miércoles, 24 de febrero de 2016

San Matías Apóstol (24 de febrero)



San Matías Apóstol (24 de febrero)

San Matías, que fue elegido en lugar del traidor Judas, fue de la tribu de Judá, y nació en Belén, de familia ilustre, no menos dis­tinguida por su calidad y por su riqueza que por el celo que profe­saba a la religión de Moisés.

Lo criaron sus padres con gran cuidado, instruyéndole en las bue­nas costumbres y en la ciencia de las Escrituras y de la religión. La inocencia de vida con que pasó la juventud fue una bella disposición para que se aplicase a oír la doctrina de Cristo, luego que se comenzó a manifestar después de su sagrado bautismo. Tuvo la dicha de se­guirle en compañía de los Apóstoles desde el principio de su predi­cación hasta su gloriosa ascensión a los Cielos, y fue uno de los se­tenta y dos discípulos.


Judas Iscariote, uno de los doce apóstoles que Jesucristo con particular amor había escogido para favorecidos y confidentes suyos, hizo traición a su Maestro, y con torpísima ingratitud le vendió a sus enemigos. De apóstol pasó a ser apóstata; y añadiendo la desesperación a la perfi­dia, él mismo vengó su delito, y acabó su desdichada vida con muerte horrible y vergonzosa.

Habiendo resucitado Cristo, quiso dar pruebas sensibles de la ver­dad de su resurrección por espacio de cuarenta días, y también ins­truir todavía más particularmente a sus Apóstoles y a sus amados discípulos. Se les aparecía de cuando en cuando; conversaba familiar­mente con ellos, y con maravillosa bondad les explicaba los miste­rios más secretos de la religión, descubriéndoles todo el plan y toda la economía de la Santa Iglesia.

Hacía siempre delante de ellos algún milagro, para que advirtie­sen que no se había disminuido con la muerte su poder. No eran con­tinuas ni muy frecuentes sus apariciones, y aun algunas veces de­jaba pasar muchos días sin manifestarse, para irlos poco a poco desacostumbrando y que se hiciesen a vivir sin el consuelo de su pre­sencia corporal.

En todas estas visitas los instruía en lo que debían hacer para cum­plir con las obligaciones de los cargos y empleos a que los destinaba en su Iglesia. En particular les enseñaba el modo de administrar los Sacramentos, de gobernar a los pueblos y de portarse entre sí unos con otros. Les declaraba una multitud de cosas, que en otras ocasio­nes no había hecho más que apuntar, reservando su individual y clara explicación para aquel tiempo.

En fin, estando ya para volverse a su Eterno Padre, entre otras muchas instrucciones les mandó que, después de su Ascensión a los Cielos, ellos se retirasen juntos a Jerusalén, sin salir de allí hasta nueva orden, y que esperasen el cumplimiento de la promesa que el mismo Padre Eterno les había hecho por su boca de que les comunicaría el mayor don de todos los dones, enviándoles al Espíritu Santo.

Luego que el Salvador subió a los Cielos desde el monte de las Olivas en presencia de todos ellos, los Apóstoles se volvieron a Jerusalén con la Santísima Virgen, y se encerraron todos en la casa que habían escogi­do para su retiro. Quedó santifica­da la casa con las continuas oraciones que hacían todos con un mismo espí­ritu, estando al fren­te de aquella apos­tólica congregación María Madre de Je­sús, con algunos parientes cercanos su­yos, que, según la costumbre de los ju­díos, se llamaban hermanos; aña­diéndose también algunas devotas mujeres que ordi­nariamente acompañaban a la Vir­gen. La pieza más respetable y aún más santa de aque­lla dichosa casa era el cenáculo, que fue la primera Iglesia de la Religión cristiana. Vueltos, pues, del monte Olívete, subieron todos al Cenáculo, por ser el lugar donde celebraban sus juntas, y en una de ellas resolvieron llenar la plaza vacante en el Colegio Apostólico por la apostasía y funesta muerte del infelicísimo Judas Iscariote.

