jueves, 14 de julio de 2016

San Buenaventura, obispo y doctor (14 de julio)




San Buenaventura, obispo y doctor. 

(† 1274.)

El seráfico doctor de la Iglesia san Buenaventura, nació de padres esclarecidos por su linaje en una pequeña ciudad de Toscana, llamada Bagnarea. Siendo muy niño tuvo una tan recia enfermedad, que le deshauciaron los médicos; y su madre prometió a san Francisco que, si alcanzaba la salud de su hijo, procuraría que tomase el hábito de su santa religión, como lo hizo en efecto Buenaventura a la edad de veintidós años. Hecha su profesión religiosa, tuvo por maestro en París al famosísimo Alejandro de Hales, y leyó después al maestro de las sentencias en aquella universidad, con grande aplauso, y allí tomó el grado de doctor el mismo día que lo recibió el angélico doctor de la Iglesia, santo Tomás, con el cual tuvo muy estrecha amistad, y con su humilde porfía le rindió para que se graduase primero que él. Entrando un día santo Tomás en la celda de san Buenaventura le rogó que le mostrase los libros más secretos de donde sacaba sus altísimos y divinos conceptos; entonces el santo le enseñó un crucifijo que tenía allí delante y le dijo: "Sabed que este es mi mejor libro". Otra vez lo halló santo Tomás escribiendo la vida de san Francisco, su padre, y no lo quiso estorbar, diciendo: "Dejemos al santo que trabaje por otro santo". Con esta santidad y sabiduría juntaba san Buenaventura una prudencia tan maravillosa, que siendo de sólo treinticinco años, con gran conformidad fue elegido ministro general de la orden. Por este tiempo se trasladó el cuerpo de san Antonio de Padua a una iglesia suntuosa que se le había edificado en la misma ciudad de Padua. Se halló presente a esta traslación san Buenaventura, y hallando entre los huesos de la boca, la lengua del santo tan fresca y hermosa como si estuviera vivo, con ser ya el año treinta y dos de su muerte, la tomó en sus manos el santo general, y derramando muchas lágrimas, exclamó: "¡Oh lengua bendita que siempre bendijiste a Dios y enseñaste a otros que lo bendijesen! ¡Bien muestras ahora cuán agradable le fuiste!". Y besándola con gran reverencia la mandó poner en lugar honorífico. Considerando la soberana majestad de Jesucristo sacramentado estuvo muchos días sin osar llegarse al altar, y un día oyendo misa, al tiempo que el sacerdote partía la hostia, una parte de ella se vino a él y se le puso en la boca. Muerto el papa Clemente IV, y no concertándose los cardenales en la persona que habían de elegir, dieron sus votos a san Buenaventura, para que él sólo eligiese al que le pareciese más digno de sentarse en la silla de san Pedro, y él nombró a Teobaldo, que en su asunción se llamó Gregorio X. También llevó el mayor peso de los gravísimos negocios que se trataron en el concilio de León, y poco después que el papa lo hizo allí cardenal y obispo de Albano, quiso Dios honrarlo llevándolo para sí a la edad de cincuenta y tres años. 


Reflexión: 

Los muchos y doctísimos libros que dejó escritos san Buenaventura están llenos de una doctrina celestial y de un fuego de amor divino que alumbra el entendimiento de los que los leen, y abrasa su voluntad, y penetrando hasta lo más íntimo de las entrañas, les compungen con unos estímulos de serafín, y les bañan de una suavísima dulzura de devoción. Procura pues, amado lector, traer en las manos los libros de este doctor seráfico y también los demás escritos de los santos, que en ellos está atesorada la verdadera sabiduría que alimenta, perfecciona y satisface cumplidamente el espíritu. 


Oración: 

Oh Dios, que te dignaste darnos por ministro de nuestra salvación al bienaventurado Buenaventura, concédenos que sea nuestro intercesor en el cielo el que tenemos por nuestro doctor en la tierra. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


miércoles, 13 de julio de 2016

San Eugenio, obispo de Cartago (13 de julio)




San Eugenio, obispo de Cartago.

(† 505.)


El prudentísimo y pacientísimo san Eugenio, obispo de Cartago, era un caballero seglar de esta ciudad muy estimado por su celo, discreción y piedad cristiana, cuando por voz común de todos sus conciudadanos, fue elegido y ordenado sacerdote y obispo de aquella iglesia en tiempo del cruel Hunerico, rey de los Vándalos, los cuales se habían hecho dueños y señores del África. Y aunque el santo prelado gozó de paz en los primeros tiempos de su gobierno, y era respetado de los herejes, y tan amado de los católicos, que dieran por él la hacienda y la vida, no tardó el rey Hunerico, que profesaba la secta de los arrianos, en perseguir de muerte a los fieles, y a sus venerables pastores. Y para dar algún color a su perfidia, obligó a todos los obispos a jurar que deseaban que después de su muerte le sucediese su hijo en el trono. No dudaron algunos en jurarlo, juzgando que podían con ello contentar al rey, y otros no prestaron aquel juramento, pensando que era contrario a la ley de justicia; pero el bárbaro monarca los condenó a todos, alegando que los primeros habían sido infieles a Dios, que manda no jurar; y los segundos se habían mostrado rebeldes a su príncipe. Poco después dio orden para que la persecución se hiciese general. Los sacerdotes de Cartago fueron azotados con látigos y varas, las vírgenes consagradas a Dios cruelmente atormentadas, muriendo muchas de ellas en el potro, y los obispos, y todo el clero, y muchos seglares y señores católicos fueron desterrados en número de unas cinco mil personas. Cuando el pueblo vio tan maltratados a aquellos venerables sacerdotes y al santísimo obispo Eugenio, que con ellos iba desterrado, les seguía con los ojos llenos de lágrimas, diciendo: ¿Cómo nos dejáis así desamparados para ir vosotros al martirio?, ¿quién bautizará a nuestros hijos?, ¿quién nos administrará la penitencia y la comunión?, ¿quién nos enterrará después de muertos y ofrecerá por nosotros el divino sacrificio? Habiendo fallecido ya aquel cruel rey de los Vándalos, tornó el varón de Dios a su diócesis, pero fue desterrado de nuevo por Trasimundo a las Galias, y haciendo vida solitaria cerca de Albi escribió algunos libros contra los errores de los herejes, hasta que consumido de trabajos descansó en el Señor. También murió en el destierro todo el clero de Cartago, compuesto de unos quinientos sacerdotes y diáconos y de muchos niños que eran cantores de aquella iglesia, y con ellos el santo arcediano llamado Salutario, y Murita, que era el segundo de aquellos sagrados ministros, los cuales habiendo sido puestos por los herejes tres veces en el tormento, perseveraron constantes en la verdadera fe de la iglesia católica y merecieron la corona inmortal de confesores de Jesucristo. 


