viernes, 31 de julio de 2009

LOS JUDÍOS SEGÚN LA DOCTRINA CRISTIANA


LOS JUDÍOS SEGÚN LA DOCTRINA CRISTIANA


Ya en el Nuevo Testamento, la doctrina cristiana sobre los judíos es muy clara. En cualquier caso, ningún católico puede creer nada que vaya contra el sentir unánime de los Santos Padres [1]. Pues bien, todos los Padres de la Iglesia manifiestan unánimemente el mismo sentir respecto a los judíos. Veremos también que el Magisterio conciliar y pontificio reitera la misma enseñanza, como no podía ser de otra manera. Harían falta muchos libros para recopilar todo lo que los Padres dicen contra el pueblo deicida. Veamos sólo unos pocos de los textos más importantes.San Juan Crisóstomo, Padre y Doctor de la Iglesia, proclamado por San Pío X patrón de todos los predicadores católicos del mundo, es el más importante de los Padres Orientales; aparte de que a ningún judaizante actual le agradaría lo que San Juan dice en cada una de sus obras sin contradecirse, nos ha dejado nada menos que ocho extensas homilías contra los judíos. Veamos algunos fragmentos:"Siempre que el judío os dice a vosotros: fueron los hombres los que nos hicieron la guerra, fueron los hombres los que conspiraron contra nosotros; contestadles: los hombres no os hubieran hecho la guerra si Dios no lo hubiera permitido." "Mi verdadera guerra es contra los judíos... los judíos han sido abandonados por Dios, y por el crimen de este Deicidio no hay expiación posible."
[2] "Pero ahora vosotros habéis eclipsado todas las maldades del pasado, pero de ningún modo dejasteis atrás el grado sumo del delito, mediante vuestra locura cometida contra Cristo. Por ello estáis ahora siendo castigados peor aún que en el pasado. Toda vez que, si ésa no es la causa de vuestra actual deshonra, ¿por qué motivo, aun siendo vosotros unos asesinos de niños, Dios se contentó con vosotros en otro tiempo y en cambio vuelve ahora la espalda a quienes llegan a tales atrevimientos? Verdaderamente está claro que os atrevisteis a un delito mucho mayor y peor que el infanticidio y que cualquier delito asesinando a Cristo". [3] También entre los Padres Orientales nos encontramos con San Eusebio de Cesarea, a quien debemos gran parte de lo que conocemos sobre los cristianos de los primeros siglos. Martirizado el año 308, San Eusebio nos enseña cosas como la siguiente:"Se pueden oír los gemidos y lamentaciones de cada uno de los profetas, gimiendo y lamentándose característicamente por las calamidades que caerán sobre el Pueblo Judío a causa de su impiedad a Aquél que han abandonado. Cómo su reino ... debería ser totalmente destruido después de su pecado contra Cristo; cómo la Ley de su Padre debería ser abrogada, ellos mismos privados de su antiguo culto, despojados de la independencia de sus antepasados y convertidos en esclavos de sus enemigos en vez de ser hombres libres. Cómo su metrópolis real debería ser arrasada por el fuego. Su santo altar experimentar las llamas y la extrema desolación, su ciudad no más tiempo habitada por sus antiguos poseedores, sino por razas de otro tronco, mientras ellos deberían ser dispersados entre los gentiles por el mundo entero sin tener nunca una esperanza de cesación alguna del mal o espacio para respirar de su congoja".
El mismo sentir es el que manifiestan el resto de Padres Orientales. Entre los Padres Occidentales, cabe citar, para no extenderse, a San Ambrosio de Milán y a San Jerónimo.A San Jerónimo debemos la Vulgata, texto canónico oficial de las Sagradas Escrituras [4]. Entre otras muchas cosas sobre los judíos (todas, sin excepción, en la misma dirección) él nos enseñó: "Esta maldición continúa hasta el día de hoy sobre los judíos, y la sangre del Señor no cesará de pesar sobre ellos".San Ambrosio, aparte de ser el maestro de San Agustín [5], ha sido siempre considerado el modelo a seguir para todos los obispos católicos. Como él nos explica, la Sinagoga es: "una casa de impiedad, un receptáculo de maldades, que Dios mismo había condenado" [6]. La Santa Madre Iglesia continuará siempre enseñando a sus hijos las mismas enseñanzas de doctrina apostólica que habían sido firmemente defendidas por los Santos Padres. Así nos adentramos en la esplendorosa Edad Media, con un doctor tan importante para los siglos venideros como San Bernardo de Claraval
afirmando tajantemente: "Los judíos han sido dispersados por todo el mundo, para que mientras paguen la culpa de tan gran crimen, puedan ser testigos de nuestra Redención" [7].Las mismas enseñanzas van encontrarse en los grandes santos de la Edad Media, el Renacimiento y los siglos posteriores hasta nuestros días. Entre los Doctores de la Iglesia, Santo Tomás de Aquino, máximo expositor de la Doctrina de la Iglesia y que debe tomarse como guía segura para todo católico [8], no se desvía un ápice de la doctrina de los Padres de la Iglesia sobre los judíos, ni tampoco de las enseñanzas de los santos que le precedieron.El Aquinate, consultado por la Duquesa de Brabante sobre si era conveniente que en sus dominios los judíos fueran obligados a llevar una señal distintiva para diferenciarse de los cristianos, contesta: "Fácil es a esto la respuesta, y ella de acuerdo a lo establecido en el Concilio general [9], que los judíos de ambos sexos en todo territorio de cristianos en todo tiempo deben distinguirse en su vestido de los otros pueblos. Esto les es mandado a ellos en su ley, es a saber, que en los cuatro ángulos de sus mantos haya orlas por las que se distingan de los demás".El Doctor Angélico también sostuvo doctrinalmente que: "Los judíos no pueden lícitamente retener lo adquirido por usura, estando obligados a restituir a quienes hayan extorsionado ... Los judíos por razón de sus culpas están en perpetua servidumbre, los señores pueden por lo tanto, tomarles sus cosas, dejándoles lo indispensable para la vida"