Aún no habían recibido visiblemente al Espíritu Santo; pero Pedro, como Príncipe de los Apóstoles, Vicario de Jesucristo y visible Cabeza de su Iglesia, obraba ya inspirado del mismo Espíritu Divino; y cómo a quien tocaba regir todas las cosas, y dar providencia en todo, se levantó en medio de los discípulos, en número de casi ciento y veinte, que ya tenían la costumbre de llamarse hermanos entre sí, por la es­trechísima y santísima unión de la caridad fraternal que los enla­zaba , y les habló de esta manera:

"Venerables varones y hermanos míos: ya llegó el tiempo de cum­plirse el oráculo que el Espíritu Santo pronunció en la Escritura por boca del Profeta Rey, tocante a Judas, que vendió a su Maestro y nuestro, y no tuvo vergüenza de servir de guía a los que le prendie­ron, y le quitaron la vida como a un malhechor. Bien sabéis que era apóstol como nosotros, llamado a las mismas funciones que nosotros; pero, con todo eso, pereció miserable y desgraciadamente. No ignoráis que después de los hurtos y de los sacrilegios que cometió en la admi­nistración de su oficio, y después de su infame traición, se ahorcó desesperado; que, cayendo en tierra boca abajo el infeliz cadáver, re­ventó por medio, arrojando las entrañas; que de esta manera entre­gó su alma al demonio, abandonando el campo que se había compra­do con el dinero que se dio por precio de su delito, después que él mismo había restituido desesperadamente este dinero. Toda Jerusalén fue testigo de este suceso, habiéndose hecho tan público que, para conservar la memoria, se dio al campo el nombre de Haceldama, que en hebreo significa tierra de homicidio y campo de sangre. Esta es aquella tierra maldita, aquella heredad de los malos que desea Da­vid se convierta en triste destierro, de manera que ninguno habite ni la cultive, y que su poseedor, maldito de Dios y de los hombres, pier­da el obispado y deje su lugar a otro. Lo perdió Judas, y es menester no tardar en colocar en él un sucesor de conocido mérito, que sea tan capaz de esta dignidad como Judas era indigno; porque el Señor quiere que esté completo el número de sus Apóstoles, y que haya en la Iglesia doce príncipes del pueblo, como ha habido hasta aquí doce cabezas en las doce tribus de Israel.

Para ejecutar, pues, cuanto antes la voluntad del Señor, es nece­sario elegir, entre los que estamos presentes, uno que, juntamente con nosotros, pueda dar testimonio cierto de la resurrección de Jesús, y que, para ser mejor creído, sea uno de los que siempre le acompañaron en sus viajes, desde que fue bautizado por Juan hasta el día en que nos dejó para subir al Cielo, que hubiese oído sus instruccio­nes, y que hubiese sido testigo de sus milagros."

Se deliberó en la junta sobre quién había de ser el elegido; y, ha­biendo hecho oración a Dios, pasaron todos a votar. Se repartieron los votos entre dos, ambos sujetos muy recomendables entre los dis­cípulos: el primero era José, llamado Bársabas, que por su particu­lar virtud había merecido el nombre de Justo; el segundo era Matías ; pero no habiendo más que una silla vacante, y no sabiendo a cuál de los dos habían de preferir, porque ambos eran muy dignos y muy beneméritos, volvieron a orar con nuevo fervor, haciendo a Dios esta oración: Vos, Señor, que conocéis, los corazones de los hom­bres, dadnos a entender a cuál de estos dos habéis elegido para que entre en lugar del traidor Judas, sucediéndole en el ministerio y en el apostolado, de que él abusó para irse al infierno que merecía.

Oyó el Señor benignamente la oración de los fieles y, según la cos­tumbre de los judíos, se echaron suertes entre los dos concurrentes, poniéndoles delante una caja o un vaso cubierto con su tapa, donde estaban las cédulas, y la mano invisible de Dios condujo la suerte de manera que cayó sobre Matías y, agregado a los otros once após­toles, completó con ellos el número de doce.

Llevado ya a la dignidad del apóstol, recibió con ellos la plenitud del Espíritu Santo en el día de Pentecostés; y como era ya tan esti­mado de toda la nación, así por la integridad de sus costumbres como por la nobleza de su sangre, hizo maravilloso fruto con los celestiales dones que había recibido, convirtiendo a la fe gran número de judíos, y haciendo muchos milagros.

