudiana o cualquier metodología anticristiana para llevar a la única y verdadera religión? Como lo dijimos en el apartado de Psicoterapia, no creemos que haya un método único para curar el alma (ni en el plano natural, ni mucho menos, sobrenatural); porque no hay una psiquis universal; sino individual. Y ni aún en lo que de universal tenga la psicología y caracterología humanas; puede atenderse a ellas sin detenerse en sus subdivisiones transversal o paralelamente opuestas: No merece el mismo trato educativo un temperamento flemático que irascible, por ejemplo.

Y si esto sucede en el plano formativo, ¿cuánto más cuidado en el plano religioso?

¿Cómo ha de portar el misionero la Luz de Cristo? Por supuesto que sin taparla ni mezclarla con falsas luces..., ¿pero a qué distancia de los ojos que han de ver? ¿Encandilando e incendiando las pupilas, o dejando a tal distancia que la hoguera se parezca a una tímida luciérnaga?

Muchos entusiastas reparten anatemas y guadañazos ante la rama seca de brote incipiente, a la cizaña que abraza y se llevará consigo a trigos perdidos; mientras que con sus propias almas son dóciles y más discretos. Y aún con celo, al cual Santo Tomás de Aquino lo prefiere a la prudencia; convendría que no existiera el exceso ni en uno ni en otra. ¡La Noble Mesura!¡La Real Equidad!

Por eso el verdadero celo apostólico no grita a los cuatro vientos; sino que a cada viento da su nombre y lo serena. No se muestra como los fariseos ni alardea de su santidad; sino que es visto y encontrado humildemente. No desmiente con sacudidas; sino que sacude con verdades: Y éstas, preparadas por Buen Sastre, para vestir elegante a quien se vaya a convertir; y no para encapuchar a quien se vaya a ahorcar.

El verdadero misionero no desdobla su mensaje ni doblega su tezón; pero, con el saludo correspondiente, se dobla ante su oponente como buen esgrimista, manteniendo la calma y la cordura, batiendo en claras reglas, como regio caballero y honesto combatiente; invitando en buenos términos al intelecto del incrédulo que nos ve vencidos, para que bata, y batiendo pierda. Porque si no se presta al BUEN COMBATE, no perderá jamás. Y es necesario que pierda su vida, para que la gane.

Marcos 8, 35: "Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará"

Por eso no es pescador el que tira las redes, solamente; sino el que sabe dónde y cuándo arrojarlas. ¿Y cómo saberlo si no es Dios mismo el que nos lo muestra?

Juan 21, 6: "Y El les dijo: Echad la red al lado derecho de la barca y hallaréis pesca. Entonces la echaron, y no podían sacarla por la gran cantidad de peces"

Por eso el celo apostólico, cuya sinonimia es la "pesca de hombres", no aflora del hombre ni de la voluntad del hombre; sino de Dios:

Mateo 4, 19: "Y les dijo: Seguidme, y Yo os haré pescadores de hombres"



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