miércoles, 15 de junio de 2016

Los santos Vito, Modesto y Crescencia, mártires (15 de junio)



Los santos Vito, Modesto y Crescencia, mártires.

(† 303.)

Nació el glorioso niño san Vito en la ciudad de Mazara, que está en el reino de Sicilia, de padres muy ricos y poderosos, pero gentiles: mas el niño fue bautizado secretamente y bien enseñado en las cosas de la fe de Jesucristo por Crescencia, que había sido su ama de leche, y por Modesto, marido de Crescencia, el cual era también muy fervoroso cristiano. Siendo ya Vito de doce años, el prefecto de Sicilia que había tenido noticia de la fe y religión que ocultamente profesaba, llamó al padre de Vito para que lo redujese al culto de los ídolos, amenazándolo que corría peligro de muerte si no sacrificaba a los dioses. Tentó el padre gentil los medios blandos y aun los halagos de unas doncellas deshonestas para salir con su intento, y viendo que nada aprovechaba para apartarle de la fe, lo entregó inhumanamente al prefecto Valeriano para que ejerciese en él su rigor. Mas como Modesto y Crescencia supiesen aquella bárbara resolución del padre, tomaron a Vito y se fueron con él al mar, y entrando en un navío que allí encontraron aprestado, pasaron al reino de Nápoles para librarse de la persecución. Tampoco hallaron aquí la seguridad que buscaban; porque habiendo sido acusados por la profesión de su fe, fueron presos y cargado de cadenas. Mandó después el tirano ponerles en la catasta (que era un tablado alto y eminente, en que se extendía y atormentaba a los santos mártires con varios instrumentos y penas) ; y les descoyuntaron los miembros, rasgaron y despedazaron sus benditos cuerpos. Y como perseverasen firmes en la cárcel amenazándoles con otros horribles suplicios, echaron a Vito un león ferocísimo para que lo despedazase, y como si fuera un manso cordero cayó a los pies del santo niño, y halagándole, se los lamía. Entonces dijo Vito al tirano: "¿No ves cómo las fieras se amansan y olvidadas de su crueldad natural reconocen y obedecen a su Señor, y tú lo desconoces y desobedeces?" Se convirtieron a la fe de Cristo gran número de los que estaban presentes en este espectáculo; pero el desventurado gobernador estaba tan empedernido, que ni las palabras del santo niño, ni los milagros que veía, bastaron para ablandarle; y así probó en vano a aquellos mártires con otros cruelísimos tormentos, en los cuales perseverando firmes hasta la muerte alcanzaron la gloriosa palma del martirio. 


Reflexión: 

¿Quién no ve en este martirio de san Vito la omnipotencia de Dios, que en un flaco y delicado niño de doce años, así triunfó de los tormentos, de la muerte y de todo el poder del infierno? ¿Quién temerá su flaqueza o desmayará, considerando la virtud del Señor? Y ¿quién se fiará de amor de padre o de otro hombre, si no es fiel a Dios, viendo cómo el mismo padre de san Vito, fue como su verdugo y causa de su martirio? Deben los hijos estar sujetos y rendidos a la voluntad de sus padres, en todas las cosas que no sean pecado; pero no han de obedecerles si les mandan cosas malas, y manifiestamente contrarias a la voluntad divina. En este caso, el hijo que obedece al malvado padre, no merece tener por padre a Dios. 

Oración: 

Te suplicamos, Señor, que por la intercesión de tus santos mártires Vito, Modesto y Crescencia, concedas a todos los fíeles un santo horror a la mundana sabiduría, y gracia para hacer cada día nuevos progresos en aquella santa humildad que tanto te agrada; a fin de que huyendo y menospreciando todo lo malo, se apliquen libre y generosamente a todo lo bueno. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 14 de junio de 2016

San Basilio Magno, doctor de la iglesia y obispo (14 de junio)




San Basilio Magno, doctor de la iglesia y obispo.

(† 379.)


Toda la antigüedad ha dado a san Basilio el título de Magno, porque en él, todas las cosas fueron grandes: grande su ingenio, grande su elocuencia, grande sus milagros. Nació en Cesárea de Capadocia y fue hijo de san Basilio y de santa Emilia, nieto de santa Macrinia, hermano de san Gregorio Niseno, de san Pedro de Sebaste y de santa Macrina la joven. Aprendió las letras humanas primero en Cesárea y después en Constantinopla y en Atenas, que era a la sazón madre de todas las ciencias; donde trabó muy estrecha y cordial amistad con Gregorio Nazianzeno, porque eran los dos muy parecidos no menos en el ingenio que en la virtud. Allí alcanzó fama de varón sapientísimo en todo género de letras, y las enseñó con grande aplauso. Convirtió a Eubulo su maestro; y los dos fueron a Jerusalén a visitar los santos lugares, y bautizarse en el Jordán. Al tiempo que Máximo, obispo de Jerusalén. bautizaba a Basilio, bajó una llamarada de fuego del cielo y de ella salió una paloma que tocó con sus alas las aguas, y luego voló a lo alto, dejando llenos de admiración y temor a los que estaban presentes. Ordenado de presbítero en Cesárea, se retiró por no ser compelido a aceptar la dignidad de obispo, a un desierto del Ponto, y allí vivió algunos años en compañía de san Gregorio Nazianzeno, con un género de vida tan admirable que más parecían ángeles que hombres. Mas como en tiempo del emperador Valente, arriano, la herejía como furioso incendio abrasase todo el Oriente, y en Cesárea hiciese grandes estragos, salió el santo de su yermo para oponerse a los herejes. En esta sazón murió el obispo de Cesárea; y todo el clero y pueblo aclamó por su pastor a san Basilio. En una hambre cruelísima que sucedió, vendió el santo todas sus posesiones, y predicó de la limosna en los templos, plazas, calles y casas de los ricos, con que alivió aquella extremada necesidad. Edificó para los pobres un hospital tan insigne y suntuoso, que se podía contar entre las maravillas del mundo, como escribe el Nazianzeno. Habiendo rogado a Dios que atajase los pasos del emperador Juliano el Apóstata, que intentaba matarle y destruir toda la Iglesia de Cristo, fue aquel impío tirano muerto en la guerra de Persia: y queriendo el emperador Valente desterrar al santo, al tiempo de firmar el decreto, la silla en que estaba se quebró, la pluma no dio tinta, aunque la mudó tres veces, y el brazo comenzó a temblarle como si estuviera tocado de perlesía. Entonces se rindió y rasgó el decreto. La penitencia de san Basilio era más admirable que imitable, y estaba tan flaco que no parecía tener más que la piel y los huesos. Finalmente después de haber gobernado santísimamente su Iglesia ocho años, obrado estupendos milagros y escrito admirables libros, murió a los cincuenta y un años de su edad.