En el repartimiento del mundo, que hicieron los Apóstoles para conducir la luz de la fe y del Evangelio a todas las naciones, tocó a San Matías el reino de Judea. El abrasado celo que desde luego mostró por la conversión de sus mismos nacionales le obligó a padecer muchos trabajos, y a exponerse a grandes peligros y sufrir gran­des persecuciones y, finalmente, a coronar su santa vida con un glo­rioso martirio.

Corrió casi todas las provincias de Judea anunciando a Jesucristo, confundiendo a los enemigos de la fe y haciendo en todas partes con­versiones y conquistas. Dice San Clemente Alejandrino ser constante tradición que San Matías fue con particularidad gran predicador de la penitencia, la que enseñaba no menos con el ejemplo de su pe­nitentísima vida que con los discursos que había aprendido de su divino Maestro. Decía que era menester mortificarse incesantemente, combatir contra la carne, tratarse con rigor, hacerse eterna violen­cia, reprimiendo los desordenados deseos de la sensualidad, llevan­do a cuestas la cruz y arreglando la vida por las máximas del Evan­gelio. Añadía que esta mortificación exterior, aunque tan necesaria, no basta si no está acompañada de una fe viva, de una esperanza superior a toda duda y de una caridad ardiente. Concluía qué nin­guna persona, de cualquier edad o condición que fuese, estaba dis­pensada de esta ley, y que no había otra teología moral. Hizo San Matías gran fruto en toda Judea, teatro de sus trabajos, espacioso campo de su glorioso apostolado.

Muchos años había que este gran apóstol no respiraba más que la gloria de Jesucristo y la salvación de su nación, corriendo por toda ella, predicando con valor y con asombroso celo, confundiendo a los judíos y demostrándoles con testimonios irrefragables de la Sagrada Escritura que Jesucristo, a quien ellos habían crucificado y había resucitado al tercero día, era el Mesías prometido, Hijo de Dios, y en todo igual a su Padre.

No pudiendo sufrir los jefes del pueblo judaico verse tantas veces confundidos, irritados también, por otra parte, de la multitud de conversiones que hacía y de los milagros que obraba, resolvieron acabar con él. Refiere el Libro de los condenados, esto es, el libro donde se tomaba la razón de todos los que habían sido ajusticiados en Judea desde la resurrección del Señor, por haber violado la ley de Moisés, como San Esteban, los dos Santiagos y San Matías; re­fiere dicho libro que nuestro Santo fue preso por orden del pontífice Ananías y que habiendo confesado a Jesucristo en concilio pleno, demostrando su divinidad, y convenciendo que había sido Redentor del género humano con lugares claros de la Escritura y con hechos innegables a que no tuvieron qué responder, fue declarado enemigo de la Ley, y como tal sentenciado a ser apedreado. Llegado el Santo al lugar del suplicio, se hincó de rodillas y, levantando los ojos y las manos al Cielo, dio gracias al Señor por la merced que le hacía en morir por defender su santa religión; hizo oración por todos los presentes y por toda su nación, la que, concluida, fue cubierto de una espesa lluvia de piedras. Añade el mismo libro que no pudiendo sufrir este género de suplicio los romanos que gobernaban la pro­vincia contuvieron el furor de los que le apedreaban, y hallando al Santo medio muerto, por despenarle, acabándole de matar le cor­taron la cabeza. Sucedió el martirio de San Matías el día 24 de fe­brero, aunque no se sabe precisamente en qué año.

San Matías Apóstol mártir

Su sagrado cuerpo, según la más constante tradición, de la que no tenemos motivo sólido, o por lo menos convincente, para separar­nos, fue traído a Roma por Santa Elena, madre de Constantino, y hasta hoy se venera en la iglesia de Santa María la Mayor, la más considerable parte de sus preciosas reliquias. Se asegura que la otra parte de ellas se la dio la misma santa emperatriz a San Agricio, arzobispo de Tréveris, quien las colocó en la iglesia que hasta hoy tiene la advocación de San Matías.

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