[10]. Y además: "A los judíos no se les debería permitir quedarse con lo obtenido por medio de la usura; lo mejor sería que se les obligara a trabajar para ganarse la vida, en vez de no hacer otra cosa que hacerse más avaros" [11]. Y respecto a la postura que los judíos tomaron hacia Nuestro Señor: "Pues veían en Él todas las señales que los profetas dijeron que iba a haber [...] pues veían con evidencia las señales de la Divinidad de Él, mas por odio y envidia hacia Cristo, las tergiversaban; y no quisieron confiar en las palabras de Éste, con las cuales se confesaba Hijo de Dios" [12]. Los concilios de la Iglesia, así como los papas, han ido siempre en la misma dirección del sentir unánime de los Padres y de los santos [13]. Aunque podamos extraer testimonios de todos los papas de la historia que como tales se han manifestado al efecto [14], baste con que citemos a tres: uno a caballo entre la Antigüedad Tardía y la Edad Media (San Gregorio Magno), otro del Renacimiento (San Pío V) y otro de época moderna (Benedicto XIV).Benedicto XIV, dejando al margen otros documentos [15]
en que trata la cuestión judía mostrándose firme en preservar lo que dice la tradición, en la encíclica A quo primum nos enseña:"Los judíos se ocupan de asuntos comerciales, amasan enormes sumas de dinero de estas actividades, y proceden sistemáticamente a despojar a los cristianos de sus bienes y posesiones por medio de sus exacciones usurarias. Aunque al mismo tiempo ellos piden prestadas sumas de los cristianos a un nivel de interés inmoderadamente alto, para el pago de las cuales sus sinagogas sirven de garantía, no obstante sus razones para actuar así son fácilmente visibles. Primero de todo, obtienen dinero de los cristianos que usan en el comercio, haciendo así suficiente provecho para pagar el interés convenido, y al mismo tiempo incrementan su propio poder. En segundo lugar, ganan tantos protectores de sus sinagogas y de sus personas como acreedores tienen".A San Pío V le debemos, entre otras cosas, haber sido el artífice de la victoria de Lepanto y haber extendido el Santo Rosario, además de codificar el rito romano de la Santa Misa. Entre sus numerosos escritos tratando la cuestión judía [16], podemos citar la famosa bula Hebraeorum Gens [17], de la que extraemos lo siguiente:"El pueblo judío ... llegado el tiempo de la plenitud, ingrato y pérfido, condenó indignamente a su Redentor a ser muerto con muerte ignominiosa ... omitiendo las numerosas modalidades de usura con las que por todas partes, los hebreos consumieron los haberes de los cristianos necesitados, juzgamos como muy evidente ser ellos encubridores y aun cómplices de ladrones y asaltantes que tratan de traspasar a otro las cosas robadas y malversadas u ocultarlas hasta el presente, no sólo las de uso profano, mas también las del culto divino. Y muchos con el pretexto de tratar asuntos propios de su oficio, ambicionando las casas de mujeres honestas, las pierden con muy vergonzosos halagos; y lo que es más pernicioso de todo, dados a sortilegios y encantamientos mágicos, supersticiones y maleficios, inducen a muchos incautos y enfermos a los engaños de Satanás, jactándose de predecir el futuro, tesoros y cosas escondidas... Por último tenemos bien conocida e indagada la forma tan indigna en que esta execrable raza, usa el nombre de Cristo, y a qué grado sea dañosa a quienes, habrán de ser juzgados con
dicho nombre y cuya vida pues está amenazada con los engaños de ellos".Citemos, por último, a San Gregorio Magno [18], por haber conjugado en su persona el ser el último de los Padres latinos y Papa a la vez. Puesto que ahora hay quien cree que los judíos son hermanos en Abraham, no está de más traer a colación la siguiente enseñanza: "Si nosotros, por nuestra fe, venimos a ser hijos de Abraham, los judíos, por su perfidia, han dejado de serlo" [19].Lógicamente, también los concilios, tanto locales como universales, siempre que se han pronunciado sobre el problema judío, lo han hecho homogéneamente con las enseñanzas de los Padres, Doctores y Sumos Pontífices.De los concilios locales [20] nos limitaremos a citar un par de cánones de concilios toledanos, por la particular autoridad dogmática de valor universal que la Santa Iglesia Romana siempre les ha concedido:"... Cualquier obispo, presbítero, o seglar, que en adelante les prestare apoyo (a los judíos) ... bien sea por dádivas bien por favor, se considerará como verdaderamente profano y sacrílego, privándole de la comunión de la Iglesia Católica, y reputándole como extraño al reino de Dios, pues es digno que se separe del cuerpo de Cristo el que se hace patrono de los enemigos de este Señor"
[21]. "De la perfidia de los judíos. Aunque en la condenación de la perfidia de los judíos, hay infinitas sentencias de los Padres antiguos y brillan además muchas leyes nuevas; sin embargo como según el vaticinio profético relativo a su obstinación, el pecado de Judá está escrito con pluma de hierro y sobre uña de diamante, más duros que una piedra en su ceguera y terquedad. Es, por lo tanto, muy conveniente que el muro de su infidelidad debe ser combatido más estrechamente con las máquinas de la Iglesia Católica, de modo que, o lleguen a corregirse en contra de su voluntad, o sean destruidos de manera que perezcan para siempre por juicio del Señor" [22]. Finalmente, entre los ecuménicos, baste recordar el IV Concilio de Letrán, concilio importantísimo que definió dogmas como el Extra Ecclesiam nulla salus, la Transubstanciación o la existencia del Infierno. Este concilio, en su canon 68, es diáfano expresando cómo los judíos, malditos de Dios, deben llevar un distintivo especial en sus ropas.
