martes, 11 de agosto de 2009

La Verdadera Alegría es la Perfecta


LA PERFECTA ALEGRÍA

En un tarde de invierno, fray Francisco volvía de Perusa a Santa María de los Ángeles, en compañía de fray León. El tiempo era crudo: la nieve cubría las faldas de la montaña. En el llano caía una lluvia tupida y helada que las ráfagas de viento arrastraban con rabiosa violencia. Los senderos estaban desiertos y barrosos.
Los dos frailes, con la capucha en la cabeza y la túnica mojada que se adhería a la piel, caminaban en silencio uno tras otro, cuidando dónde colocar los pies descalzos, para no resbalar.
De improviso, como continuando su meditación interior, el Santo comenzó a decir a su compañero que lo precedía unos pasos:

-Fray León, aun si los frailes menores diesen al mundo un gran ejemplo de santidad, escribe que en esto no está la perfecta alegría.

Fray León no contestó nada. Siguió su camino, levantando de vez en cuando la mirada hacia adelante. ¡Santa María de los Ángeles aun quedaba lejos!
Después de un poco, el Santo, rompiendo de nuevo el silencio, exclamó:

-Fray León, aun si los frailes menores pudieran dar la vista a los ciegos, enderezar a los tullidos, devolver el odio a los sordos, dar el habla a los mudos, incluso resucitar a los muertos, escribe que en esto no está la perfecta alegría.

Después de otro largo trecho, Francisco volvió a decir:

-Fray León, si el fraile menor supiera hablar todas las lenguas, si conociera todas las ciencias, si supiera todas las escrituras, si pudiera predecir el futuro y leer el secreto de las conciencias, escribe que también en esto no está todavía la perfecta alegría.

Fray León parecía no estar prestando atención a las palabras del Santo. Se había vuelto hacia atrás. En cambio, las meditaba en su corazón, procurando comprender su significado. Mientras tanto, la lluvia seguía cayendo, calando a los dos frailes hasta los huesos, y el viento castigaba implacable las piernas desnudas de los dos frailes.
Aun, unos cuantos cientos de metros...Después Francisco prosiguió su retahíla:

-Fray León, ovejuela de Dios, aun si los frailes menores pudieran hablar con los ángeles, si conocieran los misterios de las estrellas, si les fueran revelados todos los tesoros de la tierra, los poderes de las aves, de los peces, de los animales, de los hombres, de los árboles, de las piedras y de las aguas, yo te digo y te repito escribas, que tampoco en esto está la perfecta alegría.

Unos dos kilómetros después, embargado de mayor entusiasmo, con voz más alta, casi gritando acentuó:

-Fray León, también si el fraile menor pudiera predicar tan bien hasta convertir a todos los fieles en Jesucristo, tampoco en ello estaría la perfecta alegría.

Fray León salio finalmente de su silencio y con humildad preguntó:

-Y entonces, Padre, yo te ruego en nombre de Dios me digas donde esta la perfecta alegría.

Y el santo contesto así:

-Si una vez llegados a Santa María de los Ángeles, empapados de lluvia, tiritando por el frío, embarrados hasta los ojos, atormentados por el hambre... si llamamos a la puerta y el portero mirando airado por el agujero nos ve... y comienza a gritar: "Idos, malhechores y mentirosos...vosotros sois ladrones que buscáis hurtar las limosnas de los pobres...", si soportamos con paciencia todos estos insultos, escribe fray León, que en esto esta la perfecta alegría.
Y si nosotros, apremiados por el hambre y el frío, temblorosos por la noche, seguimos llamando a la puerta, y lo hacemos cada vez mas fuerte, y llorando rogamos al portero que nos haga entrar por el amor de Dios... y él, saliendo con un nudoso garrote, nos agarra por la capucha y nos arroja por tierra, y nos frota contra la nieve, y nos muele a palos en las coyunturas, donde más duele, y nos sigue insultando y maldiciendo... Y bien, si todas estas cosas nosotros las soportamos con paciencia y júbilo, pensando en los sufrimientos de Jesús Crucificado, oh, Fray León, escribe que en esto, y sólo en esto, está la perfecta alegría.

-Y ahora, Fray León, escucha la conclusión de todo este discurso... Nosotros no podemos gloriarnos de las gracias y buenas cualidades que poseemos. Son un don de Dios, el cual, como nos las ha dado, también nos las puede quitar... Sin embargo, podemos gloriarnos de una sola cosa porque es completamente nuestra: "Aceptar con amor los sufrimientos, los insultos, las penalidades de la vida". De esta manera daremos gloria a Dios y nuestro corazón gozará en la espera del premio eterno.


Florecillas de San Francisco de Asís

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