Reflexión: 

¿Has reparado sin duda en el castigo que dio el bárbaro Hunerico así a los que trataron de contentarle a él, como a los que sólo quisieron contentar y estar bien con Dios? Cumplamos pues las obligaciones de conciencia sin respetos humanos, porque hasta los malos echan a mala parte lo que se hace por complacerles contra la conciencia, y violando la ley del retorno vuelven mal por bien. Mas Dios, es fidelísimo, y si hacemos su santidad voluntad, aun a costa de las persecuciones de los malvados, no seremos confundidos, sino más dignos del respeto y admiración de los hombres, y de la alabanza y gran recompensa de Dios. "Bienaventurados, dice Jesucristo, los que padecen por la justicia, porque es grande su galardón en el reino de los cielos".


Oración: 

Dígnate, Señor, oír nuestras oraciones en la solemnidad de tu bienaventurado confesor y pontífice Eugenio, y perdona nuestros pecados, por los méritos e intercesión de este santo que te sirvió tan dignamente. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 12 de julio de 2016

San Juan Gualberto, fundador (12 de julio)



San Juan Gualberto, fundador. 

(† 1073)

El venerable fundador de la orden de Valleumbrosa, san Juan Gualberto, nació en Florencia, y se convirtió de la vanidad del siglo a la perfección evangélica por un caso notable que le sucedió, y fue de esta manera. Tenía Juan un padre que se llamaba como él, Gualberto, y era valiente y bravo soldado, el cual traía enemistad con un hombre que injustamente había muerto a un pariente suyo, y para vengarse, lo pretendía matar: y Juan acudía a la voluntad de su padre y andaba en los mismos pasos y cuidados. Un día, yendo a Florencia él y otro criado bien armados, topó acaso a aquel su enemigo, desarmado, y en un paso tan estrecho que no se podía huir ni escapar. Se turbó aquel pobre hombre, y echándose a los pies de Juan con gran humildad, le pidió por amor de Jesucristo crucificado que lo perdonase y le diese la vida. Fue tanto lo que se enterneció Juan oyendo el nombre de Jesucristo crucificado, que luego levantó del suelo a su enemigo, lo abrazó, lo perdonó y dijo que estuviese seguro. Partió pues aquel pobre hombre consolado, y Juan siguió su camino, y entró en una iglesia, donde poniéndose a hacer oración delante de un crucifijo que allí estaba, vio claramente que el crucifijo le inclinó la cabeza como quien le hacía gracias por su caridad. Quedó Juan confuso por este regalo del Señor, y determinó abrazarse con Cristo crucificado. Para esto pidió al abad de san Miniato de Florencia el hábito de san Benito, y fue tal el ejemplo de santidad que dio a los monjes, que fallecido el abad, todos pusieron los ojos en Juan para hacerle su prelado: mas él no lo consintió por su humildad, y como se alzase con el gobierno un monje que turbaba la paz del monasterio, el santo partió con un compañero para buscar otro lugar donde con más quietud pudiese servir a Dios. Vino pues a un valle que por la espesura de los árboles se llama Valleumbrosa, y está en la provincia de Toscana, y allí por inspiración del Señor hizo su morada, y en aquel sitio se formó un grande y numeroso monasterio, debajo de la regla de san Benito, aunque con algunas constituciones propias y particulares de nuestro santo. Lo favoreció el Señor con su gracia y con dones de milagros y profecías, y después de haber edificado otros monasterios y resucitado en ellos el primitivo espíritu de san Benito, gobernándolos santísimamente por espacio de veintidós años, a los setenta y cuatro de edad, dio su espíritu al Señor. 


Reflexión: 

Después de haber leído la caridad que usó san Gualberto con su enemigo mortal, no quisiera, amado lector, que conservases en tu corazón algún maligno rencor y deseo de venganza. No trates acaso de manchar tus manos con la sangre del que te ofendió y perjudicó, ni aun tal vez de delatarlo a un tribunal en demanda de justicia. Pues ¿qué provecho sacarías de maldecirlo y desearle la muerte o alguna desgracia? ¿Podrías con este odio acarrearle algún grave mal? No: el mal recaería sobre de ti, porque con esos malditos rencores no harías más que llenar tu conciencia de pecados. Sacrifica pues generosamente por amor de Cristo crucificado todos tus odios y resentimientos y dile con todo el corazón (y no solamente con los labios) aquellas palabras del Padre nuestro: Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que nos haga recomendables ante tu divino acatamiento la intercesión del bienaventurado Gualberto, abad, para que consigamos por su protección lo que no podemos alcanzar por nuestros méritos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

lunes, 11 de julio de 2016

San Pío I, papa y mártir (11 de julio)



San Pío I, papa y mártir.

(† 167)


San Pío, primero de este nombre, glorioso pontífice y mártir de Cristo, fue natural de la ciudad de Aquileya e hijo de Rufino, el cual después de haberle instruido en la fe cristiana, lo envió a Roma para que saliese bien enseñado en las letras humanas y divinas. Es opinión de muchos que el papa Higinio lo consagró después por obispo, y repartió con él la solicitud pastoral de toda la Iglesia. Habiendo aquel santo pontífice alcanzado la gloriosa palma del martirio, vacó la Sede apostólica solos tres días, porque era muy crecido en Roma el número de los santos, (que así se llamaban los fieles): los cuales después de emplear aquellos tres días en ayunos, vigilias y oraciones, eligieron por voz común a san Pío, y lo nombraron vicario de nuestro Señor en la tierra. Ordenó muchas cosas de gran utilidad para la santa Iglesia: Señaló las penitencias que habían de hacer los sacerdotes que fuesen negligentes en administrar el santísimo Sacramento; mandó que fuesen inviolables las heredades de las iglesias, y que no se consagrasen las vírgenes que profesan perpetua continencia hasta tener veinticinco años. Hizo un decreto por el cual mandaba que la santa Pascua se celebrase siempre en domingo como lo habían instituido los apóstoles; consagró en Roma las Termas Novacianas a honor de santa Potenciana; anatematizó a los infernales heresiarcas Valentín y Marción, y escribió varias epístolas, en las cuales resplandece la santidad y celo de este venerable pontífice. En una de ellas que escribió a Justo (a lo que parece obispo de Viena), le dice: "Ten cuidado de los cuerpos de los santos mártires, como de miembros de Cristo, que así lo tuvieron los apóstoles del cuerpo de san Esteban. Visita a los santos que están en las cárceles, para que ninguno se entibie en la fe. Los clérigos y diáconos te respeten y reverencien, no como a mayor sino como a ministro de Jesucristo. Todo el pueblo descanse, y sea amparado y defendido con tu santidad. Quiero que sepas, compañero dulcísimo, que Dios me ha revelado que tengo de acabar presto los días de mi peregrinación: sólo te ruego que estés firme en la unión de la Iglesia, y que no te olvides de mí. Todo el senado y compañía de los sacerdotes y ministros de Cristo que está en Roma, te saluda, y yo saludo a todo el colegio de los hermanos en el Señor, que están contigo". Todo esto es de san Pío, el cual después de haber acrecentado mucho la Iglesia de Dios con su celestial espíritu y gobierno, fue delatado, y cargado de cadenas, y muerto por la fe de nuestro Señor Jesucristo, como tantos otros pontífices de los primeros siglos de la Iglesia. 