Reflexión: 

Las alabanzas que dan a san Basilio los santos doctores Gregorio Nazianzeno, Gregorio Niseno, Efrén y otros, son tantas y con tan grande encarecimiento, que ellas solas bastan para entender la estimación y veneración con que hemos de honrarlo e imitarlo. Sigamos pues los ejemplos y doctrinas de este gran doctor de la Iglesia tan lleno de espíritu de Dios, y andaremos seguros por el camino de nuestra eterna salud sabiendo de cierto que agradamos a nuestro Señor, el cual para nuestra enseñanza lo hizo tan sabio y tan santo. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que oigas las oraciones que te ofrecemos en la solemne fiesta de tu bienaventurado siervo y confesor Basilio, librándonos de nuestros pecados por la intercesión y méritos del que te sirvió con tanta fidelidad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 13 de junio de 2016

San Antonio de Padua, confesor (13 de junio)



San Antonio de Padua, confesor.

(† 1231.)

El maravilloso predicador de Cristo, san Antonio de Padua, nació en Lisboa, cabeza del reino de Portugal, y fue hijo de muy nobles y virtuosos padres. Bebió con la leche de su madre la devoción a la Virgen santísima; y a la edad de quince años tomó el hábito en el monasterio de canónigos reglares de san Agustín, donde hizo su profesión: mas once años después, pasó con la venia de sus superiores a la religión seráfica, llevado del deseo de convertir a los moros y derramar su sangre por Jesucristo. Pero el Señor que le destinaba a otro apostolado, lo envió en África una grave enfermedad; y para cobrar salud se embarcó con rumbo a España, mas por vientos contrarios fue llevada la nave a Italia. Le mandó su seráfico padre san Francisco, que leyese teología en las ciudades de Montpellier en Francia, y de Bolonia y Padua en Italia, y le encomendó después el oficio de predicar. Eran sus palabras como unas llamas de fuego que abrasaban los corazones, y como Dios las confirmaba con grandes prodigios, fueron innumerables los herejes y pecadores que convirtió así en Francia como en Italia. Una vez, disputando con un hereje llamado Bonibillo que negaba la presencia de Cristo en la Eucaristía, hizo que la mula del hereje, a pesar de haber estado tres días sin comer, dejase la cebada que le ponían delante, para arrodillarse delante del santísimo Sacramento; con este milagro se convirtió aquel principal maestro de los herejes. Otra vez estando en la ciudad de Armiño, para confundir a los herejes que no querían oírle, se llegó a la ribera del mar, a predicar a los peces, a los cuales, asomando del agua les echó su bendición. Lo convidaron un día unos herejes a comer y le pusieron ponzoña en el plato; y el santo les afeó aquella maldad, pero haciendo la señal de la cruz sobre el manjar, lo comió sin recibir del veneno lesión alguna. Aconteció muchas veces que predicando en una lengua le entendían los oyentes de diferentes naciones y lenguas, como si predicara en la de cada uno, y aun fue oído dos millas lejos de donde predicaba. Era tanta la gente que acudía a sus sermones, que no cabiendo en los templos se salían a los campos. Acechó una noche al santo el huésped que le había recibido en su casa, y vio en su aposento una gran claridad, y el Niño Dios hermosísimo y sobremanera gracioso encima de un libro, y después en los brazos de san Antonio, y que el santo se regalaba con él sin apartar los ojos de su divino rostro. Finalmente a los diez años de sus apostólicos ministerios, acabó su vida llena de virtudes, y en la ciudad de Padua entregó su alma bienaventurada al Señor. 


Reflexión: 

Entre los milagros con que Dios ilustró a este santo gloriosísimo, es muy digno de mención el que aconteció treinta y dos años después de su muerte, en la traslación de su sagrado cuerpo. Porque se halló entre los huesos de la boca la lengua tan entera y fresca como si estuviera viva: y tomándola en las manos san Buenaventura, que era a la sazón Ministro general de la orden de san Francisco, bañado en lágrimas exclamó: "¡Oh lengua bendita! ¡que siempre alabaste a Dios, y fuiste causa de que tantos le alabasen: bien se ve ahora de cuánto merecimiento eres delante del Criador, que para tan alto oficio te había formado!" Empleemos también la nuestra en alabar al Señor; ya que es éste el mejor uso que podemos hacer de ella. 

Oración: 

Haz, Señor Dios mío, que la solemne festividad de tu confesor Antonio regocije toda la Iglesia, para que fortificada con los socorros espirituales, merezca disfrutar los gozos eternos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 12 de junio de 2016

San Juan de Sahagún, confesor (12 de junio)



San Juan de Sahagún, confesor.

(† 1479.)


El apostólico varón san Juan de Sahagún, decoroso ornamento de la sagrada orden de Ermitaños de san Agustín, nació de nobles padres en la población de Sahagún, que está en la provincia de León en España. Siendo todavía de tierna edad solía juntar a los otros muchachos, y subido a lo alto de una piedra les predicaba con tanto celo y discreción, que todos decían que aquel admirable niño había de ser un apostólico orador. Pasó su mocedad entre los pajes del arzobispo de Burgos, renunció una canongía, y otros beneficios eclesiásticos; y después de una peligrosísima enfermedad, por cumplir con un voto que había hecho, tomó el hábito de los ermitaños de san Agustín, y fue tan admirable el ejemplo de sus virtudes, que le confiaron los superiores el cargo de maestro de novicios. Todos los días purificaba su alma con el sacramento de la penitencia, diciendo que ignorando en qué día había de morir, debía estar siempre prevenido para la hora de su muerte. Celebraba diariamente la misa con gran ternura y devoción, y antes de comulgar le oyeron decir algunas veces: "¡Señor! yo no te puedo recibir si no te vuelves a la primera especie eucarística". Y era, como manifestó humildemente al superior, que se le aparecía Jesucristo en carne humana, unas veces con las señales de la pasión, y otras glorioso. Ardiendo la ciudad en Salamanca en una guerra civil, causada por la enemistad de dos familias que habían atraído a sus bandos a la mayor parte de los vecinos, cuando todos respiraban ira y venganza, el santo predicó con tanto espíritu de Dios, que compuso las paces, y ablandó los ánimos que habían resistido a la autoridad de tres reyes. En cierta ocasión se imaginó un caballero muy principal que el santo le había injuriado en sus sermones, y buscó asesinos para que le vengasen; mas cuando éstos iban a poner sus manos sacrílegas en el santo, que salía de la iglesia, quedaron inmobles y pasmados, hasta que reconociendo su culpa se echaron a sus pies para que les perdonase. Pasando por una calle le dijeron que se había caído un muchacho dentro de un pozo, y movido el santo por las lágrimas de la madre, echó la bendición a las aguas del pozo, y subieron casi hasta el brocal. Entonces el santo alargó su correa al niño, el cual asido de ella salió del pozo sin haber recibido daño alguno. Finalmente después de haber convertido a penitencia a innumerables pecadores, quiso el Señor que muriese este santo por haber predicado contra la deshonestidad, como el Bautista: porque se tiene por cosa cierta que una dama muy principal, de cuyos lazos había el santo librado a un caballero, le dio un veneno que le causó la muerte. Estuvo su santo cadáver en el féretro algunos días para satisfacer la devoción de innumerables gentes que acudieron a venerarlo, y el Señor acreditó su santidad, con repetidos y grandes prodigios. 