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[1] Pío IV, bula Iniunctum nobis, 13 de noviembre de 1564: "...el verdadero sentido de las Sagradas Escrituras tampoco lo aceptaré ni interpretaré jamás sino conforme al sentir unánime de los Padres".
León XIII, encíclica Providentissimus Deus, 18 de noviembre de 1893: "los Santos Padres que 'después de los Apóstoles plantaron, regaron, edificaron, apacentaron y alimentaron a la Iglesia y por cuya acción creció en ella', tienen autoridad suma siempre que explican todos de modo unánime".[2] Oratio IV Adversus Iudaeos.[3] Oratio VI, 2 Adversus Iudaeos.[4] El Concilio de Trento establece: "Si alguno no recibiere esos mismos libros íntegros con todas sus partes, como ha sido costumbre leerlos en la Iglesia católica y se contienen en la vieja edición de la Vulgata latina, como sagrados y canónicos, o si sabiéndolo y con deliberación despreciare las tradiciones anteriormente dichas, sea excomulgado".[5] San Agustín es el Doctor de la Iglesia más importante de todos los tiempos, después de Santo Tomás de Aquino. Además de su Tratado contra los judíos, su tratamiento del tema no se desvía un ápice del resto de Doctores en todas sus demás obras, donde frecuentemente habla de la cuestión judía. [6] Epístola IX al emperador Teodosio.[7] Epístola 363 a la Iglesia de Francia Oriental.[8] El Papa San Pío X, en la encíclica Pascendi, proclama solemnemente: "Es importante notar que, al prescribir que se siga la filosofía escolástica, Nos referimos a la que enseñó Santo Tomás de Aquino: todo lo que Nuestro Predecesor decretó acerca de la misma, queremos que siga en vigor y, por si fuera necesario, lo repetimos y lo confirmamos, y mandamos que se observe estrictamente por todos". Y el papa Pío XII, en la encíclica Humani generis (1950), enseña que la filosofía tomista es la guía más segura para la doctrina católica y condena toda desviación de ella.
[9] IV de Letrán, año 1215, c. 68.[10] Opera Omnia. Edición Pasisills, 1880. Tábula 1 a-o, tomo XXXIII, p. 534.[11] De regimine principum.[12] Summa Theologica, 3 p., qu. 47, art. 5.[13] Es famoso el caso de San Juan de Capistrano, muy conocido como "azote de los judíos"; este santo franciscano capuchino, de gran ascetismo y virtud, fue empleado como embajador en muchas y muy delicadas misiones diplomáticas y con muy buenos resultados. Tres veces le ofrecieron los Sumos Pontífices nombrarlo obispo de importantes diócesis, pero prefirió seguir siendo humilde predicador, pobre y sin títulos honoríficos. Se le confiaron misiones delicadas, como la detracción de los Fraticelli, la lucha en Moravia contra la herejía husita (obra del judío Jean Huss), las negociaciones para la incorporación de los griegos a la Iglesia Romana, la vigilancia de los judíos, la contención del cisma de Basilea, etc. Por iniciativa de santos como él, los judíos tenían que llevar un gorro de dos cuernos (pileteum cornutum), que simbolizaba su filiación diabólica (Cf. Jn. 8, 44), así como una estrella amarilla identificativa para guardarse de su maldad, y se les recluía en guetos. Por la influencia de San Juan de Capistrano, el Papa Martín V, inicialmente indulgente con los judíos por ignorancia, cambió de actitud.[14] Entre otros: Honorio III (1217 y 1221), Gregorio IX (1233), Inocencio IV (1244), Clemente IV (1267), Gregorio X (1274), Nicolás III (1278), Nicolás IV (1288), Juan XXII (1317 y 1320), Urbano V (1365), Gregorio XI (1375), Martín V (1425), Eugenio IV (1442), Calixto III (1456), Sixto IV (1478), Pablo III (1535, 1542 y 1543), Julio III (1554), Pablo IV (1555 y 1556), Pío IV (enero y febrero de 1562), Gregorio XIII (1577, 1581 y 1584), Sixto V (1586), Clemente VIII (1592 y 1593), Pablo V (1610), Urbano VIII (1625, 166, 1635 y 1636), Alejandro VII (1657, 1658, 1662 y 1663), Alejandro VIII (1690), Inocencio XII (1692), Clemente XI (1704, 1705 y 1712), Benedicto XIII (1726, 1727 y 1729), Pío IX (1858).
[15] Tal es el caso de Postremomens (28 de febrero de 1747), Apostolici Ministerii munus (16 de septiembre de 1747), Singulari Nobis consolationi (9 de febrero de 1749), Elapso proxime Anno (20 de febrero de 1751), Probe te meminisse (15 de diciembre de 1751) y Beatus Andreas (22 de febrero de 1755).[16] Algunos otros son Romanus Pontifex (19 de abril de 1566), Sacrosanctae catholicae ecclesiae (29 de noviembre de 1566) o Cum nos nuper (19 de enero de 1567).[17] Mediante esta bula, el Papa expulsó a los judíos de los Estados Pontificios (26 de febrero de 1569).[18] Entre otras cosas, se puede recordar que San Gregorio Magno escribió también una carta a Recaredo en la que le felicita por no haber aceptado un soborno de 30.000 sueldos de los judíos de Toledo, que pretendían manipular al rey para que ejerciese presión en el Concilio a fin de que no se promulgasen leyes de protección frente al peligro judío.[19] Sermones dominicales de los Santos Padres, Papa San Gregorio Magno.[20] Aparte del Concilio de Jerusalén, que fue el primero y se dedicó a la condena de la herejía judaizante, contamos con el planteamiento del problema judío en el Concilio de Elvira (306), el Concilio de Agde (506) celebrado bajo los auspicios de San Cesáreo, el Concilio de Clermont (535), el Concilio III de Orleans (538), el Concilio de Mâcon (581), el Concilio Trulano (692) considerado siempre el suplemento de los Concilios Ecuménicos V y VI, el Concilio de Gerona (1078), el Concilio de Oxford (1222), el Concilio de Narbona (1235), los Concilios de Vienne y Breslau (1267), el Concilio de Mainz (1310), el Concilio de Basilea (1434), etc.
[21] Concilio IV de Toledo, Canon LVIII.[22] Concilio XVI de Toledo, canon I.