Reflexión: 

Para que veas la reverencia que has de tener al santísimo Sacramento, lee las graves penas que puso san Pío a los sacerdotes que por su negligencia derramasen alguna parte del vino consagrado: "Si cayere, dice, la sangre de Cristo en el suelo, hagan penitencia por espacio de cuarenta días; si en los corporales, por tres: si penetró hasta el primer mantel, por cuatro; por nueve si llegó al segundo; y por veinte si caló hasta el tercero. En cualquier parte donde cayere, séquese todo lo que hubiese mojado; si esto no se pudiese, lávese con cuidado o raígase; y recogiendo todo lo lavado o raído, quémese y échense las cenizas en la piscina". Considera pues con qué devoción y pureza de alma y cuerpo, se ha de recibir este divino sacramento, que con tanto cuidado se ha de tratar. 


Oración: 

Atiende, oh Dios todopoderoso, a nuestra flaqueza, y alivíanos del peso de nuestros pecados, por la intercesión de tu bienaventurado mártir y pontífice Pío. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890



domingo, 10 de julio de 2016

Los siete hijos mártires de santa Felicitas (10 de julio)



Los siete hijos mártires de santa Felicitas.

(† 165)


Siendo emperador Marco Aurelio Antonino, hubo en Roma una santa viuda llamada Felicitas, noble en linaje y más ilustre en piedad, que tenía siete hijos. Había hecho voto de castidad, se ejercitaba en oraciones y obras de misericordia, y con sus palabras y el ejemplo de su vida, movía a muchos de los gentiles para que se hiciesen cristianos. Por esta causa algunos sacerdotes de los ídolos concibieron gran saña contra ella y contra sus hijos y procuraron con el emperador que los mandase prender. Se remitió la causa a Publio, prefecto de la ciudad, el cual llamando aparte a la madre, la rogó que sacrificase a los dioses del imperio, y que no lo obligase a usar de rigor con ella y con sus hijos. A lo cual respondió Felicitas: "No pienses, oh Publio, que con tus blandas palabras me podrás ablandar, ni con tus amenazas me podrás rendir; porque tengo en mi favor el espíritu de Cristo, y viva o muerta te venceré". A esto respondió el prefecto: "¡Desventurada de ti! Y ¿has de permitir que hasta tus hijos mueran a mis manos?" "Mis hijos, dijo Felicitas, muriendo por Jesucristo vivirán para siempre". Y como al siguiente día, estando el tribunal en la plaza del templo de Marte, fuese traída a juicio la madre con los siete hijos, y el juez les persuadiese que sacrificasen a los dioses: volviéndose a ellos la madre les dijo: "Mirad, hijos míos, al cielo, en donde os está Cristo esperando con todos sus santos; pelead valerosamente por vuestras almas, y mostraos fieles y constantes en el amor de Jesucristo". El tirano oyendo estas palabras se embraveció y mandó dar a la madre muchas bofetadas en el rostro, porque en su presencia daba tales consejos a sus hijos; y llamando luego delante de sí al mayor de ellos, que era Jenaro, y usando todo su artificio, para atraerlo a la adoración de los ídolos, no lo pudo conseguir; por lo cual lo mandó desnudar y azotar crudamente y llevarlo a la cárcel. Por este mismo orden llamó uno a uno a los siete hermanos, y como viese en todos la misma constancia y resolución, después de haberlos castigado con muchos azotes, los echó en la cárcel, y dio aviso al emperador de lo que pasaba. El emperador ordenó que con diferentes géneros de muerte les quitasen la vida, y ejecutándose este impío mandato, Jenaro, siendo azotado gravísimamente y quebrantado con plomadas, dio su espíritu al Señor; Félix y Felipe fueron molidos a palos; Silvano murió despeñado; Alejandro, Vidal y Marcial fueron descabezados: y la madre santa Felicitas, también fue martirizada al cabo de cuatro meses, y su martirio celebra la santa Iglesia el 23 de noviembre.


Reflexión: 

De esta santa heroína de la fe y de sus hijos dice san Gregorio en una homilía estas palabras: "La bienaventurada santa Felicitas, creyendo, fue sierva de Cristo, y predicándole, madre de Cristo: porque teniendo ella siete hijos, de tal manera temió dejarlos vivos en el mundo, como los otros padres carnales suelen temer que se mueran. No me parece que hemos de llamar a esta mujer mártir, sino más que mártir, pues habiendo enviado delante de sí siete hijos al cielo, a la postre vino después de ellos a recibir la corona del martirio". Todo esto es de san Gregorio. ¡Pluguiera al Señor que todas las madres cristianas tuvieran este espiritual amor a sus hijos, deseándoles y procurándoles ante todo la eterna salvación!

Oración:

Concédenos, oh Dios omnipotente, que los que celebramos la fortaleza de tus invictos mártires en la confesión de tu fe, experimentemos la eficacia de su intercesión. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 9 de julio de 2016

San Efrén, diácono y confesor (9 de julio)



San Efrén, diácono y confesor. 

(† 379.)