Reflexión: 

No hay duda que arden a veces los odios y enemistades con tan grandes llamas, que no bastan a apagarlas ni la manifiesta sinrazón de tomarse el hombre la venganza por sus propias manos, ni aun el temor de la muerte y del patíbulo. Pero el glorioso san Juan extinguía el fuego de los odios con la sangre de Cristo: porque en efecto, quien considera al divino Redentor perdonando en la cruz a los que le estaban crucificando, o no es cristiano, o debe perdonar también de corazón a sus enemigos. 


Oración: 

Oh Dios, autor de la paz y amante de la caridad, que condecoraste al bienaventurado Juan, tu confesor, con la admirable gracia de componer a los enemistados: concédenos por sus méritos e intercesión, que afirmados en tu caridad, no nos separemos de ti por ningún motivo. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 11 de junio de 2016

San Bernabé, apóstol (11 de junio)



San Bernabé, apóstol. 

(† 62)

El bienaventurado discípulo y mártir de Jesucristo, san Bernabé, que también en la Escritura se llama José Levita, fue hebreo de nación, de la tribu sacerdotal de Leví, y nació en la isla de Chipre, en la cual sus padres tenían grandes y ricas posesiones. Aprendió en Jerusalén las letras sagradas, en la escuela de Gamaliel, varón doctísimo y muy versado en la ley de Moisés, y tuvo por condiscípulo a san Esteban protomártir, y a Saulo, que después se llamó Pablo y fue apóstol y vaso escogido del Señor. En este tiempo vino Cristo nuestro Redentor a Jerusalén, y maravillado Benabé de su celestial doctrina, ejemplos y milagros, entendió que era el Mesías prometido, y se echó a sus pies; el Señor le bendijo y le contó en el número de los setenta y dos discípulos que le siguieron. Y él, conforme al consejo evangélico, repartió su hacienda entre los pobres, quedándose con una sola posesión, cuyo precio, después de la Ascensión del Señor, puso también a los pies de los apóstoles. Cuando los discípulos huían todavía de san Pablo, porque ignoraban su conversión, san Bernabé se llegó a él, y entendiendo cuán trocado estaba, y lo que le había acontecido yendo a Damasco, lo abrazó y lo llevó a los apóstoles y con gran regocijo fue admitido en su compañía. Enviaron los apóstoles a Bernabé a Antioquía donde estuvo con san Pablo predicando por espacio de un año, con tan gran aprovechamiento de los fieles, que dejando el nombre de discípulos y perdiendo el vano temor y respeto del mundo, se comenzaron a llamar cristianos. Volviendo después a Jerusalén, se concertaron allí con san Pedro algunos otros apóstoles, para que ellos predicasen a los hebreos, y Saulo y Bernabé a los gentiles. No es fácil decir los trabajos y persecuciones que padecieron estos dos santos por sembrar la doctrina evangélica y plantar a Cristo en los corazones de los hombres en tantas ciudades, islas, reinos y provincias. Y, a lo que escriben graves autores y se saca de firmes testimonios y piedras antiguas, san Bernabé fundó la iglesia de Milán, y estuvo en ella siete años, y fue el primer arzobispo de aquella insigne ciudad. También se muestra en Brescia el altar donde el santo apóstol decía misa y en otras muchas iglesias se conserva la memoria de este varón apostólico y compañero de san Pablo. Finalmente hallándose en la isla de Chipre, vinieron de Siria unos judíos con intención de perseguirle y darle la muerte; y aunque el santo lo entendió, deseoso ya de juntarse con Jesucristo, entró en la sinagoga para predicar a los judíos; mas éstos, con gran enojo le echaron mano, y le apedrearon, en cuyo martirio dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Aunque san Bernabé no era del número de los doce apóstoles que escogió Jesucristo, los primeros santos padres de la Iglesia le dan ya el título de apóstol, no sólo por sus muchos y apostólicos caminos y trabajos, sino que también por haber sido particularmente llamado por el Espíritu Santo a aquel sagrado ministerio. (ACT. APOST. XII, 2). Lo honremos, pues, como a los doce apóstoles que son las doce columnas indestructibles de la Iglesia, y despreciando las doctrinas anticatólicas, que son edificios sin fundamento, descansemos con entera confianza en la verdad de la Iglesia católica, sellada con la sangre del Redentor, y de sus santos apóstoles y discípulos. 


Oración: 

Oh Dios, que nos consuelas con la intercesión de tu bienaventurado apóstol Bernabé, concédenos benigno, que consigamos por tu gracia aquellos beneficios que te pedimos por su ruego. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 10 de junio de 2016

Santa Margarita, reina de Escocia (10 de junio)



Santa Margarita, reina de Escocia.  

(† 1093.)


La piadosísima reina de Escocia santa Margarita fue hija de Eduardo, rey de Inglaterra y de Águeda, hija del emperador. Desde su niñez fue dada a todas las obras de caridad con los pobres. Se casó con Malcolmo, rey de Escocia; y en el lugar donde se celebraron las bodas fabricó una suntuosa iglesia a honra y gloria de la Santísima Trinidad, enriqueciéndola con ornamentos de gran precio, con muchos vasos de oro y piedras preciosas. En las demás iglesias del reino dejó también memoria de su devoción y magnificencia, reparándolas y enriqueciéndolas. Todos sus vasallos le temían y amaban; y cuando salía en público era grande la multitud de viudas, huérfanos y pobres que la seguían como a su madre. Tenía exploradores repartidos por las provincias, para que miraran si se hacía alguna injusticia o inhumanidad, oprimiendo a los inocentes y desvalidos, como suele suceder, y que lo remediasen todo y en todo se obrase con amor y caridad. Las primeras horas de la noche tomaba breve descanso y luego se levantaba y entraba en la iglesia, y rezaba los maitines de la Santísima Trinidad, y terminados estos, rezaba el oficio de difuntos. Volvía después a su cuarto y a la mañana lavaba los pies a seis pobres, se los besaba y les daba larga limosna; y antes de sentarse ella a la mesa servía a nueve doncellas huérfanas y a veinticuatro pobres ancianas. Muchas veces hacía venir a su palacio trescientos pobres, y puesto el rey de una parte, y ella de otra, les daban de comer y beber regalada y abundantemente. Sabedora de lo porvenir, había hecho al rey su marido instancias y súplicas para que no fuese a cierta campaña en el condado de Cumberland, y como el rey no quisiese en esto darle gusto y saliese a la batalla, se puso la santa reina muy triste y dijo: "Hoy ha sucedido al reino de Escocia el mayor mal que podía su-ceder". Y con brevedad vino la nueva de que el mismo día, fueron muertos en el combate el rey y el príncipe Eduardo, su hijo. Cuatro días después estando la santa gravemente enferma, viendo a su hijo Edgardo que volvía del ejército, le preguntó por su padre y hermano, y como él respondiese que quedaban buenos, ella dando un tierno suspiro, dijo: "¡Ay hijo! que sé muy bien todo lo que ha pasado": y levantando las manos y los ojos al cielo como Job, exclamó: "Gracias te doy, mi Dios, porque al fin de mi vida me has enviado tantas penas, para acrisolarme y purificarme de toda mancha de pecado", y luego, invocando y ensalzando a la Santísima Trinidad, entregó su preciosa alma al Criador. 