Autor: Guillermo P.


San Juan Crisóstomo


SAN JUAN CRISÓSTOMO, GRAN HÉROE CONTRA EL JUDAÍSMO, ARZOBISPO DE CONSTANTINOPLA

Nació en Antioquía hacia el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado en el ejército imperial de Siria y su madre Antusa fue canonizada también por su gran virtud.
A los 20 años Antusa quedó viuda y aunque era una de las mujeres más hermosas, renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por completo a la educación de su hijo Juan.

L
a gente le puso el apodo de "Crisóstomo" ("boca de oro"), porque sus predicaciones eran enormemente apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador que ha tenido la Iglesia. Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores.



Desde sus primeros años el jovencito demostró tener admirables cualidades de orador, y en la escuela causaba admiración con sus declamaciones y con las intervenciones en las academias literarias. Su madre lo puso a estudiar bajo la dirección de Libanio, el mejor orador de Antioquía y uno de los mejores autores de la literatura griega imperial. Pronto Juan hizo tales progresos, que preguntado un día Libanio acerca de quién desearía que fuera su sucesor en el arte de enseñar oratoria, respondió:


"Me gustaría que fuera Juan, pero veo que a él le llama más la atención la vida religiosa, que la oratoria en las plazas".


San Juan Crisóstomo

Sin embargo, el muchacho evadió su peligrosa influencia, gracias a las decisiones y consejos de Antusa, principalmente. Fue ella la que más veló para que su hijo adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes. Era un tipo de mujer fuerte, que hacía exclamar al retórico sofista Libanio: "¡Dioses de Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos!". La frase era de pura admiración de un carácter como el de Libanio, pagano de pies a cabeza, maestro y amigo de Juliano el Apóstata.



Juan deseaba mucho irse de monje al desierto, pero su madre le rogaba que no la fuera a dejar sola.
Mas, una vez fallecida su madre, determinó consagrarse a una vida de soledad. Retiróse a una cueva de los próximos montes, pasando allí unos cuantos años, entregado a la oración, a la meditación de las santas Escrituras y a los ejercicios de la más rigurosa austeridad. Su salud, empero, resintióse de ello notablemente. No estaba hecha para tal vocación. Por esto, siguiendo el consejo de un viejo anacoreta, bajó nuevamente a la ciudad.




En aquella larga temporada de aislamiento había escrito algunos libros espirituales, por ejemplo uno sobre la penitencia, en los cuales se revelaba ya su elocuencia y belleza de estilo, juntamente con su sabiduría profunda. Por esto el Obispo-Patriarca quiso elevarlo al sacerdocio y le confió enseguida importantes predicaciones, aparte de otros asuntos.

A
l llegar otra vez a Antioquía fue ordenado de sacerdote y el anciano Obispo Flaviano, que lo había nombrado su hombre de confianza, le pidió que lo reemplazara en la predicación. Y empezó pronto a deslumbrar con sus maravillosos sermones. La ciudad de Antioquía tenía unos cien mil cristianos, los cuales no eran demasiado fervorosos. Juan empezó a predicar cada domingo. Después cada tres días. Más tarde cada día y luego varias veces al día. Sus sermones solían durar unas dos horas, pero a los oyentes les parecían unos pocos minutos, por su entonación impresiuonante y la magia de su hermosa oratoria. Los lugares en que predicaba se llenaban tanto que no cabía la gente.




La valentía fue una de las gloriosas virtudes que caracterizaron su actuación: A pesar del poder que estaban adquiriendo los judíos, no dudaba en atacarlos y condenar a los cristianos que pretendiesen entablar relaciones amistosas con ese pueblo maldito, al que no dudó en calificar una y otra vez como "asesinos del Señor".

El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible. Los frutos de conversión eran visibles. Empezaba tratando temas elevados y de pronto descendía rápidamente como un águila hacia las realidades de la vida diaria. Se enfrentaba enardecido contra los vicios y los abusos. Fustigaba y atacaba implacablemente al pecado. Tronaba terrible su fuerte voz contra los judíos y contra aquellos que llevaban una vida judía, que malgastaban su dinero en lujos e inutilidades, mientras los pobres tiritaban de frío y agonizaban de hambre.

La finalidad de su oratoria era el mejoramiento o la reforma de las costumbres. De ahí que insistiera mucho en apartar al pueblo de todo género de vida judaica, en la explicación de las obras de misericordia, en la virtud de la limosna, la santificación de la familia, la educación de los hijos, la necesidad de la oración y de la frecuencia de Sacramentos, la obligación de apartarse de los espectáculos inmorales y de luchar contra los judíos.

En 387, con motivo de un impuesto extraordinario, estalló en Antioquía una sedición popular, en la que la curia imperial fue asaltada, maltratado el prefecto, destruidas las estatuas del emperador, la emperatriz y sus hijos. El emperador, que era el español Teodosio, conocido por muy violento, parecía disponerse a una fuerte represalia, y el pueblo estaba amedrentado. En aquellos días fue cuando el Santo pronunció sus célebres


"Discursos de las estatuas", con el fin de imponer la serenidad a todos, mientras el patriarca se había dirigido a Constantinopla en demanda de perdón. Estos discursos son un monumento de oratoria como no hay otro igual en toda la Antigüedad.