Uno de los más esclarecidos doctores de la Iglesia de Siria fue san Efrén, el cual nació en la ciudad de Nisibe y fue hijo de padres labradores, pero ilustres por la confesión de la fe y por la sangre de los santos mártires, que honraron su cristiana familia. Se crió con tan gran inocencia, que en el libro de su Confesión no se acusa más que de dos culpas de su niñez: fue la una haber echado a correr por los montes tras una vaca de un vecino suyo, la cual se perdió y fue devorada por las fieras; la otra, haber puesto una vez en duda que todas las cosas anduviesen ordenadas por la Providencia divina. Se retiró al yermo; mas habiéndole mostrado el Señor que quería servirse de él para bien de muchos, pasó a la ciudad de Edesa, donde fue ordenado de diácono, y aunque más tarde quería el glorioso san Basilio hacerle sacerdote, nunca pudo acabar con él que aceptase aquella dignidad. Supo otra vez que venían para hacerlo obispo y comenzó él a fingirse loco y hacer visajes en la plaza, andando aprisa y corriendo por las calles, y rasgando sus vestiduras, y comiendo delante de todos, para que lo dejasen y menospreciasen los que querían encomendarle el gobierno de la Iglesia. Era elocuentísimo predicador de Jesucristo, y convirtió a la fe gran número de idólatras y herejes: y de una disputa que tuvo con Apolinar, salió aquel famoso hereje tan atajado y corrido, que no supo decir palabras, y con tan gran tristeza y angustia de corazón, que le dio una enfermedad de que llegó a las puertas de la muerte. Tenía también el glorioso san Efrén unas entrañas muy blandas con los pobres, y en una grande hambruna que en su tiempo afligió mucho a la ciudad de Edesa, viendo que perecían muchos pobres y que los ricos apretaban la mano y los dejaban morir, los reprendió gravemente, y con las limosnas que recogió armó trescientas camas para los enfermos, vistió a los desnudos y dio de comer a los hambrientos. Y para que no faltase el alimento espiritual de las almas, escribió muchos libros en lengua siriaca, los cuales eran tan estimados que, como dice san Jerónimo, se leían públicamente en algunas iglesias después de la Sagrada Escritura. Son todas las obras de esta santo Padre muy espirituales, y en ellas resplandece su gran ingenio y su elocuencia singular, y sobre todo un espíritu celestial y soberano, suave, eficaz, blando y fervoroso de que Dios le había dotado. Finalmente estando ya para morir escribió aquella admirable exhortación llena de santísimos documentos, llamada el Testamento de san Efrén, y encomendó encarecidamente que no le enterrasen con vestidura preciosa, ni en sepulcro, ni en templo, sino en el cementerio de los pobres y peregrinos: mas el Señor tomó por su cuenta el honrarle y hacer su nombre inmortal y glorioso en toda la universal Iglesia. 


Reflexión: 

Poseemos en la Iglesia católica tal abundancia de libros escritos por autores doctísimos y santísimos, que es para alabar a Dios. Su profunda sabiduría asombra al ingenio humano y el olor de santidad que se percibe en su lectura, reanima al lector más aletargado por el frío de la duda, o la ponzoña del error y de los vicios. Pues ¿por qué no se han de leer tan buenos libros que dan luz y calor, y sanidad perfecta al espíritu? ¿Por qué se han de leer libros malos que le llenan de tinieblas y de frío glacial, y lo sumen en un letargo de muerte? 


Oración: 

¡Oh Dios! que nos alegras en la anual solemnidad de tu bienaventurado confesor san Efrén, concédenos propicio, que imitemos las buenas acciones de aquel santo cuyo nacimiento para el cielo celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 8 de julio de 2016

Santa Isabel, reina de Portugal (8 de julio)



Santa Isabel, reina de Portugal.

(† 1336.)

La gloriosa reina de Portugal doña Isabel, espejo de reinas y vivo retrato de princesas casadas, fue hija de don Pedro, tercero de este nombre, noveno de Aragón, y de la reina doña Constancia, y nació reinando en Aragón su abuelo don Jaime, llamado el Conquistador. Desde la edad de ocho años rezaba el oficio divino, y a la edad de once la pidió y consiguió por mujer don Dionisio, rey de Portugal. No se envaneció ella por verse sentada en el trono, antes acrecentó los ejercicios de oración y de caridad que en casa de sus padres le habían enseñado. Era muy templada en el comer, modesta en el vestir, benigna en el conversar, y en gran manera dada al divino servicio. Por la mañana rezaba maitines y oía misa cantada en su capilla, que tenía muy adornada de ricos y preciosos ornamentos, y mucho más de virtuosos capellanes y excelentes cantores, y cada día iba a ofrecer en la misa al tiempo que cantaban la ofrenda, y puesta de rodillas besaba la mano al sacerdote y recibía su bendición. Labraba con sus damas cosas que sirviesen al culto divino, socorría a las doncellas pobres y huérfanas y ponía a muchas en estado, porque no corriese peligro su castidad: visitaba a los enfermos, y los curaba con sus propias manos sin asco ni pesadumbre, y el Jueves Santo lavaba los pies a algunas mujeres pobres y con grande devoción se los besaba. No se hacía iglesia, hospital, puente u otra cosa en beneficio público, a que ella no extendiese la mano. En Santarén puso en perfección el hospital de los inocentes; en Coimbra junto a sus palacios reales edificó el de los pobres enfermos; en la villa de Torresnovas el recogimiento para las mujeres arrepentidas. Fue el rey su marido en su mocedad liviano con gran deshonor suyo y agravio de la santa, mas ella lo llevó todo con tan grande paciencia que rindió el corazón del rey, y le sacó de aquel mal estado, y cuando su hijo el príncipe don Alonso se armó contra su mismo padre, y estaban los dos con ejércitos para darse batalla, sólo la santa logró ponerles en paz y restituir la paz a todo el reino. En la hora que el rey su marido falleció se recogió ella a un aposento, y se cortó los cabellos y se vistió el hábito de santa Clara; acompañó el cadáver al monasterio de monjas de san Bernardo, en que el rey se había mandado enterrar, y habiendo estado allí tres meses, partió a pie en romería para Santiago e hizo al santo apóstol una ofrenda riquísima de muchas piezas de oro, piedras preciosas, sedas y brocados. Finalmente después de una vida tan santa fue visitada en su muerte por la Reina de los ángeles, y diciendo aquellas palabras: "María, madre de gracia y madre de misericordia, defiéndenos tú del maligno enemigo y recíbenos en la hora de la muerte dio su alma al Creador". 


Reflexión: 

La santa y piadosísima doña Isabel, supo juntar con la grandeza y majestad de su estado, la pequeñez y humildad de Cristo. Por estas raras virtudes mereció ser tenida y reverenciada por santa, no solamente en su tiempo, sino también en todos los siglos posteriores; para que las grandes señoras se miren en ella como en un clarísimo espejo, y conformen su vida con la de la santa; y las mujeres de más baja condición se corran, considerando que no hacen ellas lo que hizo tan gloriosa reina. 