Reflexión: 

Por ventura te has maravillado de leer como esta santa reina, después de haber pasado su vida en obras de tanta piedad y caridad, hubiese de lamentar la dolorosa pérdida de su esposo y de su hijo muertos en el campo de batalla. Mas ¿por qué has de asombrarte de esto? ¿No es acaso toda la vida humana un perpetuo combate sobre la tierra, como dice Job? ¿Por ventura el Señor de los ejércitos ha de dar la recompensa a sus soldados mientras se hallan todavía luchando en el campamento? No: sino cuando entren por la puerta triunfal del cielo que es su verdadera patria: y entonces es cada uno premiado conforme a sus méritos, y si a los santos exige el Señor tan grandes pruebas de heroísmo y fidelidad, es porque los tiene destinados a muy grande gloria. 


Oración: 

Oh Dios, que hiciste tan admirable a la bienaventurada Margarita, reina de Escocia por la insigne caridad que ejerció con los pobres, concédenos que por tu imitación y a su ejemplo se aumente perpetuamente en nuestros corazones el amor a tu divina Majestad. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 9 de junio de 2016

Los santos Primo y Feliciano, hermanos, mártires (9 de junio)



Los santos Primo y Feliciano, hermanos, mártires. 

(† 287)

Los gloriosísimos mártires de Jesucristo Primo y Feliciano fueron hermanos y caballeros romanos, ilustres por la sangre, y más ilustres por la fe y confesión del Señor. Habiendo sido acusados por ser cristianos delante de los emperadores, que a la sazón eran Diocleciano y Miximiano, los sacerdotes de los ídolos dijeron a los jueces que los dioses estaban tan enojados, que no darían respuesta a cosa que les preguntasen hasta que Primo y Feliciano los reconociesen por dioses y protectores del imperio. Llevaron pues a los dos santos al templo de Hércules, y como no quisiesen sacrificar a su estatua, los azotaron con varas crudamente. Los entregaron después a un gobernador de la ciudad Nomentana, que se llamaba Promoto, el cual los hizo apartar uno de otro para asaltar a cada uno de los dos por sí, pensando con esto poderlos más fácilmente vencer. Comenzó pues el procónsul a amonestar a Feliciano, que mirase por su vejez y no quisiese acabar su vida con tormentos atroces y penosos. A lo que respondió el venerable anciano: "Ochenta años tengo cumplidos, y hace treinta que Dios me alumbró y que me determiné a vivir para solo Cristo". Lo mandó el juez azotar cruelmente y lo hizo después enclavar en un palo. El santo mártir mirando al cielo, decía: En Dios tengo puesta mi esperanza, y no temo mal ninguno que el hombre me pueda hacer. A los cuatro días hizo el juez traer a su tribunal a Primo y le dijo: "¿No sabes que tu hermano Feliciano está ya trocado y ha obedecido a los emperadores, los cuales le han honrado mucho y admitido en su palacio?" "Yo sé, respondió Primo, los tormentos que ha padecido, y que ahora está en la cárcel gozando de los regalos de Dios, y que no podrás tú apartar con los tormentos a los que Jesucristo ha unido con su amor". Ordenó el tirano embravecido sobremanera, que moliesen a Primo con palos nudosos, y lo extendiesen en el ecúleo, y abrasasen sus costados con hachas encendidas. Condenaron después a los dos santos hermanos a las fieras, y echaron a los mártires dos leones ferocísimos, los cuales se arrojaron a sus pies, como dos corderos, lamiéndolos y halagándolos, sin hacerles mal alguno. Entonces alzaron la voz los santos y dijeron al presidente: "Juez, las fieras reconocen a su Creador; y tú eres tan ciego que no quieres tener por Señor al que te hizo a su imagen y semejanza?" Se conmovió con este prodigio la muchedumbre que había concurrido al espectáculo, y se convirtieron a la fe de Jesucristo quinientas personas con sus familias. Y el tirano Promoto, atribuyendo a arte mágica aquellos portentos y cansado ya de atormentar a aquellos fortísimos caballeros de Cristo, los mandó degollar. 


Reflexión: 

La única razón que alegaban aquellos gentiles para no convertirse al ver los prodigios de los santos mártires era decir que los obraban por arte de encantamiento y virtud diabólica. Ya no creen esto los incrédulos de nuestros días. ¿Pues cómo no se convierten al leer estas maravillas tan repetidas en los martirios de nuestros santos? ¿Cómo no las creen estando acreditadas con el testimonio de tantos autores así cristianos como paganos, que presenciaron aquellos tan públicos y asombrosos prodigios? Líbrenos el Señor por su gracia de la horrible ceguedad y dureza de corazón propia de los incrédulos; los cuales ultrajan con gravísima ofensa a la Divinidad, y son dignos de eterno castigo por desoír las voces de la gracia, y despreciar con obstinada voluntad los prodigios de la divina omnipotencia. 


Oración: 

Concédenos, Señor, que celebremos siempre la fiesta de tus santos mártires Primo y Feliciano, y que por su intercesión merezcamos la gracia de tu protección divina. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

miércoles, 8 de junio de 2016

San Medardo, obispo de Noyón (8 de junio)



San Medardo, obispo de Noyón. 

(t 545)

Uno de los más ilustres prelados de la iglesia de Francia en el VI siglo, fue el caritativo obispo san Medardo, el cual nació en Salentiaco, posesión muy rica de sus padres, que estaba en la región de Noyón. Desde sus tiernos años fue tan amador de los pobres, que les daba su misma comida y vestido, y un día hasta les dio el caballo de que tenía harta necesidad. Riñeron unos labradores sobre el linde y término de unas tierras que tenían y convinieron en ajustarlo allí con las armas y las vidas: Medardo que lo supo, se fue con ellos, y viendo una piedra, puso el pie sobre ella, y dijo: "Esta piedra es el mojón y término de esta porfía"; y quitando el pie, vieron todos que había quedado estampado en la piedra, con cuya maravilla quedaron en paz. Lo entregaron después sus padres al obispo de Vermandois para que con su doctrina se adelantase en letras y virtud; y habiendo sido ordenado de misa acrecentó su fervor: afligía su carne con abstinencias, dejando de comer para hartar a los hambrientos, sanaba endemoniados, y curaba todas las enfermedades, por lo cual cuantos a él venían, hacían a la letra lo que les decía y aconsejaba, como si se lo dijera un ángel del cielo. Murió el obispo de Vermandois, y luego se oyó la voz común que aclamaba por su obispo a Medardo, y aunque el santo rehusó mucho aquella dignidad, al fin, vencido de los ruegos y lágrimas de todo el pueblo, hubo de aceptarla. Habiendo después fallecido el obispo de Tournay, eligieron también al mismo santo, y el rey pidió al pontífice que uniese las dos iglesias para que el siervo de Dios las gobernase, y así lo hizo, aunque por causa de las irrupciones de los Vándalos tuvo que trasladar el santo la sede a Noyón. Eran los de Tournay muy bárbaros e indómitos, de malas costumbres y obstinados en sus pecados e idolatrías; mas al fin pudo tanto el santísimo obispo con sus suaves y dulces razones, que a todos los bautizó e hizo buenos cristianos. Y después de haber ganado para Jesucristo innumerables almas, con su predicación y con los grandes milagros que hacía, a los quince años de su gobierno descansó en la paz del Señor. Los que estaban presentes vieron muchas luminarias del cielo delante del santo cuerpo, que duraron por espacio de dos horas. Y cuando condujeron el sagrado cadáver a Soissóns, el mismo rey con otros caballeros llevó las andas sobre sus hombros y le hizo labrar un magnífico sepulcro, el cual fue muy célebre y glorioso por los señalados prodigios que obró el Señor por medio de su santo. 