En el año 398, habiendo muerto el arzobispo de Constantinopla, le pareció al emperador que el mejor candidato para ese puesto era Juan Crisóstomo, pero el santo se sentía totalmente indigno y respondía que había muchos que eran más dignos que él para tan alto cargo.Sin embargo el emperador Arcadio envió a uno de sus ministros con la orden terminante de llevar a Juan a Constantinopla aunque fuera a la fuerza. Así que el enviado oficial invitó al santo a que lo acompañara a las afueras de la ciudad de Antioquía a visitar las tumbas de los mártires, y entonces dio la orden a los oficiales del ejército de que lo llevaran a Constantinopla con la mayor rapidez posible, y en el mayor secreto porque si en Antioquía sabían que les iban a quitar a su predicador se iba a formar un tumulto inmenso. Y así fue que tuvo que aceptar ser arzobispo de Constantinopla.

Llegado allí, se
hizo el más sencillo de los ciudadanos. La ejemplaridad de sus horas de oración, de sus continuas penitencias y de sus generosas limosnas influyó en la reforma general de costumbres, en mayor grado que sus mismos admirables sermones.






Pronto comenzó a atacar nuevamente a los judíos, criticando sus manipulaciones y su afán por corromper a la Civilización Cristiana. Demostró en más de una ocasión que el Pueblo Judío era el Pueblo Deicida, es decir, asesino de Cristo. Llegó a escribir hasta ocho "Homilías contra los judíos" , que todavía hoy se nos conservan y que son un importante texto para la Doctrina Cristiana.

Sus ataques contra los judíos son muy hermosos y absolutamente razonables, veamos algunos:


"La sinagoga no es solamente un centro de prostitución y un teatro; es también una casa de ladrones y hospedaje para bestias salvajes. Ningún judío adora a Dios."

"los judíos son asesinos empedernidos, poseídos por el Diablo; su libertinaje y borrachera les da los modales de un cerdo. Se matan y se mutilan entre sí..."

"
mi verdadera guerra es contra los judíos...los judíos han sido abandonados por Dios, y por el crimen de este deicidio no hay expiación posible."

Pronto provocó el odio de la emperatriz Eudoxia, quien, alentada por los judíos y aliada con herejes y viciosos, se unió a Teófilo
de Alejandría y, juntos, toda la escoria del Imperio no pararon hasta conseguir que Arcadio, tomando pie de ridículas y falsas acusaciones inventadas por los judíos contra el Patriarca, firmase el decreto de su exilio.
Salió, pues, éste de la ciudad, despedido por una muchedumbre enorme, que, aclamándolo con entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadero momento de victoria. Una vez salido, el pueblo protestó del decreto en las formas más enérgicas. La corte no durmió en paz; y


a las pocas horas castigaba el Señor a la capital del Imperio con un terremoto que produjo graves desperfectos. La emperatriz -Eudoxia- alarmada ante el aviso del Cielo, pidió enseguida el retorno del Patriarca.

La paz no duró mucho. A los pocos meses, la corte se enemistaba de nuevo con el Crisóstomo, por no haber cedido a las caprichosas exigencias sionistas y haber predicado, como siempre, la verdad y la virtud. El emperador le prohibió todo acto episcopal y le arrestó en su propia residencia, rodeando de grandes fuerzas el edificio. El pueblo iba a sublevarse para liberarle, pero san Juan Crisóstomo, para evitar que corriese la sangre de los cristianos a manos de los judíos y herejes, escapó por propia voluntad al exilio.
Al marcharse, el anciano obispo fue apaleado por los judíos.




Los judíos y sus esbirros le hicieron
caminar kilómetros y kilómetros cada día, con un sol ardiente, lo cual lo debilitó muchísimo. El trece de septiembre, después de caminar diez kilómetros bajo un sol abrasador, se sintió muy agotado. Se durmió y vio en sueños que San Basilisco, un famoso obispo muerto hacía algunos años, se le aparecía y le decía: "Animo, Juan, mañana estaremos juntos". Se hizo aplicarlos últimos sacramentos; se revistió de los ornamentos de arzobispo y al día siguiente diciendo estas palabras: "Sea dada gloria a Dios en todo", quedó muerto. Era el 14 de septiembre del año 404.
Días antes, la emperatriz había muerto en una larga agonía de terribles sufrimientos, castigada por Dios, a la vez que morían de muerte súbita varios puñados de judíos, como castigo de Dios. Esto motivó la conversión del pagano Teófilo.





Cuando, después de muerto, el cuerpo de San Juan Crisóstomo fue traído del Asia Menor para ser sepultado en aquella capital de su Archidiócesis, toda la ciudad le tributó los más fervorosos honores, deseosa de reparar la pasada injusticia.

Siempre fue considerado uno de los más importantes Santos Padres de la Iglesia y el gran papa San Pío X lo proclamó "patrón de todos los predicadores católicos del mundo".

Pero si San Juan Crisóstomo fue un gran Padre y Doctor de la Iglesia y también un héroe contra el Judaísmo, un modelo de virtud y un orador singular, no fue menor su profundidad a la hora de hacer oración, de la que debemos tomar ejemplo.
Escuchemos de sus propios labios unos breves ejemplos en que nos muestra cómo debemos hacer oración:


"Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que la del mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar". (Catena Aurea).

"Cuando digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido da gracias".


(Homilía, 10 sobre la oración)
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"La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible". (
Hom. 6, sobre la oración).