Oración: 

Oh clementísimo Dios, que entre otros dones con que enriqueciste a la santa reina Isabel, la favoreciste con la gracia singular de aplacar el furor de las guerras; concédenos por su intercesión la paz de esta vida mortal, que humildemente pedimos, y después los dichosos gozos de la eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

jueves, 7 de julio de 2016

San Panteno, padre de la Iglesia (7 de julio)



San Panteno, padre de la Iglesia.

(† 212.)

El sapientísimo y apostólico doctor de la Iglesia san Panteno, a quien san Clemente de Alejandría llama por su elocuencia la Abeja siciliana, fue natural de Sicilia, y antes de convertirse a la verdadera fe profesaba la filosofía en la secta de los estoicos. Mas habiendo conversado y trabado amistad con algunos cristianos, quedó tan enamorado de la doctrina de Jesucristo que le enseñaron que, dando de mano a las supersticiones de los falsos dioses y a los libros de la humana filosofía, abrió los ojos a la luz de la fe y abrazó de todo corazón la sacrosanta ley del Evangelio. Después de su conversión, estudió con gran cuidado las divinas Escrituras, conferenciando sobre ellas con algunos varones virtuosos y eruditos que habían sido discípulos de los santos apóstoles; y pasando luego a la ciudad de Alejandría se hizo discípulo de los que lo habían sido del Evangelista san Marcos, y enseñaban en aquella famosa escuela Alejandrina, la doctrina misteriosa del Hijo de Dios Escuchaba en silencio sus lecciones, ocultaba con tan rara modestia y humildad sus grandes talentos, que costó harto trabajo a sus maestros el descubrirlos; hasta que el año 179, por voz común de todos fue nombrado maestro de aquella cátedra, en la cual por espacio de muchos años explicó la filosofía de las divinas Escrituras con gran aplauso y reputación de sabiduría. Porque fue en efecto san Panteno el primer maestro cristiano de su siglo, y glorioso padre y doctor de la Iglesia, y como enseñaba con excelente método, atraía de muchas y lejanas tierras numerosos discípulos, los cuales, viendo la gran ventaja que hacía aquella doctrina del cielo a las de los otros filósofos, abrazaban la fe cristiana, y pregonaban por todas partes la admirable sabiduría de su maestro. Los cristianos de la India, que venían a Alejandría para entender en sus negocios, le enviaron un mensaje, rogándole que fuese a su país a confutar a los doctores brachmanes, y el santo vencido de sus ruegos, dejó por algún tiempo su escuela, y se encaminó a aquellas apartadas regiones: y Demetrio, obispo de Alejandría, confirmó su misión y lo nombró predicador del Evangelio en las naciones del oriente. Refiere Eusebio que san Panteno vio sembrada ya en aquellas Indias alguna semilla de la fe, y halló un libro del Evangelio de san Mateo escrito en lengua hebrea, que había dejado allí san Bartolomé, apóstol del Señor, y que san Panteno lo trajo a Alejandría, después de haber evangelizado con gran fruto a los indios durante algunos años. Finalmente, mientras el glorioso doctor san Clemente gobernaba la célebre escuela pública de Alejandría, su maestro san Panteno, que era ya de edad muy avanzada, continuó todavía leyendo algunas lecciones privadamente, hasta que lleno de méritos y virtudes, en el reinado del emperador Caracalla acabó la peregrinación de su vida gloriosa. 


Reflexión: 

Utilísima es a la Iglesia de Dios la profunda sabiduría de los sagrados doctores, no porque nuestra sacrosanta fe tenga necesidad de filósofos que demuestren su divina verdad, porque la Religión católica no es alguna teoría o sistema filosófico, sino un acontecimiento histórico público y notorio a más no poder: sino porque los santos doctores enseñan la doctrina cristiana en toda su pureza, y como la recibieron de mano de los apóstoles y discípulos de Jesucristo, y la defienden contra todos los herejes y filósofos libertinos. 


Oración: 

¡Oh Dios! que nos alegras con la anual solemnidad de tu confesor san Panteno, concédenos propicio, que imitemos las virtuosas acciones de aquel santo cuyo nacimiento para el cielo celebramos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


miércoles, 6 de julio de 2016

San Goar, presbítero y confesor (6 de julio)



San Goar, presbítero y confesor. 

(† 575)


El ejemplarísimo presbítero san Goar fue francés de nación, de la provincia de Gascuña: su padre se llamó Jorge y su madre Valeria, personas por sangre ilustres. Desde niño fue muy bien inclinado, de amable aspecto, humilde, honesto y dado a todas las obras de virtud. Habiéndose ordenado de presbítero, determinó dar de mano a todas las cosas de la tierra, y se fue a un lugar del obispado de Tréveris, que se llamaba Wochara, donde hizo una iglesia con licencia del obispo Félix y colocó en ella algunas reliquias de los santos. En este lugar vivió muchos años, dándose a la oración, ayunos y penitencia, y a ejercitar la hospitalidad con los pobres y peregrinos. Había aún muchos gentiles en aquella tierra, los cuales con la vida tan ejemplar y con la predicación y milagros del santo presbítero se convirtieron a la fe. Echaba los demonios de los cuerpos, daba vista a los ciegos, pies a los cojos, y sanaba a muchos dolientes de varias enfermedades. Dos criados del obispo, que se llamaba Rústico, le acusaron delante de su amo, diciéndole que era hipócrita y embustero, e interpretando muy mal las honestas acciones y obras de caridad que hacía, albergando a los peregrinos. Mas cuando el obispo mandó venir al santo delante de sí, y vio que un niño de pecho de solos tres días habló volviendo por la honra del varón de Dios, quedó tan corrido y confuso de haber sido tan fácil en creer lo que falsamente le habían dicho, que echándose a los pies del santo se encomendó con lágrimas en sus oraciones. Llegó la fama de tan excelente virtud al rey Sigiberto, el cual tomó todos los medios que pudo para persuadir al venerable presbítero que aceptase el obispado de Tréveris, porque quería dar con ello satisfacción a todo el pueblo que lo deseaba y se lo suplicaba. Mas no pudo el príncipe acabar con el santo que recibiese aquella dignidad; y habiéndole dado veinte días de término para recogerse y hacer oración sobre ello, se encerró el siervo de Dios en su celda, y postrado en el suelo delante del acatamiento del Señor, llorando arroyos de lágrimas le suplicó afectuosamente que no permitiese que el rey saliese con su pretensión. Lo oyó el Señor, enviándole una calentura que lo fatigó siete años gravemente y de manera que no pudo ya salir de su retiro, ni ver más al rey. Finalmente, labrada aquella bendita alma del siervo de Dios, y purificada como el oro con tan larga y penosa dolencia, acabó el curso de su peregrinación y pasó a recibir el premio de sus heroicas virtudes en el eterno descanso. El sagrado cuerpo fue sepultado en la misma iglesia que había edificado el piadosísimo varón para honrar las reliquias de los santos. 