Reflexión: 

Tal es la honra que merece la santidad aun acá en la tierra. Los pueblos y los reyes la veneran, y con universal aplauso la ensalzan sobre todas las demás grandezas del mundo. No se conceden semejantes obsequios a la opulencia, a la sabiduría, a las dignidades y placeres mundanos; porque todos entienden que estas cosas pueden hallarse hasta en un hombre malvado y digno de todo vituperio. Sólo la virtud hace al hombre verdaderamente grande. Pues ¿por qué no hemos de amarla y codiciarla y preferirla a todas las demás cosas? ¿No es ella, como dice el Sabio, incomparablemente más estimable que el oro, y las piedras preciosas? ¿No es el mayor tesoro que podemos hallar sobre la tierra, y el único caudal que podemos llevarnos a la eternidad, y el único bien que nos honra en esta vida y que nos hará dignos de eterna gloria? 


Oración: 

Concédenos, Señor, que la venerable festividad del bienaventurado Medardo, tu confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de la devoción y el deseo de la salvación eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 7 de junio de 2016

San Pedro y cinco compañeros mártires de Córdoba (7 de junio)



San Pedro y cinco compañeros mártires de Córdoba.

(† 851.)

En la sangrienta persecución que suscitó contra los cristianos el rey de los sarracenos Abderramán III en Córdoba, capital de su reino en España, entre otros ilustres mártires que dieron su vida en defensa de la fe de Cristo, se señalaron mucho por su admirable valor los santos mártires Pedro, Walabonso, Sabiníano, Wistremundo, Abencio y Jeremías. Pedro fue natural de Erija y ordenado de sacerdote; Walabonso era diácono, y nacido en Lipula, lugar llamado hoy Peñaflor; Sabiniano era monje ya entrado en edad, y natural de Froniano en la sierra de Córdoba; Wistremundo era todavía mozo, natural de Ecija y monje en la abadía de san Zoilo; Abencio era hijo de Córdoba y había tomado el hábito en el monasterio de san Cristóbal; y Jeremías era también natural de Córdoba, casado con Isabel, y hombre muy rico y poderoso que había fundado el monasterio llamado Tabanense a dos leguas de aquella ciudad. Todos estos seis fervorosos varones, oyendo que acababan de ser martirizados los santos Isaac y Sancho, se presentaron delante del rey moro y le dijeron: "Nosotros también, oh juez, somos cristianos como nuestros hermanos Isaac y Sancho, y tenemos la misma fe, por la cual has mandado darles la muerte: confesamos como ellos a Jesucristo por verdadero Dios, y afirmamos que vuestro profeta Mahoma es precursor del Anticristo: y decimos que los que profesan la fe de Jesucristo gozarán de la felicidad del cielo, y que los que siguen la falsa doctrina de Mahoma padecerán los eternos tormentos del infierno". Al oír el tirano tan espontánea y clara confesión, mandó luego prender a les valerosos mártires y pronunció contra ellos sentencia de muerte, ordenando que fuese cruelmente azotado el santo viejo Jeremías, por haber blasfemado, como decía el juez, del profeta Mahoma. Azotaron pues con tanto rigor al venerable anciano, que cuando le llevaron a degollar, no podía ir por sus pies. Pero todos los demás caminaron al lugar del suplicio con tanta ligereza y alegría de sus almas como si fuesen a un espléndido banquete. San Pedro y Walabonso fueron los primeros en ser degollados, y después sus cuatro compañeros, y así dieron todos sus benditas almas a Dios. Tomando después los sayones aquellos sagrados cadáveres los ataron a unos palos, y pasando algunos días los quemaron y echaron las cenizas en el río. 


Reflexión: 

Mucho vale una santa y pronta resolución cuando se ve que para ella inspira y anima el Espíritu Santo, como es cierto inspiró a estos gloriosos mártires, para que sin temor alguno de la muerte, todos unidos y conformes, se fuesen a reprender al inicuo juez, que cuatro días antes había quitado la vida al glorioso san Isaac, y después a Sancho y a otros santos mártires. No seamos pues tardos y perezosos en ejecutar la .voluntad divina cuando se nos manifiesta claramente por las divinas inspiraciones, que todo nuestro provecho o daño espiritual depende de ponerlas o de no ponerlas por obra. Pongámonos delante de los ojos los ejemplos de los santos: los cuales por su fidelidad en poner por obra los altos pensamientos e inspiraciones de la divina gracia, llegaron a ser tan grandes en el reino de los cielos. ¡Oh cómo reprenden y condenan nuestra flojedad y cobardía: ¡Cómo nos cubrirán de vergüenza en el día el Juicio, donde se descubrirá el mal uso que hemos hecho de las inspiraciones de Dios y de los beneficios de la gracia! 


Oración: 

Oh Dios, que nos alegras en la anual solemnidad de tus santos Pedro, Sabiniano y sus compañeros mártires, concédenos propicio que así como gozamos de sus merecimientos, así nos movamos a imitar sus virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 6 de junio de 2016

San Norberto, fundador y arzobispo (6 de junio)


San Norberto, fundador y arzobispo.

(† 1134.)

El glorioso fundador de la orden Premonstratense, san Norberto, nació en Seten, en una de las más ilustres casas de Alemania y fue hijo de Heriberto conde de Gnepp y emparentado con el emperador. En su mocedad se engolfós en las vanidades del siglo y era como el alma de todas las diversiones de la corte; mas caminando un día a caballo hacia un lugar de Westfalia llamado Freten, seguido de sólo un lacayo, se levantó una furiosa tempestad, y cayó un rayo a los pies de su caballo, que le derribó, quedando como muerto por espacio de una hora. Vuelto en sí, sintió de tal manera trocado su corazón que exclamó como Saulo: "Señor, ¿qué quieres que haga?" Y desde aquel día dejó los ricos vestidos, y dando de mano a todos los devaneos del mundo, resolvió entregarse del todo al servicio divino. No había querido recibir hasta entonces las órdenes sagradas a pesar de ser canónigo; y una vez recibidas, comenzó a predicar con gran fervor, y admiración de los oyentes, que veían convertido en santo misionero al que habían visto cortesano tan liviano y disoluto. Habiéndosele juntado trece compañeros, buscó un lugar solitario, áspero y apartado que se llamaba Premonstrato, en el obispado de Lauduno, donde asentó los fundamentos de un monasterio; y allí tuvo su origen la nueva religión que del mismo lugar se llamó Premonstratense, y tomó la regla de san Agustín y el hábito blanco de los canónigos reglares. Entabló con sus compañeros una vida muy penitente y más angelical que humana; y el Señor le ilustró con singulares dones de profecía y de milagros. Mas acompañando en un viaje a Alemania al conde de Champaña, fue elegido muy a pesar suyo para el arzobispado de Magdeburgo, y conducido con guardias de vista a aquella iglesia, a donde llegó con su pobre hábito y con los pies descalzos, pero con universal aplauso y gozo del clero y del pueblo. Vino a él un día un hombre para confesarse; y aunque llevaba traje de penitente, así que el santo le vio, mandó que le quitasen la capa y que mirasen lo que traía y hallaron que iba armado con un puñal para matar al Arzobispo, como él mismo, lo confesó arrepentido ya de su pecado. Finalmente habiendo provisto de prelado a la religión premonstratense, y gobernado santísimamente su iglesia de Magdeburgo por espacio de ocho años, a los cincuenta y tres de su vida preciosa entregó su espíritu en las manos del Criador, quedando su santo cadáver sin la menor señal de corrupción y expuesto nueve días a la veneración del pueblo. 