ORACIÓN (A San Juan Crisóstomo)


¡Oh doctor insigne, patrono de los predicadores del Evangelio! Tu fuiste sal de la tierra y luz del mundo; predicaste la palabra divina oportuna e inoportunamente, pide a Dios nos de pastores y doctores como tu. Por Jesucristo Nuestro Señor. AMÉN.







Oración (de San Juan Crisóstomo):


Dios todopoderoso, que nos diste la gracia para unirnos en este momento, a fin de ofrecerte nuestras súplicas en común; y que, por tu muy amado Hijo, nos prometiste que, cuando dos o tres se congregan en su Nombre, tú estarás en medio de ellos: Realiza ahora, Señor, nuestros deseos y peticiones como mejor nos convenga; y concédenos en este mundo el conocimiento de tu verdad y en el venidero, la vida enterna. Amén.

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Autor y Fuente: G. Pérez

San Simón de Trento


SAN SIMÓN, MÁRTIR EN TRENTO A MANOS DE LOS JUDÍOS

El Martirologio Romano, en este día, 24 de Marzo, conmemora
"la pasión de San Simeón, niño, cruelísimamente sacrificado por los judíos en Trento y después glorificado por sus muchos milagros".

St. Simon of Trent - Catholic Martyr

El lugar en que se desarrollaron los sucesos que constituyen la parte principal de la vida de San Simón mártir, es la región de Austria-Hungría denominada el Tirol, territorio atravesado por los Alpes réticos, regado por los ríos Inn y Adigio y de una variedad que puede rivalizar con el de Suiza.
Al Sur invade físicamente a Italia, y al Norte a Alemania. Entre las ciudades más importantes de esta región, además de Inspruk, la capital, figura Trento, célebre por el Concilio general de su nombre, reunido en dicha ciudad en 1545, para
poner coto a la herejía protestante y determinar con precisión los dogmas católicos.



En esta ciudad vivían en 1475 tres familias judías, cuyos jefes se llamaban respectivamente Tobías, Angelo y Samuel, viviendo en compañía de este último un anciano llamado Moisés, a quien, según la opinión de sus conciudadanos, se había revelado el tiempo y la hora en que había de venir el Mesías prometido, que, como sabemos, esperan todavía los judíos.
Preparábanse para celebrar la Pascua del año 1475, y habiéndose reunido en casa de Samuel, donde tenían la sinagoga, para examinar una ternera que les habían traído para dicho objeto, Angelo dijo a sus compañeros:

-"En esta Pascua no nos ha de faltar carne y pescado en abundancia; no falta más que una cosa."
27 abril galeria - judios
-"¿Qué cosa falta?", interpeló Samuel.




Se miraron en silencio unos a otros y todos, riéndose, quedaron entendidos de que se trataba de la inmolación de un niño cristiano, el cual degüellan cruelmente en desprecio de Nuestro Señor Jesucristo , y comen su sangre mezclada con los ázimos , a lo cual llaman ellos su "jubileo".


Hicieron diligencias para proporcionarse la víctima inocente, no encontrando ningún criado de ellos que se comprometiese a robar un niño, por lo expuesto que era.

Entonces, reunidos en la Sinagoga propusieron que lo robase un médico de ellos llamado Toribio, quien a fuerza de promesas y execraciones, se comprometió a llevar un niño, ya que como médico recorría todos los días las calles de la ciudad y no había de extrañar su presencia en ellas. Salió, pues, a buscar ocasión de llevar a cabo sus infames propósitos, y habiendo hallado en una calle llamada de las Fosas sentado a la puerta de su casa, a un niño solo, de poco más de dos años, empezó a acariciarlo y lo alejó unos pasos de la puerta de la casa, y viendo que nadie le observaba, comenzó á empujarle para que le siguiese.
El niño, haciéndose atrás, llamaba a su madre; mas el infame judío le enseñó una moneda de plata, y algo más dócil con ello el inocente niño, Toribio atravesó con rapidez la calle y lo condujo a casa de Samuel, quien
como un tigre sediento de sangre, llevó al niño aSt. Simon of Trent una habitación secreta, a la que acudieron todos los judíos, celebrando la adquisición con una feroz alegría.

Llegada la noche, empezó el sacrificio del niño;
lo desnudaron, y cogiéndolo, con la boca tapada para que no gritase, empezaron a arrancarle pedacitos pequeños de carne del carrillo derecho, mientras recogían la sangre que brotaba de la herida y tomaban un bocado de la carne arrancada.
Lo mismo hicieron con otras varias partes del cuerpo del niño, que quedó desfallecido.

En seguida lo tendieron como en una cruz y le dieron uno a uno fieros golpes, remedando los azotes del Señor. Luego lo sujetaron, y elevándolo en alto decían:

-
"Vedlo, así hemos matado nosotros a Jesús, el Dios de los cristianos; puedan nuestros enemigos ser confundidos del mismo modo para siempre".


Así permaneció el pobre niño, sufriendo este horrible martirio por espacio de una hora; mas al fin,
levantando los ojos al cielo, como si St. Simon of Trent is a Canonized Roman Catholic Saint en su inocencia invocase a Dios por testigo de aquel crimen, inclinó su cabecita de ángel y voló al cielo.







Ya muerto el niño cristiano, los judíos lavaron su cuerpo y rociaron la cara con aquella agua, lo mismo que hacemos nosotros con el agua bendita, y se disputaban unos y otros la preferencia para lavarse en ella las manos y la vista. Le colocó Samuel la ropa que antes le había quitado, y mandó esconderlo entre la paja del granero, donde permaneció hasta el Viernes Santo por la noche.