Reflexión: 

Si los santos honran con tanta reverencia las reliquias de los santos, ¿no es razón que nosotros pobres pecadores, las honremos con la misma veneración y acatamiento? Son ellos grandes amigos de Dios, príncipes del cielo, cortesanos del palacio divino, abogados e intercesores nuestros, que tienen muchas gracia y cabida con la divina Majestad; y esas sagradas reliquias de sus cuerpos son honradas de Dios, con soberanos prodigios, y han de resucitar con todas las dotes de gloria y participar de la eterna felicidad de sus almas. Adorémoslas pues con mucha devoción, pidiendo a los santos que nos alcancen por sus méritos la gracia de gozar en cuerpo y alma de su gloriosa compañía. 

Oración: 

Oye, Señor, favorablemente las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu confesor, el bienaventurado Goar, para que los que no confiamos en nuestra justicia, seamos favorecidos por los Merecimientos de aquel santo, que fue tan agradable a tus divinos ojos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

martes, 5 de julio de 2016

San Miguel de los santos (5 de julio)



San Miguel de los santos. 

(† 1625.)


El seráfico siervo de Cristo crucificado, san Miguel de los santos fue natural de Vich, en Cataluña, a donde poco antes se había trasladado su padre, que ejercía el oficio de escribano en la villa de Centellas. Tenía el asombroso niño Miguel seis años no cumplidos, cuando abrasado del amor de Cristo se encaminó con otro niño hacia Montseny, con propósito de hacer en aquellas asperezas una vida penitente y solitaria. Al hallarlo su padre en una cueva, hincado de rodillas y orando con muchas lágrimas, le preguntó por qué lloraba; y el niño respondió: "Lloro por la pasión de nuestro Señor Jesucristo"; y preguntándole también cómo pensaba sustentarse en aquella soledad, respondió que Dios lo alimentaría como alimentaba a otros santos. Tomándole el padre de la mano lo volvió a su casa, donde comenzó a ayunar la cuaresma, las vigilias y los miércoles, viernes y sábados de cada semana; ponía los pies desnudos sobre la nieve, se disciplinaba todas las noches, y llevaba en el pecho una cruz de madera atravesada con tres clavos, que traía hincados en las carnes. Terminados los primeros estudios de las letras humanas y siendo de doce años fue a Barcelona, donde recibió el hábito de los Trinitarios calzados, místicamente el corazón, dándole Jesucristo el suyo de una manera inefable. Eran tan frecuentes sus éxtasis seráficos que se arrobaba predicando, diciendo misa, orando, en el templo, en las visitas y en las calles. Lo vieron muchas veces elevado todo el cuerpo en el aire, especialmente al celebrar la misa, y teniendo el que se la ayudaba curiosidad de medir la altura, pues los arrobamientos duraban un cuarto de hora, halló que estaba elevado más de media vara del suelo. Finalmente llegado el tiempo en que el Señor quería trasladar este serafín humano al paraíso, después de haber asombrado al mundo con sus extraordinarias virtudes, lo llevó para sí el segundo día de Pascua de Resurección a la edad de treinta y tres años. 


Reflexión: 

Oye y asienta en tu alma lo que solía decir este mismo santo, maravillándose de que hubiese hombres que no amasen a Dios. "¡Oh, hijos de Adán!,—exclamaba,— ¿Es posible que haya hombres que no quieran amar a Dios? ¡Oh si las almas conocieran aquella suma bondad, cómo no la ofendieran, antes se abrasaran en su amor! ¡Oh! ¡si experimentaran la suavidad de Dios, cómo se morirían todos de amor por El!" Tal es el secreto y verdadera causa de la vida asombrosa de los santos. 


Oración: 

¡Oh Dios misericordioso! que te dignaste adornar al bienaventurado Miguel, tu confesor, con maravillosa inocencia y admirable caridad, concédenos por su intercesión, que libres de los vicios, y encendidos en tu amor, merezcamos llegar a gozarte. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890


lunes, 4 de julio de 2016

San Laureano, arzobispo de Sevilla y mártir (4 de julio)



San Laureano, arzobispo de Sevilla y mártir. 

(† 544.)

El portentoso san Laureano, arzobispo de Sevilla y glorioso mártir de Cristo, nació de padres nobles en la provincia de Fannoma que ahora llamamos Hungría. Dejo su patria siendo de poca edad, y fue a Milán donde por misericordia del Señor se hizo cristiano, recibiendo el bautismo de manos del obispo Eustorgio II, y ordenándose de diácono a la edad de treinta y cinco años. Pasó después a España, guiado por la Providencia, para resistir con su predicación y doctrina a los herejes arrianos que eran muy poderosos y señores de la nación, y perseguían a los católicos. Muriendo en esta sazón Máximo, arzobispo de Sevilla, por la malicia de los herejes, estuvo vacante aquella cátedra por espacio de dos años, hasta que por común voto de los prelados sufragáneos fue elegido para aquella dignidad el varón de Dios san Laureano, el cual gobernó diecisiete años aquella Iglesia. Mas como los herejes levantasen en Sevilla una gran persecución contra el santo arzobispo y el mismo rey Theudes que injustamente ocupaba el trono, enviase gente que le matasen, el santo avisado de todo por un ángel, dijo misa, convocó al pueblo hizo un largo sermón, y tomando después su báculo rodeó parte de la ciudad, llorando y dando voces diciendo: "Haced penitencia, y mirad que está Dios enojado y tiene levantado el brazo para heriros". Y en efecto, poco después fue reciamente castigada de Dios aquella ciudad con sequedad, hambre y pestilencia. Saliendo desterrado de ella el santo obispo, en el camino sanó a un ciego; entró en un navío y aportó a Marsella, donde resucitó a un hijo de un hombre principal. De allí pasó a Italia y llegó a Roma, sanando muchos enfermos. En Roma visitó al sumo pontífice y se consoló con él; dijo misa de pontifical delante del papa el día de la Cátedra de san Pedro, y allí sanó a un viejo que desde niño estaba tullido de pies y manos. Partió después para visitar el cuerpo de san Martín, en Francia, y tuvo revelación que venían por parte del rey Totila algunos soldados con el fin de quitarle la vida. No se turbó el santo, ni se congojó, antes encendido de amor del Señor y deseoso del martirio, salió a buscarlos, y encontrándose con ellos en un campo raso, y siendo conocido de ellos, dieron en él y le cortaron la cabeza. La tomaron y la llevaron al tirano, el cual cuando la vio y supo lo que había pasado, la envió a Sevilla, y con su entrada respiró aquella ciudad y cesó la sequedad, hambre y pestilencia con que había sido azotada y afligida del Señor por sus pecados. El cuerpo del santo sepultó Eusebio, obispo de Arles, en la iglesia de la ciudad de Bourges: y el Señor glorificó su sepulcro con innumerables prodigios. 