Reflexión: 

Escribe Paulo Morigia en la Historia del origen de las religiones, cap. 17, que la religión premonstratense creció tanto, que tenía treinta provincias, y en ellas más de mil trescientos monasterios, y cuatrocientos de monjas. Pero ¿quién podrá decir la muchedumbre de santos religiosos y las excelentes virtudes con que han ilustrado a la Iglesia de Dios? Toda esta gloria redunda en alabanza de san Norberto y es fruto de su conversión. Si hubiese permanecido en los peligros de la corte y en la vanidad del mundo, no hubiera hecho nada, y por ventura se hubiera perdido, y sido causa de la perdición de muchas almas. Se convirtió de veras al Señor, y de caballero mundano, vino a ser gran santo y padre de innumerables santos. 


Oración: 

Oh Dios, que hiciste tan excelente predicador de tu divina palabra al bienaventurado Norberto, tu confesor y pontífice, y por su medio te dignaste aumentar tu santa Iglesia con una nueva familia; concédenos por sus merecimientos, que practiquemos lo que nos enseñó con sus ejemplos y palabras. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 5 de junio de 2016

San Bonifacio, apóstol de Alemania (5 de junio)



San Bonifacio, apóstol de Alemania.

(† 755.)

El celosísimo apóstol de Alemania san Bonifacio nació en la provincia de los Sajones occidentales en el reino de Inglaterra. Procuró su padre inclinarle a las cosas del mundo con halagos y con amenazas, pero cayendo en una grave enfermedad, conoció que aquel era castigo del cielo por la violencia que hacía a su hijo; y llorando su culpa condescendió con él enviándolo a un monasterio para que allí se dedicase a la virtud y a las letras. Ordenado sacerdote, lo querían los monjes para superior y abad, mas encendido él de un ardiente deseo de predicar el Evangelio a los gentiles y sellar su predicación con su sangre, se fue a Roma donde el papa Gregorio II le dio un tesoro de reliquias y un breve muy favorable para que predicase a los infieles de cualquier parte del mundo. Pasó luego el varón apostólico a Alemania y evangelizó las provincias de Turingin, Frisia y Hasia que confina con la Sajorna, donde bautizó gran número de infieles, derribó los templos de los falsos dioses y edificó otros nuevos al verdadero Dios, el cual le favoreció con singulares prodigios. Arrancando un día un árbol de extraordinaria grandeza que llamaban el árbol de Júpiter, concurrió gran multitud de paganos para estorbarlo y matarlo, pero viendo que comenzando él a dar con la segur en el tronco, caía el árbol hecho pedazos en cuatro partes, se convirtieron y él edificó en aquel lugar un oratorio en honra del apóstol san Pedro. Pasaron de cien mil los infieles que convirtió; por lo cual el papa Gregorio III a la dignidad de obispo que ya tenía el santo, quiso añadirle la de arzobispo, mandándole que ordenase obispos donde fuesen menester. Presidió san Bonifacio un concilio en que se halló Carlomagno, donde se ordenaron muchas cosas muy útiles para el bien de la Iglesia; fue nombrado arzobispo de Maguncia, y en nombre del pontífice coronó por rey de Francia a Pipino. Habiendo tenido noticia de que los Frisones habían vuelto a su antigua superstición, se embarcó con tres presbíteros y tres diáconos y cuatro monjes, para reparar los daños que el demonio había hecho en aquella provincia; y estando un día el santo con sus compañeros cerca de un río aguardando que viniesen los gentiles bautizados para recibir la Confirmación, cayeron sobre ellos de repente armados los bárbaros paganos y mataron a aquellos apostólicos varones y a otros cincuenta y tres compañeros, todos los cuales alcanzaron con san Bonifacio la palma del martirio. 


Reflexión: 

Es muy celebrado un dicho de san Bonifacio, el cual hablando de los sacerdotes y de los cálices antiguos y de los de su tiempo, dijo que los sacerdotes antiguos eran de oro y celebraban en cálices de madera, y los de su tiempo eran sacerdotes de madera y celebraban en cálices de oro. De este dicho se hace mención en el Decreto y en el concilio Triburense. No quiso decir el santo que no estuviese bien empleado el oro en el servicio de Dios, que bien merece nuestro Señor todo esto y mucho más: sino que deseaba que los sagrados ministros fuesen también puros y preciosos como el oro en el acatamiento divino. Roguemos pues al Señor por los sacerdotes, para que no permita que ninguno se haga indigno de su sagrado y angelical ministerio, sino que todos resplandezcan por su vida ejemplar, y sean, como dice Jesucristo, la luz del mundo y la sal de la tierra. 

Oración: 

Oh Dios, que te dignaste llamar al conocimiento de tu nombre una muchedumbre de pueblos por medio del celo de tu bienaventurado mártir y pontífice Bonifacio, concédenos propicio que experimentemos el patrocinio de aquel santo cuya solemnidad celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 4 de junio de 2016

San Francisco Carácciolo, fundador (4 de junio)



San Francisco Carácciolo, fundador. 

(† 1608)