Entretanto, los padres de Simón, pues este era el nombre del niño, cansados de buscarle por todas partes inútilmente, dieron parte al Obispo, que era también señor de la ciudad; los magistrados publicaron el aviso de que sería castigado con gran severidad quien sabiendo algo de aquella desaparición del niño Simón no lo manifestase a los jueces.



Recorrieron la ciudad, registraron la casa misma de Samuel; pero no habiendo escarbado en el granero no dieron con el cuerpo del mártir. Entonces, temiendo que volviese la justicia a registrar el granero,
Samuel ordenó a su cocinero lo llevase a la cocina y lo escondiese bajo una cuba, permaneciendo allí hasta el día siguiente que fue trasladado a la sinagoga y puesto sobre la mesa que les servía de altar.



Pero como todo el mundo atribuía la desaparición de Simón a crimen de los judíos, y en todas partes eran vigilados por los habitantes de la ciudad, reuniéronse los criminales para determinar lo que había de hacerse con el cadáver del niño; y como cada uno indicase una cosa distinta, arrastrados por el miedo,
un criado de Samuel lo arrojó al canal que pasaba por el lado de la cocina. Pero el cuerpo del niño quedó flotando sobre el agua.

Intentaron varias veces arrastrarlo al fondo por medio de una percha y de cuerdas de las que pendían gruesas piedras, mas todo fué en vano, pues el cuerpecito de Simón se mantenía quieto en la superficie.


Ante peligro tan inminente, los judíos tomaron la resolución de presentarse al Obispo y anunciarle que el río había arrastrado el cadáver de un niño y que detenido por una red, estaba cerca de la cocina de Samuel. Así lo hicieron, y los magistrados, ayudados por inmensa muchedumbre de pueblo, fueron al lugar señalado y extrajeron del agua el cadáver, todo entero y sin señal de descomposición.


Apenas vieron las heridas que tenía, todos unánimes empezaron a decir que sólo los enemigos de la religión podían ser autores de un hecho de crueldad tan feroz y de suplicios tan bárbaros.

Procedióse de nuevo a registrar la casa de Samuel, con más detenimiento que antes y se encontraron manchas de sangre y otros indicios que acusaban el crimen.
Conducidos a prisión separadamente los judíos, fueron interrogados acerca de la hora en que había aparecido el cadáver del niño en el río, y como sus respuestas no estuviesen acordes y había algo en el rostro y vista de los delincuentes que indicaba su participación en el crimen, fueron encerrados en el calabozo mientras dos médicos y un cirujano informaban sobre el estado del cadáver.

Al propio tiempo el pueblo entero culpaba á los judíos del crimen y pedía a Dios lo aclarase. El juez quiso averiguar la causa de aquella general creencia de que los judíos eran asesinos de Simón y para que declarara
hizo comparecer á un tal Juan que hacía siete años se había convertido al cristianismo, pues había sido antes judío.


Le preguntaron las costumbres y ritos de los judíos sobre todo en tiempo de Pascua, y Juan dijo lo que ya queda expuesto sobre la comida de ázimos regados con sangre de un niño cristiano y añadió que algunos años antes, en Alemania habían los judíos asesinado a un niño para hacer uso de su sangre en la Pascua; que descubiertos los autores fueron muertos cuarenta y cinco.

Sometidos los presuntos criminales al tormento, protestaron de su inocencia y acusaron como autor probable a un vecino de la casa llamado Gianzer, hombre extremadamente pobre que con su mujer fué puesto en la cárcel, mientras que atormentados de nuevo los criminales, confesaron su delito con todos los detalles que ya conocemos.

El dinero judío comenzó a correr desde este momento; se intentó sobornar a los magistrados, se buscaron los mejores jurisconsultos para que los defendiesen; pero inútilmente, pues crimen tan atroz no podía quedar sin el justo castigo aun en esta vida. Todos los que habían tomado parte en el asesinato de Simón fueron condenados a muerte; unos con el mismo género que ellos habían aplicado al niño, otros quemados y algunos que pidieron el Bautismo para morir cristianos, fueron decapitados.

Castigado ya el crimen que tanta consternación había producido en Trento,
se pensó en honrar la memoria del inocente mártir.
Se levantó una iglesia en la casa donde había sufrido el martirio. Se prohibió á los judíos el establecerse en Trento, y una multitud de milagros se operaron por la intercesión del santo inocente.

Hemos dicho que Gianzer y su esposa fueron presos por las delaciones falsas de los judíos y se hallaban en un lóbrego calabozo cargados de cadenas. Ambos no cesaban de rogar a Dios por los méritos de su santo mártir, que se dignase descubrir su inocencia; y he aquí que sus cadenas se rompieron y probada su inocencia por prodigio tan singular, quedaron muy pronto en libertad.

El Papa Gregorio ordenó inscribir el nombre de Simón en los fastos sagrados de la Iglesia Romana el 24 de Marzo.

La urna de San Simón está en la Iglesia de San Pedro, en Trento; se muestran reliquias de él todavía, entre ellos el cuchillo sacrificatorio.
SU CUERPO SE ENCUENTRA EN PERFECTO ESTADO DE CONSERVACIÓN NATURAL. SE PUEDE VISITAR.


SAN SIMÓN DE TRENTO, INOCENTE Y MÁRTIR, ¡RUEGA POR NOSOTROS


¡¡DEFENDÁMONOS DE LOS CRÍMENES Y BESTIALIDADES JUDÍAS!!
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Fuente: "LA LUZ DE LA FE EN EL SIGLO XX. Libro de la Familia Cristiana.", por el Excmo. Sr. Dr. D. Luis Calpena y Ávila, auditor del Supremo Tribunal de la Rota de la Nunciatura. [Tomo III].




(Subrayado, Adaptado e Ilustrado por G. Pérez)

jueves, 30 de julio de 2009

San Guillermo de Norwich


SAN GUILLERMO DE NORWICH, MÁRTIR, Patrono de los secuestrados y torturados.
24 DE MARZO.