Reflexión: 

Te parecerán crueles y ajenos de toda humanidad aquellos reyes Theudes y Totila que perseguían de muerte a un varón tan santo y adornado con el don de milagros y profecía como el glorioso san Laureano; pero más extraña que la fiereza de aquellos bárbaros parece, sin duda, la guerra que hacen a nuestra santísima religión los incrédulos y libertinos de nuestros tiempos. Porque a pesar de saber muy bien que a ella se debe principalmente la civilización del mundo, la aborrecen entrañablemente y quisieran exterminarla de la tierra: ¿No es esta guerra propia de bárbaros, o de gentes enemigas de Dios y del linaje humano? 

Oración: 

Concédenos, oh Dios omnipotente, que en la venerable solemnidad del bienaventurado san Laureano, tu confesor y pontífice, se acreciente en nosotros el amor de la virtud y el deseo de nuestra salvación. Por Jesucristo, nuestros Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

domingo, 3 de julio de 2016

San Ireneo y santa Mustióla, mártires (3 de julio)



San Ireneo y santa Mustióla, mártires.

(† 275)

En el tiempo del emperador Aureliano era Turcio procónsul en la ciudad de Clusi, en la Toscana o Etruria; y ejecutando el edicto imperial contra los cristianos en la ciudad de Sutri, el primero que llamó a su tribunal fue el santo presbítero Félix, ordenando que lo sacasen fuera de la ciudad, y que lo apedreasen hasta que acabase la vida, como así sucedió. Tomó secretamente el cuerpo despedazado de aquel santo mártir el fervoroso cristiano san Ireneo y habiéndolo sepultado junto a los muros de la ciudad, llegó la noticia de esta obra piadosa a los oídos del cruel Prefecto, por lo cual lo mandó prender, y cargándole de cadenas lo hizo venir siguiendo su carroza hasta la ciudad de Clusi donde lo puso en la cárcel con otros muchos cristianos presos. Una doncella y señora rica llamada Mustióla, que era prima hermana del príncipe Claudio, visitaba con frecuencia a aquellos fidelísimos soldados de Jesucristo, y con su hacienda y favor socorría sus necesidades y los regalaba cuanto podía. Dieron cuenta a Turcio de la gran caridad que la ilustre y santa virgen usaba con los cristianos presos; por lo cual este bárbaro juez la mandó prender, sin reparar en su gran nobleza. Entonces con el fin de poner espanto y terror a los cristianos de la ciudad, hizo degollar en un solo día a todos los que tenía cargados de prisiones en la cárcel, dejando solamente con vida a san Ireneo, en el cual quiso ejecutar todos los artificios de su crueldad para amedrentar y rendir, si fuera posible, el ánimo valeroso de aquella santa doncella. Mandó pues que a su vista colgasen en el potro a Ireneo, y que en aquella máquina le descoyuntasen los miembros, le despedazasen con uñas aceradas, y pusiesen fuego debajo, hasta que sin quitarle del tormento perdiese la vida. Lo hicieron así los inhumanos verdugos, cebándose en la sangre de aquel fortísimo mártir de Cristo con extraña crueldad, por echar de ver que ni conseguían quebrantar su constancia y espíritu admirable, ni hacer mella en el pecho de la gloriosa virgen que estaba presente a aquel horrible martirio. Luego que el mártir acabó su vida mortal, mandó el impío juez que azotasen rigurosamente a la santa virgen con cordeles emplomados, hasta que ella se rindiese, o acabase la vida; lo cual ejecutaron los mismos sayones que habían martirizado a san Ireneo, y en este suplicio murió aquella castísima esposa del Señor, siguiendo en la gloria del cielo al que había sido ejemplo de su fortaleza en el martirio. Los dos sagrados cuerpos enterró cerca de los muros de la misma ciudad de Clusi, Marcos, varón cristiano y religioso, donde hoy tienen un suntuoso templo, y hacen continuos milagros, con que es Dios en ellos glorioso, como siempre en sus santos. 


Reflexión: 

Observa en estos martirios cómo la piedad cristiana que usó san Ireneo sepultando el santo cuerpo del glorioso mártir san Félix, le ganó al instante la insigne corona del martirio; y la caridad que la gloriosa virgen santa Mustióla tuvo con los mártires encarcelados, fue asimismo premiada con la misma corona. ¡Oh, qué grande es la recompensa de las obras de caridad! Si las haces en favor de los santos, participas del mérito de su santidad; si las haces en alivio de los enfermos, participas del mérito de su paciencia; y siempre que haces bien a tu prójimo necesitado, mereces la recompensa que tuvieras, si lo hicieras a la persona de Cristo. 


Oración: 

¡Oh Dios! que alegras nuestras almas en la anual solemnidad de tus santos mártires Ireneo y Mustióla, concédenos propicio, que nos enciendan en tu amor los ejemplos de estos santos, por cuyos merecimientos nos gozamos. Por Je-sucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

sábado, 2 de julio de 2016

La Visitación de Nuestra Señora (2 de julio)



La Visitación de Nuestra Señora.