El fervorísimo sacerdote, san Francisco Carácciolo, nació en el lugar llamado Santa María, de la diócesis de Trivento del reino de Nápoles, y fue hijo de nobilísimos y cristianísimos padres. Desde sus primeros años se mostró tan compasivo de los pobres, que cuando se sentaba a la mesa para comer, dejaba a un lado el plato que más le gustaba y le llevaba a los pobres. Siendo de mayor edad se inclinó a las armas, y aprendió los ejercicios militares propios de los caballeros de su tiempo; mas como se viese acometido de una maligna dolencia que le cubrió de pies a cabeza de una lepra asquerosísima, y redujo toda su hermosura y gentileza a un disforme esqueleto, ofreció a Dios que si le restituía la primera salud, abrazaría el estado religioso. Mientras estaba haciendo esta resolución, se sintió inundado de una avenida tan copiosa de lágrimas, que embargándole la voz, lo dejó suspenso: y vuelto en sí, como si despertara de un dulce sueño, se halló fuera de todo peligro, y en pocos días se vio bueno y sano. Aprendió las letras humanas y divinas, y habiéndose ordenado de sacerdote, celebró su primera misa con asistencia de la nobleza más distinguida de Nápoles; y fue este acto de gran ternura y edificación. Juntándose después con don Agustín Adorno y don Fabricio, fundaron la nueva orden de clérigos, que el sumo pontífice Sixto II quiso se nombrase de Clérigos menores; y habiendo fallecido el padre Agustín Adorno, primer general, fue elegido nuestro Francisco que era cofundador: mas a los seis años de su gobierno alcanzó con sus muchos ruegos dejar su oficio. Entonces se dio a una vida tan santa como admirable: porque escogió para su habitación un rincón debajo de la escalera de la casa, estrecho, oscuro y guarnecido de calaveras, que más parecía sepulcro de muertos, que habitación de vivos. Allí estaba recluso, todo el tiempo que le sobraba de los actos de comunidad, absorto en la contemplación de las cosas celestiales. Las noches pasaba en la iglesia velando en oración, donde lo vieron varias veces en éxtasis con los brazos en cruz. Finalmente habiendo tenido revelación de su muerte, y sintiéndose abrasado de una grave calentura, preguntó al enfermero que le asistía: "¿En qué día estamos?" y respondió: En martes 3 de junio, antevíspera del Corpus". Dijo Francisco: "Pues según eso, mañana saldré de este mundo". Y el día siguiente, recibidos con gran devoción los sacramentos, plácidamente expiró. Comenzó luego su cadáver a despedir una suavísima fragancia, y estuvo en el féretro tres días para satisfacer a la devoción del pueblo, después de los cuales determinaron embalsamarle para transportarle a Nápoles y lo hallaron ceñido con un áspero cilicio. 


Reflexión: 

No es menester vivir como este santo en una celda pobrísima, obscura y llena de calaveras, pero es gran desatino pensar que hemos venido a este mundo para tener nuestro cielo en la tierra, y pasar la vida conforme a la ley de nuestros gustos y antojos. Hemos de morir: y si hemos de morir, no ha de caerse jamás de nuestra memoria el saludable recuerdo de la muerte. ¿Qué provecho ha sacado de todas las riquezas, honras y placeres de su vida, el que la termina con una mala muerte? ¿Y qué daño recibe de todos sus contratiempos, el que la acaba con santa muerte? En eso está todo el gran negocio de la vida mortal del hombre: en morir bien. 

Oración: 

Oh Dios, que ilustraste al bienaventurado Francisco, fundador de nueva orden, con el amor de la oración y de la penitencia, concede a tus siervos, que imitando su ejemplo, perseveren en la oración y domen la rebeldía de su cuerpo para merecer la gloria celestial. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 3 de junio de 2016

Santa Clotilde, reina de Francia (3 de junio)




Santa Clotilde, reina de Francia.

(† 545.)

Santa Clotilde, gloriosísima reina de Francia, fue hija de Chilperico, hermano menor de Gondebaldo, tirano rey de Borgoña que quitó la vida a él, a su mujer y a los demás hermanos suyos, por usurpar la corona. En esta lamentable tragedia sólo fueron perdonadas dos hijas de Ohilperico, de las cuales una fue nuestra santa Clotilde. Se crió en la corte de su tío y aunque se hallaba entre herejes arrianos, le deparó el Señor quién le instruyese en las cosas de la verdadera fe. Por su extraordinaria hermosura, honestidad y discreción, la pidió y alcanzó por esposa Clodoveo, potentísimo rey de Francia. Procuró ella a su vez ganar a su rey esposo para Jesucristo, persuadiéndole que dejase la vana idolatría, y aunque él prometía de hacerlo así, no lo acabó consigo hasta que una gran necesidad y aprieto ablandó y rindió su corazón: porque en una batalla que libró contra los Alemanes, siendo él muy inferior en fuerzas, levantó el corazón al cielo y dijo: "El verdadero Dios de mi mujer Clotilde me valga"; y habiendo conseguido la victoria, no solamente se bautizó como había prometido, sino que también acabó de desterrar de su reino la idolatría y levantó en París la iglesia mayor san Pedro y san Pablo, llamada después Santa Genoveva, y envió su real diadema, conocida hoy con el nombre de reino, al sumo pontífice Hormisdas, significándole por aquel presente que dedicaba su reino a Dios. Muerto el rey, se retiró su santa esposa a Tours donde pasó el resto de sus días en oraciones, vigilias, penitencias, y muchas obras de caridad y beneficencia propias de su magnífico y real ánimo. Predijo el día de su muerte un mes antes que sucediese y en su última enfermedad llamó a sus dos hijos Childeberto rey de París, y Clotario rey de Soissons, y los exhortó con santas palabras y maternal autoridad a mirar por la honra de Dios, a conservar entre sí la paz y concordia y hacer justicia y misericordia a los pobres. Recibió después con tiernísima devoción los sacramentos de la Iglesia, hizo pública profesión de fe y entregó su alma preciosa en las manos del Criador. Su cadáver fue sepultado con el de su marido el rey Clodoveo en la iglesia de santa Genoveva, e ilustró el Señor su sepulcro con muchos milagros. 


Reflexión: 

Bárbaro y gentil era el rey Clodoveo; y por las oraciones y piadosas instancias de santa Clotilde dejó la vana idolatría y abrazó la fe de nuestro Señor Jesucristo. ¡Oh! ¡cuánto valen y pueden delante de Dios las súplicas y lágrimas de una esposa, para alcanzar la conversión de su marido! Entiéndanlo bien las señoras que tienen el marido apartado de la religión y de la fe; porque si no cesan de rogar por él y de exhortarle con oportunos avisos, alcanzarán del Señor su conversión. En esto han de manifestarle principalmente su amor; porque ¿qué cosa más para sentirse y llorarse, que verse eternamente separados el uno del otro dos consortes, que mucho se amaban, por haberse salvado la mujer fiel y condenádose el marido infiel? Y ¿qué mayor ventura pueden desearse, si de veras se aman, que la de poderse unir eternamente con los más dulces e inquebrantables lazos del amor en la gloria del paraíso, donde la esposa gozará de la vista y compañía de su esposo glorioso y el esposo de la regalada presencia y conversación de su esposa glorificada, sin temor ninguno de que la muerte pueda separarlos jamás, ni de que tribulación alguna pueda menoscabar un punto su gozo y felicidad beatífica? 

Oración: 

Óyenos, oh Dios autor de nuestra salud, para que los que nos alegramos en la festividad de la bienaventurada Clotilde, seamos enseñados en el afecto de la piadosa devoción. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


jueves, 2 de junio de 2016

Santa María Ana de Jesús de Paredes (2 de junio)



Santa* María Ana de Jesús de Paredes.

(† 1645.)