No cabe dudar que el odio de los judíos a los cristianos es implacable y se manifiesta en todas las ocasiones en que, por circunstancias especiales de tiempos o lugares, tiene la divina religión de Jesucristo que sufrir persecuciones más o menos violentas de sectas que
no pueden transigir con la inmutabilidad de los dogmas católicos ni con la pureza de su doctrina.

En cuantas ocasiones la Iglesia ha sido perseguida, en cuantos derechos se le han usurpado y en cuantas veces se ha querido y quiere poner obstáculos a su acción benéfica y civilizadora, en todas, si se busca el origen fundamental y el germen de tales sucesos, se encuentra el odio del pueblo deicida, el oro de los judíos. Este odio exagerado en algunos individuos o en algunas familias, los ha arrastrado muchas veces a cometer crímenes horribles. La imparcialidad y la caridad obligan a hacer esta declaración.


Entre los crímenes execrables cometidos con motivo de la celebración de la Pascua figura el de Norwich, Inglaterra, realizado en 1137, en la persona de un
niño de doce años llamado Guillermo.

Trabajaba este jovencito como aprendiz en casa de un curtidor de Norwich, cuando algunos judíos establecidos en la misma ciudad, pusieron en él sus ojos y lo designaron como víctima para escarnecer la muerte de Jesucristo y saciar en ella el odio que profesaban al Mesías.
Atrajéronlo con engaños y apariencias de protección y amistad a su casa, y cuando lo tuvieron alejado de sus maestros y familia, le taparon la boca y cometieron con él ultrajes que la pluma se niega á transcribir.



Luego lo sacrificaron y le abrieron el costado, remedando la escena del Calvario. El día de Pascua pusieron el cadáver en un saco y lo llevaron

a las puertas de la ciudad con ánimo de esconderlo; pero habiendo sido descubiertos lo dejaron colgado de un árbol en donde fue hallado.Theobald de Cambridge, reconoció entonces que los Judíos tomaban sangre cada año de un niño cristiano, porque pensaban que sólo así se podría obtener la libertad y retornar a Palestina. que tenían por costumbre echar a suertes para resolver de dónde se obtendría la sangre.

En este sitio se levantó después una capilla que se llamó de San Guillermo de los Bosques, en la cual se verificaron muchos y esclarecidos milagros.
En 1144, fue trasladado el cuerpo de San Guillermo al cementerio de la catedral, dedicada a la Santísima Trinidad, y seis años más tarde se colocó en el coro de la misma iglesia, donde permanece hasta el día de hoy.

Que San Guillermo de Norwich proteja y ayude a cuantos todavía hoy siguen siendo perseguidos, secuestrados y torturados por la injusticia y brutalidad de los pérfidos judíos.


SAN GUILLERMO DE NORWICH, ¡¡ROGAD POR NOSOTROS!!
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FUENTE: "LA LUZ DE LA FE EN EL SIGLO XX. Libro de la Familia Cristiana.", por el Excmo. Sr. Dr. D. Luis Calpena y Ávila, auditor del Supremo Tribunal de la Rota de la Nunciatura. [Tomo III]. (Adaptado, Subrayado e Ilustrado por G. Pérez)

jueves, 23 de julio de 2009

Profecía Parusíaca y Esperanzadora


"Él será árbitro entre las naciones, y juzgará a muchos pueblos; y de sus espadas forjarán rejas de harado, y de sus lanzas hoces. No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra". (Isaías 2, 4)


No se han cumplido todavía estos vaticinios sobre la paz perfecta. "La realización completa no tendrá lugar, sino en la consumación de los tiempos, porque en esta tierra, donde el mal subsistirá siempre al lado del bien, no se puede buscar un cumplimiento perfecto" (Fillion). Cfr. Mt. 13, 24-43. Entre tanto tenemos que esperar hasta que se cumpla el deseo del salmista: "Dispersa, oh Dios, a los pueblos que se gozan en las guerras" (S. 67, 31). La actual búsqueda excesiva de la paz entre las naciones y los continuos pactos de seguridad son una señal de que no hay paz, pues la tan deseada paz mundial no podrá realizarse sin la sumisión y obediencia a la ley divina. Así se explica que los paganos (de antes y de ahora) no sean capaces de este ideal, porque van tras sus ídolos (v. 5). En este sentido nada es más trágico que la Biblia en cuanto se refiere al destino de las naciones, que solemos mirar con ilusorio optimismo. Véase Mt. 24, 21-25; Lc. 8, 18; 17, 26 ss.; 21, 25 ss.; I Tes. 5, 3; II Tes. 2, 8 ss.; I Tim. 4, 1 ss.; I Tim 3, 1 ss.; II Pedro 3, 3; Apoc. 9, 20 ss.; 16, 9 ss.; 19, 15 ss; 20, 7 ss. , etc. Jeremías enseña que el vaticinar prosperidad es la característica de los falsos profetas (Jer. 4, 10; 6, 14, etc.). Después de dos guerras mundiales en un cuarto del siglo XX (Lc. 22, 10 s.) y con la energía atómica aplicada a destruir como una "anticreación", y el neomalthusianismo que ciega las fuentes de la vida, ¿en qué podría fundarse la esperanza de un mundo mejor? (Véase 1, 16 y nota). Sólo en el orgullo que cree en las fuerzas propias del hombre caído, del cual nos dice el mismo Dios por boca de Jeremías: "¡Maldito el hombre que pone su confianza en el hombre, y se apoya en un brazo de carne!" (Jer. 17, 5). Cfr. 11, 6 ss.; S. 45, 9 ss.; Os. 2, 18; Miq. 4, 3 ss. y notas.


Msr. Juan Straubinger

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