La devotísima fiesta de la Visitación de la santísima Virgen instituyó el papa Urbano VI y la publicó el papa Bonifacio IX el año del Señor 1389, tomando por medianera a la Virgen sacratísima para que remediase el cisma peligrosísimo que a la sazón afligía la Iglesia. Y el sagrado evangelista san Lucas refiere aquel paso tan devoto de la vida de nuestra Señora por estas palabras: "En aquellos días partió María y se fue presurosa a la montañas de Judea a una ciudad de la tribu de Judá: y habiendo entrado en la casa de Zacarías, saludó a Elisabeth. Y aconteció que oyendo Elisabeth la salutación de María, la criatura que traía en su seno dio saltos de placer; y su madre Elisabeth se sintió llena del Espíritu Santo; y exclamando en alta voz dijo a María: ¡Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre! Y ¿de dónde a mí tan grande bien, que venga a visitarme la Madre de mi Señor? Pues lo mismo ha sido llegar a mis oídos la voz de tu salutación, que dar saltos de júbilo el infante que tengo en mis entrañas. ¡Bienaventurada tú, que has creído! porque sin falta se cumplirán las cosas que te ha dicho el Señor. Entonces la Virgen llena de un altísimo espíritu de profecía, tornó a Dios estas sus alabanzas y dijo: Engrandece el alma mía al Señor; y mi espíritu está transportado de gozo en Dios, Salvador mío. Porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; he aquí que desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes Aquel que es todopoderoso, Aquel, cuyo nombre es santo, y cuya misericordia se extiende de generación en generación sobre todos los que le temen: Hizo ostentación del poder de su brazo, desconcertó las tramas de los soberbios y los altivos pensamientos de su corazón, derribó del trono a los poderosos, y encumbró a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos, y a los ricos dejó vacíos. Acordándose de su misericordia, recibió debajo de su protección a Israel su siervo, conforme a la promesa que hizo a nuestros padres, a Abraham y a sus descendientes por todos los siglos. Se detuvo la Virgen María en compañía de Elisabeth como unos tres meses; y tornó después a su casa". (Evangelio de san Lucas, I, 39-56). 



Reflexión: 

¡Qué admirable es la visitación de la Virgen a su prima santa Elisabeth! ¡Verdaderamente está toda llena de prodigios! Elisabeth trae en su seno al infante Precursor del Mesías: María tiene en sus purísimas entrañas al Hijo de Dios. Se saludan las dos santas madres, y al instante se reconocen con todos sus dones y excelencias; y la presencia del Verbo eterno encerrado en la Virgen sacratísima como en su precioso relicario santifica al niño Juan en el seno de su madre. Veneremos pues nosotros a ejemplo de santa Elisabeth a tan excelsa Madre y a su divino Hijo Jesús; y rezando cada día el santo Rosario, pronunciemos con singular devoción aquellas palabras del Ave María: Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre. Y siempre que recibamos a su divino Hijo Jesús sacramentado en la sagrada Comunión, exclamemos diciendo: ¿De dónde a mí que mi Dios y mi Señor se haya dignado visitarme? Porque si con esta humildad lo recibimos, supliremos en parte nuestra indignidad, y mereceremos la gracia de aquel Señor que derriba a los poderosos y ensalza a los humildes. 


Oración: 

Te suplicamos, Señor, que concedas a tus siervos el don de tu celeste gracia, para que aquellos, a los cuales fue principio de salud eterna el sacratísimo parto de la bienaventurada Virgen María, reciban en la votiva solemnidad de su Visitación acrecentamiento de paz y espirituales gozos. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.



Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

viernes, 1 de julio de 2016

San Galo, obispo de Arverna (1 de julio)





San Galo, obispo de Arverna.

(† 550)

El venerable obispo san Galo nació en Arverna, ciudad de Francia. Desde su tierna edad resplandeció en él la gracia de Dios; y cuando entendió que su padre quería casarle con una muy ilustre dama, se fue al monasterio cremonense que estaba a seis millas de Arverna y suplicó al abad le recibiese en su compañía y cortase el cabello. Conocida por el abad su gran nobleza, le dijo que era menester dar cuenta de todo a su padre, que era uno de los primeros senadores del reino, y envió a avisarle de lo que pasaba; el cual luego que oyó tal nueva se entristeció, diciendo: "El es mi primogénito querido, y por eso deseaba casarle; pero si Dios lo quiere para su servicio, hágase su voluntad". Con esta licencia el abad ordenó al santo mancebo de primera tonsura y lo recibió en el monasterio. Tenía tal dulzura y suavidad en la voz cuando cantaba los divinos oficios, .que enamoraba a todos. Lo llevó consigo a su palacio el obispo de Arverna san Quiciano, para enseñarle en las letras y virtudes ; y el mismo rey Teodorico y la reina le tuvieron en la corte en lugar de hijo. Habiendo un día ido el santo mozo en compañía del rey a la ciudad de Agripina donde había un templo lleno de abominaciones gentílicas, y se hacían cosas indignas de referirse, encendió en él una grande hoguera con que todo lo abrasó. Por este tiempo murió el santo obispo Quinciano, y aunque Galo no era más que diácono, con universal aplauso fue ordenado de sacerdote y aclamado por obispo. Era amado de toda la ciudad por su afabilidad, humildad y paciencia. Un día, cierto enemigo suyo le hirió en la cabeza y le dijo mil afrentas y baldones, y el santo se estuvo tan sosegado y sin hablar palabra como si fuera de mármol, y como después le pidiese perdón su ene-migo y se le postrase a los pies, el siervo de Dios le abrazó cariñosamente. Habiéndose prendido fuego en la ciudad de Arverna, y no viendo el santo prelado remedio humano a tanto incendio, acudió al templo y puesto en oración, tomó el libro de los Evangelios y abriéndolo salió a vista del fuego, el cual al punto quedó del todo apagado. Tuvo revelación del día de su muerte, que sería pasados tres días, e hizo juntar a todo el pueblo, y con entrañas piadosas de padre les dio la santa Comunión y su bendición a todos, y el día tercero que era domingo dio su santísima alma al Señor a la edad de setenta y cinco años. Estando el sagrado cadáver en el féretro puesto en medio de la iglesia, a vista de todo el mundo se volvió del otro lado para estar mirando al altar, acreditando el Señor la santidad de su siervo con otros muchos prodigios. 


Reflexión: 

Fue tan grande el sentimiento que hizo toda la ciudad de Arverna en la muerte de su santo obispo Galo, que por las calles no se oía otra cosa que llantos y gemidos, diciendo: "¡Ay de nosotros! y ¡cuándo mereceremos tener otro tan santo obispo!" Y las mujeres todas iban vestidas de luto y tan llorosas como si hubieran perdido sus maridos, y de la misma suerte los hombres como si hubieran perdido sus mujeres. Roguemos al Señor que de a su Iglesia santos obispos y celosísimos pastores de su rebaño; pero no dejemos de amarlos y venerarlos aunque no resplandezcan por extraordinarias virtudes, considerando que están revestidos de verdadera autoridad, y como dice el apóstol, "puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios". 


Oración: 

Concédenos, oh Dios omnipotente, que la venerable solemnidad del bienaventurado Galo, tu pontífice y confesor, acreciente en nosotros el afecto de la devoción, y la esperanza de nuestra eterna salud. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


Fuente: Flos Sanctorum, P. Francisco de Paula Morell, 1890

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