La inocentísima y penitente virgen, santa María Ana de Jesús, nació de esclarecido linaje en la ciudad de Quito de la América meridional. Casi desde la cuna tomó el camino de la perfección, y se dio tanta prisa a correr por él, que al empezar, pudo parecer que acababa. Apenas tenía diez años, hizo ya los tres votos de pobreza, castidad y obediencia, que suelen hacerse en la profesión religiosa. Como oyese un día las alabanzas de aquellos tres santos mártires de la Compañía de Jesús, que en el Japón habían sido crucificados y alanceados por la fe que predicaban, encendiéndose la santa niña en vivos deseos de ganar almas a Cristo y derramar su sangre en esta demanda, dejó secretamente, como santa Teresa de Jesús, la casa de sus padres y se puso en camino para ir a la conversión de los pueblos bárbaros e idólatras: mas no pudiendo llevar a cabo su intento, se hizo en una pieza muy retirada de su casa su yermo y soledad, donde apartada de todas las cosas del mundo, pudiese vivir para solo Dios. Allí imitó la vida asperísima y penitente que leemos de los admirables anacoretas de la Tebaida. Llevaba hincada en la cabeza una corona de punzantes espinas, ceñía su delicado cuerpo con áspero silicio, se ponía piedrecillas en los zapatos, tomaba su breve descanso sobre una cruz sembrada de espinas, y afligía varias veces así de día como de noche todos los miembros de su cuerpo con inauditas invenciones de tormentos. Eran tan extraordinarios y maravillosos sus ayunos que pasaba a veces ocho y diez días sin comer más de una onza de pan duro. A pesar de este extremado rigor que usaba consigo, era tan blanda y afable con los demás, que fácilmente rendía los corazones de cuantos trataba, y los ganaba para Jesucristo; y así redujo a vida honesta y virtuosa a muchos pecadores de toda condición y estado que se hallaban encenagados en los vicios, o muy apartados del camino de su salvación. Las consolaciones y soberanos favores que recibía en su íntimo trato con Dios, no son para declararse con palabras humanas. La vieron levantada de la tierra y brillando su rostro con una luz del cielo: tuvo excelente don de profecía y discreción de espíritu, curó a muchos enfermos, y resucitó a una mujer difunta. Finalmente habiéndose ofrecido al Señor para satisfacer con su muerte por los pecados del pueblo afligido a la sazón por la pestilencia que hacía en Quito grandes estragos, a la edad de veintiséis años entregó su alma al celestial Esposo. Una maravilla del cielo se vio momentos después de espirar la purísima doncella: y fue que de su sangre cuajada brotó una blanquísima y hermosísima azucena: por cuyo soberano acontecimiento comenzaron a apellidar a la santa con el nombre de Azucena de Quito. 


Reflexión: 

¡Qué contraste forma la vida de esta santísima doncella con la que llevan las doncellas mundanas de nuestros días, ataviados con todas las invenciones de la moda y escandalizando con su inmodestia y profanidad! Pero aquella con su retiro, su modestia, su honestidad y mortificación admirable fue una gran santa, y está gozando de inefable gloria en el cielo; y ¿qué será de esas jóvenes tan vanas, distraídas, orgullosas y sensuales, tan enemigas de la verdadera piedad, y tan amigas de los placeres del mundo? 

Oración: 

¡Oh Dios! que hasta en medio de los lazos del mundo quisiste que la bienaventurada María Ana floreciese como lirio entre las espinas, por su virginal castidad y asidua penitencia; concédenos por sus méritos e intercesión, que nos apartemos de los vicios y sigamos la senda de las virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890



*Hemos reeditado el título de beata por el legítimo de santa, que le corresponde en la actualidad, dado que santa María Ana fue beatificada el 20 de noviembre de 1853 por Pío IX y canonizada el 4 de junio de 1950 por Pío XII.

miércoles, 1 de junio de 2016

San Iñigo, abad de Oña (1 de junio)



San Iñigo, abad de Oña. 

(† 1071)

San Iñigo, decoroso ornamento del orden de san Benito, nació en Calatayud, ciudad antiquísima y muy noble de la corona de Aragón. Sus padres fueron muzárabes, esto es, cristianos mezclados con los árabes, los cuales dieron a Iñigo una educación conforme a las piadosas máximas del Evangelio. Llegado el ilustre joven a edad competente, dejó su patria, sus padres y sus cuantiosos bienes, y se retiró a los montes Pirineos, donde pasó algún tiempo en la contemplación de las grandezas divinas; mas llegando a su noticia la santidad de los monjes que vivían en el célebre monasterio de san Juan de la Peña, establecido en lo alto de las montañas de Jaca, resolvió abrazar la regla de san Benito. Hecha ya su solemne profesión, cuando era amado y venerado de todos los monjes por sus eminentes virtudes, alcanzó licencia del esclarecido abad, llamado Paterno, para retirarse a un espantoso desierto de las montañas de Aragón, donde resucitó con sus austeridades las imágenes de penitencia que se leen de los solitarios de la Tebaida, de la Nitria y de la Siria; y donde atraía a gran número de gentes que se aprovechaban de sus saludables instrucciones. Mas habiendo fallecido por este tiempo el primer abad del monasterio de Oña, llamado García, y deseando el rey Sancho nombrar un digno sucesor del difunto, envió tres veces embajadores al santo para que aceptase aquel cargo, y aun pasó el mismo rey personalmente al desierto y logró al fin rendirlo y traerlo consigo a aquel monasterio. En su gobierno practicó con gran eminencia todas las virtudes del más perfecto prelado, a los pobres oprimidos pagaba sus créditos, los buscaba para mantenerlos y vestirlos, libró a muchos presos de las cárceles, redimió cautivos y obró esclarecidos milagros. Cuando le acometió su última enfermedad en un pueblo llamado Solduengo y tomó al anochecer el camino para Oña a fin de consolar a sus hijos, se le aparecieron dos ángeles en figura de dos hermosísimos niños vestidos de blanco con sus hachas encendidas, los cuales le acompañaron hasta el monasterio. En la hora de su muerte se llenó el ámbito de su celda de un resplandor celestial y se oyó una voz que dijo: Ven, alma dichosa, a gozar de la bienaventuranza de tu Señor. Se celebraron con gran pompa sus funerales, y no sólo los cristianos, sino también los judíos y los moros concurrieron a sus exequias y rasgaron sus vestiduras con grandes muestras de sentimiento. 

Reflexión: 

El abad Juan, sucesor del santo, decía de él en su oración fúnebre estas palabras: "Hemos visto, hermanos, llenos de espiritual consuelo, y entre lágrimas y sollozos como ha sido arrebatado el justo de esta vida. No habrá lugar tan remoto en el mundo, al que no haya conmovido el tránsito de nuestro santísimo padre Iñigo, ni sitio tan ajeno de religión cristiana, donde no se llore su muerte. Llora la Iglesia de haber perdido tal sacerdote, pero se alegra el paraíso habiendo recibido tan gran santo: lloran los pueblos, pero se alegran los ángeles, gimen las provincias, pero triunfan los coros celestiales en la recepción de aquel varón santísimo, que deseaba diariamente volar a ella cuando decía: ¡Cuán amables son, Señor Dios de las virtudes, tus tabernáculos! (Ps. 83)". ¡Ojalá que nuestra muerte sea también la muerte de los justos, llorada de los buenos y celebrada de los ángeles! ¡Oh, cuan prudentes y dignos de toda alabanza son los hombres que considerando como negocio principal del hombre el negocio de la virtud, emplean su vida en obrar el bien y edificar a sus semejantes! 

Oración: 

Háganos, Señor, agradables a ti, como te lo pedimos, la intercesión de san Iñigo abad, para que por su patrocinio alcancemos lo que no podemos esperar de nuestros propios méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


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